Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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8 de abril de 2007
Pascua de Resurrección


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«A unos pobres cristianos como, en el fondo, somos todos, los mártires nos animan a vivir el Evangelio en serio y en su integridad, afrontando con valentía los pequeños y grandes sacrificios que la vida cristiana, vivida con fidelidad a las palabras y a los ejemplos de Jesús, comporta normalmente. Los mártires son los imitadores más auténticos de Jesús en su pasión y muerte» –afirmaba el cardenal Saraiva Martins (29 de octubre de 2005). Y seguía diciendo: «Por eso la Iglesia ha honrado su memoria y los ha propuesto en cada época a los cristianos como modelos a imitar». La beata sor Zdenka Schelling es una mártir que el Papa Juan Pablo II nos presentó como «ejemplo luminoso de fidelidad en los momentos de persecución religiosa extrema y despiadada» (14 de septiembre de 2003).

Cecilia Schelling nace el día de Navidad de 1916 en Krivá, Eslovaquia, país del imperio austro-húngaro. Es el décimo hijo de una familia de campesinos. Su pueblo natal está enclavado en una magnífica región montañosa de población profundamente católica. Al final de la primera guerra mundial, Eslovaquia es unida a Bohemia y a Moravia para formar Checoslovaquia. En 1929, a petición del párroco, las hermanas de la Santa Cruz de Ingenbohl (en Suiza) se instalan en el pueblo de Krivá para atender a la educación de los niños. El nivel de enseñanza que imparten las hermanas es destacado; además de ello, prodigan cuidados a los enfermos e introducen nuevos métodos de agricultura. Gracias a su dedicación, en el pueblo reina una buena armonía.

Cecilia es de constitución delicada y sensible, pero posee un temperamento combativo. Su inteligencia y vivacidad le mueven a arrastrar a sus compañeros a las travesuras. Cuando se le mete algo en la cabeza, no piensa en las consecuencias« Un día, instigados por ella, los alumnos de la clase levantan hasta tal punto la silla giratoria de un profesor de baja estatura que, al sentarse en ella, vuelca y cae al suelo, ante el regocijo de los niños. Cecilia aprende con facilidad y, en los exámenes, ayuda a escondidas a los compañeros de al lado. Sin embargo, fascinada por la vida ordenada de las religiosas que la educan, a la edad de quince años solicita ser admitida en la Congregación. Las hermanas de la Santa Cruz se dedican a todo tipo de obras de caridad: hogares, escuelas, clínicas, sanatorios, cuidado de ancianos y de marginados« Disponen de centros propios de formación. Al término de cuatro años de estudios, Cecilia obtiene el título de enfermera, y el 30 de enero de 1937, profesa sus primeros votos. Recibe el apelativo típicamente eslavo de sor Zdenka, que puede traducirse como «Sidonia».

En 1939, la parte checa del país queda anexada al Reich alemán, de forma que Eslovaquia se convierte en un estado diferente, satélite de Alemania. Hasta 1942, sor Zdenka sirve en un hospital del centro de Eslovaquia oriental; después, es requerida en el hospital público de Bratislava. Zdenka es concienzuda, está dotada de un sentido innato del orden y de la limpieza, posee una gran sensibilidad que le permite comprender a los enfermos y es apreciada y valorada tanto por los médicos como por los pacientes. La oración es el alma de su vida, como ella misma dice: «En mi servicio hospitalario, me traslado del altar de Dios al altar de mi trabajo« No tengo miedo a nada, e intento abordarlo todo con alegría. Mi anuncio del Evangelio lo realizo más con el ejemplo que con las palabras, como lo hizo Cristo al manifestarse mediante el testimonio de su vida».

Huir a Occidente

En 1945, Checoslovaquia es reconstituida, pero a finales de febrero de 1948, los soviéticos imponen el comunismo. Las industrias y las propiedades son estatalizadas, una reforma agraria desposee a la Iglesia y la mayoría de los periódicos quedan proscritos. En abril de 1949, se crea una comisión para proceder a la supresión sistemática de la Iglesia Católica. En 1950, con el pretexto de que son lugares de revuelta contra la democracia popular, los conventos son clausurados. Sin embargo, las religiosas que trabajan en hospitales, a falta de personal laico cualificado, pueden conservar temporalmente su empleo. Son muchos los sacerdotes, seminaristas y religiosos que intentan huir a Occidente, pero no existe posibilidad legal alguna de hacerlo. Además, cualquier ayuda a un fugitivo es considerada como traición al país, implicando penas muy severas.

El padre Sandtner, que ha intentado huir en vano, es conducido, gravemente enfermo, al hospital de Bratislava. Sor Zdenka le dedica un cuidado especial. A pesar de la total prohibición, celebra la Misa en su presencia en una pequeña habitación. Cuando mejora su estado de salud, está previsto que regrese a prisión, pero la hermana consigue alargar su estancia en el hospital. La actitud de sor Zdenka provoca enfrentamientos cada vez más duros con el régimen instaurado. A lo largo del año 1951, un sacerdote muy activo, Stefan Kostial, es encarcelado y torturado por haber intentado huir del país. En un estado de total extenuación, es trasladado al hospital de Bratislava, donde Zdenka le dedica toda su atención. Tras recuperar fuerzas, el 20 de febrero de 1952 debe comparecer ante un tribunal para ser juzgado. Sor Zdenka contacta entonces con personas que podrían ayudarle a escapar y, durante la noche del 19 de febrero, tras preparar un té al vigilante de guardia y añadirle un somnífero, Stefan Kostial consigue huir. Unos días más tarde, fracasa una tentativa para ayudar a evadirse a otros sacerdotes.

¡Me toca a mí!

El 29 de febrero, la policía irrumpe en el hospital. Un testigo relata lo siguiente: «Los policías peinaban el hospital. Ante nuestras miradas, una religiosa fue apresada. Entonces, sor Zdenka, testigo de la escena, exclamó: «¡Esta vez, me toca a mí!». Me llamó y me pidió que me llevara algunos documentos que guardaba y que los escondiera en otro lugar« Nada más dejar el hospital, los policías me preguntaron dónde se encontraba sor Zdenka. Ella se apresuraba en recoger algunos objetos de aseo antes de ser descubierta« La encontraron finalmente y se la llevaron junto a otras hermanas». Más tarde se supo que el conductor del camión que había participado en la evasión de los sacerdotes era un espía reclutado por el gobierno, al que se había encomendado vigilar especialmente a las mujeres y denunciarlas.

Sor Zdenka había escrito: «No tengamos miedo de sufrir. Dios nos da siempre la fuerza y el coraje necesarios. Siempre creeré en su gracia, y nada me trastornará, ni la tormenta ni las nubes amenazadoras. Si eso ocurre, será por poco tiempo. Mi confianza y certidumbre se verán reforzadas». Al beatificarla, el Papa Juan Pablo II dijo en el mismo sentido: «La Cruz plantada en la tierra parecería hundir sus raíces en la malicia humana, pero es proyectada hacia lo alto, como un dedo índice dirigido hacia el cielo, como un índice que señala la bondad de Dios. Por medio de la Cruz de Cristo es derrotado el maligno, es vencida la muerte, se nos transmite la vida, se nos restituye la esperanza y se nos concede la luz». Sor Zdenka debe enfrentarse a esa experiencia austera. La policía estatal pretende arrebatarle detalles de las evasiones, sobre todo los nombres de los cómplices, pero ella nada desvela. Más tarde afirmará: «Pretendían que confesara hechos engañosos y falsos». Ante su rotunda negativa a mentir, los guardias le someten varias veces a la tortura de la asfixia. Ella misma lo cuenta: «Aquel suplicio terminó cuando, completamente extenuada, estaba a punto de desmayarme. Entonces, me pusieron unas gafas negras y me arrastraron por los pasillos de la cárcel hasta un calabozo siniestro« Cuando recobré el conocimiento, busqué a mi alrededor algún objeto sobre el que poder descansar mi dolorida cabeza. Como la búsqueda resultó vana, me quité los zapatos y los usé como almohada. De todas maneras, eran más blandos que el suelo de hormigón».

Amor a la verdad y discreción

Encarcelada a causa de su caridad para con los sacerdotes, sor Zdenka habría podido evitar seguramente muchos sufrimientos si hubiera aceptado decir algunas mentiras o denunciar a algunas personas, pero ella siempre se negó. El Antiguo Testamento da testimonio de que Dios es fuente de toda verdad. Su palabra es verdad (cf. Pr 8, 7; 2 S 7, 28). En Jesucristo, la verdad de Dios se manifestó por completo. Él es la Verdad (Jn 14, 6). A sus discípulos, Jesús les enseña el amor a la verdad: Sea vuestro lenguaje: 'Sí, sí'; 'no, no' (Mt 5, 37). En consecuencia, el Compendio (abreviado) del Catecismo de la Iglesia Católica recuerda lo siguiente: «Toda persona es llamada a la sinceridad y a la veracidad en su conducta y en sus palabras. Todos tenemos la obligación de buscar la verdad y de adherirnos a ella, ordenando toda nuestra vida según las exigencias de la verdad. En Jesucristo, la verdad de Dios se manifestó por entero. Él es la Verdad. Quien le sigue vive en el Espíritu de la verdad y rehuye la duplicidad, la simulación y la hipocresía (n. 521). El Catecismo de la Iglesia Católica precisa: «El derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional. Todos deben conformar su vida al precepto evangélico del amor fraterno. Éste exige, en las situaciones concretas, estimar si conviene o no revelar la verdad a quien la pide. La caridad y el respeto de la verdad deben dictar la respuesta a toda petición de información o de comunicación. El bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada, el bien común, son razones suficientes para callar lo que no debe ser conocido, o para usar un lenguaje discreto. El deber de evitar el escándalo obliga con frecuencia a una estricta discreción. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla» (n. 2488-2489).

Fiel a la verdad, sor Zdenka es sometida a otras sesiones de tortura, en las que le golpean por todo el cuerpo. Sólo la convicción de que Dios la protege le da la energía necesaria para soportar esos sufrimientos. «Cuando los mártires son personas pobres y humildes, que han dedicado su vida a obras de caridad y que sufren y mueren perdonando a sus verdugos, nos encontramos entonces ante una realidad que sobrepasa el nivel humano y que obliga a comprender que solamente Dios puede conceder la gracia y la fuerza del martirio. Así, el martirio cristiano es un signo, elocuente más que nunca, de la presencia de la acción de Dios en la historia humana» (cardenal Martins). Durante toda la instrucción del proceso, sor Zdenka permanece sola en una celda sin ventana, sentada, tiritando de frío. No sabía –nos dice– si era de día o de noche, y no recuerdo cuánto tiempo duró aquel aislamiento. Después de un tiempo que me pareció interminable, me trasladaron de improviso a otra celda, donde me dieron de comer y de beber, ya que, en presencia del tribunal, ¡debía tener mejor aspecto!».

El 17 de junio de 1952, comparecía ante la justicia de Bratislava por colaboración en tentativa de evasión de seis sacerdotes católicos romanos. Sentada en el banco de los acusados, sor Zdenka parece haber envejecido varios años. En su rostro pueden leerse el sufrimiento y el miedo. El veredicto del tribunal la condena a doce años de cárcel como culpable de alta traición. También es acusada de ser «el enemigo número uno» del régimen democrático popular. Ante la vigilancia de un miembro de la seguridad, sor Zdenka firma la siguiente declaración: «Me doy por enterada de las acusaciones y de la conclusión del proceso. No me siento culpable. Reconozco los hechos que se me imputan, pero rechazo la acusación de alta traición. El guardia había hecho correr la noticia de que los cinco sacerdotes detenidos iban a ser deportados a Siberia y asesinados. Aquello me inquietó y quise salvarlos. Fue simplemente compasión lo que me decidió a ayudarlos a escapar. Fui demasiado ingenua al creer las palabras del guardia, pero no por eso soy una enemiga de la democracia popular».

Profunda incomprensión

Sor Zdenka es encarcelada en la prisión de Rimavská Sobota, donde procuran que los detenidos no entablen amistad entre ellos. La prisión se encuentra en un estado lamentable: los muros son grises y húmedos, las rejas están oxidadas y los pasillos huelen a moho. Sor Zdenka compara a los vigilantes y al personal con robots. Se siente realmente sola, pero sobre todo incomprendida, ya que algunas de sus hermanas han interpretado su actividad caritativa hacia los fugitivos como una desobediencia a los superiores eclesiásticos, que habían dado consignas estrictas recomendando no provocar al régimen, a fin de evitar un exceso de odio y problemas. Cuando se entera de esas críticas, sor Zdenka se siente profundamente herida.

Una joven, Apolonia Galis, que llegará a ser religiosa de la Santa Cruz y fallecerá a la edad de 78 años el 21 de junio de 2003, visita a la detenida en la cárcel, trayéndole a escondidas galletas a las que ha añadido vitaminas. He aquí lo que Apolonia cuenta: «Sor Zdenka, pálida y delgada, estaba sentada tras una gran mesa. Había una vigilante plantada detrás de ella que observaba atentamente lo que hacíamos». En una carta que envía clandestinamente, la hermana lanza un verdadero grito de desesperación, una llamada de socorro para conseguir una mejora en sus condiciones de vida y poder recibir cuidados médicos fuera de la cárcel. Atormentados por la inquietud, la madre y el joven hermano de sor Zdenka deciden ir a visitarla. La dirección de la cárcel les deja entrar, pero haciéndoles entender con claridad que no deben manifestar ningún sentimiento, ninguna emoción, so pena de ver reducido el encuentro.

Después de pasar año y medio detenida, sor Zdenka es trasladada al servicio penitenciario del hospital de Praga, donde es operada de un tumor cancerígeno en un pecho. Al salir de la intervención quirúrgica, Helena Korda, otra presa política recientemente operada de una hernia discal producida por los trabajos forzados que se le han impuesto en un campo de concentración, acepta ocuparse de sor Zdenka. Al observar durante largo rato cómo duerme la hermana, percibe una inexplicable paz en la enferma. De repente, ésta abre los ojos. Helena nunca ha visto ojos tan hermosos, claros y límpidos, pero a la vez llenos de tristeza y sufrimiento. Una intimidad inexpresable se establece entre ambas mujeres; pero sor Zdenka no puede hablar mucho, pues su sufrimiento resulta intolerable.

Un ramo de rosas blancas

La celda que ocupa no se encuentra caldeada, y la alimentación es insuficiente. No se le aplica ninguna terapia después de la operación, ni tampoco se le administra ningún sedante. Pero ella se agarra a la vida. Una mañana, Helena la oye decir lo que sigue: «Cada vez que puedo ver el sol a través de los barrotes de la ventana es un gozo para mí». Habla con frecuencia de su infancia, y le agradaría volver a su pueblo natal y encontrarse con su familia, sobre todo con su madre. Al cabo de tres semanas, llega una orden que cae como una bomba. La vigilante comunica a sor Zdenka: «¡Se la llevan a Brno!». Es imposible resistirse. Con el corazón desgarrado, ambas amigas se abrazan; luego, sor Zdenka se recupera: «No hay que llorar« tú serás liberada, pero todo ha terminado para mí. Además, si mis presentimientos se cumplen, un día te acercarás a mi tumba y depositarás un ramo de rosas blancas. ¡Me gustan tanto!». Ya no se volverán a ver jamás en la tierra. Helena recuperará la libertad en 1960, yendo a depositar un gran ramo de rosas blancas sobre la tumba de su amiga.

En Brno, a donde sor Zdenka es trasladada, los presos se comunican entre ellos gracias al alfabeto Morse. El director de la cárcel decide que la hermana se convierta en una espía, pidiéndole que intercepte los mensajes y que se los transmita. Ante su negativa, es enviada a otra prisión más terrible, a Pardubice, en Bohemia. Allí, es confinada en una celda aislada y sin cama, y alimentada lo justo para que no muera. Apolonia Galis consigue visitarla en aquel lugar; éste es su testimonio: «Todo era siniestro. Entre aquellos muros, yo misma me sentí invadida por el miedo y, durante el camino de regreso, me puse a llorar a lágrima viva. Había tenido la esperanza de poder intercambiar algunas palabras con sor Zdenka, pero resultó imposible« Solamente pude ver el rostro terroso de mi amiga. Saltaba a la vista que se encontraba muy enferma. Con su mirada, me suplicaba que hiciera lo posible para liberarla, lo que me habría costado muy caro, y ni yo ni su familia disponíamos de los medios necesarios. Así pues, tuvo que aguantar todavía durante once largos meses».

No obstante, el gobierno no desea que los prisioneros mueran estando detenidos y que se conviertan en mártires. Al considerarse que sor Zdenka no tiene cura, se le devuelve la libertad el 15 de abril de 1955. Una religiosa que también había sido encarcelada y liberada como ella la acoge, pero pronto le da a entender que no pueden permanecer juntas. Para no comprometer la vida de esa hermana, sor Zdenka se dirige a Bratislava, presentándose a la superiora del convento, en el hospital público. Pero, ante el temor de esta última de que su presencia pueda causar problemas, sor Zdenka debe marcharse. Aunque comprende los argumentos de la superiora, ese rechazo la hiere profundamente. En Trnava, adonde llega extenuada en compañía de Apolonia Galis, se produce una nueva decepción: las hermanas tampoco quieren recibirla.

Apolonia la acoge en su casa, pero una semana después debe ser hospitalizada. Tiene metástasis cancerosas en ambos pulmones. Apolonia la visita a menudo, maravillándose de la serenidad y paciencia heroica con que soporta la insuficiencia respiratoria que la oprime. Un día, la ve llorando: querría saber qué le ha sucedido al sacerdote al que ayudó a huir. Sin embargo, tiene el inmenso gozo de volver a ver a su madre, que ha llegado de Krivá. Al sentir que la muerte está cercana, sor Zdenka reza de este modo: «Dios mío, acudo a ti con corazón humilde y arrepentido. Estos pies fríos y rígidos me recuerdan que mi peregrinaje terrestre toca a su fin. Mis manos están débiles y temblorosas, mis ojos están llenos de angustia y mi mirada es confusa. Si mi alma se ve importunada por fantasmas engañosos, angustiada por la agonía y turbada por el recuerdo de todo lo que he omitido o hecho mal, si debo luchar contra el ángel de las tinieblas que esconde tu bondad y llena mi alma de espanto, entonces ten piedad de mí, y, si lloro, acepta mis lágrimas en señal de reconciliación. Finalmente, cuando mi alma se halle ante ti y pueda ver por primera vez tu majestad, ten piedad de mí».

Al despuntar el día del domingo 31 de julio de 1955, sor Zdenka entrega su alma a Dios tras haber recibido la sagrada comunión. Su cuerpo reposa actualmente en el cementerio de Podunajské-Biskupice, en un panteón de las hermanas de la Santa Cruz. Quince años después de su muerte, sor Zdenka será rehabilitada por el Tribunal Supremo de la República Socialista eslovaca, según afirma en el dictamen del 6 de abril de 1970: «La sentencia de alta traición no se justifica. Los actos cometidos no suponían peligro alguno para la sociedad, no reclamando intervención punitiva alguna. Además, los agentes de policía habrían podido impedir aquellas evasiones, en lugar de provocarlas». El presidente del senado, que había firmado la condena de sor Zdenka, acabó convirtiéndose, lamentando amargamente las despiadadas condenas que había aprobado, sobre todo la de la hermana.

La victoria de la verdad

Más glorioso todavía fue el triunfo que alcanzó sor Zdenka con motivo de su beatificación. La Iglesia manifestó al respecto que sus sufrimientos y su muerte son una victoria. «San Agustín decía: «Non vincit nisi veritas» (Sólo la verdad triunfa). No es el hombre quien vence al hombre, ni los perseguidores a sus víctimas, a pesar de las apariencias. En el caso de los mártires cristianos, lo que finalmente prevalece sobre el error es la verdad; porque, como concluía el santo doctor de Hipona, «Victoria veritatis est caritas», es decir, la victoria de la verdad es la caridad« El martirio cristiano proclama de manera clara que Dios, la persona de Jesucristo, la fe en Él y la fidelidad al Evangelio son los valores más elevados de la vida humana, hasta el punto de que se deba sacrificar hasta la propia vida por ellos» (cardenal Martins).

Que la Cruz presente en nuestras realidades cotidianas sea para nosotros el camino que conduce a la vida, y un manantial de fuerza y esperanza.

Dom Antoine Marie osb

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