Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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8 de diciembre de 2005
La Inmaculada Concepción de María


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«¿Cuánto tiempo cree usted que hay que dedicar diariamente a la oración?» pregunta una joven esposa al padre María Eugenio del Niño Jesús. «Para empezar, una hora al día» –responde el Padre. La joven no esperaba eso. «Dedicar cada día una hora a la oración« ¡Eso es imposible! ¡Impensable! ¿Cómo encontrar una hora de oración en una vida que ya se encuentra llena a rebosar?». El rostro del sacerdote se ilumina con una dulce sonrisa: «Señora, si no está dispuesta a entregar a Dios cada día una hora de oración, eso me demuestra que se ha equivocado de puerta al llamar a la mía». Pero, ¿quién es ese sacerdote de exigencias tan sorprendentes?

Enrique Grialou, el futuro padre María Eugenio, nace el 2 de diciembre de 1894 en el seno de una familia rural de la villa de Gua, en la región francesa de Rouergue. Antes de cumplir diez años fallece su padre, tras unos días de enfermedad, dejando a la joven madre con cinco hijos por criar. Al crecer, el joven Enrique se convierte en un muchacho vigoroso, emprendedor, voluntarioso y luchador. Más tarde, recordará su «ruda corteza». Desde muy pronto, alentado por el ambiente familiar y animado por los Hermanos de las Escuelas Cristianas, siente el deseo de ser sacerdote. En 1905, parte para Susa (Italia), donde podrá cursar gratuitamente estudios con los Padres del Santo Espíritu. Allí se da cuenta de que su vocación no está en esa congregación, por lo que solicita su ingreso en el seminario menor de Graves, pero su madre, que no ve posibilidad alguna de pagarle el internado, lo coloca de aprendiz de ajustador. Enrique se esfuerza lo mejor que puede en ese trabajo, que no está hecho a su medida. El carácter intuitivo de su madre la lleva a comprenderlo, por lo que se impone el duro sacrificio de pagarle el internado en el seminario menor. Terminados los estudios secundarios, el joven entra en el seminario mayor de Rodez el 2 de octubre de 1911. Después del retiro de ingreso, escribe: «Es sobre todo durante el retiro cuando nos damos cuenta de «los pros y los contras» del sacerdocio, si es que puedo expresarme así. Sopesamos todas las razones« y nos lanzamos, con el corazón lleno de amor de Dios y con la mente llena de esperanza en el futuro, en un campo acotado, donde nos parece que vamos a ser felices, si no derramando de una sola vez nuestra sangre, al menos, y quizás sea igual de bueno, derramándola gota a gota, consumiendo poco a poco nuestras fuerzas físicas e intelectuales y cayendo finalmente en la lucha como buen capitán del ejército de Cristo». Durante esos años, Enrique descubre los escritos de sor Teresa del Niño Jesús, por la cual siente gran interés. En 1913 escribe a uno de sus amigos: «Reza por mí, para que llegue a ser, al igual que sor Teresa, un pequeño objeto de Dios, para que pueda hacer de mí lo que quiera, usar de mi vida poco a poco aquí o en otra parte, o quitármela de otra manera y como quiera. Pide para mí esa perfecta conformidad con su voluntad». La propia futura santa había escrito: «La perfección consiste en cumplir la voluntad [de Dios], en ser lo que Él quiere que seamos» (Ms A, 2v, 20). Esta comunión de espíritu con Teresa progresará más tarde, hasta el punto de que la madre Inés de Jesús, hermana mayor de la santa, llegará a decir: «Jamás he visto un alma que se parezca tanto a mi hermana pequeña como el padre María Eugenio».

«Nos habla en voz baja»

Cuando estalla la primera guerra mundial, Enrique parte al frente. Después de seis años de servicio militar, regresa con el grado de teniente, condecorado con la cruz de guerra y con la legión de honor. En agosto de 1919, se reincorpora al seminario, pero sus lecturas de los santos del Carmelo (Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y Teresa del Niño Jesús) han despertado en él el deseo de hacerse carmelita. Escribe lo siguiente a su hermana menor: «Dios sólo nos habla directamente y muy claramente en contadas ocasiones; normalmente se insinúa en nuestra alma mediante inspiraciones o circunstancias que él provoca. Nos habla con medias palabras, en voz baja, mostrándonos lo que podríamos hacer si quisiéramos agradarle». Una vez ordenado de sacerdote el 4 de febrero de 1922, el padre Grialou traspasa el día 24 el umbral del convento de los carmelitas de Avón, cerca de Fontainebleau. Después de un noviciado austero, donde asimila la primacía de la oración, realiza su primera profesión religiosa el 11 de marzo de 1923, tomando el nombre de padre María Eugenio del Niño Jesús. «La oración –escribe a un amigo– es en cierto modo el sol y el centro de todas las ocupaciones de la jornada. Al final de cada día tiene uno la impresión de no haber hecho nada importante excepto eso« La oración es aquí un gran consuelo, y hace que me olvide de todo lo demás». ¿Qué es la oración? Santa Teresa de Jesús responde: «La oración mental no es otra cosa, a mi parecer, sino tratar íntimamente con Dios, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, CEC, 2709).

Los años 1923-25 destacan por la beatificación y la canonización de sor Teresa de Lisieux, lo que produce enorme gozo en el padre María Eugenio. El 29 de abril de 1923, día de la beatificación, escribe lo siguiente a un amigo seminarista: «Tengo la impresión de que es uno de los días más hermosos de mi vida. Se han cumplido deseos muy antiguos y muy profundos« Esta glorificación de Teresita es la forma en que mejor concibo la glorificación del propio Jesús. La misión de la pequeña beata es una efusión del amor divino en las almas en la forma que Dios desea para nuestra época». Con motivo de esos dos grandes acontecimientos, del mismo modo que en la proclamación de san Juan de la Cruz como doctor de la Iglesia en 1926, el padre María Eugenio es requerido para impartir numerosas conferencias u homilías sobre la espiritualidad de los maestros del Carmelo. Familiarizado con su doctrina espiritual, publicará dos libros, en 1949 y 1951: Soy hija de la Iglesia y Quiero ver a Dios, síntesis de sus enseñanzas.

Un antídoto contra el ateísmo

Desde hace tiempo, el padre María Eugenio está convencido de que la doctrina de los santos del Carmelo es accesible a todos, con tal de que sea presentada de forma adaptada a las necesidades de nuestro tiempo. El lunes de Pentecostés de 1929, siendo superior del colegio carmelitano de Petit Castelet, en Tarascón, se le acercan tres jóvenes docentes, una de ellas María Pila, que desean conocer la doctrina del Carmelo y aprender a rezar. Enseguida se da cuenta de que Dios lo destina a fundar una obra para ellas, pero también es consciente de que es necesario «tener la humildad de saber esperar el momento, la manera, la hora, la gracia de Dios, en lugar de precipitarnos en acciones forzosamente orgullosas por ser personales». Por eso espera al mes de mayo de 1931 para comenzar una serie de conferencias sobre la oración en el santuario de «Nuestra Señora de Francia», en Aix-en-Provence. Allí descubre un auditorio de mujeres jóvenes deseosas de ser iniciadas a la vida contemplativa, pero sin abandonar su profesión. Nace de ese modo un instituto secular, que él instala en la propiedad de Notre-Dame de Vie, en Venasque (diócesis de Aviñón), y cuyo fin es el ideal primitivo del Carmelo, realizado por el profeta Elías: «Unir estrechamente, en medio del mundo, vida contemplativa y vida apostólica, impregnando de oración todo apostolado, para ser el testigo de Dios vivo por la palabra y por la vida». La primera fase para toda aspirante es pasar un año en la soledad de Notre-Dame de Vie; después podrá trasplantar el espíritu contemplativo a su medio social, aplicándose en ser un modelo de competencia profesional.

El padre María Eugenio arraiga a sus discípulos en la oración de fe, esa mirada simple hacia Dios que ayuda a descubrir su Amor Misericordioso. Impresionado por la siguiente frase de santa Teresa del Niño Jesús, «Te suplico que deposites tu divina mirada en un gran número de pequeñas almas; te suplico que elijas una legión de pequeñas víctimas dignas de tu amor» (Ms B, 5v, 42), él explica: «Quisiera que llegarais donde nosotros (los religiosos) no podemos llegar, a los bulevares, a alta mar, a todas partes». La obra pretende ser un antídoto contra el ateísmo práctico de los tiempos modernos: «En un mundo que ha perdido el sentido de Dios, que quizás lo está perdiendo cada vez más, el Instituto tiene un sitio, tiene una misión cada vez más urgente a medida que el ateísmo provoca más víctimas. El ateísmo no nos hace huir, sino que nos reclama, porque reclama un testimonio, el testimonio que afirma la existencia de Dios y de sus derechos». En efecto, pues cuanto más olvida el mundo a Dios, más testimonio hay que dar de Dios. Los hombres están hambrientos de Dios sin saberlo, y lo buscan a tientas: «¡Preocupémonos por conducirlos a Dios!» –suele decir el padre. Pero las condiciones de ese apostolado son las de «la lucha entre dos fermentos, entre dos reinos, el de Dios y el de Satanás. Para que triunfe el fermento divino, es necesario que sea el más fuerte e invencible en el apóstol« Ese fermento invasor debe ser capaz no solamente de mantener la lucha, sino de fortificarse para continuar esa lucha« Si no fuera así, el contacto sería presuntuoso y desembocaría en un fracaso del reino de Dios, y quizás en la pérdida del apóstol».

Enganchados a Dios

Así pues, la oración es indispensable: «Es necesaria cierta experiencia de Dios para fortificar nuestra fe y mantenerla firme en medio de todas esas olas, e incluso de esos maremotos, interiores y exteriores, que todos padecemos« Es indispensable encontrarse con Dios, contactar con Él, vivir en su intimidad, estar enganchados a Dios para no ser arrastrados por la marea que a todos nos amenaza. Pues bien, ese engancharse a Dios mediante la fe implica que dediquemos cada día un tiempo a Dios». Efectivamente, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, «No se hace contemplación cuando se tiene tiempo, sino que se toma el tiempo de estar con el Señor con la firme decisión de no dejarlo y volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas y la sequedad del encuentro» (CEC 2710). Ese tiempo dedicado a Dios supone que organicemos nuestra vida cotidiana de modo que le hagamos sitio. ¿Cuánto tiempo hay que prever? En opinión del padre María Eugenio, «si se quiere que la oración ejerza algún tipo de influencia en la vida, hay que alcanzar la media hora. ¿Cómo organizarla? Ese tiempo puede dividirse en dos, en tres o en cuatro, según las propias aptitudes, y resolver el problema de ese modo. Yo mismo conozco a muchas personas que están muy atareadas (madres de familia, hogares, religiosos con ocupaciones absorbentes, con preocupaciones de gobierno unidas a arduas tareas de correspondencia) y que consiguen sacar hasta dos o tres horas al día de oración». ¿Cómo es eso posible? San Francisco de Sales explica que las almas que se entregan a la oración actúan con mayor eficacia, porque el tiempo pasado con Dios permite una relajación espiritual que afina y perfecciona las facultades, incluso desde un punto de vista humano. Puede añadirse, además, que el alma que posa su mirada en las verdades eternas sitúa mejor las prioridades de su vida y elimina lo superfluo, e incluso es capaz de prolongar la oración durante sus tareas: «Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso cocinando» (San Juan Crisóstomo). Todo ello adquiere mayor relieve si la plegaria es considerada como una necesidad vital, ya que el hombre que no se deja llevar por el Espíritu, cae en la esclavitud del pecado. «Quien ora se salva ciertamente; quien no ora se condena ciertamente» (San Alfonso María de Ligorio; cf. CEC 2743-2744).

Una ascesis adaptada

El impulso a su nueva obra no dispensa al padre María Eugenio de garantizar las grandes responsabilidades que le han sido confiadas por parte de la Orden del Carmen. Tras haber ejercido el cargo de superior en varios conventos, en 1937 pasa a ser Definidor General de la Orden del Carmen en Roma. Sus numerosas ausencias le mueven a confiar la dirección del Instituto a María Pila, alma de fuerte personalidad, de gran ecuanimidad y talla intelectual, que se consagra por entero a la fundación. La estancia del padre María Eugenio en la sede central del Carmen, en Roma, se ve interrumpida por la guerra de 1939, que le obliga a regresar a Francia. Desmovilizado a finales de 1940, y no pudiendo volver a Roma, permanece en Petit Castelet y dedica sus actividades a la provincia francesa de la Orden hasta el final de la guerra. En aquella época, un grupo de chicas se unen, en Notre-Dame de Vie, a las que ya forman el primer núcleo del Instituto. El padre traza para esas jóvenes, destinadas a observar en el mundo los votos de pobreza, castidad y obediencia, las líneas maestras de un programa de perfección. Como educador realista que es, integra en esa formación el trabajo manual, los paseos y los recreos; todo ello favorece un ambiente fraternal, muy necesario en un crecimiento espiritual que puede sufrir crisis: «La gran prueba de santidad no consiste en no sentir tentaciones o cansancio, sino en seguir caminando, en reaccionar, en ascender hacia Dios». Esas jóvenes reciben también formación en una ascesis adaptada al carácter de cada una y a las dificultades de nuestro tiempo. Lejos de orientarlas a penitencias espectaculares, se les propone una «ascesis de pequeñez», que podría llamarse «la aceptación de las penas de nuestro estado». Dice el padre: «Si sabéis aceptar las pruebas, las preocupaciones, los sufrimientos y las fatigas, dispuestos por Dios a lo largo de los días y de las horas de vida, estaréis de hecho bien servidas de ascesis, y no tendréis que buscar otra».

Un cristianismo íntegro

En cuanto acaba la guerra, el padre María Eugenio vuelve a Roma. La promulgación, por parte del Papa Pío XII, de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, que reconoce oficialmente los institutos seculares, hace posible, el 15 de agosto de 1948, la erección canónica de Notre-Dame de Vie. «Los institutos seculares –dirá el Papa Pablo VI– son en la actualidad el gran ejército que la Iglesia lanza al campo de batalla del mundo. Sus miembros se hallan inmersos en esa realidad humana tan heterogénea, tan confusa y tan desordenada, para santificarla desde dentro y configurarla según Dios». Habrá que esperar al 24 de agosto de 1962 para que el Instituto, en ese momento acrecentado con una rama masculina y una rama sacerdotal, sea reconocido de derecho pontificio. El 23 de febrero de 1948, el padre María Eugenio es nombrado Visitador Apostólico de las Carmelitas Descalzas de Francia. Durante seis años va escalonando la visita a 150 conventos carmelitas. En 1954, pasa a ser Vicario General de la Orden, y como tal viaja durante los años siguientes a El Cairo, a las Filipinas, a Vietnam, a la India y a Palestina. Durante esos viajes, se esfuerza por adquirir un conocimiento profundo de los hombres de culturas diferentes. Según él mismo afirma, «Hay que ofrecerles un cristianismo íntegro, cristianizar su civilización, pero respetando o incluso exaltando los valores humanos de esas acrisoladas civilizaciones, como hizo la Iglesia con las civilizaciones griega y latina« Esa adaptación consistirá en traducir a un lenguaje claro para el auditorio, y de forma adaptada a sus necesidades, una doctrina buena y necesaria en todos los tiempos. Se trata de una tarea ingente, que exige un dominio perfecto de la doctrina, una posesión que no solamente sea verbal, que haya sabido superar las palabras e incluso las definiciones, sino que se haya adueñado de su significado real». Sin embargo, también pone en guardia al apóstol contemporáneo contra la tentación de acomodar la doctrina católica al gusto actual, para conseguir así que sea aceptada: «El pecado mayor es precisamente no ofrecer el mensaje íntegro« Mutilar el mensaje cristiano es un crimen no sólo contra Dios, sino también contra las almas« Cristo no edulcoró su mensaje para que fuera aceptado».

El padre María Eugenio se interesa igualmente por la formación intelectual de todos los miembros de la Orden del Carmen. Con ese propósito, sigue de cerca la construcción en Roma de un colegio internacional, el Teresianum. El desarrollo general de la cultura necesita por parte de los jóvenes carmelitas de una formación intelectual avanzada –opina el padre–, pero insiste al mismo tiempo para que ésta vaya pareja a la vida de oración y de contemplación, a fin de favorecer un mejor conocimiento del Señor. Según enseña el Catecismo, «La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. «Yo le miro y él me mira», decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a «mí». Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Enseña así el «conocimiento interno del Señor» para más amarle y seguirle (cf. San Ignacio de Loyola, Ej. Esp. 104)» (CEC 2715).

Una vez relevado de sus cargos en Roma, el padre María Eugenio puede regresar a Francia y, en 1961, obtiene permiso para residir en Notre-Dame de Vie. Después de tanta labor se deja sentir un gran cansancio. «Necesitamos –nos dice– ese sentimiento de debilidad, de pobreza, de impotencia física« Es bueno percatarnos de nuestra debilidad para recurrir a la misericordia. Acordaos de esto. Dios me ha situado entre vosotros para que os muestre la utilización de la debilidad. Es el camino al que se accede con alegría, con la plenitud del alma». Santa Teresita se había expresado del mismo modo: «¡Oh faro luminoso del amor!, sé cómo llegar hasta ti, he hallado el secreto para apropiarme de tu llama. No soy más que una niña, impotente y débil, pero es mi propia debilidad la que me otorga la audacia de ofrecerme como Víctima a tu Amor, ¡Oh Jesús!» (Ms B, 3v, 36).

«El Espíritu santo es vuestro amigo»

Las fuerzas del padre María Eugenio declinan. Después de un accidente circulatorio acaecido en febrero de 1962, su restablecimiento le permite aceptar el cargo de Provincial en 1963, así como emprender la visita de los diversos países donde se instala la obra. En febrero de 1965, un nuevo contratiempo de salud pone en peligro su vida. En esa ocasión, escribe a sus hijos espirituales: «He aquí el testamento que os lego: que la gracia del Espíritu Santo descienda sobre vosotros, que podáis decir todos lo más pronto posible que el Espíritu Santo es vuestro amigo, que el Espíritu Santo es vuestra luz, que el Espíritu Santo es vuestro maestro«». Una nueva mejoría permite al padre retomar sus tareas, y el año 1966 transcurre con viajes y predicaciones de retiros espirituales. Pero a finales de diciembre, su estado de agotamiento le obliga a detenerse. El Jueves Santo de 1967, le llevan la sagrada comunión al lecho. El Viernes Santo, tras recibir la unción de los enfermos, murmura: «¡Dios mío, te amo! ¡Jesús, te amo! ¡Creo que te amo perfectamente y que me parezco a ti! Cada minuto que pasa me permite amarte más. Dios me lo ha dado todo« Las profundidades de Dios son el Amor». Al atardecer del día de Pascua, suspira: «En tus manos, Señor, entrego mi espíritu», y al día siguiente, lunes de Pascua, 27 de marzo de 1967, el padre María Eugenio se apaga, para ir, según su expresión, «hacia el abrazo del Espíritu Santo». Su proceso de beatificación está en curso en Roma.

«Para muchas almas, incluso cristianas, Dios ya no es la meta de nuestra existencia» –constataba con tristeza el padre María Eugenio. Pero añadía: «El hombre tiene una vocación sobrenatural. Nuestra meta es la Santísima Trinidad». Es precisamente la oración lo que nos orienta hacia ese fin último, poniéndonos aquí en la tierra en relación viva con Dios. Al dedicarle un tiempo cada día, realizamos un acto de fe hacia quien todo debemos y a quien hemos de regresar en la hora de nuestra muerte. Por eso nuestro bautismo dará fruto no solamente para nosotros, sino también para la salvación de muchas almas. En efecto, pues como gustaba repetir el padre María Eugenio, «un alma llena de Dios no puede dejar de darlo». Si no sabemos rezar, invoquemos a la Santísima Virgen, reina del Carmelo, porque «donde Dios es Padre, María es Madre. Donde el Espíritu Santo difunde el amor, ella colabora en su obra, mediante su acción maternal». Invoquemos igualmente a san José, al que santa Teresa de Jesús recomienda a todos como maestro de oración. En medio de un mundo presa de las distracciones efímeras del materialismo, que la Virgen María y san José nos insten a arrodillarnos ante el pesebre del Niño Jesús para ofrecerle nuestro corazón. Le deseamos una Feliz Navidad.

Dom Antoine Marie osb

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