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Carta espiritual |
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3 de diciembre de 2003 San Francisco Javier |
Nacido el 21 de febrero de 1801, el joven Juan Enrique, hijo de un banquero de Londres, recibe de su madre, descendiente de protestantes franceses, una educación religiosa impregnada de calvinismo. Sus grandes prevenciones contra el catolicismo le hacen creer firmemente que el Papa es el Anticristo. Sin embargo, a la edad de quince años, momento en que comienza sus estudios en el instituto de Ealing, cerca de Londres, se produce un cambio importante en su mentalidad, gracias a una inspiración procedente del cielo. «Sentí por primera vez escribe la influencia de un credo determinado, y tomé conciencia de lo que significaba un dogma, impresión que, gracias a Dios, nunca se ha borrado ni oscurecido». Además, se apodera de él una idea que está en contradicción con el protestantismo, ya que se siente llamado por Dios a vivir en el celibato. Por eso, al descartar toda posibilidad de matrimonio, toma la resolución de vivir soltero y de abrazar la carrera eclesiástica en el seno de la Iglesia anglicana.
Primer vicario de Cristo
En 1820, el joven estudiante obtiene el grado de bachiller en artes, siendo nombrado dos años más tarde fellow (distinción concedida a la minoría selecta de los titulados de cada colegio) del colegio de Oriel, lo que, de golpe, le permite entrar en la sociedad más refinada de Oxford. En 1828, se le asigna el cargo de tutor, ocupándose a la vez de la enseñanza literaria y de la educación moral de los estudiantes. En contacto con los demás fellows, el joven Newman sufre la influencia de las ideas de su época: excesiva confianza en el mundo y en la libertad humana a despecho de cualquier freno y de cualquier ley. Él mismo escribirá: «Comenzaba a situar la superioridad intelectual por encima de la superioridad moral; iba a la deriva». Bajo la influencia positiva de un amigo, Hurrel Froude, Newman consigue desprenderse de esa funesta senda. Ordenado diácono de la Iglesia anglicana des de 1824, llega a ser muy pronto vicario de la iglesia de San Clemente de Oxford, a la espera de convertirse en párroco de Saint-Mary's, iglesia de la Universidad (1828).
La Iglesia a la que pertenece se halla entonces en plena crisis. Tras aproximadamente tres siglos de persecución del catolicismo, la religión oficial de Inglaterra es indiscutida, pero en adelante languidece y carece de vida. El clero, al que sólo mueven perspectivas humanas, se afana por acumular fructuosos beneficios, sin preocuparse por dar una dirección espiritual ni por ejercer ninguna acción apostólica. Además, el culto ha perdido todo esplendor y dignidad, y la Iglesia anglicana parece más una institución ligada al Estado, del que ha recibido privilegios políticos y grandes riquezas, que la protectora de la fe religiosa que se impone a la razón y que ilumina la conciencia.
La pasión por la antigüedad
En 1830, Hugh Rose, de Cambridge, que busca colaboradores para una Biblioteca eclesiástica, propone a Newman que escriba una historia de los primeros concilios. Para realizar el trabajo, Juan Enrique estudia de cerca a los Padres de la Iglesia de Alejandría, en especial a san Atanasio y a Orígenes; está convencido de que la Providencia, por mediación de los ángeles, ha conducido los acontecimientos y los pueblos, tanto judíos como paganos, hacia la revelación plenaria de la verdad en Jesucristo. El fruto de ese estudio no se publicará hasta finales de 1833, con el título de Los arrianos del siglo iv.
Dar la voz de alarma
Si bien, a los ojos de Newman, la posición doctrinal del anglicanismo parece inatacable, él estima que su degradación moral va unida al abandono de la Tradición patrística, por lo que la esperanza de renovación para su Iglesia hay que buscarla en el acercamiento a los Padres. Persuadido de que la doctrina de la Iglesia de Inglaterra descansa esencialmente en los Padres, considera que el retorno a ellos es sinónimo de retorno a los teólogos anglicanos del siglo xvi. Newman se muestra favorable a una via media, especie de posición intermedia entre el protestantismo y el catolicismo romano, según la cual, mantiene contra el primero la autoridad de la Tradición y de los primeros Padres, rechazando en el segundo aquellas doctrinas que considera innovaciones aparecidas a lo largo de los siglos. Por otra parte, estima que la Iglesia anglicana es una rama de la Iglesia Católica, siendo las otras dos representadas por la Iglesia griega y la Iglesia romana.
Sin embargo, en 1839, al estudiar la historia de los monofisitas (herejes del siglo v que negaban que en Jesucristo hubiera dos naturalezas), toma conciencia de la imposibilidad de apoyar el anglicanismo. Es como un flechazo, algo totalmente inesperado. «Me resultada difícil demostrar nos explica que los monofisitas eran herejes sin admitir que los protestantes y los anglicanos lo eran igualmente, y también encontrar argumentos contra los Padres del Concilio de Trento que no recayeran sobre los de Calcedonia (Concilio ecuménico del año 451 contra los monofisitas), así como condenar a los Papas del siglo xvi sin condenar al mismo tiempo a los del siglo v. Por ambas partes, el combate del error y de la verdad era absolutamente idéntico. Los principios y la conducta de la Iglesia actual eran los mismos que los de la Iglesia de entonces, y los principios y la conducta de los herejes de entonces eran los de nuestros protestantes. Y era eso lo que yo constataba, muy a pesar mío».
Una teoría pulverizada
No obstante, Newman aún no renuncia a su defensa del anglicanismo. Si bien reconoce que la Iglesia anglicana carece de la unidad y de la universalidad de la Iglesia de Cristo, intenta esforzarse en demostrar que, por lo menos, posee las otras características de la verdadera Iglesia. Redacta entonces el «Tract 90», con el que intenta probar que los 39 artículos promulgados por la reina Isabel en 1571 (artículos que son la base del credo anglicano) son compatibles con los principios católicos. Pero ese escrito enciende la mecha de la pólvora. Tanto los dirigentes de la universidad como la mayor parte de los obispos anglicanos lo reprueban violentamente y consideran a todos los partidarios del panfleto como sospechosos. El golpe resulta terrible para Newman, quien ve en aquello la prueba de que su Iglesia no puede ni quiere asimilar los elementos católicos que él se esfuerza en introducir.
«¿Qué harían los Padres en mi lugar?»
Pero, en medio de su retiro, hay otro pensamiento que le viene a la mente a Newman: ¿y si esos «dogmas nuevos», que los anglicanos reprochan a la Iglesia romana de haber fabricado, no son otra cosa que un desarrollo homogéneo de la fe apostólica? Así pues, decide escribir su Ensayo sobre el desarrollo del dogma cristiano. Ese estudio le permite franquear el último obstáculo que le separa de la Iglesia romana, la cual, en efecto, no ha inventado nada, sino que ha sacado del depósito de la Revelación unas doctrinas cada vez más precisas, pero siempre en la misma dirección. El 6 de octubre de 1845, interrumpe de repente su trabajo, pero dos días después consigue que venga a Littlemore un religioso católico italiano, el padre Domingo. Nada más llegar éste, Newman se prosterna a sus pies y le pide ser oído en confesión. Después de una noche de oración, Newman, junto con dos discípulos suyos, hace su profesión de fe católica y recibe el bautismo bajo condición. A partir de ese momento pertenece «por efecto de la misericordia divina, a la Iglesia fundada por Cristo y que dirigen los sucesores de Pedro y de los demás apóstoles, en cuyas manos permanecen enteras y vivas las instituciones y la doctrina de la comunidad apostólica primitiva» (Declaración Mysterium Ecclesiae, Congregación para la Doctrina de la Fe de 24 de junio de 1973). Aunque es legítimo sentir gozo por pertenecer a la Iglesia Católica, no conviene experimentar orgullo, sino más bien dar gracias humildemente por ello. «No olviden, con todo, los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo: y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse serán juzgados con mayor severidad» (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 14).
La amiga más querida
La Iglesia es la obra de Jesucristo, «obra que es prolongación y reflejo suyo y mediante la cual está siempre presente en el mundo. Es su esposa, a quien se ha entregado por entero; la ha escogido para Él, la ha fundado y la mantiene siempre viva. Además, ha entregado su vida para que ella viva... Hermanos, seamos conscientes de esta verdad: Jesucristo ha amado a su Iglesia... Si Dios ha amado a la Iglesia hasta el punto de sacrificarle su vida, eso significa que también es digna de nuestro amor» (Juan Pablo II, homilía pronunciada en Costa Rica el 3 de marzo de 1983). San Agustín llegó a escribir la siguiente fórmula lapidaria: «En la medida que se ama a la Iglesia se posee el Espíritu Santo». Esa puede ser precisamente una de las lecciones más valiosas de la vida del cardenal Newman. Sus escritos proyectan una luz clarísima sobre el amor de la Iglesia como efusión continua del amor de Dios hacia el hombre en cada etapa de la historia. El cardenal poseía una auténtica visión sobrenatural que le capacitaba para percibir todas las debilidades presentes en el tejido humano de la Iglesia, pero poseía también una segura percepción del misterio que se esconde más allá de nuestra mirada humana. Adoptemos la ardiente plegaria a Jesucristo que brotaba espontáneamente de su corazón: «Haz que nunca olvide que has establecido en la tierra un reino que es tuyo, que la Iglesia es tu obra, establecida por ti y tu instrumento; que estamos sometidos a tus reglas, a tus leyes y a tu mirada; que cuando la Iglesia habla eres tú quien habla. Haz que el conocimiento íntimo de esa maravillosa verdad no me haga insensible a ella, haz que la debilidad de tus representantes humanos no me haga olvidar que eres tú quien habla y actúa a través de ellos».
El Papa Juan Pablo II decía a los jóvenes reunidos en Toronto en julio de 2002: «Si amáis a Jesús, amad a la Iglesia». Pidamos a nuestra Madre María que vivamos como verdaderos hijos de la Santa Iglesia Católica, a fin de poder ser considerados dignos de la vida eterna.