Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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13 de noviembre de 2002
San Leandro de Sevilla


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

El 21 de marzo de 2001, con motivo del 1.500 aniversario de la llegada de san Benito a su retiro de Subiaco, el Cardenal Secretario de Estado, Angelo Sodano, daba gracias a Dios en estos términos: «El joven Benito llegó entre estos solitarios peñascos para poder consagrarse por entero a la contemplación de Dios. 1.500 años después continúa recordándonos el deber fundamental de nuestra existencia: amar a Dios sobre todas las cosas... Aquí creó el joven Benito la familia benedictina, esa escuela del servicio divino, para conducir en el transcurso de los siglos a una multitud innumerable de hombres y mujeres a una unión más íntima con Cristo, bajo la dirección del Evangelio».

La Iglesia ha elevado no hace mucho a los altares a uno de los hijos espirituales de san Benito: Dom Columba Marmion, abad de Maredsous (Bélgica), beatificado el 3 de septiembre de 2000. Irlandés por parte de padre y francés por parte de madre, José Marmion vino al mundo en Dublín, el Jueves Santo de 1858. En casa de los Marmion iban a nacer nueve hijos. Al fallecer los dos primeros varones en tierna edad, los padres dirigen sus plegarias a san José para implorar la gracia de tener otro hijo. De hecho, les serán concedidos otros tres varones, entre los cuales estará el futuro fray Columba, bautizado como José en gratitud hacia el padre adoptivo de Jesús.

Aunque ocupa un cargo de gran responsabilidad en una importante firma exportadora, el señor Marmion no deja por ello de ser un ferviente cristiano. En una ocasión le dirá lo siguiente a su hijo José, ya seminarista: «En medio de mis apremiantes ocupaciones, nunca dejo pasar unos minutos sin ofrecerme por completo a Dios». La señora Marmion comparte por entero el ideal religioso de su marido, y la familia sigue el ejemplo piadoso de los padres; de hecho, tres de las cuatro hijas serán religiosas.

De carácter amable y apacible, José es mimado por todos. Adquiere la costumbre de examinar todas las cosas a la luz de la fe. En una ocasión, a un tío que no habla más que de bancos y mercados, José le replica: «Pero tío, ¡el dinero no lo es todo! – Ay, hijo mío, ¡tú no sabes lo que es el dinero! ¡Todavía no puedes entenderlo!». «Ahora –comentará más tarde Dom Marmion– mi tío está en la eternidad, y el dinero le importa aún menos que a mí». Al terminar sus estudios secundarios, José toma la decisión de entrar en el seminario, pero enseguida es tentado violentamente contra su vocación sacerdotal. Bajo el efecto de la prueba, acude en busca de uno de sus amigos, de quien espera hallar consuelo. En realidad, aquel amigo, superficial y mundano, no habría hecho más que disuadirlo de entrar en el seminario. Pero no encuentra a su amigo y, en su lugar, se topa con otro amigo, ferviente católico, que le descubre la trampa del demonio y le alienta en su deseo de entregarse a Dios. José ve en esas circunstancias la mano de la Providencia, implorada por las oraciones de su hermana Rosie.

¿Qué espíritu nos guía?

Dom Marmion escribirá más tarde: «En toda alma hay tres espíritus que intentan dominarla: el espíritu de la falsedad y de la blasfemia, que siempre sugiere desde muy temprano lo contrario de lo que Dios nos dice al oído; el espíritu del mundo, que nos incita a juzgar las cosas según el deseo de los sentidos y la sabiduría carnal, mientras que la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios (cf. 1 Co 3, 19), y finalmente está el Espíritu de Dios, que nos inspira siempre a elevar nuestros corazones por encima de la naturaleza y a vivir la fe. Ese Espíritu nos llena entonces de paz y de alegría, y produce en nosotros los frutos de los que habla san Pablo (cf. Ga 5, 22). El Espíritu de Dios, al tiempo que nos dirige reproches o nos incita a la confusión a causa de nuestros pecados, siempre colma el alma de paz y de confianza filial en nuestro Padre celestial. Los demás espíritus desecan nuestra alma... nos entregan al abatimiento y al desánimo».

Así pues, José ingresa en el Holy Cross College en enero de 1874, seminario que en la época tiene 80 alumnos. A causa de su alegría comunicativa durante el recreo, es el centro de un grupo donde estallan a menudo risas visibles y alborozadas. Corregido en ocasiones por el padre director a causa de los excesos de su jovialidad, recibe las reprimendas con humildad: «Es una amarga medicina, pero saludable, y hay que aceptarla para curarse» –afirma. Es enviado a Roma para terminar sus estudios de teología, donde permanece dos años; el 16 de junio de 1881 es ordenado sacerdote en la capilla del Colegio Irlandés. Durante el camino de regreso, pasa por Bélgica y visita la Abadía benedictina de Maredsous, donde, en el momento en que franquea el umbral del claustro, oye una voz interior que le dice: «Aquí es donde quiero que estés». Transcurrirán cinco años antes de poder responder a aquella llamada. De regreso a Irlanda, el padre Marmion es nombrado vicario de la parroquia de Dundrum, al sur de Dublín; el año siguiente, le asignan las clases de filosofía del seminario de Holy Cross, donde antiguamente se había formado. Durante cuatro años madura su decisión y, en 1886, provisto de la autorización de su arzobispo, parte para el claustro.

Su familia y amigos están al corriente desde hace mucho tiempo de su nueva orientación. Cuando la hace pública, la sorpresa se mezcla con la decepción; nadie se priva de criticar ese cambio que consideran inexplicable. Pero ante él está el Maestro, que le llama: «Antes de hacerme monje –explicará más tarde Dom Marmion– no podía, a los ojos del mundo, hacer más bien del que hacía donde me encontraba. Pero he reflexionado y he rezado, y he comprendido que solamente estaré seguro de cumplir siempre la voluntad de Dios si practico la obediencia religiosa. Tenía todo lo necesario para alcanzar mi santificación, a excepción de un único bien: el de la obediencia. Ese fue el motivo por el que abandoné mi patria, renuncié a mi libertad y a todo... Era profesor; aunque era muy joven, tenía lo que suele llamarse una buena situación, éxito y amigos que me apreciaban mucho; pero no tenía ocasión de obedecer. Me hice monje porque Dios me reveló la belleza y la grandeza de la obediencia».

Conquistar la verdadera libertad

San Benito nos enseña que la obediencia «corresponde a quienes nada conciben más amable que Cristo» (Regla, cap. 5). La vida consagrada es una configuración muy especial hacia Cristo... Porque Jesús nos fue revelado como «el obediente» por excelencia, bajado del cielo no para hacer su voluntad, sino la voluntad del que le había enviado (cf. Jn 6, 38). Además, «el monje se somete al superior con toda obediencia por amor a Dios, imitando al Señor Jesús, de quien dice el Apóstol: Se hizo obediente hasta la muerte» (Regla de san Benito, cap. 7). Para muchos de nuestros contemporáneos, la obediencia contradice la libertad personal y el legítimo deseo de decidir sobre la propia vida de manera independiente. Pero Cristo, que es la Verdad, nos enseña el camino de la verdadera libertad. Él mismo nos dijo: la verdad os hará libres (Jn 8, 32). De ese modo, mostrándonos el camino de la obediencia, nos señala «un camino para lograr progresivamente la verdadera libertad» (Juan Pablo II, Vita consecrata, 25 de marzo de 1996, 91).

José Marmion llega a Maredsous el 21 de noviembre de 1886. La austeridad de la vida monástica contrasta con su contagiosa alegría. Aquel exilio lejos del país natal constituye una primera prueba; recibe el nombre religioso de un santo monje irlandés, Columba, pero ese nombre evoca todo lo que ha dejado atrás. Además, no domina el idioma francés y se impone grandes esfuerzos para conseguir hablarlo correctamente. Finalmente, las poquísimas cartas que le permiten escribir y las limitaciones impuestas al ejercicio de su sacerdocio le provocan un sentimiento de haber abandonado a sus amigos y a las personas que recurren a él. Para un irlandés acostumbrado a la camaradería, el aislamiento supone un profundo sufrimiento. El 30 de noviembre escribe: «El día en que llegué a Maredsous, tuve la impresión de que, al entrar en el monasterio, acababa de cometer la mayor insensatez del mundo». Un día, con el corazón compungido, se postra ante el sagrario: «Jesús mío, tú me has llamado. Si estoy aquí es por ti».

«Entre las manos de Dios»

La vocación de aquel vicario de ultramar es considerada con escepticismo por el anciano y recto maestro de novicios. Entre él y fray Columba reina una profunda incompatibilidad de caracteres. Sin embargo, a fin de luchar contra la antipatía natural que siente hacia el padre maestro, el novicio adquiere la costumbre de acudir a él cada noche para desvelarle con humildad sus transgresiones de la jornada. Se entrega sobre todo con fervor a las cosas de Dios, en especial a la oración y a la lectura espiritual. En 1909, escribirá lo siguiente a uno de sus monjes atribulado por serias dificultades: «Al igual que me ocurría en otro tiempo durante mis primeros años en Maredsous, te verás forzado a postrarte inclinando la cabeza entre las manos de Dios. Intenta buscarlo todo en Él, hijo mío. Intenta convertirte en un hombre interior sometido por completo a Dios y acostumbrado a apoyarse solamente en Él». Las lecturas de fray Columba son variadas: las Sagradas Escrituras, especialmente san Pablo, san Francisco de Sales, santo Tomás de Aquino, Luis de Blois, san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús, santa Catalina de Siena, Olier, monseñor Gay... Sin saberlo, está preparando de ese modo sus futuras conferencias espirituales, que comprenderán varios libros.

Con el tiempo, en el alma de fray Columba se desarrolla cada vez con más fuerza la convicción de haber encontrado su verdadera vocación. A un amigo le confía: «Estoy donde Dios quiere que esté. He hallado una gran paz y soy extraordinariamente feliz». Dom Marmion profesa solemnemente el 10 de febrero de 1891. El domingo siguiente, el párroco de una aldea próxima a Maredsous solicita que un monje acuda a predicar en su iglesia. «Tenemos un joven monje extranjero –contesta el prior–, pero no creo que deba enviárselo, pues su francés aún no es perfecto y dudo que le sea de alguna utilidad. – Aun así, mándemelo; siempre supondrá un cambio para mis feligreces». Después de la misa, el párroco afirma no haber tenido nunca un predicador semejante en la parroquia. A partir de ese momento, el «padre irlandés» es solicitado por todas partes en la región. Consciente de su talento para la predicación, Dom Marmion sabe también que es inútil «predicar en los tejados si ello no va precedido de una unión íntima con el Señor en medio de las «tinieblas» o del silencio de la oración».

En octubre de 1900, Dom Marmion es nombrado prior del convento de Mont-César, fundación dependiente de Maredsous, cerca de la ciudad belga de Lovaina, donde ejercerá como abad Dom Roberto de Kerchove, hombre enérgico y frío, de autoridad más bien incisiva. El padre Columba deja Maredsous con temor, pero se abandona a la voluntad de Dios. Es deseo de Dom Roberto de Kerchove que sus monjes permanezcan siempre en la clausura, mientras que Dom Marmion, lleno de celo apostólico, es propenso a responder a las llamadas que le llegan del exterior; sin embargo, ninguna discusión tiene lugar entre ellos, ya que Dom Marmion se halla siempre dispuesto a someterse al abad. Un día del año 1905, se siente asaltado por grandes dudas; preocupado por el futuro, se imagina cuán maravilloso sería si todo pudiera arreglarse según sus perspectivas, pero al mirar su crucifijo exclama: «¡No! ¡Que no sea como yo quiero, sino como tu quieres, Señor!». Más tarde afirmará: «Si en aquel momento Cristo me hubiera dicho: «Te doy carta blanca. Organiza tu vida y todo lo que tiene que ver contigo como te plazca. Toma la pluma, escribe tu plan y yo lo firmo», le habría respondido: «No, Jesús, no deseo plan alguno para mi vida. Lo único que deseo es realizar tu divino plan en mí; eres tú quien me guiará. Me abandono por completo en tus manos»».

¿Actividad o activismo?

A su cargo como prior, Dom Marmion añade el de profesor de teología, ciencia que enseña ayudado de su inteligencia y prodigiosa memoria, pero sobre todo de su corazón ardiente de amor hacia Dios. Para él, la teología es un alimento para la oración y una orientación hacia los verdaderos bienes, sea para dar gracias por ellos sea para pedirlos. La actividad del nuevo prior se extiende también a la predicación de retiros espirituales a numerosas comunidades de Bélgica y a varios monasterios ingleses. La intensidad de su vida de unión con Dios explica, por ella sola, los frutos de su desbordante actividad, que habría podido convertirse en estéril activismo.

El 28 de septiembre de 1909, a la edad de 52 años, Dom Marmion es elegido por sus hermanos como abad de Maredsous, adoptando como divisa «Antes servir que dominar». Si hubiera que señalar la principal de las cualidades que impulsaron a sus hermanos a elegirlo como abad, habría que resaltar su reputación de predicar la sagrada doctrina. Con motivo del retiro espiritual que dio en Maredsous antes de la elección abacial, la comunidad comprendió que con él tendría un maestro de vida espiritual. Sin embargo, gobernar una comunidad de más de cien monjes no es cosa fácil. Gracias a su permanente unión con Dios, Dom Marmion conserva su calma interior y un optimismo indefectible cuando se trata de procurar el bien de las almas. Bajo su dirección, el monasterio conoce un gran auge espiritual e intelectual, y las vocaciones afluyen. Pero Dom Marmion no pierde interés por las cuestiones temporales, hasta el punto de que manda instalar corriente eléctrica y calefacción central en la abadía, algo realmente raro en aquella época en los monasterios.

A las personas de cualquier edad y condición que acuden para verlo y pedirle dirección espiritual, el padre abad les indica resueltamente el camino: la vida espiritual es ante todo búsqueda de Dios. Insiste además en el hecho de que Jesucristo debe ser el centro de toda oración y la única vía de unión a Dios: Nadie va al Padre sino por mí (Jn 14, 6), dice Jesús, y san Pedro añade: No hay salvación en ningún otro (Hch 4, 12). Dios nos ha predestinado a participar en su vida divina, a entrar para siempre en la comunidad de sus tres personas, y ello desde aquí mismo en la tierra mediante la gracia santificante, que nos convierte en hijos adoptivos suyos (cf. Ef 1, 5) y en herederos de su gloria. Esta predestinación eterna se realiza hace tiempo por Jesucristo, ya que, mediante su Pasión redentora, Jesús ha rescatado a la humanidad, que había caído en el pecado, y comunica a todos los que creen en Él y le obedecen la vida sobrenatural de la gracia. Esa vida debe alcanzar la plenitud en la vida eterna y en la visión cara a cara de la Trinidad.

La fuerza de la verdad

En presencia de los pecadores, la clarividencia de Dom Marmion va unida a una gran caridad, y a él le gusta repetir: «Estoy convencido, y ello por experiencia, de que las almas no se recuperan mediante la discusión, sino con la bondad. No se gana a una persona queriéndola convencer de que está equivocada, sino mostrándole la verdad con dulzura y benevolencia». La historia que sigue ilustra a la perfección su método. En una gran ciudad, en el transcurso de la primera guerra mundial, un pobre sacerdote cuya fe y costumbres han zozobrado desde hace varios años con motivo de unas prácticas espiritistas está a punto de morir. Dom Marmion le hace varias visitas, durante las que hablan amistosamente; como el estado del enfermo mejora, llegan incluso a tomar el té juntos. Cuando Dom Marmion aborda por fin el tema del estado espiritual del sacerdote, no recibe más que respuestas evasivas o negativas: «Ya he consultado... Soy feliz como estoy... No deseo cambiar». El padre abad anima a la oración por aquella alma y se ofrece a Dios por ella. Tras nuevas e infructuosas visitas, completamente afligido aunque no desanimado, realiza un último esfuerzo y envía un mensaje en el que su corazón de apóstol desborda en caridad y compostura espiritual. Es llegada la hora de la misericordia. Pronto llega una nota del sacerdote: «Ha ganado usted la partida... Venga a verme, le espero». Dom Marmion hace todo lo que considera necesario y, la víspera de Navidad, consigue reconciliar aquella alma con el Señor. Algún tiempo después, el enfermo entrega su alma a Dios, en medio de manifiestos sentimientos de arrepentimiento y de amor.

El celo de Dom Marmion por las almas procede de una intensa devoción por el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso aprecia en su más alto grado el Santo Sacrificio de la Misa, renovación del sacrificio del Calvario y testimonio del amor de Cristo hacia todos: «Durante el transcurso de la Misa conventual que cantamos cada día –explica–, tengo tiempo de meditar el gran acto que se cumple en el altar. La mayoría de las veces siento cómo mi corazón desborda de gozo y de agradecimiento al pensar que poseo, en Jesús presente en el altar, de qué ofrecer al Padre una reparación digna de Él, una satisfacción de un valor infinito. ¡Cuántas gracias contiene la Misa! Ningún santo, ni siquiera la Virgen María, ha podido obtener de ese sacrificio todo el fruto que en él hay encerrado». Su devoción hacia la Pasión se traduce, por añadidura, en la práctica diaria del Vía crucis.

«¡Y yo quiero entrar!»

Al padre Columba le anima igualmente una profunda devoción hacia la Virgen, y repite a menudo lo siguiente: «Debemos ser por la gracia lo que Jesús es por naturaleza: un hijo de Dios y un hijo de María». Un día alguien le dice: «El rosario es para las mujeres y los niños. – Admitámoslo, le responde; pero, ¿qué dijo Nuestro Señor? Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18, 3). ¡Y yo quiero entrar!».

Los trece años de gobierno abacial de Dom Marmion se ven afectados por los terribles años de la primera guerra mundial. Al ser invadida Bélgica por las tropas alemanas, el padre abad teme que sus jóvenes novicios sean militarizados por el invasor, por lo que decide trasladarlos sin demora a Inglaterra, y luego a Irlanda. Se producen numerosas dificultades, incomprensiones y tensiones con Maredsous. La casa irlandesa (situada en Edermine) se parece más a un albergue de vacaciones para estudiantes que a un monasterio, por lo que en 1916 estalla una crisis que se prolonga hasta 1918. Dom Marmion escribe a propósito de ello lo siguiente: «Necesito vuestras oraciones porque algunos de los jóvenes padres, aquí en Edermine, me han afligido a causa de su estudiada actitud de fría indiferencia hacia mí... He intentado atraerlos mediante la constancia y la oración, pero sin éxito hasta ahora. Son buenos, pero demasiado llenos de confianza en sí mismos... Oponen la letra del Derecho Canónico al espíritu de la Sagrada Regla». El asunto llega hasta Roma, y la Congregación romana para los Religiosos se encarga del caso. El padre abad da pruebas de gran humildad y obediencia, y, finalmente, la casa de Edermine es cerrada en 1920.

Al final de la gran guerra surgen nuevos problemas. Por todas partes fermenta una nueva mentalidad, consecuencia del desplome de las barreras sociales... Dom Marmion se esfuerza por comprender los extraños comportamientos de sus jóvenes monjes. Muchos de ellos han servido durante la guerra, como camilleros o capellanes; al regresar al claustro no pueden desprenderse en un instante de todas las costumbres que han adquirido durante la vida militar. «Temo la llegada de esos jóvenes monjes que durante tanto tiempo se han visto privados de nuestras tradiciones y de nuestro espíritu monástico» – escribe el padre abad. No obstante, la mayoría de ellos vuelven a adaptarse, gracias a su espíritu de fe.

Todas esas pruebas agotan de forma prematura el organismo del padre abad, conduciéndolo hasta las puertas de la muerte. En los momentos que preceden a ésta, el padre Columba se une a la Pasión de Jesús mediante el Vía crucis. Sus últimas palabras son las siguientes: «¡Jesús, José y María!», entregando apaciblemente su alma al Padre celestial el 20 de enero de 1923. Gracias a Dom Raimundo Thibaut, su secretario, la enseñanza oral de Dom Marmion nos ha sido conservada en forma de tres famosos libros: Cristo, vida del alma, publicado en 1917, Cristo en sus misterios, en 1919, y Cristo, ideal del monje, en 1922. Esos tres libros habían sido revisados por el propio Dom Marmion. A partir de 1940, la tirada del primero (que será traducido a siete idiomas) alcanza 75.000 ejemplares en lengua francesa.

Con motivo de la beatificación de Dom Marmion, acontecida el 3 de septiembre de 2000, el Papa Juan Pablo II declaraba: «Nos ha legado un verdadero tesoro de enseñanza espiritual para la Iglesia de nuestro tiempo. En sus escritos enseña un camino de santidad, sencillo pero a la vez exigente, para todos los fieles, a los que Dios, por amor, ha destinado para que sean sus hijos adoptivos en Cristo Jesús... Ojalá un amplio redescubrimiento de los escritos espirituales del beato Columba Marmion ayude a los sacerdotes, a los religiosos y a los laicos a crecer en la unión con Cristo y a servirle como fiel testimonio mediante el amor ardiente de Dios y el servicio generoso hacia sus hermanos y hermanas».

Beato Dom Columba Marmion, permanece junto a nosotros; transmítenos, mediante tu oración cerca de Dios y la intercesión de la Santísima Virgen, la amplitud y la profundidad de tu amor por Él.

Dom Antoine Marie osb

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