Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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16 de noviembre de 2004
Santa Gertrudis


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

El 13 de mayo de 1981, en la plaza de San Pedro de Roma, el turco Mohamed Alí Agca hería gravemente al Papa Juan Pablo II con un arma de fuego. Mientras es trasladado en ambulancia y en medio de su gran sufrimiento, el Santo Padre repite estas invocaciones: «¡María, Madre mía! ¡María, Madre mía!». Ni una sola palabra de desesperación o de resentimiento sale de su boca. Salvado gracias a una intervención quirúrgica inmediata, el Papa ya es capaz cuatro días más tarde, un domingo, de dirigirse a los fieles con motivo de la oración del Regina cæli, llamando «hermano» a quien había intentado matarle: «Queridísimos hermanos y hermanas, sé que estos días y a esta hora del Regina cæli, estáis unidos a mí. Os doy las gracias emocionado por vuestras plegarias y os bendigo a todos. Me siento especialmente próximo a las dos personas que han sido heridas al mismo tiempo que yo. Rezo por el hermano que me ha disparado, al que he perdonado sinceramente».

Mediante ese acto de perdón, el Santo Padre seguía el ejemplo de Cristo al perdonar en la Cruz a sus verdugos. Con motivo del año jubilar, el 20 de mayo de 2000, Juan Pablo II proponía a los cristianos que tomaran como modelo a santa Rita, quien también supo perdonar en circunstancias heroicas. La enseñanza de la vida de santa Rita se caracteriza –decía el Papa– por «el ofrecimiento del perdón y la aceptación del sufrimiento... Cabe esperar que la vida de todos los fieles tenga el apoyo del amor apasionado por el Señor Jesús; que sea una existencia capaz de responder al sufrimiento y a las espinas con el perdón y el don total de sí mismo, a fin de difundir por todas partes el aroma de Cristo».

El nacimiento de Rita tiene lugar hacia 1381 en Roccaporena, en Umbría (Italia central), siendo bautizada en la iglesia de San Juan Bautista de Cascia. Cascia (a 5 km de Roccaporena) es una ciudad fortificada que pertenece a los Estados Pontificios y que se encuentra a unos 200 km al noroeste de Roma. Las autoridades locales aplican una política que se caracteriza por un sentido elevado de la justicia y del buen gobierno. Se aprueban leyes y medidas que favorecen la higiene pública, la protección de los huérfanos y de las viudas, la instrucción pública y las obras de misericordia. Además de un nutrido clero secular, aquella pequeña población de dos mil habitantes cuenta con once conventos y numerosas asociaciones piadosas. La región vive bastante pobremente de la agricultura, de la artesanía y, sobre todo, del comercio, pues se halla situada en una importante vía de comunicación entre Milán y Nápoles.

Cascia, como numerosas ciudades italianas de aquel tiempo, es una ciudad donde se aprecian y favorecen tanto los valores humanos y civiles como los religiosos. Los padres de Rita, honrados burgueses, son «pacieri», literalmente «hacedores de paz», es decir, conciliadores. La labor de los «pacieri» consistía en reconciliar a los adversarios, por amor de Dios. En todos los casos, la pacificación se hacía ante testigos y culminaba con un acto notarial. Su finalidad era evitar un proceso y romper con el ciclo infernal de la venganza. Podría también haber obligación de reparación material de los daños causados. La pacificación comprometía a las dos partes y a sus herederos para siempre.

«El milagro de las abejas»

«Rita» es un diminutivo de Margherita (Margarita). Poco tiempo después de nacer, la niña es rodeada un día por un grupo de abejas, algunas de las cuales penetran en su boca y salen sin picarla. Aquel episodio, llamado «el milagro de las abejas», atestiguado por numerosos testimonios, establece entre Rita y las abejas un vínculo providencial que no carece de sentido religioso. San Ambrosio nos presenta a la abeja como modelo de vida: «Haced que vuestro trabajo sea semejante al de una colmena, porque vuestra pureza y vuestra castidad deben compararse a las de las laboriosas, modestas y continentes abejas. La abeja se nutre de rocío, no conoce los vicios de la sensualidad y produce la apreciada miel. El rocío de una virgen es la propia palabra de Dios que, como el rocío de las abejas, desciende benévola y pura del Cielo». Rita recibe de sus padres una educación esmerada y una sólida formación religiosa, acentuada por la devoción a la Sagrada Eucaristía. En Cascia, la procesión del Corpus Christi tiene un esplendor especial, pues se venera la reliquia de un auténtico milagro eucarístico que mereció ser recogido en acta notarial conservada en los archivos del municipio. El milagro había acontecido en Siena. Un sacerdote que debe llevar la comunión a un enfermo coloca por negligencia la Hostia consagrada en su breviario. En la cabecera del enfermo, abre el libro y encuentra la hostia licuada, casi ensangrentada, y las dos páginas manchadas de sangre. Una de esas páginas y la Hostia milagrosa son confiadas al monasterio de San Agustín de Cascia, donde un relicario, confeccionado ex profeso, las conserva. Cada año, en la festividad del Corpus Christi, ese relicario es llevado en procesión.

Un día, en la iglesia del monasterio de Santa María Magdalena de las Agustinas de Cascia, Rita asiste a la Santa Misa y oye interiormente las palabras que Cristo le dice: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6). Esa voz interior parece ser el punto de partida de su vocación religiosa. Rita se las ingenia para intentar que sus padres le den permiso para consagrarse a Dios, pero no lo consigue. Antes al contrario, ya que desde la edad de doce años está prometida en matrimonio a Paolo di Fernando, joven de Roccaporena de costumbres rudas, pero que la amabilidad de Rita atemperará. Tras su casamiento, viven en buena armonía y les nacen dos hijos. Aunque casada y madre de familia, Rita prosigue su intensa vida espiritual. Sin embargo, trascurridos unos quince años, acontece un hecho dramático: el esposo de Rita es asesinado sin que pueda saberse con certeza la causa del crimen.

La «vendetta»

A partir de aquel mismo día, Rita pide en sus oraciones la fuerza necesaria para perdonar al asesino, suplicando igualmente al Señor con insistencia que le perdone a su vez. Pero ella teme que sus hijos intenten algún día vengar a su padre (la «vendetta» era algo propio de los países mediterráneos), así que, para desviarlos de esa tentación, esconde la camisa ensangrentada de su esposo y les exhorta a ellos también al perdón, suplicando a Dios que le arrebate a sus hijos antes que permitir que se dejen llevar por la venganza. Algunos meses después, los dos hijos de Rita fallecen por enfermedad, sin haber sido vengados. El perdón de Rita se manifiesta igualmente en su rechazo a desvelar a su familia política el nombre del asesino de su esposo, lo que le vale la indignación de ésta.

«¡El perdón! Cristo nos enseñó a perdonar –decía el Papa poco después del atentado del 13 de mayo de 1981. Numerosas veces y de diferentes maneras, nos enseñó a perdonar. Cuando Pedro le pregunta cuántas veces debería perdonar al prójimo –hasta siete veces–, Jesús le responde que debe perdonar hasta setenta veces siete (Mt 18, 21-22)». En la práctica, ello quiere decir «siempre». Efectivamente, pues el número setenta multiplicado por siete es simbólico y significa, más allá de una cantidad determinada, una cantidad incalculable, infinita. En respuesta a la pregunta sobre la manera de orar, Cristo pronunció unas frases magníficas dirigidas al Padre: Padre Nuestro que estás en el cielo; tras las peticiones que componen esa oración, la última habla de perdón: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (a nuestros deudores). Además, el propio Cristo confirma la verdad de esas frases en la Cruz, cuando, al dirigirse al Padre, suplica: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). La palabra «perdón» ha sido pronunciada de labios de un hombre a quien se ha hecho daño. Es incluso una palabra del corazón humano. En esa palabra del corazón, cada uno de nosotros se esfuerza en sobrepasar la frontera de la enemistad que puede separarlo del otro, e intenta reconstruir el espacio interior de la comprensión, del contacto, del vínculo. Mediante el Evangelio y sobre todo con su ejemplo, Cristo nos enseñó que ese espacio no solamente se abre ante el otro hombre, sino, al mismo tiempo, ante el mismo Dios. El Padre, que es el Dios del perdón y de la misericordia, desea actuar precisamente en ese espacio del perdón humano. Desea perdonar a quienes son capaces de perdonar a los demás, a quienes intentan poner en práctica sus palabras: perdónanos... como nosotros perdonamos» (21 de octubre de 1981).

Difícil pero posible

Perdonar puede resultar muy difícil. «Observar el mandamiento del Señor (de perdonar) es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino –nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica. Se trata de una participación, vital y nacida «del fondo del corazón», en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es «nuestra Vida» puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús. Así, la unidad del perdón se hace posible, perdonándonos mutuamente como nos perdonó Dios en Cristo (Ef 4, 32)... Allí es, en efecto, en el fondo «del corazón» donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión» (CEC 2842-2843).

Al quedarse viuda, Rita abandona el domicilio familiar de Roccaporena para instalarse en una casa más pequeña, donde se entrega a la oración y a las obras de caridad. De vez en cuando se dirige al cerro de Schioppo, cresta rocosa de unos 120 metros de altura que se yergue a la salida de Roccaporena. El lugar, de acceso difícil, ofrece una magnífica vista de los alrededores, y su soledad favorece la oración. El antiguo deseo de Rita de consagrarse a Dios renace en su interior, por lo que solicita su admisión en el monasterio de Santa María Magdalena de las Agustinas de Cascia. Sin embargo, a pesar de sus súplicas, es rechazada. Llena de aflicción, Rita redobla sus plegarias y, una noche, oye a san Juan Bautista que la invita a dirigirse al cerro de Schioppo. Una vez allí, una visión del Precursor acompañado de san Agustín y de san Nicolás de Tolentino (que todavía no había sido canonizado) la reconforta. Los tres santos la conducen misteriosamente al monasterio, donde su solicitud es finalmente aceptada. La comunidad está formada por diez religiosas dirigidas por una abadesa. Durante el noviciado, Rita lee las Sagradas Escrituras con avidez, se inicia en la salmodia del oficio divino y reza el rosario. Antes de profesar como religiosa, entrega todos sus bienes al monasterio.

La vida de santa Rita en el convento no está carente de tribulaciones. Por lo menos una vez, siente la tentación de regresar al mundo; por otra parte, son numerosas las tentaciones que la asaltan, sobre todo contra la virtud de la castidad. Ella las combate mediante la oración y la penitencia, pero el demonio continúa atormentándola de diferentes maneras. Para vencerlo, Rita contempla la Pasión de Cristo. Un relato muy antiguo de su vida, el Breve racconto, redactado con motivo de su beatificación en 1628, nos la muestra en esa actitud desde antes de su ingreso en el convento: «Para contribuir a que su imaginación estuviera siempre ocupada en los misterios celestiales sin dejarse distraer inútilmente por objetos menos dignos, se imaginaba las diferentes partes de su pobre casa como los diferentes lugares de la cruel Pasión del Salvador. Así, en un rincón reconocía el Monte Calvario, en otro el Santo Sepulcro, más allá la Columna de la flagelación, y ocurría lo mismo con los demás misterios. Aquella actitud le ayudó de tal manera que la renovó más tarde, ya en el convento, en el restringido espacio de su pequeña celda».

La vida espiritual de Rita se ve influenciada por los franciscanos, para quienes la devoción a la Pasión de Cristo ocupa un lugar de privilegio. San Buenaventura escribió a una religiosa: «Quien no quiera ver extinguirse en él la piedad, debe incluso contemplar a menudo con los ojos de su corazón a Cristo moribundo en la Cruz... Si os ocurre alguna cosa triste, penosa, desagradable y amarga, o bien si sentís repugnancia a la hora de hacer un bien, recurrid sin tardanza a Jesús crucificado y colgado en la Cruz; mirad la corona de espinas, los clavos de hierro, la señal de la lanza en el costado; contemplad las heridas de los pies, las heridas del costado, las heridas de todo el cuerpo, que os recuerdan hasta qué punto os ha amado quien ha sufrido de esa manera por vos y ha soportado por vos semejantes sufrimientos» (De perfectione vitæ).

Una espina en la frente

Durante la cuaresma de 1425, el franciscano san Jaime de Marchia predica todos los días en Cascia. Conmovida más que nadie por su sermón del Viernes Santo, Rita se siente atraída por el deseo de participar de algún modo en los tormentos del Salvador. Tras retirarse a su celda, se arroja a los pies del Crucifijo y suplica al Señor que le conceda por lo menos experimentar el dolor de una púa de la corona de espinas. Varios años después, en 1432, recibe la gracia de un estigma muy especial: una espina de la corona de Cristo la hiere milagrosamente en la frente, de tal suerte que la llaga no se cerrará antes de su muerte. Los documentos que atestiguan este hecho no dejan lugar a dudas. Casi dos siglos después de la muerte de Rita, el autor del Breve racconto afirma que la llaga de la frente sigue siendo visible en su cuerpo incorrupto. Durante los reconocimientos del cuerpo de la santa que se realizaron en 1972, en 1997 y aún más recientemente, los especialistas han confirmado la existencia de una alteración ósea totalmente nítida en la frente de Rita. Con motivo del sexto centenario del nacimiento de santa Rita, el Papa Juan Pablo II escribía: «Un punto de encuentro significativo se pone de manifiesto entre esos dos hijos de Umbría, Rita y Francisco de Asís. En realidad, lo que fueron los estigmas para Francisco, lo fue la espina para Rita: una señal de participación directa en la Pasión redentora de Cristo Nuestro Señor... Esa asociación con la Pasión se realizó, en ambos, a partir del amor, que posee una fuerza intrínseca de unión» (10 de febrero de 1982).

La estigmatización de Rita implica la prueba de la soledad, ya que la llaga que lleva en la frente resulta nauseabunda y la obliga a retirarse aparte con frecuencia de la comunidad para no incomodar a las hermanas. Al tener que dirigirse éstas a Roma, probablemente en 1446, para asistir a la canonización de Nicolás de Tolentino, exhortan a Rita, con extrema caridad, para que se quede en Cascia, ya que su estigma podría ser causa de escándalo en la Ciudad Eterna. Rita se pone en oración y consigue que el estigma desaparezca, pero, al regresar de Roma, la llaga reaparece, como así lo atestiguan todos los autores de la época.

Una rosa en la nieve

En los últimos meses de su vida, en momentos de enfermedad, Rita recibe la visita de una pariente. Cuando se despiden, ésta le pregunta si desea algo de su casa, y Rita le responde que hubiera deseado una rosa y dos higos de su jardín. La pariente sonríe, pues están en el período más frío del invierno, y piensa que la enferma está delirando. Al llegar a casa, grande es su sorpresa al hallar, en un rosal desprovisto de hojas y cubierto de nieve, una espléndida rosa, así como dos higos en la higuera. Toma la flor y las frutas y se las lleva a la enferma. Aquel milagro hace que Rita reciba el apelativo de «Santa de las rosas».

Rita fallece probablemente en 1447, el 22 de mayo. El Breve racconto nos dice que, al aproximarse su fin, goza de una aparición de Jesús y de María. Llena de alegría, pide entonces los últimos sacramentos y se apaga apaciblemente.En el mismo momento las campanas de la iglesia empiezan a tañer ellas solas. El cuerpo de Rita no se ha corrompido, y el hecho ha sido atestiguado en diferentes épocas, con varios siglos de distancia. La conservación de un cuerpo tras la muerte ha sido considerada siempre por los cristianos como una señal de santidad de la persona, así como una garantía de la resurrección futura. El 20 de mayo de 2000, ante el relicario que contiene el cuerpo de santa Rita, el Papa decía: «Los despojos mortales de santa Rita constituyen un testimonio significativo de la obra del Señor consumada en la historia, cuando encuentra corazones humildes y predispuestos a su amor... Profundamente arraigada en el amor de Cristo, Rita encontró en su inquebrantable fe la fuerza para ser en cada circunstancia una mujer de paz. En su ejemplo de total abandono a Dios, en su transparente sencillez y en su inquebrantable adhesión al Evangelio, también a nosotros nos es posible encontrar las indicaciones oportunas para llegar a ser cristianos auténticos en estos albores del tercer milenio... Siguiendo la espiritualidad de san Agustín, se convirtió en una discípula del Crucificado y, «experta en el sufrimiento», aprendió a entender las penas del corazón humano. Rita se convirtió también en la abogada de los pobres y de los que nada poseen, obteniendo para quienes la han invocado en las situaciones más diversas innumerables gracias de consuelo y de alivio».

«Si no estuviera tullido...»

La devoción a santa Rita comienza desde su muerte, pues el primer milagro que conocemos de ella tiene lugar justo antes de ser enterrada. Un carpintero de Cascia que había acudido a venerar sus restos exclama: «Si no estuviera tullido, yo mismo le haría el ataúd». En el mismo instante queda curado, pudiendo así fabricar el primer ataúd de la santa. Poco después, una pariente de Rita que acude para abrazarla por última vez, queda curada de una parálisis en el brazo. A medida que ocurren las gracias, las religiosas enganchan junto a su ataúd pequeños exvotos. A principios del siglo xvi, la celebridad de Rita se ha extendido por toda Italia, antes de alcanzar los demás países de Europa. Beatificada, tras largos sumarios, en 1628, no fue canonizada hasta el 24 de mayo de 1900.

En 1710, un religioso español de la Orden de los Agustinos fue el primero en calificar a santa Rita como «abogada de las causas imposibles»; también se la conoce como la «patrona de las causas desesperadas». A ella se le confían las dificultades más diversas: curaciones, trabajo, negocios, éxito en los exámenes... Todavía en nuestros días, su intercesión sigue siendo poderosa, como lo prueban los 595 exvotos depositados en el santuario de Cascia en el siglo xx.

No obstante, la primera intención que nos preocupa y por la cual la imploramos es la de nuestra santificación. «Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Ts 4, 3) –recordaba el Papa con motivo del paso al tercer milenio. Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor... si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, «¿quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo preguntarle, «¿quieres ser santo?». Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial (Mt 5, 48)... este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos «genios» de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno» (Juan Pablo II, Novo millenio ineunte, 6 de enero de 2001).

Sin embargo, algunos pasajes del Evangelio son muy exigentes y parecen sobrepasar nuestras fuerzas: Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial (Mt 5, 44). «Muchos –comenta san Jerónimo–, midiendo los preceptos de Dios con su propia debilidad, consideran imposible lo que aquí se prescribe, y dicen que a la virtud le basta con no odiar a los enemigos, pues amarlos significa pedir más de lo que puede aportar la naturaleza humana. Pero hay que saber que Cristo no ordena lo imposible, sino la perfección. Así lo realizó David respecto a Saúl y Absalón. Y también el mártir Esteban rezó por sus enemigos que lo estaban lapidando, y Pablo deseaba ser anatema por el bien de sus perseguidores. Es lo que Jesús enseñó y practicó...». Jesús practicó el amor a los enemigos para transmitirnos la fuerza de hacer lo mismo.

Pidamos a santa Rita que haga uso de su poder cerca de Dios para concedernos que lleguemos a ser misericordiosos como nuestro Padre celestial es misericordioso (Lc 6, 36).

Dom Antoine Marie osb

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