Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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1 de octubre de 2005
Santa Teresita, doctora de la Iglesia


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«Además de oración por la paz, el Rosario es también, desde siempre, una oración de la familia y por la familia. Antes esta oración era apreciada particularmente por las familias cristianas, y ciertamente favorecía su comunión. Conviene no descuidar esta preciosa herencia... Pienso en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda condición...: tomad con confianza entre las manos el rosario... ¡Que este llamamiento mío no sea en balde!». Así se expresaba el Papa Juan Pablo II en la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariæ del 16 de octubre de 2002, al instituir un año del Rosario (nº 41, 43). A pesar de que ese año haya terminado, el ejemplo de una santa que supo responder a la llamada de Nuestra Señora puede animarnos a vivir con María, pues la devoción a María forma auténticos servidores de Jesucristo. Esa devoción puede concretarse para nosotros mediante el rezo del Rosario.

El 20 de septiembre de 1801, en el antiguo monasterio de Santa Clara, en Carignano (en el Piamonte, Italia), no lejos de Génova, unos obreros hurgan en unas tumbas bajo el pavimento, con la esperanza de hallar objetos valiosos o, al menos, plomo. En un ataúd descubren el cuerpo totalmente intacto de una mujer. La inscripción revela que se trata de Virginia Centurione, esposa de Gaspar Bracelli, fallecida a los 65 años el 15 de diciembre de 1651, es decir, ciento cincuenta años antes. La autoridad civil, bastante anticlerical (ya que en aquel momento el Piamonte está bajo la dominación de Napoleón), se esfuerza en moderar el entusiasmo que ese maravilloso hallazgo suscita entre la población genovesa. Al notario Piaggio se le encomienda demostrar científicamente que la conservación del cuerpo es producto de un embalsamamiento. Pero cuando descubre que el cadáver es manejable y flexible, el notario Piaggio abandona el examen y da cuenta a las hermanas de Bisagno que los restos de su fundadora han sido identificados. Ese acto de sinceridad es considerado por el gobierno como una traición, lo que le cuesta la exclusión de la lista de los notarios. Al no poder desarrollar en adelante su profesión, asume vivir en la mayor de las pobrezas y se dedica a buscar los recuerdos relacionados con la difunta, con objeto de conseguir su glorificación.

Nacida el 8 de abril de 1587, Virginia Centurione pertenece a la rica nobleza genovesa, tanto por parte de madre como de padre. Éste había ejercido ciertas responsabilidades en la batalla de Lepanto (1571) y luego en la Dieta de Ratisbona (1582); después de haber ocupado el cargo de embajador en Madrid en 1599, llega a ser dux durante los años 1621 y 1622. Virginia, mujer extraordinaria por su piedad, inteligencia y belleza, desea consagrarse a Dios en la vida religiosa, pero, a la edad de quince años, la obligan a contraer matrimonio con otro noble, Gaspar Bracelli, de diecinueve años de edad. A pesar del nacimiento de dos hijas, Lelia e Isabel, la pareja no alcanza la felicidad. El marido sólo piensa en el juego y los placeres, hasta el punto de convertirse en víctima de su vida disoluta. Los médicos le envían a curarse a Alessandría (Italia), donde el clima es mejor.

El padre de Virginia aconseja entonces a su hija que se separe del marido, pero ella lo rechaza y se reúne con él. La dedicación a su esposo conmueve el corazón de Gaspar, quien se convierte y fallece cristianamente a la edad de veinticuatro años, dejando una viuda de veinte años. A pesar de las súplicas de la familia, Virginia se niega enérgicamente a volverse a casar, ocupándose de la educación de sus dos hijas. Isabel llegará a tener veintiún hijos, diez de los cuales se consagrarán al servicio de Dios; ella misma acabará sus días como monja. En cuanto a Lelia, morirá bastante joven y sus dos hijas se harán religiosas.

¿Divertirse o salvar almas?

Una noche, Nuestra Señora de los Dolores advierte a Virginia que su Hijo desea verla socorrer a los pobres. Ésa es la causa de que, de manera intrépida y a pesar de las recriminaciones de los suyos, se dirija a los barcos para reconfortar a los galeotes. ¡Menudo escándalo ante toda la ciudad y su noble familia, el ver de qué modo una dama de su condición se rebaja hasta «la hez del pueblo!». Pero ella replica: «¿Por qué subir a los barcos para divertirse y no acudir para salvar almas?».

Esa intervención de la Santísima Virgen María en favor de los pobres nos muestra que su misión de «servidora» del Señor no ha terminado. «Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión, los dones de la salvación eterna. Con amor maternal cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se debaten entre peligros y angustias hasta que sean llevados a la patria feliz» (Vaticano II, Lumen gentium, 62). La Iglesia expresa su fe en esa verdad invocando a María con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora.

«Te quedarás conmigo»

Una noche de invierno de 1630, mientras se encuentra rezando en casa, Virginia oye un grito en la calle; enseguida envía a uno de sus criados para ver qué sucede. El lamento procede de una niña pequeña, medio muerta de frío y de hambre. Virginia acoge a la niña y, mientras ésta se reanima, le dice: «Te quedarás conmigo, serás hija mía». Se le presenta entonces su verdadera misión: amparar a las niñas abandonadas o necesitadas. Inmediatamente parte en su busca y, en pocos días, acoge a quince; pero pronto llegará a tener cuarenta. Con el fin de cobijarlas, alquila a la duquesa de Tursi el convento de Monte Calvario; a ésa su nueva casa, que toma el nombre de «Nuestra Señora del Refugio sobre el Monte Calvario», se dirigen en procesión las pequeñas el 13 de abril de 1631.

Sin embargo, el patrimonio de Virginia no es inagotable, por lo que, sin dudarlo un momento, la noble dama se pone a mendigar en las calles, las tiendas y los palacios con el fin de poder alimentar a sus protegidas. En 1633, cuando éstas ya son más de doscientas, alquila a su yerno, el marido de Lelia, otro palacio que en otro tiempo había pertenecido a su propio esposo, a orillas del torrente de Bisagno: de ahí el nombre de «Hijas de Bisagno» con el que se conocerá a las jóvenes que allí residen. Una tercera casa, abierta más tarde en Carignano, se convierte en cierto modo en la casa madre. La fundadora dispone allí de un cuartito amueblado con un viejo armario, un reclinatorio, dos banquetas, un escritorio y, a modo de cama, dos caballetes sobre los que descansan unas tablas.

Como quiera que el número de niñas acogidas llega enseguida a quinientos, Virginia se ve en la imposibilidad de administrar ella sola semejante comunidad, y el Senado de la República de Génova nombra unos protectores especialmente caritativos; primero tres y, luego, un cuarto: Manuel Brignole. Por aquella época, a imitación de santa Catalina de Génova (1477-1510), Virginia comienza a enviar a sus hijas de mayor edad a curar enfermos al hospital Pammatone. Un tiempo después, a causa de una epidemia, en 1656-1657, cincuenta y tres de ellas morirán víctimas de su dedicación.

Hacia 1644, Virginia redacta para ellas unas ordenanzas: observarán el Evangelio a la perfección y trabajarán por la conversión de los pecadores mediante la oración, la mortificación y el servicio a los enfermos. Como entusiasta admirador que es de la fundadora, Manuel Brignole organiza la vida laboral, de estudio, de educación religiosa y de ocupaciones domésticas de la casa. Y se entrega a ello con tanto ardor que las «Hermanas de Nuestra Señora del Refugio sobre el Monte Calvario» son llamadas por el pueblo las «Briñolinas».

Retirada en la casa de Carignano, Virginia Centurione abandona este mundo en dirección al Cielo el 15 de diciembre de 1651, siendo inhumada al día siguiente en la iglesia del monasterio de Santa Clara. Sus hijas continuaron su apostolado caritativo en diferentes hospitales de Génova o en casas de acogida para los pobres. A principios del tercer milenio, son casi 200 religiosas, repartidas en más de 30 casas en Italia, India, África Central y América Latina.

La luz de un mensaje

El domingo 22 de septiembre de 1985, el Papa Juan Pablo II beatificó en Génova a Virginia Centurione Bracelli; en su homilía, decía lo siguiente: Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos (Mc 9, 35)... Ser servidor de todos es precisamente la misión que el Hijo de Dios ha adoptado convirtiéndose en el «Servidor» sufriente del Padre para la Redención del mundo. Jesús ilustra mediante un gesto admirable el significado que quiere conferir a la palabra «servidor». A los discípulos preocupados por saber quién de ellos es el mayor, les enseña que, por el contrario, es necesario situarse en el último lugar, al servicio de los más pequeños: Y tomando a un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe» (Mc 9, 36-37)... La vida de Virginia Centurione parece desarrollarse por completo a la luz de este mensaje: renunciar a los propios bienes para servir y dar cobijo a los humildes y a los mendigos, para entregarse a los últimos, a las personas más desdeñadas por los hombres... Un amor profundo por Cristo y un amor auténtico para con los pobres y los menesterosos: ése es el mensaje que Virginia reitera en esta circunstancia en la ciudad de Génova, tal como es en la actualidad... Génova es una ciudad consagrada a la Virgen, verdaderamente ciudad de la Virgen, porque Virginia Centurione quiso que María fuera declarada y proclamada Reina de esta ciudad...».

A imitación de la beata Virginia Centurione, volvamos nuestra mirada hacia la Santísima Virgen. El Papa Juan Pablo II nos ha invitado a dirigirnos a María mediante el rezo del Rosario. Al principio de su pontificado decía ya lo siguiente: «La Iglesia nos propone una oración muy sencilla, el Rosario, que puede escalonarse tranquilamente al ritmo de nuestras jornadas. El Rosario, lentamente rezado y meditado en familia, en comunidad o individualmente, os permitirá penetrar poco a poco en los sentimientos de Cristo y de su Madre, evocando todos los acontecimientos que son la clave de nuestra salvación. Con María, abriréis vuestra alma al Espíritu Santo, para que inspire todas las grandes obras que os esperan» (6 de mayo de 1980).

Efectivamente, del mismo modo que los niños imitan lo que hacen sus padres y aprenden su lenguaje oyéndoles hablar, así también los que rezan el Rosario y consideran seria y devotamente las virtudes de Jesucristo en los misterios de su vida, se hacen semejantes al divino Maestro, con el auxilio de su gracia y por intercesión de la Virgen. «Con el rezo del Santo Rosario, practicado de forma que produzca su efecto completo, se desprenderán, tanto para los individuos en particular como para toda la sociedad cristiana, las ventajas más preciadas» —afirmaba el Papa León XIII (cf. Encíclica Laetitiae Sanctae, 4, 8 de septiembre de 1893). El propio Sumo Pontífice explicaba los beneficios que se derivan de la meditación de los misterios gozosos: «Los ejemplos de estas virtudes, de la modestia y de la sumisión, de la resignación al trabajo y de la benevolencia hacia el prójimo, del celo en cumplir los pequeños deberes de la vida ordinaria (de la Sagrada Familia de Nazaret), todas esas enseñanzas, en fin, que, a medida que el hombre las comprende mejor, más profundamente penetran en su alma, traerán un cambio notable en sus ideas y en su conducta».

Dar testimonio de las bienaventuranzas

Al proponer la contemplación de los misterios luminosos, el inolvidable Papa Juan Pablo II escribía: «Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es la luz del mundo (Jn 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el Evangelio del Reino... ¿Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día?» (Rosarium Virginis Mariæ, 21, 40).

Respecto a los misterios dolorosos, el Papa León XIII decía: «Aquel que, no contento con la contemplación de los ojos, medite frecuentemente estos ejemplos de virtud (los de Jesús y de María durante la Pasión), ¡cómo sentirá renacer en sí la fuerza para imitarlos!... Hablamos aquí de la paciencia, no de esa vana ostentación del alma endureciéndose contra el dolor... sino de la que toma el ejemplo de Cristo, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia (Hb 12, 2)».

En cuanto a los misterios gloriosos, añadía: «Así aprendemos que la muerte no es un aniquilamiento que nos arrebata y nos destruye todo, sino una emigración y, por decirlo así, un cambio de vida. Aprendemos claramente que hay una ruta hacia el Cielo abierta para todos, y cuando vemos a Cristo volver allá, nos acordamos de su dulce promesa: Porque voy a prepararos un lugar (Jn 14, 2). El Santo Rosario nos recuerda que vendrá un tiempo en que Dios secará todas las lágrimas de nuestros ojos, en que no habrá más luto ni quejidos, ni dolor, sino que estaremos siempre con Dios, parecidos a Dios, pues que le veremos tal cual es, gozando del torrente de sus delicias, conciudadanos de los santos, en comunión bienaventurada con la gran Reina y Madre. El espíritu que considere estos misterios no podrá menos de inflamarse y... gozar el consuelo que da pensar que una tribulación momentánea y ligera nos conquista una eternidad de gloria (cf. 2 Co 4, 17). Éste es, en efecto, el único lazo que une el tiempo presente con la vida eterna, la ciudad terrestre con la celestial; ésta es la única consideración que fortifica y eleva las almas» (Encíclica Lætitiæ Sanctæ, 8).

Así pues, mediante la contemplación de los misterios, el Rosario desarrolla en nosotros la fe. El Papa León XIII escribía también: «A las ventajas que procura el Rosario en virtud de la misma oración que lo compone, se añade otra, ciertamente bien noble, que consiste en el facilísimo medio que proporciona de enseñar las principales verdades de nuestra santa fe... Pero son tales y tantos los cuidados y distracciones de la vida que, sin el frecuente auxilio de las enseñanzas, el cristiano desmiente fácilmente las grandes verdades que más debía conocer, verdades que la ignorancia va oscureciendo cuando no es que destruye totalmente la fe... Porque se une en el Santo Rosario, la hermosísima y fructuosa oración ordenadamente repetida, la enunciación y consideración de los principales misterios de nuestra Religión... No hay exageración en afirmar que no debe temerse que la ignorancia y el error destruyan la fe en las comarcas, las familias y las naciones donde la práctica de rezar el Santo Rosario se mantenga en el antiguo honor» (Encíclica Magnæ Dei Matris, 8 de septiembre de 1892, 7, 8).

Regenerar a los pueblos

Para que el rezo del Rosario obtenga toda su eficacia espiritual, san Luis María Grignion de Montfort nos recuerda las predisposiciones que hay que tener. En primer lugar, resulta necesario que la persona que rece el Santo Rosario se halle en estado de gracia o, por lo menos, que tenga el propósito de salir del pecado, si ha cometido un pecado grave. Sin embargo, el Santo Rosario se aconseja a todos: a los justos para que perseveren y crezcan en la gracia de Dios, y a los pecadores para que puedan salir de sus pecados. La Virgen le dijo un día al beato Alano de la Roche (1428-1475): «Al igual que Dios eligió el saludo angélico (Avemaría; cf. Lc 1, 28) para la Encarnación de su Verbo y la Redención de los hombres, así también los que desean reformar las costumbres de los pueblos y regenerarlos en Jesucristo deben honrarme y saludarme con el mismo saludo... Yo soy –añadió– la vía por la que Dios ha llegado a los hombres, y, después de Jesucristo, obtienen la gracia y las virtudes mediante mi intercesión».

Pero no basta con expresar nuestras peticiones mediante el Rosario, sino que conviene además prestarle mucha atención, ya que Dios escucha antes la voz del corazón que la de la boca. Pues rezar a Dios con distracciones «voluntarias» sería una gran irreverencia. En verdad, sin embargo, no podemos rezar el Rosario sin padecer algunas distracciones «involuntarias»; incluso resulta muy difícil decir una sola avemaría sin que nuestra imaginación nos robe una parte de nuestra atención. Así lo afirma san Luis María: «Así como no existe oración más meritoria para el alma y más gloriosa para Jesús y María que el Rosario bien rezado, no hay tampoco ninguna oración más difícil de rezar bien y perseverar en ella, particularmente por las distracciones que vienen como naturalmente de la frecuente repetición de la misma súplica» (El secreto del Rosario). Hay que señalar que la costumbre de mirar la oleada de imágenes ofrecidas por la televisión y los medios de comunicación hace perder mucho tiempo, multiplica las distracciones y dificulta el rezo del Rosario.

Sin ver ni sentir nada

Así pues, san Luis María nos exhorta a continuar con valentía, «aunque –nos dice– durante todo el Rosario haya estado vuestra imaginación llena de distracciones e ideas extravagantes, si las habéis procurado desechar lo mejor posible desde el momento en que os apercibisteis de ello... Si es preciso que luchéis durante todo el Rosario contra las distracciones, combatid valientemente con las armas en la mano; es decir, continuando el Rosario, aunque sin gusto ni consuelo sensible... No omitáis jamás la más mínima parte del Rosario en vuestros desalientos, sequedades y decaimientos interiores; eso sería señal de orgullo e infidelidad; sino, como bravos campeones de Jesús y María, sin ver, sentir ni gustar nada, rezad en medio de toda vuestra sequedad el padrenuestro y el avemaría, pensando lo mejor que podáis en los misterios. No deseéis los caramelos y golosinas de los niños para comer vuestro pan cotidiano, y, para imitar con más perfección a Jesucristo en su agonía, prolongad vuestro Rosario cuando os cueste más trabajo para rezarlo, para que pueda aplicarse a vosotros lo dicho de Jesucristo cuando estaba en la agonía de la oración: Oraba con más insistencia (Lc 22, 43)» (Ibíd).

El Rosario puede rezarse mientras se realiza un trabajo manual, pues el trabajo manual no siempre se opone a la oración vocal. Si no se puede encontrar bastante tiempo para rezar todo el Rosario seguido, puede rezarse una decena ahora y otra decena después, de tal suerte que, a pesar de las ocupaciones y asuntos que se tengan, al menos pueda terminarse un rosario completo antes de acostarse. No obstante, el rezo del rosario en familia o con otras personas es todavía mejor.

El rezo del Rosario exige humildad, fe y mucha confianza, según las palabras de Jesucristo: Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis (Mc 11, 24). Lo que más desea el Padre eterno para nosotros es enviarnos las aguas salvíficas de su gracia y de su misericordia. Al pedirle favores no hacemos otra cosa sino agradar a Jesucristo, y si no lo hacemos se lamenta amorosamente: Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre... Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Jn 16, 24; Mt 7, 7). Además, con objeto de darnos todavía más confianza a la hora de rezarle, ha comprometido su palabra al afirmar que el Padre eterno nos concederá todo lo que le pidamos en su nombre (Jn 16, 23).

Añadamos sin embargo a nuestra confianza la perseverancia en la oración. Solamente quien persevere al pedir, al buscar y al llamar, recibirá, hallará y entrará (cf. Mt 24, 13). No basta con pedir algunos favores a Dios durante un mes, un año, diez años o veinte años; no hay que cansarse, sino pedir hasta la muerte. En ocasiones, Dios hace que busquemos y pidamos durante mucho tiempo las gracias que quiere conceder, a fin de aumentarlas todavía más, a fin de que la persona que las reciba las aprecie grandemente y a fin de que se guarde de perderlas después de haberlas recibido, pues no se aprecia demasiado lo que se obtiene en un momento y con poco gasto.

Pidamos a la beata Virginia Centurione que nos ayude a rezar a la Virgen con el Rosario, y a entregarnos a Dios, según su propia fórmula: «Abandonarme en todo y por todo entre las manos de aquel que me ha creado, de aquel que me ayudará más de lo que pueda imaginarme».

Dom Antoine Marie osb

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