Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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4 de agosto de 2004
San Juan Ma. Vianney, Cura de Ars


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Un día de 1890, en una comunidad jesuita de Ucrania, mientras se da lectura en el refectorio a un artículo sobre los leprosos, un novicio aparta el plato diciendo: «Me extraña que puedan leerse cosas tan repugnantes durante la comida». Su vecino, que escucha con otro talante bien distinto, se conmueve con la descripción de aquellos sufrimientos« Algunos años después, habla de ello a su confesor, el padre Beyzym, quien, impresionado a su vez, aprovecha la ocasión para solicitar que le manden al servicio de los leprosos. «Sé muy bien –escribe al prepósito general de los jesuitas– en qué consiste la lepra y para qué debo estar preparado; no obstante, nada de eso me espanta, sino que, bien al contrario, me atrae».

Jan Beyzym nace el 15 de mayo de 1850 en Beyzymy Wielkie, actualmente en la República de Ucrania. Es leal y entusiasta en el trabajo, aunque da muestras de una gran timidez juvenil. Desde su más tierna infancia, comparte la especial devoción de su familia hacia María. Jan piensa en ejercer como sacerdote en una modesta parroquia campesina, pero su padre le orienta más bien hacia los jesuitas. Tras una larga lucha interior, el 10 de diciembre de 1872 ingresa en el noviciado de la Compañía de Jesús. Durante los dos años de noviciado, Jan se inicia en la vida religiosa, compaginando ejercicios espirituales, ocupaciones materiales y obras de caridad. Acostumbrado como está a una vida dura, no sufre demasiado con la disciplina a la que debe doblegarse, aunque sigue manifestando cierta rudeza en sus relaciones con el prójimo. Una vez concluido el noviciado, sigue estudios de filosofía y de teología hasta su ordenación sacerdotal en Cracovia (Polonia), el 26 de julio de 1881. Su alma ardorosa se revela en las siguientes palabras: «Trabajamos por Dios, por el cielo, y no deberíamos dejar que nos superaran en nuestra labor y en nuestros sacrificios aquellos que trabajan por los bienes materiales o que únicamente viven por la tierra».

Levemos anclas y ¡adelante!

El padre Beyzym es nombrado director de alumnos del colegio de los jesuitas de Tarnopol, y luego de Chyrow. Después de haber impartido clases de francés y de ruso, es nombrado director de enfermería, cargo que implica una gran responsabilidad y una vigilancia casi maternal sobre las diez salas que acogen a los alumnos enfermos. Circula de cama en cama, esforzándose por distraer a enfermos y convalecientes con historias y juegos, consiguiendo levantar la moral de los niños y de los enfermeros. Su vida de austeridad es suavizada por un humor ingenioso. Un día, un alumno con mucha fiebre se pone a delirar, queriendo vestirse y diciendo que debe alcanzar el barco que está a punto de zarpar hacia América. El enfermero de servicio intenta en vano hacerle entrar en razón, pero entonces aparece el padre Beyzym: «¿Dónde vas? – Al barco. – Muy bien; soy precisamente el capitán del barco, así que zarparemos juntos». Entonces, tomando en brazos al enfermo, se lo lleva para acostarlo en otra habitación: «Por fin estamos a bordo; ahora, levemos anclas y ¡adelante!». Aturdido como está, el muchacho se calma inmediatamente.

La energía y la dulzura se unen en el alma del padre Beyzym. Le gusta la naturaleza, las flores, que cultiva para adornar el altar y las habitaciones de los enfermos. Tiene un acuario, una jaula de canarios y otra, que él mismo ha construido, para que pueda juguetear una ardilla. La visión de esas criaturas le sirve de ayuda para elevar sus pensamientos y los de sus alumnos hacia Dios. Se esfuerza por transmitir a los niños su devoción hacia María, y una de las conferencias que les da empieza en estos términos: «La ayuda más segura y más necesaria para nuestra conversión, para nuestra santificación y para nuestra salvación es la devoción a la Santísima Virgen». El padre Beyzym conoce admirablemente la juventud, sus debilidades y sus cualidades, y una mirada suya de tristeza ante una fechoría basta para que el culpable se llene de arrepentimiento.

Entregado por completo al servicio de los niños, el padre Beyzym siente crecer en su interior la necesidad de amar y de sacrificarse todavía más por los desdichados. Es entonces cuando solicita dedicarse al servicio de los leprosos. Su deseo es atendido y se le asigna la misión de Madagascar; deja su país el 17 de octubre de 1898 y llega a Tananarive el 30 de diciembre siguiente. Queda al cargo de la leprosería de Ambahivoraka, a 10 km al norte de la ciudad. Los 150 leprosos que allí viven llevan una existencia más que miserable; se hallan excluidos de la sociedad, atormentados por los dolores, hambrientos y sedientos; habitan en ruinosos barracones, sin ventanas, sin suelo y sin objetos de primera necesidad. Durante la época de las lluvias, viven en el agua y en la humedad. Ante semejantes sufrimientos, el padre Beyzym ruega a Dios para que conceda un alivio a aquellos desdichados y, cuando nadie lo ve, llora a lágrima viva, pues es incapaz de mirar sin compasión aquellos sufrimientos humanos. En un primer momento vive en Tananarive, desplazándose a la leprosería para los entierros (tres o cuatro a la semana) y para oficiar la Misa dominical, pero muy pronto se le concede permiso para residir de continuo entre los leprosos.

«No tiene miedo de tocar las llagas»

Para conseguir ayuda urgente, el padre Beyzym escribe numerosas cartas a sus colegas de Europa y a sus amigos, donde puede leerse: «No hay nadie al lado de los leprosos, ni médico, ni sacerdote, ni enfermera, absolutamente nadie. Aquí, cumplo con todas las funciones: soy capellán, cartero, sacristán, jardinero y médico. En cuanto a la ropa, cada uno se cubre como puede, poniéndose un viejo saco encontrado en un rincón o alguna cosa parecida. El alimento principal es el arroz, a razón de un kilo a la semana, es decir, justo el límite para no morirse de hambre. Es todo lo que poseen, ni un solo medicamento, ni vendajes para curar las heridas y las llagas. Nada« Aquí resulta muy difícil curar a los enfermos, pues, además de lepra, también contraen la sífilis y la sarna, y están llenos de piojos. Pero eso no me extraña en absoluto. ¿Cómo podrían lavarse y peinarse estos desdichados si ya no les quedan dedos, que han perdido a causa de la lepra?... Si alguien se queja de dolores de estómago, no hay que preguntarle por lo que ha comido, sino si ha comido y cuándo. Me siento mal cuando pienso en la gran cantidad de personas que gastan tanto dinero por capricho y para conseguir placeres incomprensibles, mientras que aquí falta de todo».

Hay otra preocupación que desangra el corazón del padre Beyzym: «Sin embargo, lo que me atormenta aún más es su miseria moral, consecuencia de su estado material. Se encuentran expuestos a mil ocasiones de pecado« ¡Cuando veo a esos niños pequeños que no solamente no aprenden a amar a Dios, sino que ni siquiera saben que exista un Dios, mientras los mayores les enseñan ya a ofenderle!... Ruego sin cesar a la Virgen María que tenga piedad de ellos y que ayude a salvar cuanto antes a estos desdichados« En cuanto el amor y la confianza hacia la Santísima Virgen eche raíces en estos pobres corazones, todo ocupará el lugar que le corresponde y podré estar tranquilo por ellos».

En lo primero que se esmera el padre Beyzym es en impedir que los leprosos se mueran de hambre, y su larga experiencia de enfermero le sirve de mucho: se acerca a sus enfermos y venda sus llagas, suscitando la admiración de los testigos. Él mismo escribe: «Cuando recibí por primera vez un trozo de tela y me dispuse a vendar la llaga de uno de ellos, todos me rodearon como si se tratara de un espectáculo extraordinario, y unos decían a los otros: «¡Mira, mira! No tiene miedo de tocar las llagas»». No obstante, ese servicio exige una abnegación heroica: «Hay que permanecer unido a Dios y ser capaz de rezar continuamente« Hay que acostumbrarse al mal olor, pues aquí no huele a flores, sino a la hediondez de la lepra« La visión de las llagas tampoco es nada atractiva. Cuando, después de tres o cuatro horas de atenciones médicas, que realizo al aire libre ante los barracones, regreso a mi casa, y después de haberme lavado y desinfectado con fenol, noto que todo en mí sigue desprendiendo mal olor« Al principio, era incapaz de mirar las heridas y, después de haber visto una herida especialmente repugnante, a veces he llegado a desmayarme. En la actualidad, miro las heridas de mis desdichados enfermos, las toco cuando las curo o cuando doy la extremaunción con el santo óleo, sin que ello me impresione. A decir verdad, siento algo en mi corazón cuando me ocupo de las llagas, pero solamente en el sentido de que me gustaría tenerlas todas en mí antes que verlas en esos pobres desdichados».

Una manifestación de libertad

A imitación de Cristo cuando lava los pies de sus discípulos, el padre Beyzym se convierte en siervo. Mientras en la cultura actual –escribe el Papa Juan Pablo II–, el que sirve es considerado inferior, en la Historia Sagrada, el siervo es el que es llamado por Dios para cumplir una acción particular de salvación y redención, el que sabe que ha recibido todo lo que tiene y por lo tanto se siente también llamado a poner al servicio de los demás todo cuanto ha recibido« Servir es vocación del todo natural, porque el ser humano es naturalmente siervo, no siendo dueño de la propia vida y estando en cambio necesitado de tantos servicios del otro. Servir es manifestación de libertad con relación al ensimismamiento del propio yo y de responsabilidad hacia el otro; y servir es posible a todos, con gestos aparentemente pequeños, pero grandes en realidad si son animados del amor sincero. El verdadero siervo es humilde, sabe ser inútil (cf. Lc 17, 10), no busca provechos egoístas, sino que se desvive por los demás experimentando en el don de sí mismo el gozo de la gratuidad» (Mensaje para la jornada de las vocaciones del 11 de mayo de 2003).

Tanta caridad por parte del padre Beyzym despierta total confianza en sus palabras cuando habla de Dios, de la vida eterna o de la enseñanza de Jesucristo. Por eso, al cabo de algunos meses, un gran número de leprosos han solicitado y recibido el bautismo. La gratitud del padre hacia la Santísima Virgen María es profunda: «No sé si podré agradecer de manera conveniente a la Virgen María su protección. Y no me refiero a otras mil gracias que me ha concedido, sino a la de utilizarme al servicio de los leprosos».

Sin embargo, el padre se percata de que su conocimiento de la lengua malgache es rudimentario, pues son muchas las palabras que desconoce. Con objeto de perfeccionar el idioma, en 1901 decide pasar dos meses en un destino cercano, volviendo sólo al asilo el domingo, para la Misa. Sus progresos le permiten organizar un primer retiro: «Acabamos de realizar –escribe– un retiro de tres días« según el método de san Ignacio: tres conferencias al día, con exámenes de conciencia, confesiones, comuniones« Entre los leprosos reinaba un silencio y un recogimiento dignos de nuestros asiduos a los retiros más civilizados. Doy gracias a la Virgen sin cesar, pues muchos de mis enfermos vivirán y morirán como verdaderos católicos».

De hecho, durante los catorce años de apostolado del padre Beyzym, ni uno solo de sus leprosos murió sin haber recibido el sacramento de los enfermos. Los sufrimientos del misionero no son en balde en su fecundidad apostólica, ya que, además de las dificultades cotidianas de la vida, siente la «morriña» por su país de origen: «Suspiro por la patria –escribe a sus antiguos colegas de Polonia–, en especial por nuestra casa y la enfermería, con aquellos chiquillos». Son muchos los misioneros que pasan por esos sufrimientos íntimos, que normalmente sólo Dios conoce. «En la Sagrada Escritura –escribe el Papa Juan Pablo II– se da una fuerte y evidente ligazón entre servicio y redención, como de hecho se da entre servicio y sufrimiento, entre Siervo y Cordero de Dios. El Mesías es el Siervo sufriente que padece, que se carga sobre la espalda el peso del pecado humano, es el Cordero conducido al matadero (Is 53, 7) para pagar el precio de la culpa cometida por la humanidad y ofrecerle así el servicio del que más tiene necesidad. El Siervo es el Cordero que fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca (Is 53, 7), mostrando de esta manera una fuerza extraordinaria: la de no devolver el mal con el mal, sino respondiendo al mal con el bien. Es la humilde energía del siervo que encuentra en Dios su fuerza y que, por esto, Él le transforma en luz de las naciones y en artífice de la salvación (cf. Is 49, 5-6). La vocación al servicio es siempre, misteriosamente, vocación de tomar parte de forma muy personal, aunque costosa y dolorosa, en el ministerio de la salvación» (Ibíd).

Una venda cayó de mis ojos

A pesar de los esfuerzos del padre Beyzym, los cuidados a los enfermos siguen siendo insuficientes, por lo que proyecta la construcción de un hospital. Sus superiores lo aprueban, pero con la condición de que consiga los fondos necesarios para ello. El misionero envía cartas en todas direcciones, y algunas de ellas se publican en el boletín polaco «Misiones católicas». Durante varios años, las ofrendas llegan. Después de innumerables dificultades, que consiguen superarse gracias a una confianza sin límites en la divina Providencia, el padre consigue un terreno adecuado para ello, en Marana, cerca de Fianarantsoa, en un lugar aislado y saludable, pero a unos 400 km de la leprosería donde reside. Se le presenta entonces una gran prueba, pues debe abandonar a sus leprosos de Ambahivoraka. Aunque les consigue plaza en el asilo estatal, no por eso deja de temer por ellos, según él mismo expresa por escrito: «Entonces se me presentó en toda su crudeza el peligro moral al que todos, sobre todo los niños, se verían expuestos en aquel asilo oficial (donde se hallan encerrados a la fuerza y vigilados día y noche por la policía 700 leprosos pertenecientes a la hez de la sociedad)« Encomendé a todos y a cada uno de ellos a nuestra Madre del cielo, llorando como un niño. ¡Y no podía hacer nada!».

La salida tiene lugar en medio del sufrimiento. Al llegar a su destino, en octubre de 1902, el misionero se pone manos a la obra, encargándose de un nuevo grupo de leprosos. La obra avanza poco a poco. Un día, ocurre un acontecimiento inesperado: una mujer y dos hombres leprosos, agotados tras una larga marcha, preguntan por él. «¿De dónde venís? Si queréis ingresar aquí, debéis presentaros al médico en Fianarantsoa y volver con un certificado. «Hablas como si no nos conocieras –dice la mujer. – Pues claro que no os conozco. – Acuérdate de Ambahivoraka y nos reconocerás». Al oír aquello, me pareció como si una venda cayera de mis ojos. No había reconocido a mis pajarillos: en primer lugar, porque hacía dos años que no los había visto; después, a causa de aquel aspecto tan lamentable que tenían y, finalmente, porque no les consideraba en condiciones de realizar un viaje tan largo. ¡Podéis imaginaros cómo me latía el corazón y qué alegría sentí al verlos!... Cuando, al cabo de unos días, mis viajeros hubieron descansado, aquella valiente mujer se confesó y comulgó; a continuación, le entregué todo lo que pude para el camino, la bendije y la envié a buscar el resto de mis queridos marginados». Algunas semanas mà1s tarde, los antiguos enfermos de Ambahivoraka van llegando, unos tras otros: «Los recibo como su fueran mis parientes más próximos».

Sin embargo, al mismo tiempo que esas alegrías, el padre recibe también tribulaciones, a las que él denomina astillas de la Cruz de Jesús. Hay quienes consideran que sus proyectos son demasiado audaces, y sus objeciones influyen en el obispo del lugar, que duda a la hora de conceder los permisos necesarios. Además, en las esferas gubernamentales se está considerando la posibilidad de laicizar todos los asilos. Sin embargo, la confianza del padre Beyzym en la protección de María, consuelo de los afligidos, le permite resistir. También le ayuda mucho la oración de san Ignacio, que reza varias veces al día: «Tomad, Señor, y aceptad toda mi libertad, mi memoria, mi inteligencia, mi voluntad, todo lo que tengo, todo lo que poseo. Vos me lo habéis dado y a vos lo devuelvo. Todo es vuestro, disponed de todo según os plazca. Dadme vuestro amor y vuestra gracia, eso sólo me basta».

Un grifo que da miedo

Por fin, en 1911, el hospital abre sus puertas. «No es obra de hombres –escribe el padre–; la propia Inmaculada ha fundado este hospital y se encarga de él. La toma de posesión no se realiza sin cierto desorden, según escribe: «En los comienzos, todos los leprosos circulaban desamparados y desorientados« de repente, tienen un alojamiento con techo y suelo, camas con sábanas, mesas con cajones, una imagen de la Virgen y un número en el sitio de cada uno; por fin escudillas, cubiletes y lámparas. Se miraban unos a otros, asombrados« El primer día tenían motivos para reírse, a causa de mil ingenuidades que mostraban hasta qué punto estaban poco civilizados. Cuando sonó la campana, acudieron sin problema al refectorio, pero no sabían qué hacer allí« Uno de ellos abre un grifo y, como quiera que el agua llega con una fuerte presión, mi nuevo civilizado se aterroriza y, en lugar de cerrar el grifo, lo suelta todo y huye gritando socorro«».

Por suerte, «al cabo de unos días, se aplica el reglamento y nuestra casa se parece más a un convento que a un hospital. Se cumple con la separación de hombres y mujeres, observándose también el silencio a ciertas horas; no hay peleas y, ante una palabra más alta que la otra, enseguida se hacen las paces« Cada uno trabaja según se lo permite la salud; los cantos y las risas están al orden del día« En la actualidad, casi todos toman la comunión diariamente. En una palabra: quiera Dios que dure, pues el hospital es un islote de fe en medio de la marea de pecado siempre ascendente que es el mundo. Y no creáis que estoy adornando la realidad, porque es la pura verdad».

Hacia los más abandonados

El nuevo hospital, dotado de todas las instalaciones sanitarias necesarias, dispone de 150 camas. Dedicado a Nuestra Señora de Czestochowa, existe todavía en la actualidad y resplandece del amor y de la esperanza que le vieron nacer. Aparentemente, parece como si el padre estuviera unido para siempre al campo de apostolado entre los leprosos de Madagascar. Sin embargo, en el fondo de su corazón persiste una angustia por la salvación de las almas que le lleva a dirigirse hacia pobres aún más abandonados. Está pensando en los condenados a trabajos forzados confinados en la isla de Sajalín (en el extremo oriente ruso) y abandonados espiritualmente. Escribe lo siguiente a su superior: «Desde hace algún tiempo, la imagen de Sajarín me atormenta y la tengo presente sin cesar. Según lo que habrá visto y oído, padre, sabrá que numerosos desdichados sufren allí horriblemente« Habría muchas probabilidades de acudir a ayudar a aquellos desventurados«».

Mientras espera la decisión sobre ese nuevo apostolado, el padre Beyzym multiplica catecismos y ejercicios espirituales. Su sensibilidad hacia el honor que se rinde a Jesús en la Eucaristía le mueve a dorar el altar y el sagrario de la capilla. Pero su salud se debilita, ya que sufre de arteriosclerosis y tiene el cuerpo cubierto de llagas. Un día, vencido por violentos sufrimientos, debe quedarse en cama. Un religioso sacerdote, que ha contraído la lepra al servicio de los leprosos y que morirá también nueve días más tarde, acude a administrarle los últimos sacramentos. Finalmente, el 2 de octubre de 1912, el padre Beyzym entrega su alma a Dios. Su muerte se debe, con toda probabilidad, al agotamiento, y no a la lepra.

«Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (Ef 2, 4-5)« La Iglesia desea anunciar incansablemente ese mensaje« El deseo de aportar misericordia a los más indigentes llevó al beato Jan Beyzym, jesuita y gran misionero, hasta la lejana isla de Madagascar, donde, por amor de Cristo, consagró su vida a los leprosos« La obra caritativa del beato estaba inscrita en su misión fundamental, que era llevar el Evangelio a quienes no lo conocen. Ese es el mayor don de la misericordia: conducir a los hombres a Cristo» (Juan Pablo II, Homilía de la beatificación de Jan Beyzym, 18 de agosto de 2002). Si bien son pocas las personas llamadas a servir a los leprosos, todos debemos dar testimonio concreto de la misericordia de Dios. Para ello «es necesaria una «imaginación de la caridad» –continúa diciendo el Papa–; que no falte el espíritu de iniciativa allí donde una persona suplique en la necesidad: Danos hoy el pan nuestro de cada día. Gracias al amor fraterno, que nunca falte ese pan. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7)».

Pidamos a la Santísima Virgen María que haga de nosotros, siguiendo al beato Jan Beyzym, misioneros de la misericordia de Dios en el mundo contemporáneo.

Dom Antoine Marie osb

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