Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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9 de enero de 2006
San Eulogio de Córdoba


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Durante la insurrección polaca contra la ocupación rusa, en 1863, destacó por su increíble audacia un jinete polaco llamado Adán Chmielowski. El uno de octubre de 1864, mientras se lanza al galope de su caballo a través de un bosque, es alcanzado por un cañonazo. De repente, siente como un fuerte bastonazo en una pierna y cae en tierra. Es trasladado hasta una cabaña de guardabosques, donde le encuentran más tarde unos soldados cazadores finlandeses aliados del zar. Su capitán reconoce al joven jinete al que tantas veces sus hombres han tenido sin éxito en el punto de mira, de manera que tanto amigos como enemigos lo han considerado invulnerable. «Seguramente llevaba usted un amuleto, le dice el capitán. –Llevaba en el pecho el escapulario de la Virgen», responde orgulloso Adán, mirándole directo a los ojos, pues sabe que está tratando con protestantes. Tiene la pierna destrozada y gangrenada, por lo que es necesario amputarla. «¿Cuándo?, pregunta. –Enseguida. –De acuerdo, adelante« Denme un puro para pasar el tiempo». La horrible operación se desarrolla sin anestesia. Luego, y mientras se decide su suerte, Adán es trasladado a un hospital militar, de donde, gracias a ciertas complicidades, consigue salir escondido en un féretro.

Adán había nacido el 20 de agosto de 1845 en Igolomia, Polonia. Tras la insurrección de 1863, asiste a las clases de la Escuela de Bellas Artes de Varsovia. En 1868, se encuentra en Cracovia, donde frecuenta a la familia de los Siemienski. Aunque permanece fiel a la fe de sus antepasados, no por ello el señor Siemienski deja de ser receptivo a las corrientes cientificistas que proceden de occidente. Su esposa, profundamente cristiana, posee un sólido sentido común, y causa muy buena impresión a Adán. En aquella época, se extiende la moda de hacer girar las mesas para «invocar a los espíritus». Al percatarse de que los invitados de su marido se entregan a esas prácticas espiritistas, la señora Siemienska pide consejo a su confesor, pues no consigue persuadir a su esposo para que ponga fin a esos peligrosos divertimientos. El sacerdote le aconseja que tome el rosario y que rece tranquilamente, sin intervenir en las sesiones.

Partida en dos

«Un día –cuenta Adán–, nos sentamos alrededor de una gran mesa de madera de roble, tan pesada que dos hombres apenas podían mover. Bajo nuestros dedos, la mesa se puso a girar y saltar, contestando a nuestras preguntas mediante golpes secos y violentos. Nunca se había manifestado de forma tan desenfrenada« La señora Siemienska se hallaba sentada en el vano de una ventana y rezaba en voz baja el rosario. Entretanto, nosotros dábamos vueltas y más vueltas por toda la sala con aquella mesa diabólica y saltarina. La señora Siemienska no pudo soportarlo más: se levantó bruscamente, se acerco a nosotros y arrojó el rosario sobre la mesa giratoria. En eso oímos una detonación parecida a la de una pistola y la mesa se paró en seco. Cuando encendimos las luces, comprobamos que estaba partida en dos; el espeso tablero de roble macizo había estallado a lo largo de su diámetro, a pesar de las lañas que lo fijaban por debajo. A partir de aquel día, nunca más nos divertimos haciendo girar las mesas».

El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que «todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone «desvelan» el porvenir. La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a «mediums» encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios. Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo –aunque sea para procurar la salud–, son gravemente contrarias a la virtud de la religión« El espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él» (CEC 2116-2117).

Llena de interés por Adán, la señora Siemienska le consigue una beca para el curso académico 1869-1870, y el joven ingresa en la Academia de Bellas Artes de Münich, donde coincide con numerosos compatriotas, de quienes enseguida se constituye en jefe. Uno de ellos escribió lo siguiente acerca de él: «Tenía una influencia destacada sobre el grupo, y su carácter, penetrante y lógico, le ayudaba a descubrir antes que cualquier otro el significado exacto del arte y su relación con el alma humana». Al ser su formación en la técnica de la pintura inferior a la de la mayoría de sus compañeros, se ejercita en pintar, «con rabia y obstinación», pero siempre de una forma muy personal y con verdadero talento.

Adán esconde cuanto puede el inconveniente de su pata de palo, pero la prótesis le causa muchos sufrimientos. A menudo padece repentinas crisis de melancolía, hasta que el afecto de los amigos lo hacen de nuevo sociable y comunicativo. Dicha melancolía procede de lo más hondo de su temperamento, que aspira siempre a más y a mejor, y que le exige demasiado. A veces, incluso, desgarra con rabia los lienzos que ha pintado y que considera sin valor. Sin embargo, habitualmente está de buen humor y es muy servicial, y le gusta gastar bromas.

Construir sobre el Evangelio

Entre 1871 y la primavera de 1873, Adán reside con dos amigos en París. Sigue siendo profundamente religioso y practicante. A pesar de su pasión por el arte, no se deja influir por turbias tentaciones. Él mismo escribe: «El trabajo absorbe hasta tal punto al pintor, y es tanto el deseo de plasmar en el lienzo el ideal vislumbrado, que todo lo demás no cuenta». Ante las revoluciones sociales que afligen a Francia, él comenta lo que sigue: «Si lo que quieren es progreso, ¿por qué no construyen sus Estados según el Evangelio?». En el mismo sentido, el Papa Juan Pablo II afirma: «El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el «lugar histórico» de la revelación y de la realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos» (Christifideles laici, 30 de diciembre de 1988, 59).

Después de una nueva estancia en Münich, regresa a Polonia y publica un artículo sobre arte. El arte está llamado a convertirse en «el amigo del hombre, en su guía» en la ascensión hacia Dios. Sin menospreciar el valor de la técnica, del talento y del oficio, él considera que cuanto más pura y bella sea el alma, más se ensanchará su obra en belleza. A principios de 1879, Adán se dirige a Lvov, a casa de un amigo. Allí, madura en él la decisión de hacerse religioso. El 24 de septiembre de 1880, ingresa en el noviciado de los jesuitas de Stara Wies. Su alma está henchida de gozo. No obstante, le espera una terrible prueba. Tras comenzar un largo retiro de treinta días, al que se entrega con todo entusiasmo, siente muy pronto que le invade la ansiedad. Después de faltar de manera anodina a sus propósitos, sucumbe en el escrúpulo y cae enfermo. Ante esa profunda crisis, su hermano Estanislao se lo lleva consigo a casa para ayudarle a descansar. Un día, oye hablar profusamente a un sacerdote de la misericordia de Dios, y la luz ilumina su alma. Si bien recobra la paz interior, no regresará al noviciado de los jesuitas.

Se entrega de nuevo a la pintura, pero su arte se resiente del progreso espiritual que el sufrimiento le ha otorgado. Un día, descubre la Regla de la Orden Tercera de san Francisco de Asís. Es toda una sorpresa para él. Solicita su ingreso en la Orden Tercera y toma el nombre de fray Alberto. De regreso a Cracovia, continúa con su profesión de pintor, con una soberana libertad de pensamiento con respecto a lo que no es Dios. Tocado por el espíritu de pobreza, se esfuerza por ver en el rostro de los mendigos que encuentra la Santa Faz del Señor. En efecto, «aquí en la tierra, Cristo es pobre en la persona de sus pobres» (San Agustín, Sermón 123, 3-4). Al cruzarse con un muchacho, lívido de frío y cubierto de harapos, fray Alberto le dice: «Ven a mi casa». En el estudio, donde hay una buena lumbre, el hermano prepara la comida; después, añade: «Y ahora vas a dormir. – Pero, ¿dónde? – ¡Pues en la cama! – ¿Y usted? – Ya me las arreglaré». El joven vagabundo ni siquiera tiene fuerzas para protestar; se deja caer en la cama y, al cabo de diez minutos, duerme ya profundamente.

¡Antes dormir bajo un puente!

Fray Alberto ha descubierto su vocación, y pronto lleva una triple vida: por la noche, en compañía de los vagabundos que recibe en su estudio; de día, frente a su caballete de pintor para ganarse la vida. Se dedica a visitar a las mejores familias de la aristocracia polaca, abogando por la causa de los miserables, pero sus esfuerzos le parecen una gota de agua ante un océano de necesidades. No obstante, la presencia de los extraños inquilinos de su estudio le causa molestias; mientras está presente todo transcurre normalmente, pero, cuando se ausenta, causan alboroto y el vecindario se queja. No tiene más remedio que dejar ese local. ¿Dónde ir? Pregunta a uno de sus huéspedes: «¿Dónde pasabas la noche antes de venir aquí? – En el asilo de noche, en Kasimierz. – Pues tendrás que volver, porque nos echan de aquí. – ¿Volver allí? ¡Antes prefiero dormir bajo un puente! Prefiero morirme de frío«». Fray Alberto reflexiona, y luego añade: «¿Puedes conducirme a ese lugar? – ¡Qué dice! Le matarían, y a mí también».

Acompañado de algunos amigos, fray Alberto visita no obstante el asilo de noche de los vagabundos, que se llama «Ogrzewalnia». Nada más entrar, se les pega a la garganta una terrible hediondez. La sala es grande, pero de una suciedad incalificable. A lo largo de las paredes hay unos bancos de madera rudimentaria donde se amontonan individuos siniestros que inspiran terror, se ceban de aguardiente y juegan a cartas. Bajo los bancos yacen enfermos y ancianos, que suplican en vano que les den una gota de agua. Cruza la sala un tubo ardiente, bajo el que se amontonan los cuerpos de granujas y de niños profundamente dormidos. Hacia medianoche, llegan otros asiduos del lugar, y se muelen a palos para encontrar un sitio. Al salir de ese infame lugar, fray Alberto y sus compañeros creen despertar de una pesadilla. De súbito, en medio de un gran silencio, fray Alberto exclama: «Hay que ir a vivir con ellos. No puedo dejarlos así».

Todavía más bajo

Su director espiritual, un lazarista, le impone unos meses de plazo para que pueda discernir si ese impulso de generosidad procede del Espíritu Santo. Cuando le preguntan más tarde por los motivos de su extraordinaria vocación, él responderá: «Para salvar a los miserables no hay que agobiarlos con reproches, ni reprenderles estando uno saciado y bien vestido, sino que hay que inclinarse y caer todavía más bajo, hacerse aún más miserable». No es otra cosa que el método empleado por el propio Hijo de Dios. Para fray Alberto, el verdadero Amor procede de Dios, se encarna en Cristo, se comunica mediante la Eucaristía, aporta frutos de misericordia y se convierte en el manantial de todo bien, privado y público. Para él, la ausencia de amor y el rechazo de la misericordia constituyen la causa profunda de todos los males que asolan el mundo.

En su Carta Apostólica con motivo del año de la Eucaristía, el Papa Juan Pablo II escribe: «Nuestro Dios ha manifestado en la Eucaristía la forma suprema del amor, trastocando todos los criterios de dominio, que rigen con demasiada frecuencia las relaciones humanas, y afirmando de modo radical el criterio del servicio: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos (Mc 9, 35)« ¿Por qué, pues, no hacer de este Año de la Eucaristía un tiempo en que las comunidades diocesanas y parroquiales se comprometan especialmente a afrontar con generosidad fraterna alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo? No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo. En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas» (Mane nobiscum Domine, 7 de octubre de 2004).

Antes de lanzarse a una aventura tan especial, fray Alberto se presenta ante el arzobispo de Cracovia; el prelado le concede toda su confianza y lo admite a pronunciar los tres votos religiosos. Con motivo de una estancia en un convento de carmelitas, se familiariza con las obras de san Juan de la Cruz, que se convierte en su autor preferido. El superior del convento, el padre Rafael Kalinowski, le propone hacerse carmelita, a lo que fray Alberto responde: «¿Qué sería de mis vagabundos sin mí», y el padre replica: «Ve donde Dios te llama, hermano».

El gran día ha llegado: fray Alberto se dirige al «Ogrzewalnia». Allí es acogido con miradas hostiles, socarronas o intrigadas. Viste un basto sayal y, para hacerse respetar, dispone de su pata de palo. Despliega su pequeño petate: «¿Quién quiere comer conmigo?». Todos miran: hay salchichón de ajo y pan blanco. «¿Tienes aguardiente?» –pregunta una figura hirsuta. Sí que tiene. «¿Cómo te llamas? –Fray Alberto. –Bien. Si no tienes dónde dormir, quédate». La primera acogida es perfecta, pero los más duros llegan hacia medianoche. Al verlo, exclaman: «¡Vete o te echamos!». Los demás le defienden: «Si no tiene dónde dormir, tiene derecho a quedarse, como tú y yo». Está a punto de empezar una pelea, pero, finalmente, todo se calma.

Un icono siempre lleno de flores

En noviembre de 1888, fray Alberto suscribe un convenio oficial con la ciudad de Cracovia por el uso de los locales del «Ogrzewalnia», por el derecho a la colecta en las calles y por la reinserción social de los vagabundos más válidos. Su gran devoción a la Virgen le mueve a colgar en la pared del asilo un icono de Nuestra Señora de Czestochowa. Incluso entre los más descreídos, nadie osará tocar a la que es la reina del país. Una lamparita de aceite luce día y noche ante el venerable icono, y manos desconocidas lo adornan con flores. Cuando llega el buen tiempo de 1889, fray Alberto, ayudado por un equipo de voluntarios, renueva el «Ogrzewalnia». Se procede a raspar, a lavar con abundante agua, a exterminar a las chinches, a taponar grietas, a encalar las paredes y a colocar camastros. Cuando retorna el mal tiempo, el local ha cambiado de aspecto. Los pobres vagabundos se hallan algo desconcertados, pero el ardiente amor que fray Alberto les demuestra hace que recobren la confianza. Esos hombres que viven en la miseria sienten hasta qué extremo les ama ese extraño monje.

Para alimentar a esos pobres, fray Alberto recorre las calles de Cracovia pidiendo limosna. Las críticas llueven copiosamente a su paso, pero la opinión pública se pone poco a poco de su lado. Las verduleras del mercado de Cracovia le acogen cada día calurosamente y se apresuran a llenarle la carreta de donativos en especie. La Providencia envía a fray Alberto unos jóvenes de corazón recto que se dejan llevar por la llama de amor que le inflama. Comparten la vida de los miserables y los sirven con amor, limpiando, lavando y cocinando. En las comidas, todos se sientan en el suelo, y luego charlan alegremente. Sin embargo, los pobres del asilo no son seguros, pues hay entre ellos bandidos destacados, personas que tienen asuntos pendientes con la justicia y que abusan del alcohol. Los frailes se exponen continuamente a la muerte. Cuando el ambiente se pone tenso y amenazador, un fraile músico toma el violín y transmite a su arco todo el ardor de su corazón. Entonces, a menudo, las disputas concluyen y los rostros se suavizan.

Cada día, fray Alberto reúne a sus hijos y les instruye espiritualmente. Les enseña a orar y a ocuparse de los pobres por amor a Cristo. En su Exhortación Apostólica sobre la vida consagrada, el Papa Juan Pablo II escribirá: «La opción por los pobres es inherente a la dinámica misma del amor vivido según Cristo. A ella están pues obligados todos los discípulos de Cristo; no obstante, aquellos que quieren seguir al Señor más de cerca, imitando sus actitudes, deben sentirse implicados en ella de una manera del todo singular. La sinceridad de su respuesta al amor de Cristo les conduce a vivir como pobres y abrazar la causa de los pobres« En realidad, antes aún de ser un servicio a los pobres, la pobreza evangélica es un valor en sí misma, en cuanto evoca la primera de las Bienaventuranzas en la imitación de Cristo pobre. Su primer significado, en efecto, consiste en dar testimonio de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano. Pero justamente por esto, la pobreza evangélica contesta enérgicamente la idolatría del dinero» (Vita consecrata 82, 90). Frente a un materialismo indiferente ante las exigencias y los sufrimientos de los más débiles y carente de cualquier consideración por el mismo equilibrio de los recursos de la naturaleza, la pobreza evangélica es una llamada a recobrar el sentido de la medida y el valor de las cosas. Ella misma «atrae la atención de aquellos que, conscientes de los limitados recursos de nuestro planeta, propugnan el respeto y la defensa de la naturaleza creada mediante la reducción del consumo, la sobriedad y una obligada moderación de los propios apetitos» (Ibíd.).

El contagio del ejemplo

Para restaurar la dignidad de sus pobres, envilecidos por la miseria, fray Alberto se sirve del trabajo, concebido como un factor de perfeccionamiento moral y de progreso humano. «Hay ciertas cosas –declara– que la sociedad no tiene derecho a rehusar a sus miembros: el derecho al trabajo, que les asegura una morada, y el pan de cada día. Y si falta a ese deber de justicia, lo debe suplir con la caridad». Fray Alberto abre talleres en los que sus hijos, vestidos con bastos sayales e inclinados ante los bancos, dan ejemplo de asiduo trabajo. Es un ejemplo contagioso, pues los pobres se van animando hasta recobrar poco a poco el significado de su dignidad en una vida de trabajo.

Fray Alberto escribe obras cortas de teatro, representadas por sus pobres con los medios de que disponen. El éxito es considerable, provocando predisposición en los corazones y verdaderos milagros de conversión. Además, cuando fray Alberto y sus hijos se ponen a rezar, arrodillados en medio del asilo, sus compañeros se sienten atraídos y se unen a ellos.

En el contrato suscrito con el ayuntamiento de Cracovia, fray Alberto se ha comprometido a hacerse cargo igualmente del asilo de las mujeres, que supera en horror al de los hombres, pues, además de la miseria, alberga el desenfreno organizado. Para esa obra, el Señor le envía a unas mujeres que se encargarán de formar la rama femenina de la congregación. Pero el trabajo que fray Alberto exige a sus hijos e hijas es agotador. Así que, para que puedan descansar, establece unos retiros en lugares aislados, donde pueden recuperar las fuerzas físicas y espirituales viviendo del trabajo manual, al aire libre y rodeados de las maravillas de la naturaleza.

Son numerosas las ciudades que solicitan fundaciones a fray Alberto. Se ve obligado a viajar continuamente, siempre como pobre, a costa de numerosos sufrimientos y consumiéndose para dar, siempre para dar. Estas frases son suyas: «Para que el perfume se expanda, hay que romper el frasco. No basta que amemos a Dios, sino que hay que conseguir además que, en contacto con nosotros, otros corazones se inflamen. Eso es lo que cuenta. Nadie sube al Cielo solo». En 1914, la primera guerra mundial le sorprende en plena actividad. Sus días, sin embargo, están contados, pues hace tiempo que le devora un cáncer de estómago. Consigue sobrevivir aún dos años con grandes sufrimientos. A finales de 1916, cuando hace ya mucho que su estómago no soporta alimentos sólidos, entra en una larga agonía. Pero él acepta hasta el final la voluntad de Dios, lleno de fe y agradecimiento. Finalmente, el mismo día de Navidad, durante el Ángelus de mediodía, entrega su alma a Dios. El Papa Juan Pablo II lo canonizó el 12 de noviembre de 1989.

En un mundo marcado a menudo por un materialismo ávido de posesiones, la pobreza evangélica nos llama a practicar la templanza y a reencontrar el significado de la gratuidad. Que el ejemplo del santo fray Alberto y la contemplación de Jesús en la pobreza del pesebre nos animen a adoptar un estilo de vida modesto, en beneficio de los pobres. En ello encontraremos la felicidad y la salvación: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (Lc 6, 20).

Dom Antoine Marie osb

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