Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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1 de marzo de 2005
Mes de San José


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

En una calle de Dublín, en Irlanda, durante la mañana del día 7 de junio de 1925, domingo de la Trinidad, un hombre que se dirige hacia una iglesia cercana se desploma de repente cayendo muerto. Su cuerpo es trasladado al hospital y es lavado por una religiosa enfermera; grande es su estupor cuando descubre, al quitarle la ropa al difunto, una cadena enrollada dos veces alrededor de la cintura y de la que cuelgan medallas piadosas. Otras cadenas o cuerdas rodean las piernas y los brazos. A pesar de que esas herrumbrosas cadenas se hayan hundido en la piel, el cuerpo manifiesta una impecable limpieza. ¿Quién era, pues, ese hombre? ¿Era un loco o un santo?

De la cerveza al whisky

Matt Talbot había nacido en Dublín en mayo de 1856, ocupando el sexto lugar entre los hijos de una familia de doce vástagos. De niño, entra en el colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, donde no saca ningún provecho de sus estudios. A la edad de doce años, es contratado por una firma de embotellado de cerveza. El trabajo en ese ambiente cargado de alcohol le induce a seguir muy pronto los malos ejemplos de otros empleados, vaciando los fondos de las botellas. Al verlo regresar a casa todas las tardes anormalmente alegre, su padre toma cartas en el asunto y le busca otro trabajo, bajo su propia vigilancia, en la dársena del puerto. Pero la situación de Matt se agrava, pues adquiere la costumbre de blasfemar y de emplear el lenguaje brusco de los estibadores; para colmo, sus nuevos compañeros de trabajo lo inician en el whisky. Su padre intenta persuadirlo, incluso con algún azote, pero nada consigue. Ante la desesperación de sus padres, Matt se sustrae de la autoridad paterna y cae en el alcoholismo. Sin embargo, el joven posee un gran corazón. Al comprender el deshonor que inflige a su padre, deja el puerto y empieza a trabajar de albañil. Las noches las pasa entonces en la taberna, regresando casi siempre borracho y malgastando todo su salario en bebida. Hasta tal punto cae en el vicio que, a veces, recurre al robo para conseguir alcohol.

Su cuerpo se va destruyendo lentamente, pero todavía resulta más grave el pecado que mata el alma, ya que el uso inmoderado de la bebida ofende al Creador. Mediante el alcoholismo, al igual que con la droga, el hombre se priva voluntariamente del uso de razón, el más noble de los atributos de la naturaleza humana. Y ese desorden, cuando se consuma con conocimiento de causa y de forma voluntaria, constituye una falta grave contra Dios, así como contra el prójimo, ya que, en estado de embriaguez, uno se expone a ofenderlo gravemente. Como todo pecado grave, semejante abuso acarrea la pérdida del estado de gracia, que es la mayor desdicha que pueda sucederle a la persona. En efecto, pues no hay bien más preciado para el hombre que la amistad de Dios, pero esa amistad se pierde con el pecado grave. Nuestro Señor pone en guardia a sus discípulos contra esa desgracia: El que no permanece en mí es echado fuera, como el sarmiento, y se seca, y los amontonan y los arrojan al fuego para que ardan (Jn 15, 6). Mediante esas palabras, Jesús nos revela el destino que se reserva a quienes rechazan la amistad de Dios que se ofrece a todo hombre en virtud de la Encarnación redentora. Ese rechazo conduce a la muerte eterna, el infierno, sobre el cual el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) nos dice lo siguiente: «Jesús habla con frecuencia de la gehena y del fuego eterno que nunca se apaga reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo. Jesús anuncia en términos graves que enviará a sus ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán al horno ardiendo, y que pronunciará la condenación: ¡Alejaos de mí, malditos al fuego eterno! La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, el fuego eterno. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que por ella entran. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la Vida, y cuán pocos los que dan con ella! (Mt 7, 13-14)» (CEC, 1034-36).

La renuncia al pecado y la conversión a Dios son necesarios para cualquiera que desee la vida eterna. A la pregunta que formula el joven, Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir vida eterna?, Jesús responde: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos (Mt 19, 16-17). San Benito le contesta lo mismo al discípulo que se presenta para entrar en la vida monástica: «Espera el Señor que cada día le respondamos con nuestras obras a sus santas exhortaciones. Pues para eso se nos conceden como tregua los días de nuestra vida, para enmendarnos de nuestros males, según nos lo dice el Apóstol: ¿No te das cuenta de que la paciencia de Dios te está empujando a la penitencia? Efectivamente, el Señor te dice con su inagotable benignidad: No quiero la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva... Por tanto, debemos disponer nuestros corazones y nuestros cuerpos para militar en el servicio de la santa obediencia a sus preceptos. Y como esto no es posible para nuestra naturaleza sola, hemos de pedirle al Señor que se digne concedernos la asistencia de su gracia. Si, huyendo de las penas del infierno, deseamos llegar a la vida eterna, mientras todavía estamos a tiempo y tenemos este cuerpo como domicilio y podemos cumplir todas estas cosas a la luz de la vida, ahora es cuando hemos de apresurarnos y poner en práctica lo que en la eternidad redundará en nuestro bien» (Regla, Prólogo). Así pues, no hay que dejar para mañana la conversión, como así lo señalaba san Juan Crisóstomo: «Pensemos en nuestra salvación, no tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de un día para otro (Si 5, 7); pues no sabes lo que ocurrirá el día de mañana... ¿Te has embriagado?, ¿has comido hasta hartarte?, ¿has practicado la rapiña? Detente ahora y da media vuelta; da gracias a Dios de que no te haya arrebatado en medio de tus pecados... Considera que se trata del interés de tu alma...» (Homilía sobre la segunda Epístola a los Corintios).

Un golpe de gracia

A pesar de su estado de envilecimiento, Matt conserva cierta decencia: no mantiene ninguna relación condenable; cada mañana, cualesquiera que hayan sido las libaciones de la víspera, a las seis está ya levantado para dirigirse al trabajo; por último, permanece fiel a la Misa dominical, incluso si no recibe los sacramentos. Un sábado de 1884, la gracia de Dios llama a su puerta. Después de encontrarse en paro durante una semana, Matt, a sus 28 años de edad, se halla sin dinero y sin posibilidades de comprarse bebida. Pero el deseo le atormenta. Hacia mediodía se aposta con su hermano menor, Felipe, en la esquina de una calle por donde pasan los obreros después de recibir la paga, con la esperanza de que uno u otro le invite a beber un trago. Los obreros pasan y le saludan, pero nadie le invita. Matt se siente herido en su amor propio: estar privado de alcohol le resulta muy penoso, pero lo que más le duele es la dureza de sus compañeros, a quienes frecuentemente ha invitado a una ronda en la taberna. De repente, regresa a su casa, donde su madre le recibe sorprendida de verle llegar tan pronto y sin haber bebido. ¡Su madre! A Matt le viene a la mente lo ingrato que ha sido con ella. No ha entregado casi nada a sus padres para los gastos familiares (todo el dinero lo gastaba en bebida), y ahora siente cómo se le desgarra el corazón por haberlos dejado penar solos, mientras él se iba a beber de forma egoísta. En la Irlanda de aquella época no resulta extraño que un hombre que pretenda dejar la bebida haga un voto. Después de la comida, encontrándose solo con su madre, Matt dice de repente: «Me voy a hacer voto de templanza. – ¡Por Dios! Ve a hacerlo, pero no lo formules si no quieres cumplirlo. – Lo formularé, en nombre de Dios». Tras vestirse con esmero, se dirige al Colegio de Santa Cruz, solicita a un sacerdote y se confiesa; siguiendo el prudente consejo de éste, Matt formula su voto por un tiempo de tres meses. El día siguiente, acude a oír Misa de cinco a la iglesia de San Francisco Javier, donde comulga y de la que sale renovado. Sin embargo, para ser fiel a ese voto, la lucha será terrible; además, Matt decide obtener de la comunión diaria la fuerza espiritual que necesita para poder cumplir resueltamente su promesa. El momento más difícil es la tarde, después del trabajo. Para evitar la tentación, el nuevo converso realiza paseos por la ciudad. No obstante, un día entra en una taberna a la vez que numerosos clientes. Atareado como está, el camarero parece ignorar a Matt, quien, molesto por esa desatención, sale a toda prisa de la sala, decidido del todo a no poner nunca más los pies en una taberna.

«¿Seguiré bebiendo?»

Con motivo de sus paseos, Matt se da cuenta de otra dificultad: el alcohol ha debilitado su salud y se cansa enseguida. Entra entonces en una iglesia y, de rodillas ante el sagrario, se pone a rezar, suplicando a Dios que le fortalezca. De ese modo adquiere la costumbre de frecuentar la casa de Dios. Sin embargo, los tres meses son largos, pues las consecuencias de la falta de alcohol (alucinaciones, depresión y náuseas) hacen que ese tiempo resulte un verdadero calvario. En algunos momentos, la antigua dependencia se despierta, por lo que no tiene más remedio que luchar desesperadamente y prolongar sus oraciones. Un día, de regreso a casa, se deja caer en una silla y le dice con tristeza a su madre: «Es inútil, mamá, cuando se cumplan los tres meses volveré a beber...». Pero ella le reconforta y le anima a rezar. Siguiendo ese consejo al pie de la letra, Matt le toma gusto a la oración y encuentra en ella su salvación. Efectivamente, la oración ayuda a que salgamos de situaciones humanamente desesperadas. Para Dios todo es posible (Mt 19, 26). San Alfonso María de Ligorio, doctor de la Iglesia, afirma: «La gracia de orar se concede a todo el mundo, de suerte que si alguien se pierde carece de excusa... Orad, orad, orad, y no abandonéis nunca la oración, pues quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente» (cf. CEC, 2744). Cumplidos los tres meses, sorprendido de haber «aguantado el trago», Matt renueva su voto por seis meses más, al término de los cuales se comprometerá para siempre a no beber más alcohol.

Matt ha comenzado una nueva vida, una vida de intimidad con Dios, en la cual la Misa diaria es el principal pilar. Pero en 1892, se suprime la Misa de cinco en la cual acostumbra a comulgar; a partir de ahora, la primera Misa del día es a las seis y cuarto. A pesar de la gran habilidad que ha adquirido en su trabajo, no duda en cambiarlo, colocándose como simple peón para un comerciante de madera, con el cual el trabajo no empieza hasta las ocho. Su nueva tarea consiste en cargar los camiones. Por la tarde, en cuanto acaba el trabajo, se lava con esmero, se pone la ropa de salir –pues no quiere entrar en la casa de Dios con su ropa de trabajo– y se dirige a la iglesia para visitar al Santísimo Sacramento. Un día, declara a su confesor: «He deseado mucho el don de la oración, y me ha sido otorgado plenamente». En adelante, su existencia se halla orientada totalmente hacia Dios, y más especialmente hacia la presencia real del Señor en el sagrario. «Mientras la Eucaristía es conservada en las iglesias y oratorios, Cristo es verdaderamente el Emmanuel, es decir, Dios con nosotros —escribía el Papa Pablo VI. Porque día y noche está en medio de nosotros, habita con nosotros lleno de gracia y de verdad; ordena las costumbres, alimenta las virtudes, consuela a los afligidos, fortalece a los débiles, incita a su imitación a todos los que a Él se acercan, de modo que con su ejemplo aprendan a ser mansos y humildes de corazón, y a buscar no ya las cosas propias, sino las de Dios. Y así, todo el que se vuelve hacia el augusto Sacramento Eucarístico con particular devoción y se esfuerza en amar a su vez con prontitud y generosidad a Cristo que nos ama infinitamente, experimenta y comprende a fondo, no sin gran gozo y aprovechamiento del espíritu, cuán preciosa es la vida escondida con Cristo en Dios y cuánto sirve estar en coloquio con Cristo: nada más dulce, nada más eficaz para recorrer el camino de la santidad» (Encíclica Mysterium fidei, 3 de septiembre de 1965).

Significado de las cadenas

Matt Talbot siente una gran devoción por la Madre de Jesús, que se manifiesta diariamente con el rezo del Rosario y el oficio de la Virgen. Hacia 1912, lee el Tratado de la verdadera devoción a la Virgen, de san Luis María Grignion de Monfort, con el que aprende a practicar la «santa Esclavitud» mediante la consagración de toda su persona y de todos sus bienes al servicio de María. Como recurso práctico para vivir en el espíritu de este apego filial a María, san Luis María había recomendado que se llevara una cadenilla. Ese es el significado de las cadenas que se encontraron en el cuerpo de Matt Talbot después de su muerte.

Siendo de carácter impulsivo, Matt soporta a duras penas las blasfemias y el lenguaje grosero de sus compañeros. Cuando blasfeman contra el sagrado Nombre de Dios, él levanta su sombrero en señal de respeto. Al ver aquel gesto, sus compañeros arrecian en sus malsonantes palabras. En un principio, Matt les reprende con dureza, pero después se limita a decirles con dulzura: «Jesucristo os está oyendo». En una ocasión, reprocha con firmeza a su capataz el ser poco generoso con una suscripción caritativa. Su patrono le llama al orden y, el día siguiente, Matt se presenta ante el jefe: «Nuestro Señor –declara– me ha dicho que debía pedirle perdón, y a eso vengo». Su vida ejemplar termina por inspirar respeto, y él, además, demuestra ser un compañero cordial, siempre dispuesto a reír el primero de una buena broma, con tal de que se mantenga en los límites de la decencia.

«Lleva usted una ropa muy mala»

A imitación de los antiguos monjes irlandeses que seguían la tradición de san Columbano, Matt Talbot se impone un régimen alimenticio ascético, tanto en expiación por sus pecados como para mortificarse y favorecer en él la vida espiritual. Sin embargo, cuando le invitan sus amigos, come como todos. Ingresa en la orden tercera de san Francisco, aplicándose en imitar la pobreza de Cristo, reduciendo sus gastos a lo estrictamente necesario y entregando el resto a los pobres. Al principio de su conversión, había guardado la costumbre de fumar. Un día, un compañero le pide tabaco. Acaba precisamente de comprar una pipa y una bolsita de tabaco, pero, con gesto heroico, le entrega ambas cosas; en adelante ya no fumará más. Lleva habitualmente ropa vieja y gastada, pero un día le entregan un traje nuevo; él quiere rechazarlo, pero su confesor interviene: «Talbot, lleva usted una ropa muy mala, y acaban de ofrecerle un traje nuevo... – Padre, he prometido a Dios no llevar nunca traje nuevo. – ¡Pero si es precisamente Dios quien le envía éste!, agrega el sacerdote. – En ese caso, si es Dios quien me lo envía, lo tomaré».

El único lujo que Matt se permite son los libros, pues le gusta ocupar el tiempo leyendo, siendo sus lecturas preferidas la Sagrada Escritura y los escritos de los santos. Al hojear la Biblia que se halló en su casa tras su muerte, se constata que sentía cierta predilección por los Salmos, en especial por los Salmos penitenciales en los que el pecador expresa a Dios el remordimiento por sus pecados, pero también su confianza inquebrantable en la misericordia divina: Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame... Vuélveme la alegría de tu salvación... (Salmo 51 [50] «Miserere»). Algunas de sus anotaciones revelan una altura de pensamiento sorprendente para un hombre de instrucción tan rudimentaria. Se encuentran las siguientes reflexiones: «El tiempo de la vida no es más que una carrera hacia la muerte, en la que a ningún hombre se le permite detenerse... La libertad de espíritu se adquiere librándose del amor propio, lo que hace que el alma esté dispuesta a cumplir la voluntad de Dios en las cosas más pequeñas... El uso de la voluntad consiste en hacer el bien, y su abuso consiste en hacer el mal... En la meditación buscamos a Dios mediante la razón y los actos meritorios, mientras que en la contemplación lo percibimos sin esfuerzo... Esa vida de oración y de penitencia es confortada por algunas gracias fuera de lo común. Un día, le cuenta a su hermana: «¡Qué triste resulta comprobar el poco amor de los hombres hacia Dios!... ¡Oh, Susana! ¡Si supieras el gozo profundo que he experimentado la pasada noche al conversar con Dios y con su santa Madre!»; luego, al darse cuenta de que habla de sí mismo, desvía la conversación.

El período comprendido entre 1911 y 1921 es muy turbulento en Irlanda: conflictos laborales acentuados por el paro y las huelgas, lucha por la autonomía política, primera guerra mundial y, finalmente, guerra entre Irlanda e Inglaterra. En medio de esas tribulaciones, Matt consigue mantener su alma en paz, si bien la causa de los obreros le interesa mucho. Condena sin paliativos la insuficiencia de los salarios para los obreros casados, a los que ayuda económicamente cuanto puede. Pero nunca reclama nada para él. Cuando los compañeros dejan el trabajo o son despedidos, él muestra su solidaridad hacia su causa.

«Dar las gracias al «Gran Curandero»»

A la edad de sesenta y siete años, Matt Talbot se halla físicamente debilitado, hasta tal punto que el ahogo y las palpitaciones del corazón le obligan a reducir su actividad. Tras dos permanencias en el hospital en 1923 y 1925, se recupera mal que bien y reanuda su trabajo. Durante esos ingresos, se dirige a la capilla siempre que puede. A una religiosa que le reprocha el sobresalto que le ha causado al no encontrarlo en la habitación, le responde sonriendo: «Ya he dado las gracias a las religiosas y a los médicos, ¿acaso no era justo dar las gracias al «Gran Curandero»?». El domingo 7 de junio de 1925, se encamina hacia la iglesia del Salvador. Agotado, se desploma en la acera. Una mujer le ofrece un vaso de agua. Matt abre los ojos, sonríe y deja caer la cabeza: es el gran encuentro tan deseado con Cristo, que no ha venido a llamar a justos sino a pecadores (Mt 9, 13). En 1975, Matt Talbot recibió el título de «Venerable». En la actualidad, numerosas obras encargadas de socorrer a las víctimas del alcohol y de la droga se hallan bajo su patrocinio.

Matt Talbot es un modelo para todos los hombres. A las víctimas del alcoholismo o de la drogadicción les demuestra con su ejemplo que, con la gracia de Dios, es posible superarlo. «Las dependencias del alcohol son a veces tan fuertes que los allegados de la persona alcohólica pueden pensar que nunca podrá superarlas, y la propia persona alcohólica tiene la tentación de desesperar. En esos momentos es bueno tener presente la Resurrección de Jesús, que nos recuerda que el fracaso nunca es la última palabra de Dios» (Comisión social de los obispos de Francia, declaración del 1 de diciembre de 1998). A quienes son esclavos de otros pecados (idolatría, blasfemia, aborto, eutanasia, contracepción, adulterio, desenfreno, homosexualidad, masturbación, robo, falso testimonio, difamación, etc.), les recuerda que «nunca hay que desesperar de la misericordia de Dios», según la recomendación de san Benito (Regla, cap. IV). Nuestro Señor prometió a santa Margarita María que los pecadores hallarían en su Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia. Del mismo modo que lo propio de un navío es navegar sobre el agua, así también lo propio de Dios es perdonar y hacer misericordia, como lo afirma la Iglesia en una de sus oraciones. Además, santa Teresita, doctora de la Iglesia, escribió lo que sigue al final de sus manuscritos: «Aunque tuviera en la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría con el corazón roto de arrepentimiento, a echarme en los brazos de Jesús, pues sé cómo ama al hijo pródigo que vuelve a Él». Y añadía de viva voz: «Sé que toda esa multitud de ofensas desaparecería en un santiamén, como una gota de agua en una hoguera ardiente». La vida de Matt Talbot prueba de manera elocuente que si dirigimos con sinceridad nuestra alma hacia el Señor para pedir perdón, podemos, mediante el sacramento de la Penitencia, vía ordinaria de reconciliación con Dios, comenzar una nueva vida bajo la mirada maternal de María.

Venerable Matt Talbot, concédenos la gracia de acudir confiados a la misericordia divina y de ir hasta el final de las exigencias de un amor apasionado por Jesús y María.

Dom Antoine Marie osb

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