Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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14 de abril de 2002
Pascua de Resurrección


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Solamente Dios posee la facultad de obtener el bien a partir del mal, como lo demuestra la historia que viene a continuación. Una noche de 1924, en Auberive (al este de Francia), la joven religiosa sor María Luisa Durand se quema el rostro a causa de la explosión de un calentador de cama lleno de agua hirviendo que se había depositado demasiado pronto sobre un frío mármol. Como consecuencia de ello se le desprende la carne del mentón, de los labios y de los párpados. Llamado urgentemente, el médico le inyecta unos calmantes y le envuelve el rostro con un vendaje. «Es muy grave –dice. Si pasa muy mala noche, llámenme. – ¿Esas quemaduras dejarán huellas? – ¿Cómo quiere que no dejen?». El sacerdote Ghika, superior del convento, reza un buen rato a los pies de la cama de la enferma, levantando luego la mano para darle la bendición y retirándose finalmente. Al día siguiente, el médico constata con enorme sorpresa que los tejidos se han fortalecido, que los ojos se abren y que los párpados se han deshinchado. Al cabo de tres días, la paciente está completamente curada. Treinta años después de aquel accidente, su hermana Susana dirá: «Para mí no hay duda de que fue un milagro». En el momento de fallecer sor María Luisa, en 1974, sus pómulos seguían estando sonrojados y lisos como los de una niña.

¿Quién era el sacerdote cuya fe obtuvo de Dios aquella curación sobrenatural?

«Para ser más ortodoxo»

Vladimiro Ghika era el quinto hijo del príncipe Juan Ghika y de Alejandrina Moret de Blaremberg, y había nacido en Constantinopla el 25 de diciembre de 1873, recibiendo los sacramentos del bautismo y de la confirmación en la iglesia ortodoxa, a la cual pertenecían sus padres. Desde 1657, diez príncipes Ghika habían reinado en Moldavia o en Valaquia; el último de ellos hasta la fecha era el abuelo de Vladimiro, Gregorio V.

En 1878, el joven estado de Rumanía, creado dieciséis años antes mediante la unión de Moldavia y de Valaquia, termina emancipándose del yugo otomano y se convierte en reino. Juan Ghika es nombrado embajador en París, donde morirá en 1881. La princesa Alejandrina inscribe entonces a sus hijos Vladimiro y Demetrio en el instituto de segunda enseñanza de Tolosa. Como en esa ciudad no hay parroquia ortodoxa, los confía a un aya, quien les lleva cada domingo a un templo protestante. Desanimado por la frialdad del culto reformista, Vladimiro descubre, gracias a sus amigos de instituto, la religión católica; desea fervientemente tomar con ellos la primera comunión, pero su madre se indigna: «¡Piensa en tus antepasados! Tú, descendiente de príncipes griegos ortodoxos, ¿quieres convertirte en un traidor?». Mucho tiempo después, confesará: «Esperé durante dieciséis años antes de decidirme; cuanto más esperaba, más ardía mi alma. Aquella llamada se hacía presente en mí, incluso por la noche».

Tras realizar brillantes estudios en París, Vladimiro sufre en 1895 una angina de pecho, debiendo renunciar a la carrera diplomática. En 1898, se reúne con su hermano Demetrio, que ha sido nombrado embajador rumano en Italia. Aquellos seis años que pasa en Roma los calificará de «tiempo de influencia de la fe católica en su espíritu y en su corazón». Comprende entonces que la unidad de los cristianos sólo será posible bajo la autoridad del Papa, sucesor de san Pedro. «No, no soy un renegado –piensa; creo en esta Iglesia católica que mis antepasados abandonaron sin pensar en una ruptura, sin pensar en el tesoro que perdían». El 13 de abril de 1902, es admitido oficialmente en la Iglesia católica por el cardenal Mathieu, arzobispo de Tolosa, que se encontraba en Roma. Los periódicos rumanos condenan sin embargo aquel acto, acusando al príncipe Ghika de traición, «cosa que me hizo mucho daño –confesará». Más tarde, a un monje ortodoxo que le preguntaba por qué se había hecho católico, le responderá simplemente: «¡para ser más ortodoxo!».

Deseoso de entregarse por completo a Dios, Vladimiro Ghika piensa en el sacerdocio, pero choca con la oposición de su madre, que interviene en las altas instancias. El propio Papa san Pío X aconseja entonces al joven que aplace aquel proyecto por consideración a la princesa; sin embargo, podrá trabajar como laico en beneficio de la gloria de Dios. Vladimiro obtiene el doctorado en teología en el Instituto dominico de la Minerva de Roma, y sigue estudios sobre historia política y religiosa de Rumanía.

La liturgia del prójimo

En 1904, Vladimiro conoce en Salónica a una admirable religiosa de origen italiano de la orden de san Vicente de Paúl, llamada sor Pucci, quien lo asocia a su apostolado con los enfermos y los moribundos. Pronto fundará en Bucarest, a costa de su fortuna personal, un dispensario de las Hermanas de la Caridad, del cual será primera superiora sor Pucci. Participa en esa obra, animada por el espíritu misionero, un grupo de un centenar de «Damas de la Caridad», perteneciente a la alta sociedad rumana. El doctor Paulesco, joven médico de gran competencia y ferviente católico, ofrece gratuitamente sus servicios, mientras el príncipe desempeña funciones de catequista con los enfermos. Cada día se atienden más de 200 consultas, sin contar las visitas a domicilio. Antes de ir a ver a un enfermo o a un pobre, Ghika reza la siguiente plegaria: «Señor, voy a encontrarme con uno de esos a quienes llamaste otros tú mismo. Haz que ese momento que pase junto a él, intentando hacerle el bien, produzca, tanto en él como en mí, frutos de vida eterna».

En 1913, el príncipe Ghika organiza con sor Pucci un lazareto para las víctimas del cólera: el hospital San Vicente. En ese caso va al encuentro de los enfermos, en las regiones próximas al Danubio, en compañía de las religiosas, entregándose por completo a todos, aun a riesgo permanente de contraer la enfermedad. Llegará incluso a dar su piel para que se pueda realizar un injerto a un accidentado que tiene quemados el rostro y el cuerpo: «Quien se despoja por los demás queda revestido de Cristo; nada acerca tanto a Dios como el prójimo» –le gusta decir. Para Vladimiro Ghika, el cuidado de los enfermos no se reduce a una simple filantropía, pues cuando se realiza por amor de Dios es un verdadero acto de religión al que denomina «liturgia del prójimo». «En la gran familia humana, como la quiere Cristo, los sufrimientos de unos (sean materiales, morales o espirituales) pueden ser, gracias a Dios, abolidos, aliviados o al menos reducidos, mediante la generosidad de los otros».

Sacerdote de la diócesis de París

Después de la primera guerra mundial, Vladimiro se instala en París, donde su hermano ha sido nombrado embajador de Rumanía. La princesa Alejandrina, su madre, había fallecido en 1914, por lo que el tema del sacerdocio se le plantea de nuevo al príncipe. Ghika duda: ¿no sería mejor dar ejemplo como cristiano laico? Pero un alma de oración, Violeta Sussmann, le ilumina con estas palabras: «Una sola Misa celebrada por usted producirá infinitamente más beneficio a las almas que todo el bien que pudiera hacer mediante sus acciones quedándose en el mundo». Juan Daujat, uno de sus discípulos, resalta: «Lo que decidió al príncipe Ghika a ser sacerdote fue únicamente la fe en la eficacia infinita de la Misa, sacramento de nuestra Redención, para la conversión y la santificación de las almas; la fe en la superioridad de la Misa sobre cualquiera otra forma de acción». El inestimable valor de la Santa Misa será recordado por el segundo Concilio del Vaticano: «Cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la cruz, en que nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado, se efectúa la obra de nuestra redención... Pero su oficio sagrado lo ejercitan sobre todo los sacerdotes en el culto eucarístico o comunión, en el cual, representando la persona de Cristo y proclamando su Misterio, juntan con el sacrificio de su Cabeza, Cristo, las oraciones de los fieles representando y aplicando el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor, el único Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre como hostia inmaculada» (Constitución Lumen Gentium, 3 y 28). El Catecismo de la Iglesia Católica (1566) añade lo siguiente sobre los sacerdotes: «De este sacrificio único, saca su fuerza todo su ministerio sacerdotal».

Ordenado sacerdote por el arzobispo de París el 7 de octubre de 1923, Vladimiro Ghika obtiene el privilegio de celebrar según los dos ritos, el latino y el bizantino. Al dorso de su estampa de ordenación figura una oración por la unión de la Ortodoxia con la Iglesia de Roma, y por la conversión de Rusia. Don Ghika no es alguien que pase desapercibido: muy delgado, de mirada profunda, de cabellos largos flotando al viento y una enorme barba blanca, a sus 50 años parece un anciano. Es «un santo de vidriera, un icono viviente», dicen quienes le frecuentan. Su Misa trastorna a los asistentes, de tanto que parece revivir los sufrimientos de Jesucristo en la cruz. Tras su nombramiento como director de la Capilla de los extranjeros, en la calle de Sèvres de París, le consume un entusiasmo sin límites; para él «cualquier necesidad que aparece en nuestro camino es una visita de Dios». Su programa es éste: «Vé en busca de quien no osaba esperar. Da a quien no te pide y ama a quien te rechaza». En la confesión, es el instrumento de numerosas conversiones, incluso entre los satanistas o los ocultistas; de su ministerio le trastorna la fealdad del pecado, pero le maravilla el poder de la gracia misericordiosa de Cristo.

Del calabozo de Auberive a la barraca de Villejuif

Don Ghika le gustaría fundar una sociedad religiosa, y el Papa Pío XI autoriza esa institución en 1924. Se instala en una antigua abadía cisterciense, en Auberive, en la diócesis de Langres. Los edificios, ocupados recientemente por una colonia penitenciaria, se hallan en ruinas. El fundador concede a las tres primeras postulantas los mejores locales y se reserva para él un antiguo calabozo.

Sin embargo, la experiencia de Auberive fracasa, pues las condiciones de vida resultan demasiado difíciles. Por añadidura, el fundador, cuya salud le obliga a realizar estancias periódicas en un sanatorio, no puede insuflar un impulso duradero a la comunidad, por lo que ésta se disuelve en 1931, haciendo fructificar sus miembros en otros institutos religiosos las gracias recibidas en Auberive. Apenado por ese fracaso, Don Ghika no pierde sin embargo el coraje, llegando a escribir: «Lo que importa no es lo que hagamos, sino la manera de hacerlo; no es lo que ocurre, sino la manera de recibirlo».

Mientras tanto, está entregado a un nuevo proyecto: vivir como misionero en el lugar más desamparado de los suburbios de París, allí donde es más trágica la «ausencia de Dios». En 1927 había encontrado un terreno en Villejuif, en un barrio de chabolas habitado por traperos donde la iglesia más cercana está a dos kilómetros. Allí construye una barraca de madera de nueve por tres metros, sin calefacción, que puede hacer las veces de capilla. Ya se ha decidido por esa instalación, pero Don Ghika confía lo siguiente a uno de sus colaboradores: «Me encuentro tremendamente triste». No sin haber soportado injurias y malos tratos, poco a poco se va ganando la confianza de la población, empezando por los niños, sin esconder en absoluto su identidad y su objetivo apostólico: «Traemos la Buena Nueva; no debe existir al respecto ni la más mínima duda».

Cerca de la barraca vive un anarquista ferozmente anticlerical, que se encuentra gravemente enfermo. Su mujer es reparadora de sillas. Buscando un pretexto para abordarlo, Don Ghika encuentra una silla rota en casa de unos amigos y se presenta en casa de los vecinos. Nada más verlo, el anarquista estalla en un torrente de injurias contra «los curas». El sacerdote le escucha con tranquilidad y, cuando el insultador calla, le pone amistosamente la mano sobre el hombro. «No me toque, grita el anarquista. Si alguien nos viera pensaría que... – ¿Qué? – ¡Que somos camaradas! – Más que eso: somos hermanos», y el sacerdote se marcha dejando anonadado a su interlocutor. Pero regresa varias veces a interesarse por su silla... y a charlar con su anarquista, al que va atemperando poco a poco, y al que una hermana de la Asunción viene a curar con discreción. Algún tiempo después, el enfermo manda llamar a Don Ghika y le pide los últimos sacramentos.

Sin embargo, al cabo de dos años el misionero debe abandonar Villejuif por motivos de salud. Pero una gran iglesia se erigirá al poco tiempo en el lugar donde se hallaba su barraca.

Todo a todos

En 1931, Pío XI otorga a Don Ghika el título de protonotario apostólico, de modo que aquel humilde presbítero se convierte, a pesar suyo, en Monseñor Ghika. Su apostolado le llevará hasta Japón y Argentina, a merced de las llamadas de la divina Providencia. En septiembre de 1939, el arzobispado de París le concede autorización para instalarse en Rumanía, donde afluye una multitud de refugiados polacos, huyendo de la ocupación soviética o alemana. En Bucarest, practica durante toda la segunda guerra mundial una actividad incansable en favor de los refugiados, de los enfermos, de los prisioneros y de las víctimas de los bombardeos. Al no poder dar remedio a todos aquellos sufrimientos, se esfuerza en hacer comprender que «el dolor es ante todo, para el cristiano, una visita de Dios, una visita segura».

Su apostolado también va dirigido hacia el clero griego-ortodoxo, al cual, valiéndose de conferencias, enseña el catolicismo y, especialmente, la Iglesia greco-católica rumana, nacida en 1698 del Acta de unión de la Iglesia ortodoxa de Transilvania con Roma; el 23 de marzo de 1991, el Papa Juan Pablo II calificó aquella unión de «acontecimiento feliz y bendito». La Iglesia greco-católica conserva la liturgia de rito griego celebrada en lengua rumana. En 1948, antes de la persecución comunista, contaba con seis obispos, 1.700 sacerdotes, 2.500 lugares de culto y más de un millón y medio de fieles. En nuestros días conoce un verdadero renacimiento.

Bajo la estrella roja

El ejército comunista entra en Rumanía en el mes de agosto de 1944 y, poco a poco, un régimen comunista ocupa el poder, proclamándose una «república popular» en diciembre de 1947. El año siguiente, Stalin decreta el sometimiento de la Iglesia ortodoxa y la supresión de la Iglesia greco-católica, que quedará anexionada por la fuerza al patriarcado ortodoxo rumano. También en 1948, se suprime la moneda en curso sin ningún tipo de indemnización, lo que provoca la ruina total de los propietarios y de los rentistas, instalándose la hambruna. Convertido en indigente, el príncipe Demetrio Ghika parte al exilio. Vladimiro, no obstante, no se resigna a abandonar a los cristianos rumanos perseguidos: «Si Dios me quiere aquí, me quedaré» –dice, consciente de la suerte que le espera a corto o a largo plazo.

Expulsado de su domicilio, que es saqueado, y luego del hospital San Vicente de Paúl, Mons. Ghika se refugia en una buhardilla y continúa su apostolado, reconfortando, convirtiendo y bautizando, a pesar de la estrecha vigilancia de la policía. Recibe a numerosos ortodoxos en la Iglesia católica, mientras obispos y sacerdotes católicos son detenidos unos tras otros. Bautiza igualmente a numerosos israelitas. Sin embargo, su alimentación es escasa y su salud se resiente notablemente, pero, fortalecido por la caridad, pone en práctica el consejo que él mismo había dado: «Es precisamente cuando te sientes aniquilado por una pesada aflicción cuando es bueno acudir a consolar a los demás de sus penas. Darse en semejantes momentos, cuando uno ya no es nada, cuando uno ya no tiene nada, es realmente dar un poco de Dios... y encontrarlo».

«Creo más en tu bondad que en lo que me hace sufrir»

El 18 de noviembre de 1952, tras ser solicitado por un moribundo, y mientras va de camino, dos policías de paisano obligan a Mons. Ghika a subir a un automóvil; es encarcelado en una prisión militar, donde otros veinte «sospechosos», sacerdotes y laicos, se reúnen con él al día siguiente; ¡se les acusa a todos de espionaje en favor del Vaticano! Mons. Ghika permanece en aquel lugar casi un año, en ropa interior y sin muda de recambio. En el transcurso de más de ochenta interrogatorios nocturnos, es abofeteado, golpeado y torturado hasta el punto de perder durante algún tiempo el oído y la vista. El mártir repite en su corazón: «Señor, creo más en tu bondad que en la propia realidad que me hace sufrir, que en mi tortura». Los verdugos cambian de estrategia prometiéndole la libertad si renuncia a la unión con Roma y se convierte en un «sacerdote de la paz», colaborando con el régimen; pero él renuncia con firmeza.

En su Conversación sobre el sufrimiento, había escrito: «Se sufre en proporción al propio amor. El poder de sufrir es en nosotros el mismo que el poder de amar. Pero Dios vela por sus hijos durante la noche. Él es el gran vigilante de todas las noches, noches de la carne, de la inteligencia, del corazón, noches del mal en que las tinieblas descienden a todas horas sobre la dolorida humanidad. ¿Quién puede saber con qué amor vela por nosostros? Ese amor posee un nombre y una cualidad. Es un amor infinito».

Fiel a las preferencias divinas hasta el martirio

El 24 de octubre de 1953, Mons. Ghika, ya octogenario, se presenta ante sus jueces de pie, irreductible, con menos de 50 kilos de peso para un metro y 76 centímetros de estatura. Después de un simulacro de juicio, es condenado a tres años de reclusión y arrojado a una celda de la prisión de Jilava, chorreante de humedad, donde se amontonan 240 detenidos. Algunos le ofrecen ropa; todos se acercan a él y sacan provecho de su ministerio. Él reza, cuenta sus recuerdos, y algo de alegría brilla en los rostros que le rodean. Él mismo había escrito: «Si sabes cargar con el dolor de los demás, el Señor cargará con el tuyo y lo hará suyo, conviertiéndolo en obra de salvación... Dichosos quienes aman a Dios, pues ni siquiera se preguntan si son dichosos o desdichados». Reza todos los días el Rosario, enseñando a sus compañeros a «desgranar con alegría, en compañía de María, ese Rosario humano y divino a la vez, que es una imagen de nuestra vida: el Rosario de nuestra salvación, hecho con nuestras pruebas cotidianas, con nuestras gracias y nuestros triunfos». La mitad de su exigua ración la entrega normalmente a los más hambrientos, y habla con frecuencia del significado del sufrimiento: «Si Dios nos ha conducido hasta aquí es para perdonarnos los pecados y hacer que salgamos de aquí mejores». Aunque Mons. Ghika no pueda celebrar la Misa, aquel siniestro calabozo se ha convertido en una iglesia, y los guardias no logran entender de dónde procede la alegría y la paz que ilumina aquellos rostros. Un testigo recuerda lo siguiente: «En aquel hombre pude ver la verdadera libertad. Nunca la he podido ver en otra persona en ese grado. Los muros de la prisión no existían para él. Era libre, porque cumplía la voluntad de Dios».

La falta de aire respirable en aquella habitación abarrotada, la falta de la más elemental higiene y de alimento y el terrible frío del invierno de 1953-54 acaban con sus fuerzas, aunque no con su valor. En enero de 1954, al prisionero Ghika se le clasifica como no apto para el trabajo, siendo transferido a la enfermería, donde se apaga lentamente en constante oración. Alguien le oye decir: «Señor, no me abandones. Sólo abrazando tu amor puedo triunfar del odio de mis enemigos...». Ofrece su vida por la Iglesia y por Rumanía, durmiéndose en el Señor el 17 de mayo. «Nuestra muerte –había escrito– debe ser el mayor de los actos de nuestra vida. Pero Dios puede ser el único en saberlo...».

El proceso de beatificación de Monseñor Ghika está en curso. Esperamos que el príncipe sea elevado muy pronto a la gloria de los altares, en compañía de los obispos católicos rumanos que ejercían sus funciones en 1945, muertos todos en prisión o en exilio sin haber renegado de su fe.

En el trascurso de su viaje a Rumanía, el 8 de mayo de 1999, el Papa Juan Pablo II celebró una Misa según el rito bizantino rumano, declarando en su homilía: «Estamos aquí para rendiros homenaje, hijos de la Iglesia greco-católica, que dais testimonio desde hace tres siglos, a costa en ocasiones de inauditos sacrificios, de vuestra fe en la Unidad. Nos acercamos a vosotros para expresaros el agradecimiento de la Iglesia católica... Habéis dado testimonio de la verdad que hace libres... Venimos del cementerio católico de esta ciudad, donde hemos invocado a vuestros mártires conocidos o desconocidos, para que intercedan por vosotros ante nuestro Padre que está en los cielos».

En adelante, para todos esos mártires, no existen ya muros ni pesadas puertas, pues gozan para siempre de la perfecta y segura libertad que procura la visión de Dios cara a cara. Que intercedan por nosotros, para que merezcamos alcanzar como ellos la felicidad sin fin.

Dom Antoine Marie osb

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