Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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13 de junio de 2005
San Antonio de Padua


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los hombres... Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de la verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera» (Declaración Dominus Iesus, DJ, Congregación para la Doctrina de la Fe, 6 de agosto de 2000, 22). El deseo de anunciar a Cristo hasta los confines de la tierra está en el origen de la vocación misionera de la madre María Herminia de Jesús Grivot y de sus seis compañeras martirizadas en China, y canonizadas por el Papa Juan Pablo II el 1 de octubre de 2000.

El 28 de abril de 1876, nace en Beaune, diócesis de Dijon (Francia), una niña que recibe en el bautismo los nombres de Luisa Emma Emilia, aunque familiarmente la llaman Irma. En casa de sus padres, los esposos Grivot, reina la pobreza, ya que su padre es simple operario tonelero. Irma, afectada de pleuresía desde la infancia, mostrará toda la vida una apariencia enclenque. Su alma, sin embargo, se siente inclinada hacia Dios, y cuando le hacen alguna pregunta en el catecismo, ella responde con claridad y precisión. Con motivo de un retiro para preparar la Comunión, a los doce años, oye hablar del martirio de niños pequeños. Los suplicios le parecen espantosos, pero la idea de entrar en el Cielo, el gozo de ver a Dios y de amarlo sin temer a perderlo, la llenan de entusiasmo y la hacen desear el martirio. En el Carmelo de Beaune se venera una imagen milagrosa de Jesús niño al que llaman «el pequeño Rey de gloria y de gracia». En las grandes ocasiones, un sacerdote la presenta a los fieles para que la besen, obteniendo con ello a menudo gracias especiales. Pues bien, Irma confía al Niño Jesús su deseo de martirio.

Irma es sencilla, cabal, inteligente, de corazón afectuoso y aplicada, siguiendo con soltura sus estudios hasta 1893. Aspira a la vida religiosa, pero sus padres se oponen a ello categóricamente. Para poder mantener cierta independencia de su familia, imparte clases particulares. Más tarde, perseverando en su deseo de vida consagrada, una tarde de 1894, acaba llamando a la puerta de unas religiosas adoradoras del Santísimo Sacramento y dedicadas a las misiones lejanas, las Franciscanas Misioneras de María, en Vanves (cerca de París). Esa comunidad, fundada recientemente por Helena de Chapotin de Neuville, bretona intrépida que ha tomado como nombre religioso el de madre María de la Pasión, recibirá la aprobación definitiva, de parte del Papa León XIII, en 1896. En 1904, tras la muerte de la madre María de la Pasión, su comunidad, que ya ha conseguido llegar a los puntos más remotos del globo, cuenta con más de 3.000 religiosas, repartidas en 86 casas, hospitales, talleres y leproserías. La fundadora será declarada beata por el Papa Juan Pablo II el 20 de octubre de 2002.

Las congregaciones dedicadas a las misiones lejanas anuncian que Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, es el único mediador entre Dios y los hombres. En nuestros días, algunos afirman que el Misterio de Dios «se manifestaría así a la humanidad en modos diversos y en diversas figuras históricas: Jesús de Nazaret sería una de ellas» (DJ, 9). Para poner remedio a esta mentalidad relativista, cada vez más difundida, «es necesario reiterar, ante todo, el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, se da la revelación de la plenitud de la verdad divina» (DJ, 5).

Los suyos no aceptan

Irma tiene ya 18 años. Es de rasgos delicados y de mentón prominente, y su mirada es dulce, tranquila y pura. Su único deseo es cumplir, adorar y bendecir la voluntad de Dios. De carácter discreto y reservado, suele pasar desapercibida. En su tierra natal, los suyos siguen sin aceptar su vocación, y el dolor que ello le produce le arranca a veces abundantes lágrimas. La joven es enviada muy pronto al noviciado de la congregación, en Châtelets (Bretaña), no lejos de Saint-Brieuc. Al principio se le encarga la gestión del «probandado», especie de seminario menor femenino donde las jóvenes con posibilidades de vocación futura son instruidas y educadas con el mayor de los esmeros.

Cuando una de las alumnas se muestra rebelde ante sus consejos, ella intenta con mil atenciones recuperar el corazón de la oveja extraviada. En ocasiones, su bondad es considerada excesiva, a lo que ella responde: «En esta niña veo a Dios. Hay que soportar algo para ganar el Cielo... Si algún día voy a la China, los chinos me harán sufrir de otro modo». Es la encargada del diario de la comunidad; allí quedarán reflejadas sus cualidades de precisión y de claridad, así como su amor por la belleza y su elevado pensamiento. El 22 de julio de 1894, Irma recibe el hábito religioso, con el nombre de sor María Herminia de Jesús. Ese nombre le es inspirado por el escudo de Bretaña, que lleva un armiño (del latín armenius y del francés hermine), animal que, según se dice, prefiere la muerte antes que perder su blancura, y de la divisa «Antes la muerte que la mancilla». Tal es también el programa de sor María Herminia de Jesús.

Para aceptar los mayores sacrificios ella empieza por pequeñas renuncias, en medio de una vida humilde y escondida. «¿Qué es la humildad?, se pregunta en su diario. – El conocimiento íntimo y verdadero de uno mismo y nuestra vida regulada por él». Sor María Herminia sigue manteniendo su deseo de partir a un país de misiones. Sin embargo, nada más terminar el noviciado, es llamada a otro tipo de dedicación: llevar la contabilidad y gestionar los trabajos en la casa de Vanves. En ese lugar, las hermanas misioneras, pobres por vocación, sacan su subsistencia y desarrollo de diferentes labores: imprenta, imaginería, encuadernación, marroquinería, productos artísticos, etc. Ese trabajo absorbente apenas deja descansar a sor María Herminia, pero, cuando alguien llama a su puerta, es recibido invariablemente con amabilidad y dulzura, por muy inoportuna que resulte la interrupción del trabajo.

Una doble adhesión

Con motivo de su profesión religiosa, acontecida el 8 de septiembre de 1896, ella se estremece de felicidad y de temor. La consagración de sor María Herminia se fundamenta en su fe. «La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. La fe, por lo tanto, don de Dios y virtud sobrenatural infundida por Él, implica una doble adhesión: a Dios que revela y a la verdad revelada por Él, en virtud de la confianza que se le concede a la persona que la afirma. Por esto no debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo» (DJ, 7). En el fervor de su fe, sor María Herminia conserva el deseo de entregar la vida por Dios. En una ocasión, como entretenimiento y durante el recreo, juegan «a echar pajitas» para saber quién partirá la primera y quién será la primera mártir de la institución. La suerte recae en sor María Herminia, que mira la paja que le ha tocado con una radiante sonrisa, sintiéndose confortada por la esperanza de morir por su divino Esposo y por la Iglesia, que es el Cuerpo místico de Cristo.

Sor María Herminia no duda de que la Iglesia católica sea la Iglesia fundada por Jesucristo. En efecto, pues «el Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él... Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: una sola Iglesia católica y apostólica... Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica –radicada en la sucesión apostólica– entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica... Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma –diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo– de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y comunidades» (DJ, 16, 17).

En 1898, el padre Fogolla, franciscano y vicario del obispo de la provincia de Shan-si (China), solicita a la madre general de las Franciscanas Misioneras de María una fundación en Tai-yuan-fu, capital de su diócesis. Sor María Herminia es propuesta por su superiora generala para esa nueva fundación: «Sin ninguna vacilación –le escribe– le respondo que sí, Madre bienamada... Entré en la institución para salvar almas curando cuerpos». Poco tiempo después, sor María Herminia se entera de su nombramiento como superiora de la fundación china. Su humildad se aterra por esa carga, pero acepta por obediencia.

Necesidad de la Iglesia

Para salvar almas, la Madre María Herminia de Jesús quiere conducirlas a la Iglesia. Ante todo, debemos creer firmemente que «la Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Pues solamente Cristo es el Mediador y el camino de salvación, que se nos hace presente en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad de la fe y del bautismo (cf. Mc 16, 16; Jn 3, 5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como puerta. Por lo cual no podrían salvarse quienes, no ignorando que Dios fundó por medio de Jesucristo la Iglesia católica como necesaria, con todo, no quisieran entrar o perseverar en ella» (Vaticano II, Lumen gentium, 14).

Esta verdad excluye radicalmente la mentalidad indiferentista «que lleva a pensar, que al fin y al cabo todas las relgiones son iguales... Los no cristianos se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos» (DJ, 21, 22). Ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas contienen elementos de religiosidad. Por otro lado, no se puede ignorar que algunos ritos de otras religiones proceden de supersticiones y constituyen un obstáculo para la salvación (cf. DJ, 21). No obstante, «los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, esforzándose bajo el influjo de la gracia en cumplir la voluntad de Dios, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. La divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un expreso reconocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en llevar una vida recta. La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero, que entre ellos se da, como preparación evangélica, y dado por quien ilumina a todos los hombres, para que al fin tengan la vida eterna (Vaticano II, Lumen gentium, 16)».

El padre Fogolla, elevado a la dignidad episcopal por el Papa León XIII, anuncia a la Madre María Herminia: «Debe hacerse a la idea de que llevará numerosas cruces: sufrimientos durante la travesía, sufrimientos en tierra (debido a la absoluta falta de las cosas más necesarias), sufrimientos al fin en la propia misión, entre las chinas, acostumbradas a sus tradiciones y cuyo carácter, en ocasiones, deja mucho que desear». La prueba de la partida hacia la China resulta muy dolorosa, pues la madre de María Herminia sigue sin aceptar su vocación. La religiosa escribe lo siguiente a una amiga: «Espero contra toda esperanza. Quizás el Señor me deje aún esta cruz como incentivo a mi confianza. ¿Quién sabe si la salvación de los míos puede estar ligada a la fidelidad de su hija?».

Shan-si, provincia del norte de la China, es una meseta inmensa de clima riguroso y de cosechas tardías e insuficientes. Multitud de supersticiones se reparten el imperio chino, y numerosos mártires han derramado ya su sangre para evangelizarlo. Unos treinta años antes de la llegada de las Franciscanas de María, diez hermanas de la Caridad habían sido degolladas en Tien-tsin.

«¡Qué agradable...!»

El 12 de marzo de 1899, catorce Franciscanas Misioneras de María se embarcan en Marsella hacia la China. La Madre María Herminia y seis de sus compañeras son destinadas a fundar la misión de Tai-yuan-fu, ciudad de unos 300.000 habitantes. Son tres francesas, dos italianas, una belga y una holandesa. Durante las escalas son acogidas por religiosas de diversas congregaciones. «¡Qué agradable es la caridad mutua, sobre todo en misión!» –anota con agradecimiento la Madre María Herminia. Cuando llegan a su destino, el 4 de mayo de 1899, la residencia de Tai-yuan-fu está de fiesta: 200 huérfanas y cinco o seis padres franciscanos aguardan a las viajeras. Nada más llegar, tienen que curar con urgencia a una pobre niña china cuya cabeza cubre una sarna tan horrenda que la llaga muestra el hueso al desnudo. Lo que sigue es parecido: un niño de ocho años que ha padecido fiebre tifoidea y que ha permanecido cien días sin que le lavaran ni le cambiaran. Periódicamente, traen a la residencia entre doce y quince niños abandonados.

Muy cerca del convento provisional de las Franciscanas Misioneras de María se encuentra el orfanato dirigido por religiosas autóctonas, establecimiento que adolece de organización: falta el orden, la higiene y el hábito de trabajo. Las religiosas chinas manifiestan cierta desconfianza hacia las nuevas costumbres que aportan las franciscanas. La tarea de la Madre María Herminia consiste en ayudarlas a progresar. Ella misma escribe: «Hay que obrar lentamente, pues ellas van a lo suyo y, como es normal, no pueden enseñar otra cosa más que las costumbres de la región». Las franciscanas enseñan a las huérfanas a hacer punto, a usar la máquina de coser y a confeccionar encaje. Pero las recién llegadas deben pagar tributo al clima de la región, padeciendo muy pronto enfermedades. «Ocurra lo que ocurra –escribe la Madre María Herminia– nos hemos resignado todas a la buena voluntad divina, nos hemos abandonado en las manos del Maestro; sólo Él dispone de nuestra vida... La cruz de la vida misionera debe sobrellevarse con gozo».

La mitad de mi vida

El 2 de agosto de 1899, el Santísimo Sacramento es expuesto por primera vez en la capilla del orfanato. La Madre María Herminia asegura al padre procurador de la misión: «La adoración del Santísimo Sacramento es la mitad de mi vida; la otra mitad consiste en hacer que se ame a Jesús y en ganarle almas». Sin embargo, las huérfanas no responden a los cuidados de las hermanas misioneras: «El primer paso que dimos en las obras no obtuvo resultado» –confiesa con tristeza la madre. Las religiosas chinas que cuidan a las pequeñas no entienden el beneficio que el trabajo puede reportar a esas niñas, acostumbradas a deambular todo el día. Las hermanas tendrán que poner todavía de su parte mucha paciencia y diplomacia para enderezar la situación. Pero, tras algunos meses de humilde labor, y habiéndose ganado los corazones mediante la dulzura y la firmeza, las franciscanas toman por completo las riendas del orfanato, consiguiendo progresos alentadores. No obstante, el hospital que se planifica construir y que se les va a confiar no es otra cosa sino un simple proyecto. «No basta con desear el Cielo –suspira la Madre María Herminia–, sino que, sobre todo, hay que ganárselo».

En medio de sus aflicciones, recibe un nuevo golpe: «Mi padre está gravemente enfermo –escribe. ¡Ah! Mi pena tiene menos que ver con el cuerpo que con el alma. Hace ya mucho tiempo que no practica la religión. ¿Qué será de él? ¿Recibirá la gracia de los últimos sacramentos?... ¿Bastará con mi fidelidad para conmover el corazón del Juez Supremo? En medio de mi tormento, recurro a la Virgen de los Dolores, y confío plenamente en quien jamás se invoca en vano».

El siglo XX se inaugura, sin embargo, con las revueltas y la hambruna. El joven emperador de la China ha intentado introducir en el país los progresos técnicos de la civilización europea: escuelas, ferrocarriles, industria, etc. Pero esas transformaciones incomodan al pueblo, celoso de su tradición e independencia. A eso hay que añadir una pavorosa sequía que conlleva la penuria de alimentos. Las sociedades secretas del país se aprovechan del descontento, y entre ellas la secta de los bóxers (de la palabra inglesa «box», golpe), que recluta jóvenes, chicos y chicas de entre doce y quince años, fanatizados contra los europeos y los cristianos. Gran parte del imperio se halla en peligro de incendio, de pillaje y de asesinato.

En abril de 1900, con la ayuda de los bóxers, un nuevo gobernador (o virrey), Yu-Hsien, subleva a la población de Shan-si contra los cristianos, a quienes se acusa de ser responsables de la hambruna. El obispo propone a las religiosas que huyan, pero la Madre María Herminia responde en su nombre: «Por el amor de Dios, no nos impida morir con usted. Si nuestro coraje es demasiado débil para resistir a la crueldad de los verdugos, seguro que Dios, que nos envía la prueba, nos concederá también la fuerza de salir victoriosas. No tememos ni a la muerte ni a los tormentos con que nos amenaza la rabia del virrey. Hemos venido hasta aquí para ejercer la caridad y para derramar, si era necesario, nuestra sangre por amor a Jesucristo. Por tanto, con lágrimas en los ojos, le suplicamos que no nos arrebate la palma del martirio que la misericordia divina nos tiende desde lo alto del Cielo».

El 27 de junio, un ultimátum del gobernador prohíbe a los cristianos que se reúnan para rezar. El 5 de julio, el virrey promulga un edicto que arroja una luz decisiva sobre los móviles reales de la carnicería que está a punto de desencadenarse: «Como quiera que la religión cristiana es disoluta y cruel, como quiera que desprecia a los espíritus y tiraniza a los pueblos, los incendios y las matanzas de los bóxers son inminentes». La noche siguiente, Yu-Hsien manda trasladar a la casa de hospitalidad mandarinal al grupo de sus víctimas, compuesto de treinta y tres personas: Monseñor Grassi, vicario apostólico, Mons. Fogolla, coadjutor suyo, el padre Teodorico, el padre Elías, el hermano Andrés Bauer, cinco seminaristas chinos, las siete Franciscanas Misioneras de María, seis huérfanas, una viuda de sesenta y seis años y nueve sirvientes de la residencia. Las religiosas y sus huérfanas deben permanecer en un cuarto húmedo y sucio, demasiado pequeño para albergarlas a todas. La Madre María Herminia anima y entrena a las prisioneras, que se preparan para el martirio.

Lo más sorprendente

Tres días más tarde, el 9 hacia las 16 horas, se oyen fuera vociferaciones y gritos. En medio de una gran calma, Mons. Grassi da por última vez la absolución a sus cristianos. Los insurrectos, tras un momento de desconcierto ante esa calma, se abalanzan, golpean a sus víctimas, les atan las manos a la espalda y las conducen al lugar de la ejecución. Las religiosas, llevadas a la fuerza al final del cortejo, cantan el Te Deum, himno de adoración y de agradecimiento dirigido a la Santísima Trinidad. Llegados al lugar de la ejecución, los mártires deben ponerse de rodillas. Están presentes más de tres mil bóxers. El virrey aparece en su trono de gran juez. Se dirige encolerizado a Mons. Fogolla en estos términos: «¿Cuánto tiempo lleva en China? – Más de treinta años. – ¿Por qué ha perjudicado a mi pueblo y con qué objetivo propaga su fe? – No hemos perjudicado a nadie, sino que hemos hecho el bien a muchos. Hemos venido para salvar almas. – ¡No es verdad! ¡Nos habéis hecho mucho daño y os mataré a todos!». Se abalanza sobre él y golpea dos veces al obispo en pleno pecho, mientras grita a los soldados: «¡Matadlos! ¡Matadlos!». En el acto, cada uno de ellos se arroja sobre los que están más cerca, cortándoles las cabezas y los miembros. Las siete franciscanas mueren las últimas, después de rezar y cantar. «Lo más sorprendente de todo –dice un testigo pagano– es ver morir cantando a esas «condenadas cristianas»».

El uno de octubre de 2000, el Papa Juan Pablo II canonizó a 120 mártires de China, de entre los cuales había treinta y tres misioneros, hombres y mujeres, y en cuyo número figuraban sor María Herminia de Jesús y sus seis compañeras. «Esos mártires son un ejemplo de coraje y de coherencia para todos nosotros» –resaltó el Papa. En efecto, pues si bien no todos somos llamados a evangelizar regiones remotas, todos tenemos la misión de dar testimonio a nuestro alrededor de la verdad de Cristo y de su Iglesia, mediante una vida de santidad y una verdadera caridad para con el prójimo, sea quien sea. Pidamos a san José que nos conceda a cada uno de nosotros ese espíritu misionero a través de los actos normales de la vida cotidiana, y que proteja a la Iglesia perseguida en China.

Dom Antoine Marie osb

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