Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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2 de octubre de 2007
Santos Ángeles Custodios


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Estamos en julio de 1941. El tercer Reich alemán está en el apogeo de su poderío. Hitler acaba de desencadenar una ofensiva contra la U.R.S.S. y nada parece detener a la Wehrmacht. Entonces, un obispo alemán decide alzar la voz contra la eutanasia masiva de enfermos mentales que acaba de decidirse en Berlín. Sesenta mil personas han sido ya agrupadas con objeto de ser eliminadas discretamente en los campos de exterminio. Monseñor Clemens August von Galen no se hace ilusiones: si habla, se arriesga a ser detenido como «enemigo del pueblo alemán» y ejecutado. Sin embargo, decide hablar, y lo hará a partir del domingo siguiente, desde el púlpito de su catedral. Ese valiente pastor, al que llamarán el «León de Münster», fue proclamado beato el 9 de octubre de 2005.

Nobleza obliga

Clemens August había nacido el 16 de marzo de 1878 en el castillo de Dinklage, diócesis de Münster (en Westfalia, al oeste de Alemania). Era el undécimo de los trece hijos del conde Ferdinand Heribert von Galen y de su esposa Elisabeth. La vida en Dinklage es dura, ya que no hay calefacción ni agua corriente. Esa educación austera, sin embargo, es animada por una fe católica ardiente. La asistencia a Misa es diaria, y la condesa enseña ella misma el catecismo a sus hijos; les inculca a imitar a Jesucristo y a considerar la vida terrenal como una preparación para la vida eterna. Para esa familia noble, instalada en Westfalia desde el siglo xiii, participar en los asuntos públicos es una tradición; durante treinta años, Ferdinand von Galen ha sido diputado del partido católico «Zentrum» en el parlamento imperial. Para él, al igual que para toda la familia, no se trata de un privilegio, sino de una responsabilidad: «nobleza obliga».

Clemens August realiza buena parte de sus estudios con los jesuitas, en Feldkirch. En octubre de 1897, en el transcurso de un retiro en la abadía de María Laach, siente la llamada de Dios para el sacerdocio. Después de estudiar teología en Innsbruck, es ordenado sacerdote el 28 de mayo de 1904 por el obispo de Münster. En 1906, es enviado a Berlín, una diócesis que necesita sacerdotes, donde ejercerá diversos ministerios parroquiales. Durante la crisis económica de 1923, que arruina a millones de familias alemanas, el padre von Galen se desvive al servicio de sus parroquianos en dificultades, fundando en su favor una asociación de ayuda mutua. Auxilia con frecuencia a los más necesitados a costa de sus ingresos personales: «Sería realmente inútil –decía– que aún me quedaran bienes después de mi muerte». Pero, sobre todas las cosas, su principal objetivo es procurar por la salvación de las almas. Esa idea de la vida eterna, que habitará en él constantemente, será el apoyo inquebrantable en los combates que deberá afrontar.

A principios de 1929, Clemens August es llamado a Münster para dirigir la parroquia de San Lamberto. Al constatar cierta tibieza en la sociedad, publica en 1932 un folleto: «La peste del laicismo y sus manifestaciones», donde exhorta con vigor a los laicos para que luchen contra la secularización y la descristianización de la sociedad. Alemania conoce una crisis muy grave. El 30 de enero de 1933, Adolf Hitler es nombrado canciller. Clemens August no tiene ninguna confianza en el jefe del NSDAP (partido nacional-socialista), cuya doctrina y métodos violentos han sido condenados por los obispos alemanes. No obstante, Hitler, que necesita a los cristianos, les toma la delantera. El 20 de julio de 1933, se firma un concordato entre la Santa Sede y Alemania. El papa Pío XI no se hace ilusiones acerca de la sinceridad de Hitler, pero, al firmar ese concordato, quiere intentar conservar un espacio de libertad a la Iglesia Católica. Von Galen aprueba plenamente esa estrategia; sin embargo, el 3 de abril, durante la Misa de toma de posesión del consejo municipal de Münster, ante una asistencia que cuenta con numerosos dignatarios nazis, recuerda los dos fundamentos del orden social cristiano: la justicia y la fraternidad.

La diócesis de Münster se encuentra vacante desde enero de 1933. El 18 de julio, el capítulo cardenalicio elige por unanimidad al padre von Galen, después de que otros dos sacerdotes hayan rehusado, uno de ellos por razones de salud y el otro por temor a las dificultades. En su primer mensaje pastoral, el nuevo obispo comenta su divisa Nec laudibus, nec timore a sus diocesanos, que son un millón ochocientos mil: «Ni la alabanza, ni el temor de los hombres me impedirán transmitir la Verdad revelada, distinguir entre la justicia y la injusticia, entre las buenas acciones y las malas, así como opinar y advertir cada vez que resulte necesario».

Monseñor von Galen es de gran estatura, sencillo y cálido en la vida privada, pero lleno de majestad cuando celebra pontificalmente. Le gustan las procesiones, ya que en ellas la Iglesia, mediante sus fastos religiosos, puede plantar cara a la mística neopagana de las manifestaciones nazis. Desde 1934, el obispo condena una obra de Alfred Rosenberg: El mito del siglo xx. El ideólogo oficial del NSDAP exalta la sangre alemana, fuente de una humanidad superior que se construirá mediante la fuerza vital. En su carta pastoral de Cuaresma de 1934, el obispo de Münster califica esa doctrina de «engañifa del diablo» y recuerda que solamente la Sangre preciosa derramada por Jesucristo en el Calvario posee el poder de salvarnos, porque es la Sangre de Dios hecho hombre. Esta toma de posición provoca entusiasmo entre el pueblo católico de Westfalia. El obispo reincide en ello un año más tarde proclamando: «No podemos renunciar a confesar que existe algo más elevado que la raza, el pueblo y la nación: el todopoderoso y eterno Creador y Señor de los pueblos y de las naciones, al que todos los pueblos deben adhesión, adoración y servicio, y que es el fin último de todas las cosas».

Las raíces del cristianismo

La actitud del obispo de Münster frente a la persecución de los judíos es inequívoca. Ya de sacerdote nunca había considerado a los judíos responsables de las desgracias de Alemania. Al denunciar desde 1934 la exaltación de la «raza aria» en detrimento de las otras razas, despojaba de toda legitimidad al antisemitismo. Como obispo, no desaprovecha ninguna ocasión para subrayar que el cristianismo tiene sus raíces en la religión de Israel. Recuerda, además, que el deber de la caridad fraterna es extensivo a todos los hombres, cualesquiera que sean su raza y religión. Después del «pogromo» del 9 al 10 de noviembre de 1938 (la «noche de los cristales rotos»), durante el transcurso del cual la sinagoga de Münster es incendiada por la policía, Mons. von Galen ofrece su ayuda a la esposa del rabino de la ciudad, que ha sido encarcelado. Tras la liberación de éste unos días más tarde, renuncia a intervenir para no agravar la situación de los judíos.

El régimen hitleriano quiere asegurarse el monopolio de la educación de la juventud suprimiendo la clase de religión, hasta ese momento obligatoria en todas las escuelas. El obispo de Münster se opone victoriosamente a esa supresión basándose en el artículo 21 del Concordato de 1933. En noviembre de 1936, el delegado de educación de Oldenburg (al norte de la diócesis de Münster) ordena quitar todas las cruces y las insignias religiosas de las escuelas y de los edificios públicos. Dicha medida suscita, por iniciativa de Mons. von Galen, una verdadera «cruzada» de alocuciones, de oraciones y de peticiones a favor del mantenimiento de las cruces. El «Gauleiter» o prefecto de Oldenburg se ve obligado finalmente a retirar esa medida, con objeto de evitar mayores disturbios.

Entre 1933 y 1937, la Santa Sede ha protestado cuarenta y cuatro veces contra las violaciones del Concordato. Ante la inutilidad de esas gestiones, el cardenal-secretario de estado Pacelli (futuro Papa Pío XII), llama a consultas a Roma a cinco obispos alemanes, entre los cuales se halla Mons. von Galen. A continuación, el 14 de marzo de 1937, el Papa publica una encíclica redactada en alemán y titulada Mit brennender Sorge («Con encendida inquietud»). Pío XI condena en ella la divinización del pueblo y de la raza. La encíclica es publicada enseguida por el obispo de Münster en su diario diocesano; en medio del mayor de los secretos, manda imprimir 120.000 ejemplares, es decir, el 40% de los que la Iglesia conseguirá difundir en Alemania. El domingo 21 de marzo, todos los párrocos, por orden del obispo, leen desde el púlpito ese texto en la Misa mayor. La Gestapo (policía política) se vengará con toda rapidez aplicando medidas represivas. Sin embargo, la encíclica ha conseguido un eco favorable en los medios protestantes; Monseñor von Galen concibe entonces el proyecto de formar un frente común de todos los cristianos alemanes contra el neo-paganismo, con lo que éste será combatido en un terreno más amplio: la defensa de los derechos naturales de la persona humana (derecho a la vida, a la integridad, a la libertad religiosa; derecho de actuar según su conciencia; derecho de los padres sobre la educación de sus hijos).

Contra la escuela pagana

A principios de 1939, el poder nazi considera que ha llegado el momento de suprimir toda enseñanza confesional y todo tipo de clase de religión en la escuela. El 26 de febrero, en su catedral repleta de gente, el obispo de Münster pide a todos sus feligreses que protesten enérgicamente, mediante una petición, contra «la escuela pagana». Su llamada es seguida por decenas de miles de personas que, al firmar la petición, ponen en peligro su seguridad, sus bienes e incluso su vida. El 1 de septiembre de 1939, Alemania invade Polonia, lo que conlleva la declaración de guerra franco-británica. Monseñor von Galen, lejos de retomar el discurso belicista de la propaganda, encomienda a sus feligreses que recen por la patria y por la paz, concluyendo con el deseo de que «se conceda a todos los pueblos la seguridad de la paz en justicia y libertad».

A partir de la segunda mitad del año 1940, las medidas persecutorias contra la Iglesia se suceden: se retrasa la apertura de las iglesias hasta después de las 10 de la mañana a causa del «peligro de ataques aéreos», se arresta y se deporta a numerosos sacerdotes y se ocupan monasterios tras expulsar a sus ocupantes. Monseñor von Galen siente el deber imperioso de elevar su voz y, tras un tiempo de combate interior, el 13 de julio de 1941 pronuncia en su catedral la primera de las tres grandes homilías que darán la vuelta al mundo. Después de reprobar la expulsión de los religiosos, protesta contra el régimen de arbitrariedad y de terror que reina, y pide justicia. El domingo siguiente, exhorta a su pueblo a sobrellevar la persecución: «Semejantes a un yunque que no pierde su resistencia a pesar de la violencia de los golpes de martillo, los prisioneros, los marginados y los desterrados inocentes reciben de Dios la gracia de conservar su firmeza cristiana, mientras el martillo de la persecución los alcanza amargamente y los golpea produciéndoles heridas injustificables».

La defensa de los «improductivos»

Poco después será el sermón del 3 de agosto, en la catedral, en el que Mons. von Galen, al denunciar el exterminio de los enajenados, exclama: «¡Se trata de hombres y de mujeres, de nuestro prójimo, de nuestros hermanos y hermanas! Se trata de unos pobres seres humanos enfermos. Son improductivos, si queréis« Pero, ¿significa ello que han perdido el derecho a la vida?« Si se establece y se pone en práctica el principio según el cual se permite a los hombres matar al prójimo improductivo, entonces, caerá la desgracia sobre todos nosotros, pues llegaremos a ser viejos y seniles« Entonces, ningún hombre estará seguro, ya que cualquier comisión podrá añadirlo a la lista de personas «improductivas», que, según su opinión, se han convertido en «indignas de vivir». Y no habrá policía alguna para protegerlo, ni tribunal que pueda vengar su asesinato ni conducir a sus asesinos ante la justicia. Así pues, ¿quién podrá confiar en su médico? Él es quien decidirá quizás que ese enfermo se ha convertido en «improductivo», lo que significará su condena a muerte. No podemos ni imaginar la depravación moral y la desconfianza universal que se extenderán en el seno de la propia familia si esa terrible doctrina es tolerada, admitida y practicada. ¡Cuánta desgracia para los hombres, cuánta desgracia para el pueblo alemán si el santo mandamiento de Dios No matarás, que el Señor entregó en el Sinaí entre rayos y truenos, que Dios nuestro creador escribió en la conciencia del hombre desde el principio, si ese mandamiento no solamente es violado, sino que su violación es tolerada y ejercida impunemente!».

Pero, por desgracia, la eutanasia no desapareció con el nazismo, ya que, en nuestros días, es practicada en numerosos países. Se está reclamando su legalización alegando el «derecho a morir dignamente». El Papa Juan Pablo II emitió sobre la eutanasia el siguiente juicio: «Estamos aquí ante uno de los síntomas más alarmantes de la «cultura de la muerte», que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista que presenta el creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo demasiado gravoso e insoportable. Muy a menudo, éstas se ven aisladas por la familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la base de criterios de eficiencia productiva, según los cuales una vida irremediablemente inhábil no tiene ya valor alguno« Confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita» (Encíclica Evangelium vitae del 25 de marzo de 1995, 65).

Eutanasia fetal

Y más afan: son muchos los seres humanos a los que se da muerte hoy en día, antes incluso de que nazcan, mediante «eutanasia fetal», con el pretexto de que pueden padecer –según pruebas médicas– una grave discapacidad. Juan Pablo II nos dice lo siguiente: «Sucede no pocas veces que estas técnicas (de diagnóstico prenatal) se ponen al servicio de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto selectivo para impedir el nacimiento de niños afectados por varios tipos de anomalías. Semejante mentalidad es ignominiosa y totalmente reprobable, porque pretende medir el valor de una vida humana siguiendo sólo parámetros de «normalidad» y de bienestar físico, abriendo así el camino a la legitimación incluso del infanticidio y de la eutanasia» (Evangelium vitae, 63). Los padres sufren a veces presiones por parte de médicos que quieren obligarles a abortar para evitar el nacimiento de un hijo discapacitado (o sospechoso de serlo). Los propios médicos sufren la amenaza de procesos judiciales si permiten que nazca un niño «anormal». Son hechos que desvelan la existencia en nuestra sociedad de una mentalidad eugenésica que tiene afinidad con la de los nazis. Como lo subrayaba el Papa Benedicto XVI, estos últimos se guiaban por «una ideología según la cual, en el futuro, solamente debía considerarse lo que era útil y mesurable; el resto, según sus ideas, era considerado como lebensunwertes Leben, una vida indigna de ser vivida» (Discurso en el campo de concentración de Auschwitz, 28 de mayo de 2006). Ni los padres ni los médicos deben dejarse influir, sino que deben depositar su confianza en Dios y recordar que toda persona humana posee una dignidad inviolable y sagrada, por cuanto es creada a imagen de Dios y llamada a vivir por siempre de su vida divina.

La homilía de Monseñor von Galen contra la eutanasia es publicada clandestinamente y difundida ampliamente, tanto en Alemania como en el extranjero. A su autor le cuesta una amonestación por parte de Goering, que le acusa de «sabotear la capacidad de resistencia del pueblo alemán precisamente en medio de la guerra, mediante sus diatribas y panfletos». Hitler considera la posibilidad de mandar arrestar a ese obispo que osa oponerle resistencia, pero Goebbels le aconseja que espere la victoria militar definitiva, con objeto de evitar que se provoquen disturbios en Westfalia. No obstante, cerca de cuarenta sacerdotes de la diócesis de Münster son arrestados, diez de los cuales morirán en la deportación. En 1944, es deportado al campo de concentración de Oranienburg el propio hermano del obispo, Franz.

A partir de 1942, la guerra evoluciona en perjuicio de Alemania, y los bombardeos aliados sobre el país se hacen cada vez más frecuentes. El obispo se esfuerza entonces en ayudar a mitigar los horrores de la guerra en la población civil. Advierte a sus diocesanos de que no cedan a la sed de venganza, que es excitada por la propaganda oficial; el 4 de julio de 1943, en el transcurso de una peregrinación mariana a Telgte, declara: «Tengo el sagrado deber de proclamar el mandato de Cristo de renunciar al odio y a la venganza« ¿Acaso sirve de consuelo a una madre alemana que ha perdido a un hijo en un bombardeo que se le diga: «Pues bien, muy pronto mataremos al hijo de una madre inglesa»? No, el anuncio de semejante venganza no puede servir de consuelo, porque semejante actitud no sería ni cristiana ni alemana».

«¡Aguza el oído!»

El 19 de junio de 1943, durante una alocución en su catedral, Mons. von Galen deplora que el estado alemán «ignore y contrarreste todos los esfuerzos del Papa y de los obispos para alcanzar la paz». Pío XII ha propuesto a todos los beligerantes que realicen un congreso en Roma, pero Alemania lo ha rechazado. El 1 de febrero de 1944, en su carta pastoral de Cuaresma, el obispo de Münster subraya que la causa profunda de las catástrofes presentes reside en el rechazo por parte del hombre moderno de la autoridad de Dios, consistiendo el remedio en someterse a Jesucristo. Y el prelado termina con la siguiente súplica: «¡Pueblo alemán, aguza el oído! ¡Escucha la voz de Dios!». Entre octubre de 1943 y octubre de 1944, una serie de ataques aéreos destruyen la ciudad de Münster, incluida la catedral; diezmada por la muerte o el exilio, su población ha descendido de 150.000 a 25.000 habitantes; las demás ciudades grandes de la diócesis sufren la misma suerte. Monseñor von Galen, que ha escapado por poco de la muerte durante el bombardeo de su palacio episcopal, debe refugiarse en el campo; el 31 de marzo de 1945 asiste, en Sendenhorst, a la entrada victoriosa de las tropas anglo-americanas. El obispo se convierte entonces en el padre de los pobres y de los desdichados, que son innumerables y que carecen de alojamiento y de trabajo. Se erige en su defensor, frente a las fuerzas de ocupación aliadas, que dejan que la población sea presa de los pillajes y del hambre, con el pretexto de una «responsabilidad colectiva» del pueblo alemán.

El 23 de diciembre de 1945, Pío XII hace público el acceso al cardenalato de treinta y dos prelados, entre los cuales se encuentra Clemens August von Galen. El Papa pretende con ello rendir homenaje a la voz más valerosa del episcopado alemán durante el nazismo; al promover a tres alemanes, el Santo Padre pretende dejar de manifiesto –y así lo expresa públicamente– que el pueblo alemán no puede ser acusado en su conjunto de ser responsable de las atrocidades de la segunda guerra mundial. Después de un viaje penoso de siete días en tren, el obispo de Münster recibe el capelo cardenalicio el 21 de febrero de 1946, en Roma, en el transcurso de una grandiosa ceremonia. El cardenal Spellman, de Nueva York, proporcionará a los tres cardenales alemanes un avión militar norteamericano para reconducirlos a su país.

El 16 de marzo, el cardenal von Galen hace su entrada en Münster en ruinas, en medio de una muchedumbre entusiasta de 50.000 personas que ve en él motivos para esperar un futuro mejor. Tras expresar su pena por no haber sido considerado digno del martirio, añade que, si no fue arrestado por la Gestapo, lo debe al amor y a la fidelidad de sus diocesanos: «Estabais detrás de mí, y los que ostentaban el poder sabían que el pueblo y el obispo de la diócesis de Münster estaban fundidos por una inseparable unidad, y que, si golpeaban al obispo, sería el pueblo entero el que se consideraría golpeado. Eso es lo que me confortó interiormente y lo que me dio seguridad». Es el último acto público del «león de Münster». A partir del día siguiente, es víctima de una perforación intestinal, a consecuencia de la cual fallece el 22 de marzo de 1946.

El 9 de octubre de 2005, a la salida de la ceremonia de beatificación, el Papa Benedicto XVI declaró: «En esto reside el mensaje siempre actual del beato von Galen, en que la fe no queda reducida a un sentimiento privado, que quizás incluso habría que esconder cuando molesta, sino que implica igualmente la coherencia y el testimonio en el dominio público, en favor del hombre, de la justicia y de la verdad».

Pidamos a Dios, para nosotros y para todos los pastores de la Iglesia, por intercesión del beato Clemens August, el valor de no dejarnos influir, en el testimonio de nuestra vida cristiana, «ni por los halagos ni por el temor» de los hombres. De ese modo, podremos trabajar eficazmente por la gloria de Dios y la salvación de las almas.

Dom Antoine Marie osb

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