Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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6 de julio de 2006
Santa María Goretti


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

En lo más profundo del corazón del hombre se inscriben el deseo y la nostalgia de Dios. Al principio de sus Confesiones, san Agustín da testimonio del carácter imperioso de ese deseo: «nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti» (Confesiones i, i, 1). Vamos a ver de qué manera esa «inquietud» orienta el avance de un alma hacia la verdad.

Alessandra di Rudini nace el 5 de octubre de 1876 en Roma, en el seno de una familia de la alta aristocracia siciliana. Su padre, el marqués di Rudini, alcalde de Palermo a los veinticinco años tras el golpe de mano del «condottiere» Garibaldi sobre la Sicilia de los Borbones, comparte la hostilidad del rey Víctor Manuel II hacia la Iglesia; llegará a ser varias veces ministro. María de Barral, la madre de Alessandra, sufre con las ideas revolucionarias de su marido; su débil salud no le permite cuidar a su hija con el afecto que quisiera. Alessandra tiene un hermano mayor: Carlo.

Un volcán en continua erupción

«Sandra» da muestras, desde la infancia, de poseer un carácter obstinado e indomable. Siente tal fascinación por los caballos que pronto se convertirá en una excelente amazona. A los diez años, ingresa en el internado del Sagrado Corazón de la Trinidad de los Montes, en Roma. Su madre tiene la esperanza de que las religiosas le ayuden a corregir ese carácter independiente, pero Sandra se comporta con rebeldía, comete barrabasadas en el internado y distrae a las demás internas. A causa de ello, es expulsada al término del curso escolar. Su padre la inscribe entonces en la Anunciación de Poggio Imperiale, colegio de espíritu liberal, donde la directora le concede toda la libertad de seguir su inclinación inmoderada por la lectura« A pesar de todo, y en poco tiempo, Sandra llega a ser una excelente alumna; sin embargo, a partir de los trece años, por la influencia de un maestro no creyente, experimenta dudas contra la fe. «Su inteligencia era como un volcán, en continua erupción» ?dirá una de sus compañeras. Por lo demás, tiene un corazón de oro, y a menudo regresa al internado con el bolso vacío, tras dárselo todo a los pobres.

A la edad de dieciséis años, de regreso a la residencia familiar, Sandra descubre la ausencia de su madre, cuya enfermedad le ha obligado a retirarse a un asilo. Se apoya entonces en su padre, que está orgulloso de ella, pues Sandra no es de las que pasan desapercibidas: es muy alta, y tan hermosa como inteligente. Además de desempeñar las tareas propias de un ama de casa, se deja iniciar en la alta política por su padre, que llegará a ser en varias ocasiones presidente del Consejo de ministros. No obstante, una profunda crisis espiritual turba el alma de Sandra. Más tarde, dirá: «Era como si todo se hundiera a mi alrededor, y buscaba con pasión desesperada un firme punto de apoyo fuera de mí misma. Recuerdo algunas noches de ansiedad y de pena indecible. No existe peor dolor que el del alma que busca y no consigue alcanzar la verdad». Consciente de la dificultad que sienten las personas que buscan la verdad, el Papa Juan Pablo II escribía: «Ante tales cometidos, lo más urgente hoy es llevar a los hombres a descubrir su capacidad de conocer la verdad y su anhelo de un sentido último y definitivo de la existencia» (Encíclica Fides et ratio, septiembre de 1998, 102).

La lectura de la Vida de Jesús de Ernest Renan, obra que niega lo sobrenatural y que no ve en Jesús más que un «hombre extraordinario», resulta fatal para la vacilante fe de Alessandra. Sobre aquel día, dirá más tarde: «fue uno de los momentos más tristes de mi existencia, ya que sentí que mi vida perdía su única razón de ser». Un largo camino de tinieblas se abre ante la joven, durante el cual se propone divertirse relacionándose con la sociedad más selecta: realiza un crucero en el yate personal del emperador de Alemania Guillermo II, entabla estrechas relaciones con la reina Margarita de Italia« A los dieciocho años, Sandra sorprende a sus allegados casándose con Marcello Carlotti da Garda, marqués de Riparbella, diez años mayor que ella. Quizás haya que explicar esa decisión, en parte, por el deseo de la joven de dejar el hogar familiar, pues su padre acaba de introducir en la casa a una amante, que se convertirá en su esposa tras la muerte de María de Barral, acontecida en 1896. Los recién casados se instalan en la lujosa propiedad que los Carlotti poseen en Garda. Durante los años que siguen, la joven da a luz a dos pequeños: Antonio y Andrea.

Pero, bien pronto, Marcello manifiesta síntomas de padecer tuberculosis. A partir de comienzos de 1900, se siente perdido y se esfuerza por afrontar la muerte como adepto de las teorías materialistas. Su esposa escribe por aquellos días: «Marcello hace grandes esfuerzos por mostrase sereno, e incluso casi indiferente, diría yo« Sin embargo, estoy casi segura de que todo es artificial y de que, el pobre, sufre por partida doble, no queriendo siquiera demostrar que sufre». Como consecuencia de ese hecho, Sandra vuelve un poco a la fe, preocupándose de que su marido no abandone este mundo sin los auxilios de la religión. Se dirige entonces a un prelado de Verona, a Monseñor Serenelli, pero éste no puede hacer otra cosa más que manifestar su simpatía hacia la pareja que padece tribulación, ya que el marqués Carlotti rehúsa todo auxilio religioso. Marcello Carlotti fallece el 29 de abril de 1900, sin haber manifestado ninguna señal de apertura hacia las realidades eternas. Alessandra se queda viuda a los 24 años, con dos hijos, y con el sentimiento de no haber sabido llevar a buen fin su misión espiritual en favor de su marido.

Un vacío que nada puede colmar

A pesar de todo, la marquesa se dedica con ahínco a la educación de sus hijos, y parece que consigue recobrar el gusto por la vida. En noviembre de 1901, escribe lo siguiente a Monseñor Serenelli: «Siento en mi interior la ausencia de un ideal; es un vacío en mi vida que nada puede colmar, ninguna distracción, ninguna locura ni ocupación. ¿De qué me sirve tener salud, vivir con desahogo o tener un nombre, si me resulto odiosa a mí misma? Más allá de su experiencia por haber consagrado la vida a aliviar tantas miserias, créame que la mía, al ser secreta y soportada con ademán impasible, no por ello es de las más llevaderas». Durante el transcurso del invierno de 1900-1901, Alessandra deja el cuidado de sus hijos en manos de una institutriz y, en compañía de una lady inglesa, parte hacia un peligroso viaje de exploración por Marruecos. Alessandra se percata de la religiosidad de sus guías musulmanes, que se prosternan cinco veces al día ante el Eterno. Impresionada por ello, se pregunta si todas las religiones no son igual de válidas: «Durante mucho tiempo consideré que todas las religiones tenían un valor casi semejante y que, en consecuencia, todas debían ser consideradas desde el punto de vista de la utilidad social» (carta del 14 de febrero de 1902).

Esta mentalidad se encuentra muy extendida en la actualidad. La Iglesia responde a ello del siguiente modo: «Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta» (Compendio de Benedicto XVI, 9). «Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el cual es «el camino, la verdad y la vida» (cf. Jn 14, 6), se da la revelación de la plenitud de la verdad divina» (Declaración Dominus Iesus de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 6 de agosto de 2000, 5). La Iglesia está autorizada a dar con seguridad tal enseñanza porque Jesucristo ha demostrado con sus obras que es Dios, hasta el extremo de decirles a quienes iban a darle muerte: Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, creed por las obras, aunque a mí no me creáis, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre (Jn 10, 37-38). El mayor milagro de Jesucristo es el acontecimiento histórico, a la vez que trascendental, de su propia resurrección. Él mismo la predijo públicamente, y los Apóstoles dieron testimonio de ella aun a riesgo de su propia vida.

Llena de dudas, Sandra se encomienda a Dios: «En ocasiones rezaba –escribirá– pidiendo con insistencia a Dios un rayo de luz y de gracia, y sobre todo el don de la fe« Y repetía entonces varias veces, a grandes intervalos de tiempo, la promesa de entregar mi vida a Nuestro Señor, en la forma más perfecta y completa que pudiera concebir, si se dignaba concederme esa gracia».

Una labor leal pero ineficaz

De regreso a Italia, Alessandra se sumerge de nuevo en los círculos mundanos, si bien confiesa a algunas personas su desconcierto y búsqueda espiritual. El cardenal francés Mathieu le aconseja el estudio perseverante de la filosofía y de la teología, proponiéndole incluso un plan de trabajo. Por desgracia, en lugar de seguirlo, se lanza febrilmente a la lectura de obras de crítica filosófica o bíblica de tendencia racionalista. Según reconoce, ello desembocará en una profunda turbación. Se imagina que puede resolver esa crisis intelectual mediante una labor leal y perseverante, pero pretender alcanzar la fe por sus propias fuerzas significa olvidar que se trata de un don de Dios: porque separados de mí no podéis hacer nada, dice Jesús (Jn 15, 5). Convencida de que puede leerlo todo sin discernimiento, Sandra se ve bamboleada por las inestables mareas de la duda. Monseñor Serenelli se percata de ello, recomendándole en una carta que sea más humilde en su búsqueda de la Verdad: «La fe pura y luminosa no es fruto de razonamientos humanos, sino un don de Dios« en consecuencia, pidámosle al Señor el don de esa fe». Tras las exhortaciones de ese prelado, en febrero de 1902 se confiesa y comulga. Sin embargo, a ese gesto le falta calado, no engendrando más que una práctica sacramental intermitente y cumplida en medio del desasosiego y de la incertidumbre, por lo que no consigue recuperar verdaderamente la fe. Se presagia una crisis más grave.

El 26 de mayo de 1903, en la Scala de Milán, Alessandra es presentada a Grabriele d'Annunzio, amigo de su hermano. Ese hombre afamado, que según dicen es el mayor poeta italiano de su tiempo, desagrada en un principio a la joven, que ha oído hablar de su reputación como seductor. Por el contrario, en él nace una viva pasión por esa mujer tan hermosa como inteligente; así que no se desanima ante la frialdad que le manifiesta, pues se sabe irresistible con el incomparable fulgor de su verbo. Según propia confesión, Alessandra recibe el «flechazo» el 12 de noviembre de 1903, el día de la boda de su hermano Carlo, aceptando volver a ver a d'Annunzio varias veces y rindiéndose al encanto del seductor. No obstante, Sandra intenta escapar, contestando con negativas a las cartas diarias que él le hace llegar, e incluso se plantea retirarse en un convento del Cenáculo que le recomienda Monseñor Serenelli; pero ese retiro nunca tendrá lugar. A partir de entonces, el cepo se cierra a su alrededor. A pesar de los reproches de la familia, en mayo de 1904 se reúne con d'Annunzio en su villa de la «Capponcina», cerca de Pisa, renunciando a su honor y abandonando a sus dos hijos. El enajenamiento de los amantes dura un año.

En la primavera de 1905, Sandra cae gravemente enferma y debe ser trasladada a una clínica, donde es intervenida quirúrgicamente en tres ocasiones. Teme morir sin recibir los sacramentos, pero le falta valor para romper con d'Annunzio. Cuando abandona la clínica, ya curada, su belleza se ha marchitado en parte, y constata enseguida que el poeta ya no es el mismo con ella; ese inestable tiene ya en mente una nueva conquista. A finales de 1906, le da a entender que está de más en la «Capponcina». El año siguiente es muy doloroso para Alessandra, aunque esa lamentable aventura le ayuda a comprender que está hecha para amar, pero no a una criatura, sino al Creador. La bienaventuranza prometida por Dios «Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo, fuente de todo bien y de todo amor» (CEC, 1723).

«El único objeto de mis pensamientos»

De regreso a su residencia, en Garda, Alessandra se reconcilia, a finales de 1907, con Monseñor Serenelli, a quien escribe: «Soy consciente de que mi plegaria es demasiado indigna para llegar a Dios, pero me atrevería a decir, con el rey David: Ten piedad de mí, Señor; cura mi alma, pues he pecado contra ti« Ayúdeme a encontrar el camino que conduce hasta Dios, pues siento gran dolor por estar alejado de Él, y ése es el único objeto de mis pensamientos». El prelado no rehúsa recibir a la hija pródiga, cuya confesión escucha inmediatamente. Cuando apunta la primavera de 1908, Sandra realiza un retiro espiritual de san Ignacio. Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio han producido, a lo largo de los siglos, abundantes frutos de santidad. El Papa Juan Pablo II, al igual que sus predecesores, los recomendó para todos, en especial para los jóvenes: «Son una experiencia casi necesaria, sobre todo en algunos momentos delicados del crecimiento, si queremos que los jóvenes sigan siendo cristianos» (17 de noviembre de 1989).

Para que se ocupe de la educación de sus dos hijos, Alessandra contrata como preceptor a un sacerdote francés, el padre Gorel, a quien expone sus últimas objeciones contra la fe. Persuadida como está de que la doctrina católica contradice su razón, le cuesta admitir, por ejemplo, la posibilidad del milagro. Todavía no ha comprendido que, «aun cuando la fe sea superior a la razón, nunca puede haber disentimiento real entre la fe y la razón: puesto que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, es quien ha encendido en la mente del hombre la luz de su razón, y Dios jamás puede negarse a sí mismo, ni poner en contradicción la verdad con la verdad» (Concilio Vaticano I, Dei Filius, i, iv, 22). El milagro es posible, ya que Dios, que es el autor de las leyes de la naturaleza, también ostenta el poder de derogarlas. Jesucristo realizó milagros para ofrecer pruebas de su misión y de su naturaleza divinas, y concede ese mismo poder a algunos de sus Santos, para bien de las almas.

El padre Gorel aconseja entonces a Sandra que realice un viaje a Lourdes. Ella acepta, no sin escepticismo, y, el 5 de agosto de 1910, se encuentra providencialmente presente en la oficina de comprobaciones médicas en el momento de la curación milagrosa más destacada de aquel año: la de un paralítico aquejado de mielitis incurable. A partir de ese momento, está convencida de la posibilidad de los milagros. En medio de un profundo recogimiento, se confiesa al padre Gorel, quien dirá después de su muerte: «Todas las indecisiones, todas las dilaciones y resistencias habían sido vencidas, y esta vez para siempre». Alessandra precisará: «Reflexioné mucho sobre el acto que realicé en Lourdes, y me alegra reconocer que no actué movida por un momento de emoción religiosa, sino que realicé un acto voluntario y reflexivo, preparado a lo largo de muchos años de estudio y meditación.

Tu lugar de reposo

La idea de llegar a ser religiosa no la abandona, renovando ante Dios la ofrenda de sí misma y pidiéndole que la ilumine. La que exclamaba en otro tiempo, tras visitar a una religiosa, «Por mi parte, podría soportar la pobreza, pero no renunciar a la independencia y someterme a la voluntad de alguien», aspira ahora a obedecer. Se siente atraída por el Carmelo, en buena parte «porque es una orden de penitencia« Necesito llevar imperiosamente una vida algo dura, y esa es una de las principales razones por las que me inclino a elegir el Carmelo». A partir de julio de 1911, la marquesa emprende el camino de Paray-le-Monial, localidad célebre a causa de las apariciones del Sagrado Corazón, cuyo Carmelo le ha sido recomendado por el padre Gorel. Es preferible Francia que Italia, donde es demasiado conocida. Nada más llegar, oye una voz interior que le dice: «Este es tu lugar de reposo». La priora la acepta, siendo fijado su ingreso para el otoño siguiente. Antes de abandonar Garda, se dirige a la parroquia para pedir perdón por los escándalos dados. El 28 de octubre de 1911, la puerta del Carmelo de Paray se cierra tras ella.

El noviciado de Alessandra, que ha tomado el nombre de sor María de Jesús, es un período de prueba; a pesar de su generosidad, encuentra dificultades para acostumbrarse a una vida de pobreza y dependencia. A sus 35 años, nada la ha acostumbrado a la austeridad de la vida carmelita, ni al marco restringido de un monasterio de clausura. Pero lo que viene torturándola desde comienzos de 1912 es la sequía espiritual, como escribe en su diario: «Es imposible rezar, pensar o leer. No vislumbro el final de esta prueba, y no sé si es divina o si estoy sumida en un abismo sin fondo». Lo único que queda intacto es la fe, alcanzada tan laboriosamente, y la certeza de su vocación religiosa. No obstante, a partir de 1914, las gracias y consuelos místicos sustituyen a ese estado de desamparo interior.

El maligno, al que esa novicia preocupa mucho, la atormenta de mil maneras, incluso con persecuciones físicas, percibidas a menudo por las demás carmelitas: extraños alborotos, ruidos de pasos que siguen a sor María de Jesús«; pero ella no se deja intimidar. La atracción que siente por el sufrimiento reparador y por la penitencia es muy intensa, e incluso debe ser refrenada por la priora. Tras ser nombrada enfermera, se le encomienda el cuidado de una carmelita aquejada de tuberculosis. Mientras pone una inyección a la enferma, a causa de un movimiento en falso se pincha con la jeringuilla y se inocula el microbio. Unos días más tarde, la enfermedad empieza a manifestarse en la improvisada enfermera: accesos de fiebre y abscesos enormes que se reproducen con breves intervalos a lo largo de cuatro años. Sin embargo, no se muere; el Señor aún la necesita. El 26 de abril de 1913, durante un período de calma de la enfermedad, sor María de Jesús profesa sus votos. Un año más tarde, la priora nombra maestra de novicias a esta jovencísima profesa.

En 1916, pierde a sus dos hijos, aquejados también de tuberculosis. Después, en marzo de 1917, se produce el fallecimiento de la priora de Paray, y sor María de Jesús es elegida para sucederle. Su aportación al convento destaca por una espiritualidad exigente, insistiendo en el papel desempeñado por las contemplativas, a las que Dios y la Iglesia han encomendado la obtención, a base de oración y de sacrificios, de las gracias de conversión que el mundo necesita. Su pensamiento va dirigido a tantas y tantas almas que, como ella en otro tiempo, vagan en busca de la luz.

Gracias a las numerosas vocaciones que afluyen al Carmelo de Paray, la madre María de Jesús puede emprender tres fundaciones: en 1924, la del Carmelo de Valenciennes; en 1928, la de Montmartre, a dos pasos de la basílica del Sagrado Corazón, en París. Esta segunda fundación se realiza en medio de numerosas dificultades materiales y políticas. Por último, a partir de aquel mismo año de 1928, tiene lugar la rehabilitación de la antigua Cartuja del Reposoir (estación del Santo Sacramento), situada en una solitaria cumbre de Saboya. La madre María de Jesús siente el deber de establecer un «Carmelo en la montaña» para glorificar a Jesucristo en el misterio de la Transfiguración. La propiedad, que se halla en un estado ruinoso, debe ser restaurada con paciencia, y la madre María de Jesús pasa en el lugar todos los veranos. La instauración de la clausura está prevista para 1931.

Fácil y bueno

Sin embargo, en marzo de 1930, la madre padece una afección del hígado y de los riñones; a pesar de ello, quiere ir al Reposoir para supervisar los últimos trabajos. Su enfermedad se agrava en noviembre, y los médicos ordenan su traslado a una clínica de Ginebra, donde es intervenida quirúrgicamente en cuatro ocasiones, todas infructuosas. Tras recibir los últimos sacramentos, fallece el 2 de enero de 1931 pronunciando la última frase de Jesús en la cruz: En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Lejos de su habitual espanto como reacción ante la muerte, unos días antes había declarado: «He sentido algo que nunca había experimentado ante la proximidad de la muerte: la atracción de Dios, la sed de Dios; y he comprendido hasta qué punto era fácil y bueno ir hacia Él« Mientras padecía físicamente los sufrimientos más angustiosos, mi alma se encontraba en medio de una paz y de una felicidad indecibles, gracias a esa presencia que todo lo colma».

Alentados por el ejemplo de la conversión de Alessandra, pidamos al Espíritu Santo que nos guíe a nosotros también, según la promesa de Jesús, hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13), a fin de que caminemos hacia Dios, en quien se hallan la felicidad y la paz, para las cuales somos creados.

Dom Antoine Marie osb

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