Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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31 de julio de 2002
San Ignacio de Loyola


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Con motivo de la canonización de Margarita de Youville, el papa Juan Pablo II señalaba que «la fundadora de las «Hermanas Grises» nos presenta un gran ejemplo, pues supo dominar sus decepciones y aceptar el sufrimiento como la cruz de Cristo. Al abandonarse en manos de la Providencia, pudo seguir caminando con esperanza. La confianza nunca le abandonaba... Y entregó por completo su vida en manos del Creador». Era una actitud verdaderamente sensata, pues «reconocer esta dependencia completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza» (Catecismo de la Iglesia Católica, CEC, 301). En efecto, porque realizada la creación, Dios no abandona a su criatura a ella misma, sino que «la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término» (ibíd.). La vida de nuestra santa nos ofrece un fiel testimonio de ello.

María Margarita Dufrost de Lagemmerais había visto la luz el 15 de octubre de 1701 en Varennes, cerca de Montreal, en «Nueva Francia» (llamada «Canadá» a partir de 1763). Su padre, oficial de profesión, era un gentilhombre bretón que se había instalado en Nueva Francia desde 1687. La madre de Margarita, María Renata de Varennes, era también hija de un oficial, Renato Gualterio de Varennes, caballero de San Luis. María Margarita (el uso hará que prevalezca el nombre de Margarita) es la primogénita de una familia de seis hijos. Huérfana de padre desde los siete años, Margarita entra desde muy niña en la escuela de la miseria. Para poder mantener a su familia, su padre sólo disponía de su escaso sueldo de oficial, es decir, lo justo para no perecer de hambre. Tras su muerte, su viuda y sus seis hijos se ven abocados a la mendicidad. Transcurren seis años de penosa espera antes de que la viuda pueda recibir una irrisoria pensión con la que poder sacar adelante a su familia. Gracias a la ayuda de personas caritativas, Margarita estará dos años interna en las Ursulinas de Quebec, donde recibe una intensa educación religiosa, en perfecta armonía con la formación que había recibido en el seno de su familia. A la edad de doce años, regresa con los suyos para ayudar a su madre en las tareas domésticas y en la educación de sus hermanos y hermanas.

El 12 de agosto de 1722, contrae matrimonio con Francisco de Youville, apuesto caballero, pero también aventurero de dudosas costumbres, hijo de un traficante de pieles y de alcohol, y a su vez también traficante. En pocos años, dilapida sus bienes y destruye su salud y la felicidad de su esposa. Muere en 1730, a la edad de 28 años, tras ocho años de infortunado matrimonio, dejando como legado a su viuda muchas deudas y dos hijos de tierna edad, además del embarazo de un tercero (otros cuatro habían muerto al nacer). Margarita acepta todas esas pruebas con valentía y espíritu de fe. Sabe que la solicitud de la divina Providencia es concreta e inmediata, que se preocupa de todo, desde las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Porque Jesús exige un abandono filial a la Providencia del Padre celestial, que atiende a las necesidades más perentorias de sus hijos: No andéis pues preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber?... ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todas ellas. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura (Mt 6, 31-33).

«Consuélese, señora...»

Todas esas pruebas reportarán frutos de santificación a la vida de Margarita, que parece haber empezado tan mal. El padre Lescöat, confesor de la joven viuda, le predice al día siguiente del duelo: «Consuélese, señora; Dios le destina para una gran obra, y llegará a levantar una casa en decadencia». En efecto, pues existe en Montreal un hospital fundado en 1692 y que lleva el nombre de su fundador, el hospital Charon, que se encuentra en decadencia. Dos sacerdotes de la orden de san Sulpicio, los padres Lescöat y Normant, responsables sucesivamente de la parroquia de Notre-Dame, intentan rehabilitar y salvar esa institución, que resulta indispensable para los pobres de la ciudad. En el siglo xviii, los hospitales no están especializados como en nuestros días en cuidados médicos, sino que son más bien lugares de acogida para toda suerte de miserias. Tras la muerte del padre Lescöat, el padre Normant se convierte en director espiritual de Margarita de Youville. Se percata de lo piadosa que es esa joven, que llora con sinceridad al marido que tan poco la merecía. Piensa en esa madre dedicándose a la educación de los hijos, Francisco y Carlos, futuros sacerdotes. Se imagina a esa mujer visitando a los pobres, a los enfermos, dirigiéndose al hospital general para remendar los pingajos de algunos indigentes desamparados y mugrientos, y se da cuenta de la ingeniosidad de esa persona caritativa y de su maravilloso espíritu de iniciativa. A las importantes cualidades naturales que Dios le ha dado, ésta añade además un amor íntimo hacia Dios Padre, formando parte del espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! (Rm 8, 15), con confianza casi temeraria en la Providencia del Padre, que nunca abandona a quienes trabajan por la santificación de su nombre y por la venida de su reino.

Para el padre Normant, esa mujer es capaz de rehabilitar el hospital, para cuyo fin Dios la convertirá quizás en madre de una familia religiosa. Así pues, imbuido de estas ideas, propone a Margarita de Youville que acepte en su casa a algunos pobres, lo que resultará un noviciado muy indicado para la tarea que estaba por llegar. Más tarde, el sacerdote le consigue una compañera y, al cabo de poco tiempo, otras dos jóvenes se unen a ellas, por lo que se instalan en una casa arrendada, con cinco pobres que enseguida llegarán a ser diez. Transcurre el año 1737, y ése será el núcleo de una nueva comunidad. Sin embargo, esa obra de caridad sufrirá terribles pruebas.

¿Achispadas por el alcohol?

Algunas personas ven con malos ojos la iniciativa de los padres de san Sulpicio. Se les considera sospechosos de querer hacer desaparecer por completo el hospital general con el fin de recuperar sus terrenos y edificios, que revertirían en ellos por derecho. Además, en ese lugar viven algunos viejos hermanos Hospitalarios, así que ¿por qué substituirlos por una comunidad todavía no existente? ¿No será una flagrante anulación de las intenciones de los fundadores? Una petición firmada por las personas más notables de Montreal, y dirigida al conde de Maurepas, secretario de estado, solicita que Margarita de Youville sea expulsada de la ciudad. Los primeros firmantes de la petición son algunos parientes próximos de la señora de Youville, llenos de resentimientos todavía vivos contra Francisco de Youville y su padre, que habían arruinado con su actividad de traficantes a tantos honestos comerciantes, deshonrando de ese modo a la familia.

El día de Todos los Santos, Margarita y sus compañeras salen de casa para dirigirse a misa. Al momento, la multitud las increpa con gritos y alaridos, y las humildes mujeres son perseguidas a pedradas. Escenas parecidas se reproducen durante los días siguientes. Siempre fértil en invenciones, la calumnia produce su efecto: los padres se san Sulpicio son acusados de suministrar alcohol a la señora de Youville y a sus ayudantes, que después venden a escondidas a los indios, no sin antes beber de él ellas mismas; de ahí que se les designe irónicamente con el nombre de «Hermanas grises», que en francés significa también «achispadas» por el alcohol.

Al mismo tiempo, una de las compañeras de Margarita con mayor dedicación muere mientras desempeña sus tareas; el padre Normant, único apoyo casi de la naciente comunidad, contrae a su vez una enfermedad mortal. La propia Margarita de Youville no puede levantarse de la silla a causa de un persistente dolor en la rodilla. Por añadidura, el 31 de enero de 1745, un incendio expulsa a la pequeña comunidad de su casa, arrojándolos medio vestidos en plena nieve. Las malas lenguas no desaprovechan la ocasión de ver en ello un «justo castigo del Cielo». Sin embargo, por un misericordioso designio de la Providencia, un dama caritativa pone su casa a disposición de Margarita de Youville para que pueda continuar la obra.

Una pregunta tan apremiante como inevitable

Las contradicciones que padeció esa buena obra pueden movernos a plantearnos la siguiente pregunta: si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, cuida de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? Para esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa para nosotros, no es suficiente una respuesta rápida. La respuesta hay que buscarla en el conjunto del mensaje cristiano. «Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. Sin embargo, nadie escapa a la experiencia del sufrimiento, de los males en la naturaleza –que aparecen como ligados a los límites propios de las criaturas–, y sobre todo a la cuestión del mal moral... «Buscaba el origen del mal y no encontraba solución», dice san Agustín, y su propia búsqueda dolorosa sólo encontrará salida en su conversión al Dios vivo. Porque el misterio de la iniquidad (2 Ts 2, 7) sólo se esclarece a la luz del misterio de la piedad (1 Tm 3, 16)» (CEC 385).

Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su Providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios... aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir... un pueblo numeroso (Gn 45, 8; 50, 20). «Porque el Dios Todopoderoso, escribe san Agustín, por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal». Del mayor mal que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien. «La revelación del amor divino en Cristo ha manifestado a la vez la extensión del mal y la sobreabundancia de la gracia (cf. Rm 5, 20). Debemos, por tanto, examinar la cuestión del origen del mal fijando la mirada de nuestra fe en el que es su único Vencedor» (CEC ibíd.; cf. 309-314). Mediante su pasión y muerte, Cristo concedió al sufrimiento y a la muerte un valor redentor, convirtiéndolos en medios de santificación. Unidos a la suya, las múltiples cruces de los hombres conducen a la Resurrección.

Una toma de posesión poco envidiable

Santa Margarita de Youville toma en consideración sus tribulaciones a la luz de Cristo. En 1747, ante la ruina efectiva del hospital, y de manera inesperada y casi increíble, las autoridades del país toman la decisión de confiar provisionalmente la administración del establecimiento a la señora de Youville. La toma de posesión tiene lugar el sábado 7 de octubre de 1747, festividad de Nuestra Señora del Rosario. La fundadora, que se encuentra enferma, acude transportada en una carreta sobre un colchón, y le siguen las cinco compañeras y nueve pobres. El edificio que se le encomienda se encuentra en un estado deplorable: las paredes están agrietadas, los tejados están agujereados por todas partes, faltan 1.226 cristales en las ventanas... Viven allí dos hermanos Hospitalarios de muy avanzada edad, sirviendo a cuatro pobres enfermos. Aneja al edificio hay una granja, apenas desbrozada, sin ganado, y que no aporta casi nada. Gracias a la ayuda de varias personas, Margarita y sus compañeras enderezan poco a poco la situación, aunque continúa siendo precaria.

La idea de fusionar el hospital de Montreal con el de Quebec se va consolidando entre los dirigentes de Canadá. Una mañana de 1751, la señora de Youville se entera por las voces de un pregonero que el contrato de 1747 según el cual se le encomendaba la administración del hospital ha sido abrogado y que debe ceder el lugar a las religiosas de Quebec. Pero Margarita no lo entiende así, de modo que, haciendo gala de una intrépida elocuencia, defiende su causa ante las autoridades civiles y religiosas. A partir de ahora puede apoyarse en la opinión pública: desde hace cuatro años, se ha podido observar en el hospital el trabajo que han realizado sus compañeras, que se han mostrado apacibles, buenas y misericordiosas frente a todas las miserias humanas. Además, Margarita, llena de intuición femenina, encuentra el modo de derribar las oposiciones: se ofrece para pagar todas las deudas, y hasta la última moneda, que el Estado ha contraído en ese asunto, y esas deudas son enormes. En 1753, consigue finalmente recuperar el hospital. Dos años más tarde, el obispo erige en comunidad religiosa a ese pequeño grupo de compañeras de Margarita. Haciendo gala de espíritu de humildad y de perdón por las burlas que habían sufrido en los comienzos de la fundación, el nombre que eligen las hermanas es el de «Hermanas Grises», y su hábito es en efecto de color gris. Habían sido necesarios dieciséis años de trabajos, de luchas tenaces, de sufrimientos de toda clase hasta llegar a ese reconocimiento oficial.

Una actividad desbordante

Margarita de Youville se pone manos a la obra para que el hospital alcance el auge que se merece. Acoge a señoras en régimen de internado; junto a sus hijas, emprende toda suerte de tareas de costura: ropa para las tropas del rey, vestimentas para los indios o adornos para los jefes de las tribus. Se lanzan a la producción de hostias y de cirios, a la restauración de una cervecería abandonada, a la venta de cal, de piedra de cantera, de arena... Todos los pobres del hospital que pueden ayudar se mantienen ocupados en algún trabajo útil. Se acondicionan pastos para los animales en la restaurada granja de la Pointe-Saint-Charles; se pone a disposición del público un barco para viajes y excursiones, en beneficio del hospital. Todas esas actividades terminan produciendo sus frutos: se liquidan por completo las deudas de los hermanos, se ahorra para asegurar la seguridad de los pobres, se construyen varios edificios, se amplía el hospital y se termina la construcción de su iglesia. Aquellas puertas se abren a todas las miserias, a los que son rechazados en todas partes: a los epilépticos, a los leprosos, a las mujeres de mala vida que desean rehabilitarse, a los prisioneros ingleses heridos o enfermos. En 1761, la madre Margarita de Youville funda una maternidad para niños abandonados, llegando a recoger 328 en once años, buscando y pagando nodrizas para esos pobres niños.

Sin embargo, el ciclo de las pruebas no ha concluido para la fundadora. En 1756, se inicia la guerra de los Siete Años entre Francia e Inglaterra, que se disputan desde hace tiempo el Nuevo Mundo. El conflicto acabará con la victoria de Inglaterra, ratificado en el Tratado de París de 1763. Los males que provoca la guerra son muchos: hambruna y aumento de los precios en Montreal, que se halla repleto de refugiados; temor por el futuro y por la supervivencia de las comunidades religiosas; éxodo hacia Francia de protectores, de amigos o de parientes, de ahí una notable reducción de ingresos a pesar de la multiplicación de las miserias que hay que aliviar; devaluación de la moneda, etc. Margarita de Youville y las hermanas se entregan al máximo de sus posibilidades.

«Tranquilizaos... »

Pero otra catástrofe las alcanza: el incendio del 18 de mayo de 1765, que, tras devorar más de cien casas de la ciudad de aquel entonces, se dirige hacia el hospital, lo hace desaparecer y deja en la calle a 118 personas. En medio de aquella desesperada situación, la madre Margarita de Youville extrae de su fe el valor de reanudar el trabajo de la manera más sencilla del mundo. Empieza reuniendo a sus asombradas hijas para decirles: «Hijas mías, vamos a dar gracias a Dios por la cruz que acaba de mandarnos rezando el Te Deum (oración de acción de gracias)». Tras lo cual, levantándose de pie, pronuncia las siguientes palabras, inspiradas del Cielo: «Tranquilizaos, la casa ya no arderá más».

La actitud de santa Margarita de Youville ante ese desastre es un ejemplo heroico de fe en la divina Providencia, a quien nada se le escapa. Santa Catalina de Siena dice a los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede: «Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin». Y santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor» (cf. CEC 313). San Francisco de Sales escribe a una de sus comunicantes, afligida por los sufrimientos: «Debe arrojarse con total abandono de su persona en los brazos de la Providencia, pues es la hora conveniente para ello. Confiarse a Dios mediante la dulzura y la paz de las prosperidades casi todos saben hacerlo, pero entregarse a Él en medio de tormentas y tempestades es propio de sus hijos; quiero decir entregarse a Él en completo abandono».

La confianza de Margarita de Youville producirá todavía frutos sorprendentes. Menos de un mes después del incendio, se emprende la reconstrucción del hospital. Cuatro años más tarde, en 1769, todo está de nuevo en su sitio, y la madre Margarita de Youville carece de deudas. Tras el desastre han acontecido varios prodigios, como la multiplicación de un vino que se necesitaba, en el interior de una barrica hallada bajo los escombros, o la presencia inexplicable de monedas en los bolsillos de la fundadora, respuestas todas consoladoras de la Providencia a la sumisión y a la confianza total de la madre. Siempre en beneficio de los pobres, para conseguirles recursos, ésta adquiere una amplia propiedad, donde edifica un molino de agua; para ponerlo en funcionamiento, manda que se construya en los rápidos una presa de tres metros de altura y un canal. En aquellos difíciles momentos de la historia de Canadá, mientras otros pierden el ánimo y la fe y se abandonan a la desesperación, esta fundadora demuestra mediante sus obras las inagotables reservas de la energía cristiana.

A punto de carecer de todo

Un año antes de su muerte, la madre Margarita de Youville escribía lo siguiente: «Somos dieciocho hermanas, todas achacosas, que dirigimos una casa con ciento setenta personas por alimentar, y casi otras tantas por cuidar... aunque estemos siempre a punto de carecer de todo, nada nos falta, por lo menos en cuanto a lo necesario. Admiro cada día a la divina Providencia, que tiene a bien servirse de los pobres mortales para realizar algún pequeño bien».

Al final de su vida, la madre dice a sus hijas: «Queridas hermanas, permaneced siempre fieles al estado que habéis elegido y caminad siempre por los senderos de la regularidad, de la obediencia y de la mortificación; pero, sobre todo, haced que reine entre vosotras la unión más perfecta». Y luego añade: «¡Oh! ¡Cuánto me alegraría encontrarme en el Cielo con todas mis hermanas!».

El 9 de diciembre de 1771, contrae una apoplejía, sufriendo un segundo ataque el día 13 del mismo mes. Expira el día 23, a los setenta años de edad. Según el testimonio cabal de varias personas, en el momento en que su alma se separaba del cuerpo para entrar en el Cielo, una poderosa luz en forma de cruz brilló encima del hospital. Viendo aquello, e ignorando la muerte de la fundadora, una docta y distinguida persona exclamó: «¡Oh! ¿Qué cruz van a tener las pobres Hermanas Grises? ¿Qué les pasará?».

Enraizada en la Cruz

Y sucedió que la obra de la santa fundadora, profundamente enraizada por los trabajos de su vida y fertilizada por sus méritos, recibió, mediante su intercesión ante Dios, la abundancia de la fecundidad celestial. Se extendió de ese modo desde el Atlántico hasta el Océano Glacial Ártico y desde el Canadá hasta el África austral, continuando en la actualidad a través de las comunidades religiosas procedentes de la iniciativa de la madre Margarita y formadas según su espíritu: las Hermanas de la Caridad del Hospital de Montreal («Hermanas Grises», fundadas en 1737; actualmente con unas 700 hermanas), las Hermanas de la Caridad de San Jacinto (fundadas en 1840; actualmente con unas 230 hermanas), de Ottawa (fundadas en 1845; actualmente con unas 840 hermanas), de Quebec (fundadas en 1849), de Nicolet (fundadas en 1886 y fusionadas con Montreal en 1941), de Filadelfia (EE.UU., fundadas en 1921; actualmente con unas 180 hermanas) y de Pembroke (fundadas en 1926; actualmente con unas 180 hermanas). El papa León XIII dio su aprobación solemne a la Congregación de las Hermanas Grises el 30 de julio de 1880.

Creemos firmemente que Dios es el dueño del mundo y de la historia. En la vida eterna, conoceremos plenamente las admirables sendas de la Providencia. Mientras tanto, aquí en la tierra, esos caminos nos resultan desconocidos, pero la Palabra de Dios nos asegura que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman (Rm 8, 28). ¡Que esa actitud ilumine nuestro caminar hacia el Cielo, bajo la protección de la Santísima Virgen María, Madre del Perpetuo Socorro!

Rezamos a san José por todas sus intenciones, sin olvidar a sus difuntos.

Dom Antoine Marie osb

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