Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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3 de septiembre de 2002
San Gregorio Magno


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Aquel 3 de agosto de 1903, en la capilla Paulina del Vaticano, hay un cardenal arrodillado, llorando, absorto en profunda oración. Acercándose a él, un joven prelado español, Monseñor Merry del Val, le comunica en voz baja un mensaje del deán del Sacro Colegio: ¿sigue determinado a rechazar el papado en caso de ser elegido? «Sí, sí, Monseñor –responde el cardenal Giuseppe Sarto, patriarca de Venecia–, dígale al cardenal deán que tenga la amabilidad de no pensar en mi persona». Más tarde, ese mismo día, el cardenal Sarto, trastornado, sigue resistiéndose ante las insistencias de sus compañeros; se reafirma en su indignidad como Sumo Pontífice, incapaz de sobrellevar tan abrumadora carga. «Regrese entonces a Venecia si así lo desea –le dice gravemente el cardenal Ferrari–, pero lo hará con el alma atormentada por un remordimiento que le obsesionará hasta el final de su vida».

Al día siguiente, los votos de los electores recaen, como estaba previsto, en el cardenal Sarto, quien se abandona en manos de Dios y declara: «Si no es posible que se aleje de mí este cáliz, ¡que sea la voluntad de Dios! Acepto el pontificado como una cruz. – ¿Cómo quiere que le llamen? – Ya que los papas que más sufrieron por la Iglesia durante el siglo pasado llevaron el nombre de Pío, tomaré ese nombre». Así pues, se convierte en el Papa Pío X.

De origen modesto, Giuseppe (José) Sarto había nacido el 2 de junio de 1835 en Riese, pueblecito de la diócesis de Treviso, en el Véneto (norte de Italia). Su padre, que es agente municipal, no posee más que una humilde casita y un árido campo. La única riqueza de sus padres consiste en una fe sencilla y profunda que transmiten a sus hijos, que son diez. Desde muy joven, José oye la llamada del sacerdocio, respondiendo a ella con fervor y recibiendo la ordenación sacerdotal el 18 de septiembre de 1858. La divina Providencia le lleva a servir a la Iglesia en los diferentes grados jerárquicos, llegando a ser sucesivamente: vicario, párroco, director espiritual del seminario de Treviso, obispo de Mantua y, finalmente, patriarca de Venecia, antes de ser elegido Papa, responsabilidad abrumadora que con toda razón llegaba a espantarle.

La vía de acceso hacia Jesucristo

El Papa es el sucesor del apóstol san Pedro, a quien Jesucristo dijo: A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16, 19). «El «poder de las llaves» designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, CEC, 553). El Pontífice romano recibe de Cristo una misión universal, que consiste en anunciar el Evangelio a todo el mundo y en guiar a toda la Iglesia, pastores y fieles, en la fidelidad al Evangelio. Cuando habla y actúa no lo hace por propia autoridad, sino en virtud de la autoridad de Cristo, de quien es Vicario.

Ya a partir de su primera encíclica, E supremi apostolatus, del 4 de octubre de 1903, Pío X hace saber al mundo entero cuál será el programa de su pontificado: «Restaurarlo todo en Cristo, a fin de que Cristo sea todo en todos (cf. Ef 1, 10 y Col 3, 11)... Conducir al género humano al imperio de Cristo. Una vez se consiga, el hombre se encontrará, en consecuencia, cerca de Dios... Ahora bien, ¿dónde se encuentra la vía de acceso que nos conduce junto a Jesucristo? Se encuentra ante nosotros: es la Iglesia... Por eso fue establecida por Cristo, después de adquirirla con el precio de su sangre, por eso le confió su doctrina y los preceptos de su ley, prodigándole al mismo tiempo los tesoros de la gracia divina para la santificación y la salvación de los hombres... Se trata de conducir a las sociedades humanas, extraviadas y alejadas de la sabiduría de Cristo, a la obediencia de la Iglesia; la Iglesia, a su vez, las someterá a Cristo, y Cristo a Dios». El Concilio Vaticano II enseña en el mismo sentido lo que sigue: «Dios mismo ha manifestado al género humano el camino por el cual los hombres, sirviéndole a Él, pueden salvarse y llegar a ser felices en Cristo. Creemos que esta única verdadera religión se verifica en la Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús confió el encargo de hacerla llegar a todos los hombres...» (Dignitatis humanæ, 1).

Poner remedio a la ignorancia

Dios quiere la salvación de todos mediante el conocimiento de la verdad. A esa extraordinaria benevolencia de Dios le corresponde un deber por parte del hombre: «Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre, y consiguientemente enaltecidos con responsabilidad personal, se sienten impelidos por su propia naturaleza a buscar la verdad, y tienen obligación moral de ello; sobre todo, la verdad religiosa. Están obligados también a prestar adhesión a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad». Una de las principales preocupaciones de Pío X, expresada en la encíclica Acerbo nimis, del 15 de abril de 1905, es asegurar el conocimiento y la transmisión de la fe por medio del catecismo; en ella declara que la ignorancia religiosa es «la causa principal del relajamiento actual, de la debilidad de las almas y de los gravísimos males que de ello se derivan... Allí donde el espíritu se halla rodeado por tinieblas de espesa ignorancia resulta imposible que subsista una recta voluntad o unas buenas costumbres. Porque, si es imposible que quien camina con los ojos abiertos se aparte del camino recto y seguro, ese peligro amenaza ciertamente a quien padece ceguera. Por añadidura, si la luz de la fe no se ha extinguido por completo, existe la esperanza de enmendarse de las costumbres corruptas; pero si ambas, corrupción de las costumbres y carencia de fe por ignorancia, se unen, apenas habrá sitio para el remedio, y el camino de la perdición queda abierto». En 1905, Pío X manda publicar para la diócesis de Roma un catecismo que sigue siendo un modelo en su género. El Papa Juan Pablo II comparte ese deseo de proporcionar a todos una enseñanza catequética segura; en 1986, con motivo de su viaje a Lyon, expresaba de este modo su intensa preocupación: «La ignorancia religiosa se expande de forma desconcertante, la necesidad de una propuesta clara y ardiente de la fe se hace sentir de forma cada vez más intensa...». Como respuesta a esa necesidad, el Santo Padre publicó en 1992 el Catecismo de la Iglesia Católica, sistemática exposición de las verdades de la fe y texto de referencia para nuestro tiempo.

La caridad de José Sarto con todos quedó de manifiesto desde los primeros años de su sacerdocio, hasta el punto de convertirse en legendaria: era diligente en darlo todo y nunca tenía una moneda en el bolsillo, y se jactaba de haber nacido pobre y de vivir como tal. La llamada a ejercer la mayor de las cargas en la Iglesia no le hizo perder la bondad ni la humildad, sobre todo con respecto a las personas de modesta condición. Se sentía responsable de la suerte de todos los desdichados, y daba sin llevar la cuenta. En una ocasión en que le aconsejaron que moderara la caridad para no dejar en la bancarrota a la Iglesia, él mostró ambas manos y respondió: «La izquierda recibe y la derecha da. Si doy con una mano, mucho más recibo con la otra». Esa inagotable caridad procede de su unión íntima con Dios. El cardenal Merry del Val, su secretario de estado, presentó el siguiente testimonio: «En todos sus actos, se inspiraba siempre de pensamientos sobrenaturales, y manifestaba que estaba unido a Dios. En los asuntos más importantes, dirigía la mirada al crucifijo y se inspiraba en él; en caso de duda, aplazaba su decisión y tenía costumbre de decir, mirando siempre hacia el crucifijo: «Él lo decidirá»».

Un mal en el seno de la Iglesia

Como pastor vigilante del rebaño de Cristo, Pío X sabe discernir el peligro que representa para la fe de la Iglesia una corriente de pensamiento que había aparecido hacia finales del siglo XIX. Con la apariencia de adaptarse a la mentalidad moderna (de ahí el nombre de «modernistas»), un grupo de intelectuales se propone cambiar radicalmente la enseñanza dogmática y moral de la Iglesia. Decididos a permanecer en la Iglesia para poder transformarla con mayor eficacia, se proponen darle un nuevo credo y nuevos mandamientos, conservando el vocabulario católico pero transformando su sentido profundo según sus propias ideas. Tras diversas y caritativas llamadas de atención hacia los descarriados, y ante su obstinación, Pío X publica el 3 de julio de 1907 el decreto Lamentabili, que enumera los errores modernistas; dos meses más tarde, la encíclica Pascendi expone magistralmente en qué resulta contraria esa escuela a la sana filosofía y a la fe católica.

La escuela modernista se basa en principios filosóficos erróneos: el agnosticismo absoluto, es decir, la imposibilidad por parte del espíritu humano de alcanzar certezas, y el inmanentismo, según el cual Dios no puede ser conocido de forma objetiva mediante pruebas que se apoyen en la razón, sino únicamente mediante la experiencia subjetiva de cada uno. Dichos principios conducen a negar la existencia de una verdad objetiva y, en consecuencia, la posibilidad de una revelación divina. Finalmente, la religión queda reducida a unos símbolos, y el mismo Dios deja de ser el Creador trascendente (es decir, preexistente al universo y superándolo) para convertirse solamente en una fuerza inmanente, en «el alma universal del mundo», lo que conduce directamente al panteísmo (identificación del mundo con Dios); Jesucristo no es más que un hombre extraordinario cuya persona histórica ha sido transfigurada por la fe. De ahí procede la distinción modernista entre el Cristo de la historia, que es sólo un hombre que murió crucificado en Palestina, y el Cristo de la fe, que los discípulos imaginan que «resucitó» y a quien «divinizan» en su corazón. De ese modo, el modernismo conduce a la disolución de todo contenido religioso preciso. Por eso lo definía el Santo Padre como la síntesis y la confluencia de todas las herejías que intentan destruir las bases de la fe y aniquilar el cristianismo.

Un criterio de fidelidad a Dios

Las medidas adoptadas por Pío X para poner remedio a ese mal, que había penetrado «casi en las propias entrañas y venas de la Iglesia», producen en pocos años el declive modernista. Los principales promotores son apartados de la enseñanza católica, y se da un nuevo impulso a los estudios filosóficos y teológicos según los principios de santo Tomás de Aquino. En su firmeza por la doctrina, Pío X manifiesta una gran bondad hacia los defensores del error. En 1908, hace la siguiente recomendación al nuevo obispo de Châlons (Francia): «Va a ser usted el obispo del párroco Loisy (sacerdote excomulgado a causa de su obstinación por el modernismo). Llegado el caso, trátelo con bondad y, si da un paso hacia usted, dé usted dos hacia él». Era la aplicación concreta de su máxima: «Combatir los errores, pero sin tocar a las personas».

De ese modo, Pío X cumple con su misión de «proteger al pueblo de Dios de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica» (CEC 890). A la solicitud paternal del Sumo Pontífice debe corresponder una actitud filial de docilidad y de sumisión por parte de los fieles, pues Jesucristo dijo a sus apóstoles: Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; quien me rechaza a mí, rechaza a Aquél que me ha enviado (Lc 10, 16). La obediencia al Magisterio de la Iglesia y en especial a su cabeza visible, el Papa, es un criterio indispensable de fidelidad a Dios. Pío X lo subraya en un discurso, el 10 de mayo de 1909: «No os dejéis engañar por las sutiles declaraciones de quienes no cesan de afirmar que quieren estar con la Iglesia, amar a la Iglesia, luchar para que el pueblo no se aleje de ella... Sino que debéis juzgarlos según sus obras. Si desprecian a los padres de la Iglesia e incluso al Papa, si intentan por todos los medios sustraerse a su autoridad a fin de eludir sus orientaciones y sus opiniones..., ¿de qué Iglesia intentan hablar esos hombres? Ciertamente, no de la que se construyó sobre los cimientos de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular el mismo Cristo Jesús (Ef 2, 20)».

Todavía de actualidad

Sin embargo, el modernismo, que con tanto vigor había sido denunciado por Pío X, no ha desaparecido. En 1950, Pío XII, en la encíclica Humani generis, advierte contra diversos errores, entre los que hay algunos que tienen relación con el modernismo. El filósofo Jacques Maritain escribirá en 1966 en su libro Le Paysan de la Garonne (El campesino del Garona) que «el modernismo de los años de Pío X no era más que un simple resfriado de nariz» comparado con la corriente neomodernista. Con motivo de la audiencia general del 19 de enero de 1972, el Papa Pablo VI denunciará «errores que podrían arruinar por completo nuestra concepción cristiana de la vida y de la historia. Son errores que se expresaron de una manera característica en el modernismo, que, detrás de otros nombres, sigue estando de actualidad». El 14 de septiembre del mismo año, el cardenal Heenan, arzobispo de Westminster, haciéndose eco de esa declaración del Papa, señalará que si bien la palabra «hereje» ya no se utiliza en nuestros días, «no por ello los herejes dejan de existir. La herejía número uno es la que acostumbrábamos a denominar modernismo... El modernismo está regresando y aparecerá de nuevo como la principal amenaza contra la Iglesia del futuro. Como quiera que, en todas sus formas, la autoridad se ha convertido universalmente en algo impopular, nunca antes el clima ha sido tan favorable a un ataque renovado contra la autoridad de Dios y el Magisterio de su Iglesia. Todas las doctrinas admitidas hasta ahora sin problemas por los católicos, como la Resurrección, la Santísima Trinidad, la inmortalidad del alma, los sacramentos, el Sacrificio de la Misa, la indisolubilidad del matrimonio, el derecho a la vida de los no nacidos, de los ancianos y de los enfermos incurables, serán objeto con toda probabilidad de ataques en el interior de la Iglesia del futuro». La experiencia de los últimos treinta años es una buena muestra de la exactitud de ese análisis, y debería suscitar un renovado interés por la enseñanza de san Pío X.

Iniciativas audaces

Algunos escritores han presentado al Papa Pío X como a un enemigo del progreso, de tal forma que su pontificado habría estado polarizado por «la caza a los modernistas». Pero, en realidad, es un pastor muy atento a las realidades de su tiempo, movido únicamente por el bien espiritual de las almas. Persuadido de que la tradición está viva, emprende con audacia importantes reformas que considera necesarias para «rejuvenecer» la Iglesia.

«Es necesario que mi pueblo rece en la belleza», suele decir nuestro santo. Al constatar que la música sacra no siempre alcanza su objetivo, que consiste en resaltar el texto litúrgico y en predisponer de esa manera a los fieles a una mayor devoción, el Papa, sin excluir otras formas legítimas de canto sacro, recuerda en el Motu Proprio Tra le sollecitudini del 22 de noviembre de 1903, que el canto gregoriano colabora muy especialmente a la finalidad de la liturgia: la glorificación de Dios y la santificación de los fieles. Por eso precisamente anima a la restauración de ese tipo de canto. El Concilio Vaticano II afirmará igualmente: «La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas (Sacrosantum concilium, 116).

En 1905, según el deseo que había expresado en su momento el Concilio de Trento, pero que había quedado en papel mojado hasta entonces, Pío X, mediante el decreto Sacra Tridentina Synodus, toma una iniciativa pastoral de suma importancia: en contra de una práctica enraizada desde hacía siglos, abre la posibilidad de la comunión frecuente, e incluso diaria, para todos los que la desean. Les basta con estar en estado de gracia y con tener recta intención, es decir, comulgar «no por costumbre o vanidad, o por motivos humanos, sino para dar satisfacción a la voluntad de Dios, unirse a Él de manera más íntima mediante la caridad y, gracias a ese divino remedio, luchar contra los propios defectos e imperfecciones». También resulta necesario observar el ayuno prescrito (en la actualidad, al menos una hora antes de la comunión) e ir vestido de manera digna. Cinco años después, Pío X autoriza a los niños a tomar la primera comunión nada más tener uso de razón. Hasta ese momento era costumbre esperar hasta la edad de 12 ó 13 años. El Papa considera dicha reforma como una gracia inestimable para las almas de los niños. «La flor de la inocencia, antes de ser tocada y mancillada, irá a cobijarse cerca de Aquél a quien le gusta vivir entre los lirios; implorado por las almas puras de los niños de corta edad, Dios reprimirá su brazo de justicia». Con toda razón, pues, se llama a veces a san Pío X «el Papa de la Eucaristía».

Para responder científicamente a las objeciones de la ciencia y de la exégesis modernista, el Santo Padre funda en 1909 el Instituto Bíblico, otorgándole la misión de profundizar en los estudios de orden lingüístico, histórico y arqueológico, favoreciendo de ese modo un mejor conocimiento de las Sagradas Escrituras. Está firmemente convencido de que nada tiene que temer la Iglesia de la verdadera ciencia, y de que los métodos de investigación más modernos pueden y deben ponerse al servicio de la fe.

A fin de conseguir que la Iglesia sea cada vez más apta y abierta al avance de los hombres hacia Jesucristo, san Pío X ordena la actualización y la codificación de las leyes eclesiásticas que, con el transcurrir de los años, habían llegado a ser numerosas y complejas. Esa obra la llevará a cabo en 1917 su sucesor, el Papa Benedicto XV. Así mismo, con objeto de hacer más fácil el ministerio de los sacerdotes, realiza una reforma del breviario romano, con una nueva distribución de los salmos para cada día y una revisión de las rúbricas.

¡Perdamos las iglesias, pero salvemos la Iglesia!

En 1905, Francia, al frente de la cual se encuentran fuerzas hostiles a la Iglesia, rompe sus relaciones diplomáticas con la Santa Sede, declara la separación entre la Iglesia y el Estado e intenta entregar los bienes eclesiásticos a «asociaciones de culto», en las que los obispos dejarán de tener autoridad efectiva. Mediante la encíclica Vehementer del 11 de febrero de 1906, Pío X reprueba esas injustas medidas. La tesis de la separación entre la Iglesia y el Estado –dice– es «absolutamente falsa». Efectivamente, pues «el Creador del hombre es también el fundador de las sociedades humanas... Y, por eso, no sólo le debemos un culto privado, sino un culto público y social para honrarlo... Además, la sociedad civil «no puede prosperar ni durar mucho tiempo cuando no deja sitio a la religión, regla suprema y señora soberana cuando se trata de los derechos de los hombres y de sus deberes. Al rechazar Pío X las «asociaciones de culto», así como los 40 millones de francos al año que el gobierno francés había prometido para el culto, éste confisca inmediatamente todos los bienes de la Iglesia, obligando al clero a vivir de limosnas. Ese rechazo de Pío X deja estupefactos a los enemigos de la Iglesia, pero salva la unidad y la libertad de ésta. «Sé que algunos se preocupan de los bienes de la Iglesia –decía–, pero yo me preocupo por el bien de la Iglesia ¡Perdamos las iglesias, pero salvemos la Iglesia!».

En los comienzos de su pontificado, Pío X escribía: «Buscar la paz sin Dios resulta absurdo». Desde hacía tiempo había previsto y predicho a menudo una gran guerra entre las naciones europeas, por lo que multiplica sus gestiones diplomáticas para evitar esa tragedia. A pesar de todo, el verano de 1914 estalla la primera guerra mundial. El corazón del Santo Padre se rompe en pedazos y, en medio de su congoja, repite día y noche: «Ofrezco como sacrificio mi miserable vida para impedir la carnicería de tantos hijos míos... Sufro por todos los que caen en los campos de batalla...». El 15 de agosto, un malestar general se apodera de él, y el 19 se encuentra a las puertas de la muerte. «Me entrego en manos de Dios» –dice con una tranquilidad sobrenatural. Hacia mediodía le administran los últimos sacramentos, que recibe, tranquilo y sereno, con lucidez de espíritu y admirable devoción. El 20 de agosto de 1914, a la una de la madrugada, santiguándose lentamente y juntando las manos, como si estuviera celebrando la Misa, y tras besar un pequeño crucifijo, el Sumo Pontífice entra en la vida eterna.

Beatificado en 1951, Pío X fue canonizado el 29 de mayo de 1954 por el Papa Pío XII. Con motivo de una visita pastoral a Treviso en 1985, el Papa Juan Pablo II lo elogió en los siguientes términos: «Tuvo la valentía de anunciar el Evangelio de Dios en medio de numerosas luchas... Trabajó con enorme sinceridad para desenmascarar las engañosas sinuosidades de la escuela teológica del modernismo, con gran valentía, moviéndole únicamente en su compromiso el deseo de la verdad, con objeto de que la revelación no quedara desfigurada en su contenido esencial. Ese gran proyecto obligó a Pío X a un continuo trabajo interior para no buscar el agrado de los hombres. Somos conscientes de las adversidades que tuvo que sufrir, precisamente a causa de la impopularidad que le valieron sus decisiones. Como fiel discípulo del Maestro Jesús, pretendió agradar a Dios, que prueba nuestros corazones.

Pidamos a san Pío X que nos inspire el deseo de agradar únicamente a Dios, así como un espíritu de sumisión filial a la Santa Iglesia Católica.

Dom Antoine Marie osb

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