Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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19 de marzo de 2006
San José


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Una tarde, junto a la lumbre del hogar, Faustina Tornay cuenta a sus hijos más pequeños, Mauricio y Ana, la vida de santa Inés, virgen y mártir. En respuesta a sus preguntas, les explica: «Vírgenes, los dos lo sois, pequeños míos, pero mártires, eso es más difícil« Hay que amar a Dios por encima de todo, y estar dispuesto a entregar la vida, a derramar hasta la última gota de sangre por Él, antes que ofenderle«». Mauricio reacciona con la rapidez del rayo: «Ya verás, Ana, ya verás, yo seré mártir«». Frase profética: el 16 de mayo de 1992, será beatificado como mártir por el Papa Juan Pablo II.

Mauricio Tornay nace el 31 de agosto de 1910, séptimo hijo de una familia de ocho vástagos, en la aldea de La Rosière, suspendida a 1.200 metros de altitud en el flanco abrupto de una montaña, en Valais (Suiza). Desde el primer año de escuela, se manifiestan en él cualidades excepcionales, pero también defectos y mal genio. Aunque es amable, aplicado y de inteligencia veloz, se revela también dominante, rebelde y, en ocasiones, agresivo. Después de la escuela, los hermanos Tornay colaboran con sus padres en el establo, en los pastos y en la huerta; la vida es dura en la montaña. Un amor profundo une a todos los miembros de la familia, donde se experimenta la reconfortante verdad que describe san Agustín: «Donde hay amor no hay pena, y si hay pena, ésta es amada». Ya de joven, Mauricio se esfuerza por corregir sus defectos, consiguiéndolo en parte. Ana atribuye el éxito a la Eucaristía: «Con la primera comunión, Mauricio se tornó amable». El muchacho tiene a quien parecerse; san Mauricio, su patrón, pagó cara su fidelidad a Cristo, ya que fue martirizado, junto con toda una legión de soldados romanos, en Agaune, cerca de La Rosière. A la edad de quince años, Mauricio ingresa en el colegio de la Abadía de San Mauricio, construida sobre la tumba del mártir, donde permanecerá interno seis años. Enseguida destaca por su aplicación en los estudios y por su devoción, que nada tiene de afectada; le gusta reír, practicando en extremo la virtud de la eutrapelia, es decir, el arte de salpicar las relaciones humanas de trazos de humor y de sana jovialidad. En su tiempo libre, a veces se lleva a algunos compañeros a la capilla, para una corta meditación, donde les lee algunos pasajes de san Francisco de Sales o una página de Historia de un alma de santa Teresita del Niño Jesús.

¿Seríamos tan locos como para expulsarlo ?

Un día, hablando de la presencia de Cristo en la Eucaristía, Mauricio afirma: «Ha hecho de nuestra alma un cáliz, donde permanece a perpetuidad, hasta que seamos tan locos como para expulsarlo mediante el pecado mortal». Es una observación que desvela una mirada lúcida sobre el peor mal que pueda alcanzar al hombre: el pecado. El Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) nos recuerda: «Quien peca lesiona el honor de Dios y su amor, su propia dignidad de hombre llamado a ser hijo de Dios y el bien espiritual de la Iglesia, de la que cada cristiano debe ser una piedra viva. A los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y nada tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la Iglesia y para el mundo entero» (CEC 1487-88). El pecado es una palabra, un acto o un deseo contrario a la ley de Dios. Se distingue entre pecado venial y pecado mortal (o grave). El pecado venial enfría el amor de Dios en nuestros corazones, pero sin privarnos de la vida de gracia. El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: materia grave, pleno conocimiento y deliberado consentimiento (cf. Compendio de Benedicto XVI, nn. 391-400).

En la actualidad, no obstante, existe una mentalidad muy extendida que tiende a negar o a reducir la realidad del pecado mortal. Se afirma que algunos actos individuales, incluso si son severamente contrarios a la ley de Dios, no separarían al hombre de Dios, siempre que el sujeto tenga la intención global (denominada «opción fundamental») de orientar su vida hacia Dios. Frente a esta mentalidad, el Papa Juan Pablo II escribió lo que sigue en la Encíclica Veritatis splendor, de fecha 6 de agosto de 1993: «Se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de opción fundamental» –como hoy se suele decir– contra Dios, concebido ya sea como explícito y formal desprecio de Dios y del prójimo, ya sea como implícito y no reflexivo rechazo del amor. Se comete, en efecto, un pecado mortal también cuando el hombre, sabiéndolo y queriéndolo, elige, por el motivo que sea, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. La orientación fundamental puede, pues, ser radicalmente modificada por actos particulares» (n. 70). Así ocurre, por ejemplo, con la blasfemia, la idolatría, la irreligión, la herejía, el cisma, el perjurio, el aborto, la contracepción, el adulterio, la fornicación, la homosexualidad, la masturbación«

«Algo más grandioso»

El horror del pecado, que se encontraba profundamente anclado en el corazón de Mauricio, ponía de manifiesto uno de los frutos de una educación completamente impregnada por el espíritu de la fe. Una vez terminados los estudios de secundaria, el joven solicita su ingreso en los Canónigos Regulares del Gran San Bernardo. Su intención queda reflejada en una misiva dirigida al preboste de esa congregación: «Cumplir con mi vocación de abandonar el mundo y dedicarme por completo al servicio de las almas para conducirlas a Dios, y salvarme yo mismo». La misión de los Canónigos queda resumida en las palabras grabadas en el frontispicio del hospicio: «Hic Christus adoratur et pascitur» (Aquí Cristo es adorado y alimentado). Al asegurar la celebración de la Misa y de las horas canónicas, son también pastores de almas, socorriendo a los peregrinos que deben franquear los Alpes, o sirviendo a la Iglesia en otras funciones que les son confiadas por los obispos. En el momento de dejar a la familia, Mauricio responde así a su hermana mayor, que le sugiere que permanezca con los suyos: «Hay algo más grandioso que todas las bellezas de la tierra». El 25 de agosto de 1931, es admitido en el noviciado del hospicio del Gran San Bernardo, situado a 2.472 metros de altitud, donde el termómetro desciende hasta a -20°C en invierno.

Antes de transcurridos dos meses desde su ingreso en el noviciado, Mauricio escribe a su familia: «Nunca he sido tan libre. Hago lo que quiero, puedo hacer lo que quiero, pues la voluntad de Dios me es expresada a cada momento, y yo sólo quiero hacer esa voluntad». A su hermana Ana, le escribe: «Tenemos que darnos prisa, ¿sabes, Ana? Tenemos que apresurarnos; a nuestra edad, otros ya eran santos. Porque si el tallo florece durante demasiado tiempo, el fruto no puede madurar antes del frío y de la muerte. ¡Hay tantos que nos gritan, tantos pecadores, tantos paganos que nos llaman!; y nosotros queremos responderles, ¿no? Nuestra salud, nuestra carne, es para ellos, ¿no? Te lo digo otra vez, tenemos que apresurarnos. Cuanto más vivo, más convencido estoy de que el sacrificio y la entrega (de uno mismo) tienen sentido, y son los únicos que dan sentido a estos días que pasamos«». Mauricio se siente atormentado al pensar que hay almas que cuentan con nosotros para salvarse, y se inflama por el deseo de llevarles el Evangelio, de partir a países lejanos para conducirlos a Cristo. Algunos decenios más tarde, el Papa Juan Pablo II resaltará lo siguiente: «El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio (Vaticano II) casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo, es patente la urgencia de la misión» (Encíclica Redemptoris missio, 7 de diciembre de 1990, n. 3). «La razón de esta actividad misionera se basa en la voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos (1 Tm 2, 4-5), y en ningún otro hay salvación (Hch 4, 12). Es, pues, necesario que todos se conviertan a Él, una vez conocido por la predicación de la Iglesia, y por el bautismo se incorporen a Él y a la Iglesia, que es su Cuerpo. Porque Cristo mismo, inculcando con palabras concretas la necesidad de la fe y del bautismo (cf. Mc 16, 16; Jn 3, 5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como puerta» (Concilio Vaticano II, decreto Ad gentes divinitus, n. 7).

El mérito de las penas de un día

Providencialmente, las Misiones Extranjeras de París acaban de solicitar a la Congregación del Gran San Bernardo que envíe al Himalaya a algunos religiosos acostumbrados a la vida de la montaña. Después de haber estudiado el asunto, el preboste, Monseñor Bourgeois, decide dar curso a esa solicitud, y un primer grupo de religiosos parte en enero de 1933 hacia Wei-si, en Yun-nan (en el suroeste de China), pero Mauricio Tornay no se encuentra entre ellos. En enero de 1934, los médicos le diagnostican una úlcera de duodeno que necesita operarse. La convalecencia es larga, y esa experiencia de sufrimiento le mueve a animar a sus padres, hermanos y hermanas a utilizar mejor ese tesoro tan desconocido que es el sufrimiento soportado en unión a Cristo sufriente. A su hermana Josefina le escribe: «¿Sabes que cuando tienes frío, y ofreces ese frío a Dios, puedes convertir a un pagano? ¿Y que las penas bien soportadas de un día tienen más mérito que si hubieras rezado todo el día? Son recursos fáciles de que dispones para ayudarme, para ayudar a todo el mundo« Nuestras pequeñas penas poseen un valor infinito si las unimos a las de Cristo. ¡Oh! ¡Cuánto te amaría entonces Cristo!».

El 8 de septiembre de 1935, el joven canónigo pronuncia sus votos solemnes de pobreza, castidad y obediencia. Monseñor Bourgeois decide entonces reforzar el equipo de los pioneros de Yun-nan, por lo que el canónigo Tornay, ya restablecido, partirá en compañía de sus hermanos canónigos Lattion y Rouiller. Los tres se preparan durante varios meses para aliviar la miseria humana, ayudando a un médico y a un dentista. Antes del día previsto para la partida, Mauricio comparte sus pensamientos con su hermano Luis: «He recibido claramente en mi alma la siguiente intuición: para que mi ministerio sea fecundo, debo trabajar con todo el ardor de mi alma, por el amor más puro de Dios, sin deseo alguno de que mi labor resalte. Quiero extenuarme al servicio de Dios. Ya no volveré».

Tras alrededor de mes y medio de viaje, los tres canónigos llegan a la misión de Wei-si (2.350 m), en las Marcas tibetanas. El canónigo Tornay escribe: «Y ahora que casi he dado la vuelta al mundo, he visto y comprobado que la gente es desgraciada en todas partes, que la verdadera desgracia consiste en olvidar a Dios, que aparte de servir a Dios, en verdad nada vale la pena, nada, nada, nada». Sin demora, reanuda su dedicación al estudio: por un lado la teología, bajo la dirección del canónigo Lattion, y por otro la lengua china, con un viejo profesor protestante que simpatiza con el catolicismo. Deseoso de evangelizar a los paganos en su lengua y en el respeto a su cultura, consigue rápidos progresos en chino. Sin embargo, por muy cargado que resulte su programa de estudios, el canónigo se entrega con ardor a los actos de piedad: plegaria, meditación, Misa, rezo del oficio divino. En ello consigue hallar su alma la fuerza para sobrellevar la cruz del misionero. Por esa época escribe a sus padres: «Lo que roturáis, algún día desaparecerá; lo que amáis, algún día irá a parar a otros. No es que no se tenga que amar la tierra, claro que no, pero sólo hay que amarla en la medida en que nos conduce a Dios, en la medida en que nos dice cuán bueno y misericordioso es Dios. El resto no vale nada, porque el resto pasará. Sí, el resto pasará. Pero mi afecto hacia vosotros no pasará, pues en el Cielo nos amaremos por siempre».

Una alegría a medias

Tras superar con brillantez los estudios de teología, el canónigo Tornay ya puede ser ordenado sacerdote. El prelado más cercano, Monseñor François Chaize, reside en Hanoi, por lo que el joven diácono emprende un viaje de veinte días para encontrarse con él. La misma tarde de la ordenación, el 24 de abril de 1938, escribe a sus padres: «¡Tenéis un hijo sacerdote! ¡Gloria al Señor! Esta noticia no será para vosotros más que una alegría a medias, ya que no me encuentro entre vosotros. Pero, como sois cristianos, me comprendéis. Hay un Dios a quien se debe servir con todas las fuerzas; por eso me marché, y por eso habéis soportado tan bien mi ausencia».

En septiembre de 1939, estalla la guerra mundial. China es invadida por Japón, y las Marcas tibetanas son ocupadas militarmente, lo que provoca carestía, sublevación del pueblo y saqueos. El padre Tornay debe enfrentarse al problema de tener que alimentar al «probatorio», especie de preparación al seminario menor fundado por los canónigos y confiado a su cargo. Se verá obligado incluso a mendigar para alimentar a sus muchachos, aunque él mismo tendrá que pasar a veces días enteros alimentándose únicamente de raíces de helechos. En esa época escribe: «Sobrellevar la cruz; he comprendido un poco el significado de esa palabra». Pero, lejos de desanimarlo, la miseria general no hace sino inflamar su deseo de hacer el bien a su alrededor: «Cuanto más difíciles son los tiempos, más urgente es ocuparse de las almas». En 1945, antes de terminarse la guerra, el padre Tornay es nombrado párroco de Yerkalo (2.650 metros de altitud), en el suroeste del Tibet. Aceptar ese puesto significa adentrarse en un camino que tiene todas las posibilidades de conducir al martirio. Varios sacerdotes, en efecto, han encontrado la muerte a causa de la intolerancia religiosa de las autoridades locales. Ante la noticia de su nombramiento, el misionero busca refugio en la oración. Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú (Mt 26, 39).

Dos ejércitos enfrentados

En la región donde ejerce el apostolado el padre Tornay, el lama jefe Gun-Akhio es todopoderoso, tanto en el plano religioso como en el económico y político, y manifiesta un odio implacable contra los misioneros. San Pablo había ya puesto en guardia a su amado discípulo Timoteo contra las tribulaciones que nunca faltan a los obreros del Evangelio: Y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones (2 Tm 3, 12). No es cosa de extrañarse, pues si «decretó Dios entrar en la historia de los hombres de modo nuevo y definitivo, enviando a su Hijo en nuestra carne, para arrancar por medio de Él a los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás y reconciliar el mundo consigo en Él» (Concilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes divinitus, n. 3), las fuerzas del mal, que pueden hacer uso de la cooperación libre de los hombres, se esfuerzan en impedir que sea anunciada la verdad que salva. Un gran obispo misionero en Papuasia de principios del siglo XX, Monseñor Alain de Boismenu, escribía: «Existen dos reinos que se reparten el mundo y se disputan las almas; dos ejércitos continua y violentamente enfrentados: el ejército de Jesucristo, la Iglesia, ardiente por salvar almas, y el ejército de Satanás, furioso por perderlas. Es una guerra sin tregua ni cuartel. Muchos la ignoran, y otros muchos la consideran una ficción. Pero es algo muy real; es la trama invisible de la historia del mundo, hasta el fin de los tiempos. Se trata de una tremenda realidad en la que, ante todo, debemos creer firmemente».

«Antes incluso de llegar a Yerkalo –escribirá el padre Tornay– ya se hablaba en voz baja de expulsar al misionero. Durante las danzas de los lamas de Karmda, se proclama, ante el cielo y la tierra, que el misionero deberá marcharse enseguida, con amenaza de los peores castigos que un humano pueda temer, que los cristianos deberán apostatar y que todos sus hijos deberán llevar la toga del lamaísmo; porque «sólo debe haber una religión en el país de los mil dioses»». A pesar de los peligros y dificultades del apostolado, el padre Tornay desea quedarse. De igual modo que el párroco de Ars, que había dicho «Dejad un parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias», se da perfecta cuenta de que el pueblo necesita a los misioneros para conocer la ley de Dios y ser fiel a ella gracias a los sacramentos de la Iglesia. Las amenazas de Gun-Akhio no lo hacen desistir de su deber, como queda patente en lo que escribe a un compañero sacerdote: «He sido enviado a Yerkalo por mi obispo y aquí permaneceré mientras me mantenga en el puesto. Si lo que pretenden es alejarme, los lamas sólo pueden hacerlo de una manera: atarme a lomos de un mulo y arrear al animal; solamente cederé ante la violencia». La orden de ceder solamente ante la violencia la ha recibido del obispo. Ni siquiera cuando los lamas le gritan abiertamente «¡Te irás! ¡Te irás! ¡Te mataremos! ¡Te echaremos al Mekong!», Tornay vacila.

El 26 de enero de 1946 por la mañana, unos cuarenta lamas irrumpen en la morada del misionero, la saquean, la destruyen y, amenazándolo con doce fusiles, se llevan por la fuerza al padre al exilio, a Pamé, en el Yun-nan chino. Comienza entonces un año que será el más duro de toda su vida misionera: en el pueblo sólo hay una familia cristiana, el viejo tibetano que le da albergue es un borracho, y los lamas siguen amenazándolo de muerte si no interrumpe su correspondencia con los fieles de Yerkalo. Se entrega a la oración, visita a los lugareños y cuida a los enfermos.

A primeros de mayo de 1946, el padre Tornay recibe una carta del gobernador de Chamdo, suprema autoridad civil del este del Tibet, quien le promete su protección y le invita a regresar a Yerkalo. El 6 de mayo, el padre emprende el camino, pero en el lindero de Yerkalo es apresado por Gun-Akhio: «¡Alto! Prohibido seguir adelante». Con pena en el alma, el padre regresa en plena noche. Sin desanimarse, acaricia entonces el proyecto de dirigirse a Lhassa, capital del Tibet (34 días de caminata), para obtener del Dalai-Lama, jefe supremo religioso y político del país, la libertad religiosa para los cristianos de Yerkalo. En este proyecto ha recibido el estímulo de los representantes de la Santa Sede y de los gobiernos suizo y francés.

La llegada a la verdadera patria

El 10 de julio de 1949, uniéndose a una caravana de mercancías, el padre Tornay emprende ese largo viaje a Lhassa, que durará dos meses. A pesar de haberse afeitado la barba y de llevar el hábito tibetano, es reconocido y denunciado en una de las etapas. Obligado a abandonar la caravana y a regresar sobre sus pasos, el padre consigue no obstante alcanzarla. «No hay que tener miedo –dice a sus compañeros–; si nos matan, iremos derechos al Paraíso. Moriremos por los cristianos». La caravana se detiene cerca de la frontera, en territorio de Yun-nan, en un lugar llamado Tothong. El lugar es siniestro y propicio para una emboscada. De repente, cuatro lamas armados surgen del sotobosque. El padre grita: «¡No disparen, podemos parlamentar!». Pero, en ese instante, suenan dos disparos de fusil. El padre se precipita hacia su fiel compañero, Doci, que ha sido herido. Se producen otros disparos: el padre Mauricio Tornay se desploma por el fuego de las balas. Es el 11 de agosto de 1949, en el bosque de Tothong, a los pies del desfiladero de Choula (3.000 m), poco antes del mediodía. Más tarde, las autoridades chinas impondrán una fuerte sanción por ese crimen al convento de lamas de Karmda. La responsabilidad del asesinato se considera, con ello, oficialmente aclarada. La causa: «El padre propagaba la religión católica en Yerkalo». En la actualidad, la fe católica permanece viva en el lugar.

Cuando todavía era un colegial, Mauricio Tornay había escrito: «El día de la muerte es el más feliz de nuestra vida. Ante todo hay que alegrarse, pues significa la llegada a la verdadera patria». Después de haber seguido los pasos del Buen Pastor que entrega la vida por sus ovejas, el beato entró en la vida eterna. Que nos conceda participar en su apasionado amor por Cristo y llegar hasta el final de las exigencias de su amor hacia nosotros.

Dom Antoine Marie osb

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