Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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19 de marzo de 2004
San José, Esposo de María


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«El pecado del siglo xx es la pérdida de la noción del pecado», declaraba el Papa Pío XII el 26 de octubre de 1946. Medio siglo más tarde, la crisis del sacramento de la Penitencia, abandonado por tantos católicos, nos demuestra que aquella apreciación del Papa sigue siendo muy actual. Sin embargo, «a los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y nada tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la Iglesia y para el mundo entero» (Catecismo de la Iglesia Católica, CEC 1488). Pero nuestra época no es la primera en padecer una crisis del sacramento de la Penitencia. La Santísima Virgen María ha sido con frecuencia mensajera de Dios para los hombres, a fin de apartarlos del pecado y de devolverlos al amor de su Creador. A lo largo de los últimos siglos, ha intervenido varias veces, especialmente en La Saleta, Lourdes y Fátima; pero anteriormente ya se había dignado manifestarse a una pobre muchacha de los Alpes llamada Benita Rencurel.

El 16 de septiembre de 1647, Benita Rencurel ve la luz en el pequeño municipio de Saint-Étienne d'Avançon (Alpes del sur – Francia). Sus padres, buenos católicos, se ganan modestamente la vida con el trabajo de sus manos. Cuando Benita nace, ya tienen una hija, Magdalena, y una tercera, María, nacerá cuatro años más tarde. El padre, Guillermo Rencurel, muere cuando Benita, llena de vida y de alegría, tiene sólo siete años. Para la viuda y sus tres hijas, aquella desaparición supone la miseria material. Como en Saint-Étienne d'Avançon no hay escuela, Benita nunca podrá aprender a leer ni a escribir. Su única instrucción le llega a través del sermón de la Misa dominical, de donde aprende que María es la muy misericordiosa Madre de Dios, lo que despierta en ella el deseo de verla. Benita, alma contemplativa, gusta de rezar largamente.

«Mi nombre es María»

Un día de mayo de 1664, la joven, que trabaja de pastora para unos campesinos de los alrededores, guarda las ovejas en un pequeño valle de pendientes perforadas por fallas parecidas a cuevas poco profundas. Benita, que está rezando el rosario, avista a una hermosa Señora sobre un peñasco que lleva de la mano a un niño de belleza singular. «¡Hermosa Señora! – le dice –, ¿qué estáis haciendo ahí arriba? ¿Queréis merendar conmigo? Tengo algo de pan bueno, lo remojaríamos en la fuente». La Señora sonríe ante su sencillez, pero no le dice nada. «¡Hermosa Señora! ¡Podríais darnos por favor a ese niño, que tanto nos alegraría?». La Señora sonríe de nuevo sin responder. Después de permanecer algún tiempo con Benita, toma a su niño en brazos y desaparece en el antro del peñasco, donde la pastora la ha visto varias veces entrar y salir.

Durante cuatro meses, la Señora se muestra todos los días, conversando con gran familiaridad con la joven. Para prepararla en su futura misión, la educa, corrigiendo su vivacidad y brusquedad, su testarudez y su apego a las cosas y a los animales. Benita le cuenta sus visiones a la dueña, quien en un principio no la cree, pero que una mañana la sigue en secreto hasta el pequeño valle de Fours. Una vez allí, no consigue ver a la Señora, pero oye las palabras que ésta dirige a Benita. La aparición pide a Benita que advierta a su dueña de los peligros que corre su alma: «Tiene una mancha en la conciencia. Que haga penitencia». Afectada por aquello, ésta se corrige, vuelve a frecuentar los sacramentos y vive el resto de sus días muy cristianamente. El 29 de agosto, Benita pregunta a la visitante cómo se llama, y ella le responde: «Mi nombre es María». Pero, al mismo tiempo, la Virgen le anuncia que las apariciones cesarán durante un tiempo indeterminado. De hecho, Benita pasa un mes sin ver a la Señora; esa ausencia, que la priva de apreciables consuelos, contribuye a purificar su alma.

Por fin una mañana, a finales de septiembre, la pastora, que acaba de detener sus corderos y cabras a la orilla de un río, vislumbra delante de ella, resplandeciente como un hermoso sol, a María. Se apresura a reunirse con ella pero, al ver que el viejo puente que franquea el río está roto, atraviesa el curso de agua a lomos de una gran cabra. Cuando llega junto a la aparición, pregunta: «Señora, ¿de dónde que me hayáis privado durante tanto tiempo del honor de vuestra presencia? – En adelante, cuando quieras verme acude a la capilla que se encuentra en el lugar de Laus», responde la Señora mientras le indica el camino que debe seguir. Al día siguiente, Benita se dirige a la aldea de Laus y llega a la pequeña capilla. Entra inmediatamente y ve en el altar a la Virgen María, que la felicita por haber buscado sin impacientarse. Aunque radiante de haber vuelto a ver a Nuestra Señora, Benita se encuentra confusa al percatarse de la pobreza y suciedad del lugar, y propone cortar su delantal en dos para poner un mantel a sus pies. La Señora le contesta que muy pronto no faltará nada, que podrá ver lienzos, cirios y otros ornamentos, y añade que quiere que se construya una iglesia en su honor y en el de su querido Hijo, donde muchos pecadores y pecadoras se convertirán. Durante el invierno de 1664-1665, Benita sube hasta Laus muy a menudo, donde ve cada vez a la Virgen, quien le recomienda «rezar continuamente por los pecadores». Nuestra Señora nos da a entender con ello que los pecadores se hallan en un estado lamentable. Dios está ofendido por sus pecados, pero quiere prodigarles su misericordia, que no puede aceptarse sino libremente. La noticia de las apariciones se propaga entre los aldeanos, gracias a las veladas de las noches de invierno. A partir de San José (19 de marzo), los peregrinos acuden a Nuestra Señora de Laus. Muchos de ellos han alcanzado favores por su intercesión, y vienen para confesarse y para hacer el propósito de cambiar de vida.

El médico que examina la llaga

El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores. Sin embargo, «Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros» (S. Agustín). La acogida de la misericordia divina exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. Si decimos: «no tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia (1 Jn 1, 8-9) (cf. CEC 1846-1847). Esa confesión de los pecados es un efecto de la gracia, pues Dios, igual que hace un médico cuando examina la llaga antes de curarla, proyecta una luz viva sobre el pecado. «Reconocer el propio pecado, es más, reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios. Es la experiencia ejemplar de David, quien, tras haber cometido el mal a los ojos del Señor, al ser reprendido por el profeta Natán, exclama: Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Pænitentia, 2 de diciembre de 1984, n. 13).

Dios ha dado al hombre libertad para amarlo y servirlo. El pecado, que es un abuso de esa libertad, consiste en todo acto, palabra o deseo contrario a la ley de Dios. No obstante, no todos los pecados son de la misma gravedad. Hay que distinguir entre el pecado mortal (o grave) y el pecado venial. El pecado venial enfría el amor de Dios en nuestros corazones, pero sin privarnos de la vida de la gracia. El pecado mortal, como infracción grave de la ley de Dios (por ejemplo la blasfemia, la idolatría, la irreligión, la herejía, el cisma, el perjurio, el aborto, la anticoncepción, el adulterio, la fornicación), aparta al hombre de su Creador, haciéndole preferir un bien creado. Para que un pecado sea mortal no basta con que exista materia grave, sino que es necesario, además, que el acto sea cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento. «El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno» (CEC 1861). El Apóstol San Juan describía de este modo la suerte de quienes mueren en pecado mortal: Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impuros, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre —que es la muerte segunda (Ap 21, 8). Esta verdad adquiere más relieve en la medida en que, para cada ser humano, la muerte es una certeza, y que después de la muerte seremos juzgados cada uno de nosotros. Porque es necesario que todos seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal (2 Cor 5, 10). En consecuencia, después de la muerte no habrá tiempo para convertirse; es ahora cuando hay que hacer penitencia. «Desdichados quienes mueran en pecado mortal» (San Francisco de Asís).

Un aceite milagroso

En septiembre de 1665, el vicario general de Embrun, Antonio Lambert, inicia una investigación sobre las apariciones de Laus. Después de terminar el interrogatorio de la vidente, éste celebra la Misa. Aquella mañana se halla presente Catalina Vial, mujer que padece una grave enfermedad nerviosa desde el principio del pliegue de sus piernas, de tal suerte que los talones tocan la parte baja de la espalda. Sus padres lo han intentado todo para curarla, pero ha resultado en vano, y han traído a la enferma a Laus para rezar una novena a Nuestra Señora. Durante la noche siguiente a la conclusión de la novena, Catalina ya puede extender las piernas, sintiéndose curada. Por la mañana, es conducida a la capilla, en el momento en que el vicario general termina la Misa. Se oye un grito: «¡Milagro!». Una vez acabada la Misa, el eclesiástico interroga a la que ha sido curada milagrosamente y a los testigos, y luego afirma: «Aquí está el dedo de Dios». De esa manera, el 18 de septiembre de 1665, cuando Benita tiene dieciocho años, las apariciones y la peregrinación son reconocidas oficialmente por parte de la autoridad diocesana y, a partir del otoño de ese año, empieza la construcción de una iglesia bastante grande para poder acoger a los peregrinos, que cada vez son más numerosos.

Nuestra Señora se revela en Laus como reconciliadora y refugio de los pecadores, y por eso aporta señales para convencer a éstos de la necesidad de convertirse. La Virgen anuncia entonces a Benita que el aceite de la lámpara de la capilla (que arde ante el Santo Sacramento) obrará curaciones en los enfermos que se lo apliquen, si recurren con fe a su intercesión. De hecho, son muchas las curaciones que se producen en poco tiempo: una niña recupera la vista de un ojo y una persona es curada de una úlcera en una mano. Todavía en nuestros días se producen milagros en las personas que, confiando en la intercesión de Nuestra Señora, se aplican con devoción el aceite de Laus.

Una tabla de salvación

Benita se toma en serio la misión que ha recibido de la Santísima Virgen: preparar a los pecadores para que reciban el sacramento de la Penitencia. Por eso anima con frecuencia a los dos sacerdotes adscritos al santuario a recibir a los peregrinos con dulzura, paciencia y caridad, empleando una bondad especial para con los más pecadores a fin de incitarlos al arrepentimiento. «Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave... El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como «la segunda tabla de salvación después del naufragio que es la pérdida de la gracia». Sólo Dios perdona los pecados. Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra y ejerce ese poder divino: Tus pecados están perdonados. Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres para que lo ejerzan en su nombre» (CEC 1446, 1441). En este sacramento, el sacerdote, que ocupa el lugar de Cristo juez y médico, debe ser informado acerca del estado del penitente. En consecuencia, «es necesario que el fiel, además de ser consciente de los pecados cometidos, de la contricción y de la voluntad de no recaer, confiese sus pecados. En este sentido, el Concilio de Trento declaraba que era necesario, «de derecho divino, que se confiesen todos y cada uno de los pecados mortales»» (Juan Pablo II, Motu proprio Misericordia Dei, 7 de abril de 2002).

Esa obligación no es un lastre que se impone al penitente de manera arbitraria, sino un medio de liberación para encontrar la paz en el corazón. Si, mediante el pecado, nos hemos alejado de nuestro Padre del Cielo, el sacramento de la Penitencia nos permite volver a Él y echarnos en sus brazos misericordiosos. De ese modo, la confesión es una ocasión de reencuentros amorosos entre el hijo y su Padre. «No es el pecador quien se vuelve hacia Dios para pedirle perdón, sino que es Dios quien corre tras el pecador y quien le hace regresar a Él» –decía el santo párroco de Ars. Y el mismo santo añadía lo siguiente: «Para recibir el sacramento de la Penitencia son necesarias tres cosas: la Fe que nos descubre a Dios presente en el sacerdote, la esperanza que nos hace creer que Dios nos concederá la gracia del perdón, y la Caridad que nos mueve a amar a Dios y que introduce en el corazón el remordimiento de haberlo ofendido». Benita anima también a los confesores a que adviertan a los penitentes de que no deben acercarse a la Sagrada Comunión sino después de una buena confesión, preparada mediante un examen de conciencia a la luz de los diez Mandamientos y del Sermón de la Montaña. En efecto, «quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave no debe recibir el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, incluso si experimenta una gran contricción» (cf. CEC 1457).

La tarea de Benita no resulta fácil, ya que la Virgen le pide que amoneste a las mujeres y a las muchachas de vida escandalosa, que llegan incluso hasta el infanticidio, a los gentilhombres injustos o perversos, a los sacerdotes y religiosos infieles a sus compromisos sagrados. Pero la vidente lo lleva a cabo perfectamente: anima a los penitentes y advierte a quienes no osan confesar los pecados, orientándolos hacia un confesor adecuado. «Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador» (CEC 1465). Benita se sacrifica sobre todo por los pecadores, rezando mientras se confiesan, y para reparar sus pecados y conseguir gracias para ellos, se entrega a severas penitencias, hasta el punto de comprometer su salud.

Un tiempo propicio para reconciliarse

Sin embargo, no todos ven con buenos ojos los acontecimientos de Laus; algunos llegan incluso a atribuir las apariciones al demonio. Por lo tanto, se hace necesaria una nueva investigación diocesana, que acaba por convencer al nuevo vicario general, Juan Javelly, de la autenticidad de las apariciones. A aquellos que se quejan de que todo el mundo se va a Laus, éste les responde: «No es Benita la que hace que se pierda la devoción (es decir, la práctica religiosa) de nuestra iglesia, sino que la causa son nuestros pecados: hemos puesto tan poco entusiasmo y cuidado en mantenerla que la devoción se ha trasladado al otro extremo de la diócesis. Lejos de retirarla, ni de hacerle nada a esa buena muchacha, cuya virtud conozco, lo que debemos hacer es tener cuidado de que la devoción no desaparezca (de la diócesis de Embrun), y colaborar con ella para que se conserve allí, no sea que la perdamos del todo». Tanto en sus oraciones como en su apostolado, Benita es aconsejada sin cesar por Nuestra Señora: «¡Ánimo, hija mía! Ten paciencia... cumple de buena gana tu tarea... no sientas ningún rencor hacia los enemigos de Laus». También su ángel de la guarda la instruye: «Cuando estamos alegres, todo lo que hacemos resulta agradable a Dios, pero cuando nos enfadamos, nada de lo que hacemos le complace».

Entre 1669 y 1679, Benita es favorecida con cinco apariciones de Cristo, que se le revela en un estado de sufrimiento. Un viernes de julio de 1673, el Salvador, ensangrentado, le dice: «Hija mía, me muestro en este estado para que participes de los dolores de mi Pasión». El Señor Jesús quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. CEC 618). San Pedro nos advierte: Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas (1 P 2, 21). El tiempo de la Pasión nos recuerda que son nuestros pecados los que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la Cruz. «Sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia (Hb 6, 6)» (CEC 598). Pero, con su muerte, Cristo nos libra del pecado, y con su Resurrección nos da acceso a una vida nueva. Así, Pascua es un tiempo propicio para recibir el sacramento de la Penitencia y reconciliarse con Dios.

«Ella es la causa de que pierda tantas almas»

A partir de 1684, el lugar de peregrinación de Laus se encuentra en su máximo apogeo. Las tropas que se hallan en la guarnición de Gap, se dirigen en masa a Laus. Los soldados, afectados por la gracia, se confiesan, cambian de vida y se convierten en mensajeros de Laus, en toda Francia pero también en el extranjero. Pero después de aquel tiempo de éxito le sucede otro de tribulaciones y de oscuridad. Benita padece fuertes tentaciones contra la confianza en Dios y la castidad; el demonio la ataca incluso físicamente, pero ella, refugiándose en la oración, consigue resistir. El espíritu infernal revela en una ocasión el motivo de sus ataques, exclamando: «Ella es la causa de que pierda tantas almas». A finales de julio de 1692, Benita y los sacerdotes de Laus se ven obligados a refugiarse en Marsella para huir de la invasión de las tropas del duque de Saboya, que devastan la región de Gap. La paz civil acaba restableciéndose, pero Benita continúa sufriendo tribulaciones purificadoras. Efectivamente, pues el sucesor del padre Javelly, adversario de la peregrinación de Laus, nombra dos nuevos responsables del santuario que manifiestan poco entusiasmo por el cuidado de las almas, haciendo además circular en cadena que Laus no es más que un engaño. A partir de 1700, le prohíben a la pastora que hable a los peregrinos, y su reputación es amenazada. Sin embargo, Benita no carece de consuelo, pues recibe con frecuencia la visita de la Virgen y de su ángel, quienes la reconfortan. Finalmente, en 1711, el lugar de peregrinación es confiado a una nueva comunidad, la de los «Padres gardistas», quienes se revelan como hombres de oración que inculcan a los peregrinos de Laus la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y el recurso a María, refugio de los pecadores.

Después de veinte años de calvario, Benita puede de nuevo ejercer su misión en paz, de tal modo que una multitud de peregrinos acude a ella. Pero tantas austeridades y tribulaciones han conseguido vencer su salud. Tras guardar cama durante un mes, recibe el santo viático el día de Navidad de 1718. Tres días más tarde, se confiesa y recibe con gran consuelo la Extremaunción. Hacia las ocho de la noche, Benita se despide de los que la rodean y, luego, tras besar un crucifijo y con la vista mirando al cielo, fallece en paz y va a reunirse en el Cielo con su Esposo Jesús y su Santísima Madre María. El proceso de beatificación de la sierva de Dios Benita Rencurel, introducido en 1871, ha sido reanudado recientemente por la diócesis de Gap. Tras haber sido administrado sucesivamente por los Padres gardistas, las Oblatas de María Inmaculada y las Misioneras de Nuestra Señora de Laus, el santuario está hoy a cargo del clero diocesano, con la asistencia de una comunidad de Hermanos de San Juan. El santuario de Laus es un centro espiritual que, fiel a su misión, acoge a peregrinos que acuden a ponerse bajo la protección maternal de María para recibir el sacramento del perdón.

Pidamos a la Madre de Misericordia que renueve en los cristianos la estima y la frecuentación de este sacramento, que es un medio privilegiado, instituido por el propio Salvador, para recuperar la gracia de Dios y la paz del alma.

Dom Antoine Marie osb

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