Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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8 de septiembre de 2004
Natividad de Nuestra Señora


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Un autor francés escribió lo siguiente acerca del pueblo vietnamita: «A ese pueblo sólo se le infunde respeto mediante la sensatez, la sabiduría y la dignidad moral; nunca por la fuerza, en la cual ve una forma de barbarie». Semejante disposición ha favorecido la implantación de la religión católica en Vietnam, donde, desde el siglo xvi, se ha enraizado profundamente, sobre todo gracias a los numerosos misioneros mártires, como san Teófanes Vénard (†1861). A principios del siglo xx, Vietnam se halla bajo dominación francesa, pero se va desarrollando cierto nacionalismo. En 1930, Hô Chi Minh creará el Partido Comunista vietnamita y, en septiembre de 1945, se inicia una guerra entre los Viet-Minh comunistas y Francia, que desembocará en los acuerdos de Ginebra (julio de 1954), como consecuencia de los cuales el país quedará dividido en dos, cayendo el Norte bajo el régimen comunista.

Es en ese contexto donde, el 25 de marzo de 1928, en un pueblo del Norte (Tonkín), viene al mundo un niño llamado Joaquín Nguyên Tan Van, abreviado en Van. Nace en el seno de una familia cristiana que cuenta ya con un hijo y una hija, y donde reina una atmósfera de alegría y se refleja la belleza y el amor. El padre es sastre; la madre permanece en la casa y trabaja a veces en el arrozal. Van dirá lo siguiente de su madre: «Dios la había dotado de un corazón ardiente que sabía conjugar la prudencia y la bondad« Mientras me colmaba de afecto, sabía igualmente formarme en la santidad». Desde muy niño, goza de un precoz uso de razón y de una excelente memoria, pero también tiene un carácter obstinado, dominante e inflexible, aunque hipersensible. Nunca consiente que le separen de su madre. Una día, la criada intenta llevárselo a jugar lejos, pero algunos minutos después no tiene más remedio que regresar: «Llevaba marcadas en la cara las señales de mis uñas» –precisa Van.

Una gota de agua en medio del océano

A Van le gusta mucho jugar, y también organiza «procesiones» a la Virgen. Cuando aún no tiene cuatro años, viene al mundo una hermana pequeña. Movido por el exceso de afecto hacia ella, la acapara hasta tal punto que se hace necesario alejarlo, por lo que se lo llevan a casa de una tía. Aquella separación resulta muy dura, pero después de algunos días aprecia la compañía de sus primos y primas. A la edad de seis años, regresa a casa de sus padres y se prepara para la primera comunión. De aquel bendito día, escribirá más tarde: «Ha sonado la hora, el minuto tan deseado ha llegado« Voy a sacar suavemente la lengua para recibir el Pan del Amor. Una alegría extraordinaria invade mi corazón« En un instante, me he convertido en una «gota de agua» perdida en medio del inmenso océano. Ahora sólo queda Jesús, y yo soy la insignificancia de Jesús». A partir de ese día, Van recibe todos los días la Sagrada Eucaristía. Poco después, recibe el sacramento de la Confirmación. En su corazón se va perfilando una perspectiva de futuro: «Deseaba fervientemente ser sacerdote para ir a llevar la Buena Nueva a los no cristianos».

En el colegio, el maestro da muestras de excesiva severidad para con los alumnos, dándoles continuamente golpes con un bastón. Van pierde la salud, según él mismo escribe: «Cada día estaba más delgado y más pálido. La causa de que cayera en tal estado de agotamiento no fue otra que la extrema dureza del sistema educativo». La madre de Van lo confía al padre José Nha, cura párroco de la parroquia de Huu-Bang. Aquel sacerdote dirige una «Casa de Dios», institución donde los jóvenes adolescentes se inician más profundamente en la religión, mientras siguen sus estudios y ayudan al sacerdote. Los más capacitados podrán ingresar en el seminario menor. Las «Casas de Dios» han producido frutos indiscutibles, pero a veces han cobijado graves escándalos. Para Van todo empieza bien; esa nueva vida le apasiona y sobresale en los estudios. Sin embargo, su conducta ejemplar inspira desconfianza a algunos catequistas negligentes. Uno de ellos, Vinh, intenta en vano abusar de él, y llega a infligirle en secreto una serie de malos tratos corporales. Después de dos semanas, la encargada de la ropa de la parroquia distingue huellas de sangre en la ropa de Van. Enterado el padre Nha, manda curar al niño y prohíbe a Vinh que aquél entre en su habitación.

Sin embargo, poco tiempo después y celosos de Van, los catequistas montan una especie de tribunal para «juzgarlo». Tras algunas escenas humillantes, le reprochan que comulgue todos los días. Este reproche le produce una crisis espiritual: «Estaba confundido y sufría horriblemente al pensar que, sin ser digno como los santos, había realizado la temeridad de comulgar todos los días« Acabé por no comulgar diariamente« Entonces aparecieron de nuevo los defectos de mi primera infancia». En medio de aquella dura tribulación, Van dirige su mirada hacia la Virgen María y reza con perseverancia el rosario.

Finalmente, Vinh abandona la «Casa de Dios» junto con otros catequistas. Vuelve la tranquilidad, pero el ambiente de la casa no ha cambiado mucho: alcohol, juegos con dinero, groserías y presencia de chicas desvergonzadas. Van debe dedicar la mayor parte del tiempo a realizar trabajos manuales. Una vez cumplidos doce años, ya posee el certificado de escolaridad, pero no se le permite seguir adelante en los estudios, y debe emplear todo su tiempo en realizar servicios. Un día se escapa para volver a casa de sus padres, pero éstos lo devuelven a Huu-Bang. Dos meses más tarde, Van se escapa de nuevo y comienza una vida de mendicidad. Sobre ello escribirá lo que sigue: «En adelante, mi oficio iba a consistir en extender la mano a los transeúntes« Después de una semana llevando esa vida, estaba irreconocible. Tenía las manos y los pies delgados, la piel morena por el sol y las mejillas hundidas« Pero no hallaba nada de penoso en aquella vida de pobre vagabundo. Al contrario, sentía un gozo apacible en sufrir por Dios. Sabía que, al evadirme, había huido del pecado, había huido de lo que aflige el corazón de Dios».

De regreso a casa tras algún tiempo de vagabundeo, es recibido como hijo degenerado: «Profundamente descontenta, mi madre me trataba como si ya no fuera hijo suyo« la puerta de mi corazón se cerró herméticamente; ya no me atrevía a dirigirle una frase afectuosa y lloraba durante largas noches». El único apoyo que le queda es Lê, su hermana mayor. Poco tiempo después, el padre Nha, que visita la familia, no duda en acusar a Van de robo. Entonces, una terrible tentación se apodera del muchacho: «Llegué a considerarme como un ser abyecto. El demonio hacía brotar en mí la siguiente idea: si los hombres ya no me soportan, ¿cómo va a soportarme Dios? Pronto moriré y tendré que ir al infierno. Felizmente, María sigue siendo su esperanza. Un día, abre su corazón a un sacerdote que le reconforta con estas palabras: «Acepta de buen corazón esas tribulaciones y ofrécelas al Señor. Si Dios te ha enviado la cruz, es señal de que te ha elegido».

Transformado en un instante

Navidad de 1940. «El significado misterioso del sufrimiento se me escapaba –escribirá Van« ¿Por qué me lo había enviado Dios?... Empieza la Misa del gallo« En mi corazón todo está oscuro y frío». Llega el momento de la comunión: «Estrecho a Jesús en mi corazón. Un gozo inmenso se apodera de mí... ¿Por qué me parecen tan hermosos mis sufrimientos? Imposible de explicar« En un instante, mi alma se transformó. Ya no tenía miedo al sufrimiento« Dios me confiaba una misión: la de cambiar el sufrimiento por felicidad« Al tomar su fuerza del Amor, en adelante mi vida no será sino fuente de felicidad». Esa gracia no es en absoluto una ilusión, pues Van ya no es el mismo de antes. También su régimen de vida cambia, pues su tía Khanh lo acoge en su casa durante varios meses, encargándole una tarea del todo humilde: llevar a pacer el buey. Pero él intensifica su unión con Dios. Escribirá lo siguiente: «Me pregunto cuántas almas, en su relación con Dios, siguen teniendo miedo de Él como si se tratara de un ser muy eminente y muy lejano. Al no percatarse de lo que es el Amor, esas personas nunca osan permitirse el menor pensamiento de intimidad con Dios».

Pero Van sigue aferrándose todavía a sus defectos. Como consecuencia de una vejación, se empeña en comer muy poco y su tía se ve obligada a devolverlo a casa de sus padres. Poco después, el padre Nha les visita para restablecer la verdad sobre el asunto del robo, declarando la inocencia de Van y solicitando su reingreso en Huu-Bang. Después de un tiempo en oración, Van acepta. Sin embargo, en Huu-Bang siguen reinando el desorden y el escándalo. «¿Por qué Dios me ha empujado a volver?» –se pregunta Van. Inspirado por la Virgen, hace el voto de virginidad. Luego, comprende que su misión consiste en oponerse a los malos ejemplos y en amar a sus compañeros, lo que se dispone a cumplir con un grupo de camaradas más jóvenes.

Jamás lo conseguiré

Gracias a un amigo, Van es admitido en el seminario menor de Lang-Son en 1942. Seis meses más tarde, la institución debe cerrar sus puertas por falta de recursos, pero Van puede continuar sus estudios en la parroquia de Santa Teresita del Niño Jesús de Quang-Uyên, bajo la dirección de dos padres dominicos. Quiere llegar a ser santo, pero no sabe cómo hacerlo: «A pesar de mi inmenso deseo por llegar a la santidad, estaba seguro de que jamás lo conseguiría, pues para ser santo hay que ayunar, mortificarse con el látigo, llevar una piedra en el cuello, cadenitas llenas de púas, una camisa de saco, soportar el frío, la roña, etc. Dios mío, si es así, renuncio« Todo eso supera con creces mis fuerzas».

Van extiende sobre la mesa varias vidas de santos. Luego, con los ojos cerrados, deja caer la mano al azar: «Cuando abrí los ojos, tenía la mano sobre un libro que aún no había leído: Historia de un alma de santa Teresita del Niño Jesús« Apenas hube leído algunas páginas, dos torrentes de lágrimas me resbalaron por las mejillas« Lo que me conmovió fue el razonamiento de la pequeña Teresa: «Si Dios sólo descendiera sobre las flores más hermosas, símbolo de los santos doctores, su amor no sería absoluto del todo, pues lo propio del Amor es descender hasta el límite extremo« Del mismo modo que el sol ilumina a la vez los cedros y cada florecilla como si fuera la única sobre la tierra, así también Nuestro Señor se ocupa de cada alma como si no tuviera semejantes»« Entonces comprendí que Dios es Amor« Puedo santificarme mediante todos mis pequeños actos« Una sonrisa, una frase o una mirada, con tal de que todo se haga por amor». Una mañana, Van dirige sus pasos hasta los pies de una colina próxima. De repente, en medio del silencio, se sobresalta al oír una voz que le llama: «¡Van, Van, querido hermanito!». No hay nadie a su alrededor. La voz repite: «¡Van, Van, querido hermanito!». Van lanza un grito de alegría: «¡Oh! Es mi hermana Teresa. – Sí, soy tu hermana, Teresa« En adelante serás mi hermanito en persona« A partir de este día, nuestras almas no serán sino una sola alma, en el único amor de Dios« Dios quiere que las lecciones de amor que me enseñó en otro tiempo en el secreto del corazón, se perpetúen en este mundo. Por eso se ha dignado elegirte como pequeño secretario para llevar a término su obra».

Cuéntale tus juegos de canicas

Santa Teresita del Niño Jesús le instruye: «Dios nuestro Padre vela por los menores detalles de nuestras vidas« Dios es Padre y ese Padre es Amor, y es de una bondad y de una benevolencia infinitas« Pero a partir del día en que pecaron nuestros primeros padres, el temor invadió el corazón del hombre y le quitó la idea de un Dios Padre, infinitamente bueno« Entonces, Dios envió a su Hijo« Jesús vino para decir a sus hermanos los hombres que el amor del Padre es un manantial inagotable« Ser los hijos de Dios es para nosotros una inmensa felicidad. Debemos estar orgullosos de ello y no ceder jamás ante un temor excesivo« No tengas nunca miedo de Dios« No tengas miedo de mostrar familiaridad con Dios, al igual que con un amigo. Cuéntale todo lo que quieras: tus juegos de canicas, la subida a una montaña, las burlas de tus compañeros, tus enfados, tus lágrimas o los pequeños placeres de un momento cualquiera« – Pero, hermanita, Dios ya conoce todas esas cosas« – Es verdad, hermanito« Sin embargo, para dar amor y recibirlo, Él debe descender y lo hace como si olvidara que conoce todas las cosas, con la esperanza de escuchar cómo una palabra íntima brota de tu corazón».

Hace ya mucho tiempo que Van siente deseos de hacerse sacerdote: «Por ello –escribe– lo he sacrificado todo, imponiéndome enormes esfuerzos tanto espirituales como corporales». Pero un día, Teresa le dice: «Van, hermanito, tengo algo importante que decirte« Aunque es algo que te pondrá muy triste« Dios me ha hecho saber que no serás sacerdote». El joven se pone a sollozar: «Jamás podré vivir sin ser sacerdote« – Van, continua diciendo Teresa, si Dios quisiera que tu apostolado se ejerciera en otro contexto, ¿tú que pensarías?... Lo más perfecto de todo es cumplir la voluntad de nuestro Padre del Cielo« Serás ante todo apóstol mediante la oración y el sacrificio, como yo misma lo fui en otro tiempo». Teresa orienta entonces la mirada de Van hacia el siguiente pasaje tan importante de la Historia de un alma: «Comprendí que solamente el Amor mueve a los hombres de la Iglesia« Comprendí que el Amor contenía todas las vocaciones, que el Amor lo era todo, que abarcaba todas las épocas y todos los lugares« en una palabra: que es eterno».

Pero Van está intrigado: «Teresa, hermana, ¿en qué consiste esa vocación oculta, si no consigo ser sacerdote? – Entrarás en un convento, y allí te consagrarás a Dios». Una noche del invierno de 1942-43, Van tiene un sueño misterioso: «Vi que alguien se acercaba a la cabecera de mi cama« Aquel personaje iba todo vestido de negro y era bastante alto; su rostro reflejaba una gran bondad« Me hizo esta pregunta: «Hijo mío, ¿quieres?». Yo respondí espontáneamente: «sí»». Unos días más tarde, Van descubre en la casa una estatua que se parece extrañamente a su sueño: es la de san Alfonso de Ligorio, fundador de los redentoristas (1696-1787). Santa Teresa le confirma su vocación de hermano redentorista, y luego le anuncia nuevas tribulaciones: «Querido hermanito, hallarás espinas por el camino, y el cielo que ahora ves sereno se cubrirá de oscuras nubes« Derramarás lágrimas, perderás la alegría y serás como hombre entregado a la desesperanza« Pero recuerda que el mundo trató así a Jesús y que un redentorista se asemeja a su Salvador« Sin embargo, no temas. Durante esa tempestad, Jesús seguirá viviendo en la barca de tu alma« Hermanito, ya no me oirás hablar contigo con tanta familiaridad como lo he hecho hasta ahora. Pero no vayas a creer que te abandono; al contrario, permanezco sin cesar cerca de ti como debe hacerlo una hermana mayor« En este mundo, es el sufrimiento lo que constituye la prueba de tu amor, es el sufrimiento lo que confiere a tu amor todo su significado y su valor».

Hasta el final del camino

Poco tiempo después, en la parroquia de Quang-Uyên, el clima se degrada con motivo de las restricciones de comida debidas a la guerra. Tras un sinfín de novatadas, Van es expulsado de la comunidad a principios de junio de 1943. Al borde de la desesperación, exclama: «¡Oh, Dios mío! Quiero morirme y hacerlo aquí mismo para no llevar esta vergüenza ante mi familia». Pero Teresa, que ha callado durante largo tiempo, le anima de nuevo. Van dirige su mirada hacia la Santísima Virgen: «¡Oh, Madre!, me abandono por completo a ti« No tengo para ofrecerte más que mis heridas y mis lágrimas« Pero contigo, quiero llegar hasta el final del camino«». De regreso con sus padres, Van solicita ser admitido en los redentoristas de Hanoi. El 16 de julio de 1944, se presenta en el convento, pero, ante su juventud, le obligan a esperar tres años. Desmoralizado, regresa a su casa. No obstante, su madre le anima a que persevere.

De hecho, a principios de agosto, por recomendación de una persona amiga, Van es admitido en los redentoristas de Hanoi como criado y, el 17 de octubre siguiente, es admitido por fin al postulado, recibiendo el nombre de hermano Marcelo. Tras las primeras alegrías, las cruces no faltan, sobre todo las burlas de los cofrades. Ya desde su noviciado, y a requerimiento de su consejero espiritual, escribe su autobiografía. Durante dos años, Jesús, María y Teresa le favorecen con conversaciones íntimas. Sin embargo, el 9 de septiembre de 1946, el día siguiente al de su primera profesión, Jesús le dice: «Hijo mío, ahora te corresponde sacrificar los momentos de dulce intimidad conmigo, a fin de permitirme que vaya al encuentro de los pecadores« Además, pequeño Van, debes saber que tendrás que sufrir por parte de los superiores y de los hermanos; pero esas tribulaciones serán la señal de que eres agradable a mi Corazón. Te pido todos esos sufrimientos para unirte a mí en la obra de santificación de los sacerdotes».

El hermano Marcelo entra en una nueva «noche» de la fe. Todo el aspecto sensible desaparece, no quedando sino la monotonía del sacrificio, en medio de la fe pura. En 1950, el joven hermano es enviado a Saigón y, luego, a Dalat. En julio de 1954, Vietnam del Norte cae en poder de los comunistas y numerosos católicos huyen hacia el Sur. Algunos redentoristas permanecen en la casa de Hanoi para cuidar de los cristianos que se quedan. El hermano Marcelo comprende que Jesús le pide que se una a ellos, según dice: «Me voy para que haya alguien que ame a Dios en medio de los comunistas». Después de algunas semanas, escribe a su hermana Ana María: «Muy a menudo me asalta la tristeza y no hago más que pensar: ¡Ah!, si no hubiera venido a Hanoi« ¡Pero había tanta insistencia en la voz de Jesús!».

El sábado 7 de mayo de 1955, de camino al mercado, oye cómo unas personas critican al gobierno del Sur. El hermano Marcelo interviene: «Yo vengo del Sur y el gobierno nunca ha actuado de esa manera». Unos minutos después es detenido y conducido ante la policía, y luego encarcelado. Cinco meses más tarde, es trasladado a la cárcel central de Hanoi, donde encuentra a numerosos católicos y sacerdotes. Escribe a su superior: «Si quisiera vivir, me resultaría muy fácil: me bastaría con acusarle. Pero no se preocupe, nunca consentiré en ello». Y después a su confesor: «Durante los últimos meses, he tenido que luchar con todas mis fuerzas y soportar todos los suplicios de lavado de cerebro. El enemigo ha hecho uso de muchas artimañas para hacerme capitular, pero no he admitido ninguna cobardía». Y a su hermana: «Nada puede quitarme el arma del amor. Ninguna aflicción es capaz de borrar la sonrisa afable que muestro en mi delgado rostro. ¿Y para quién va a ser la caricia de mi sonrisa sino para Jesús el bienamado?... Soy la víctima del Amor y el Amor es toda mi felicidad, una felicidad indestructible».

Un simple cura de parroquia

Un año después de su detención, tranquilo y dueño de sí mismo, comparece ante el tribunal de Hanoi. Ante su negativa a confesar que ha hecho propaganda a favor del presidente de Vietnam del Sur, es condenado a quince años de reclusión en un campo de «reeducación». Es conducido al campo no 1, donde encuentra a algunos católicos «muy firmes todos en la fe». Escribe: «Estoy muy ocupado, como lo está un simple cura de parroquia. Además de las horas de trabajo obligatorio, debo recibir continuamente a personas que acuden unas tras otras a mí en busca de consuelo« Dios mismo me ha hecho saber que estoy cumpliendo su voluntad. Le he pedido muchas veces morir en este campo, pero siempre me ha respondido: estoy dispuesto a seguir tu voluntad como tu sigues la mía, pero están las almas que todavía te necesitan«».

En agosto de 1957, el hermano Marcelo Van es trasladado al campo no 2. Tras una tentativa de fuga para ir a buscar las sagradas formas, es apresado, golpeado y encerrado en una mazmorra malsana. A su alrededor todo se endurece: ya no hay ni visitas ni correo y, a principios de 1958, pasa tres meses encadenado, solo, sin ayuda, ni luz, excepto la que brilla en su corazón. Corroído por la tuberculosis y el beriberi, exhala el último suspiro el 10 de julio de 1959, a la edad de 31 años.

Al día siguiente de su profesión religiosa, el hermano Marcelo Van había oído que Jesús le decía: «Hijo mío, por amor a los hombres, ofrécete conmigo para que sean salvados». Convencido del valor del sufrimiento unido al de Cristo, escribió: «Jesús quería servirse de mi cuerpo para soportar el sufrimiento, la vergüenza y el agotamiento, a fin de que la llama del Amor que devora su divino Corazón pudiera extenderse en el corazón de todos los hombres sobre la tierra». Pidámosle que nos enseñe a transformar la tristeza de nuestros sufrimientos en alegría de participar en el amor redentor del Salvador.

El expediente informativo para la beatificación

de Van se abrió en 1997.

Dom Antoine Marie osb

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