Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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6 de febrero de 2002
San Pablo Miki y sus compañeros, mártires


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«¿Dónde está el verdadero redil de Cristo?». Es la pregunta que se hace una joven sueca, María Elisabet Hesselblad, cuando se percata de que sus compañeras de clase pertenecen a diferentes confesiones cristianas. ¿Acaso Jesucristo no había manifestado un ardiente deseo de llevar a todas sus ovejas a un solo redil, bajo la vigilancia de un solo pastor? (cf. Jn 10, 16). En la soledad de los enormes bosques de abetos que tanto le gustan, la joven reza al Padre celestial para que le indique cuál es el redil donde quiere reunir a todos. Un día, a la vez que se propaga en su alma una paz maravillosa, cree oír estas palabras: «Sí, hija mía, un día te lo indicaré».

«Todo puede sobrellevarse con la ayuda de Dios»

Elisabet Hesselblad había nacido en el pueblo de Faglavik, en la provincia de Västergötland (sudoeste de Suecia), el 4 de junio de 1870. De confesión luterana, mayoritaria en Suecia, sus padres la llevan al templo unas semanas después de nacer para que sea bautizada. Pertenecientes a la pequeña burguesía rural, los Hesselblad regentan una tienda de comestibles que no prosperará, lo que les obligará, a partir de 1871, a instalar una librería-papelería en Falun, en el centro de Suecia. Su padre, Augusto Roberto, es un hombre bueno y sensible, con temperamento de artista. Carina, su madre, mujer práctica, hábil y laboriosa, dará a luz trece hijos, nueve chicos y cuatro chicas, tres de los cuales morirán a temprana edad. Elisabet es la quinta. La vida en familia contribuye a enriquecer en ella un temperamento sociable y especialmente equilibrado. Los Hesselblad son piadosos y asisten al templo todos los domingos, y Elisabet comprende desde muy joven que la vida humana debe consagrarse a conocer a Dios y a servirlo.

Afectada gravemente de difteria y de escarlatina a la edad de siete años, Elisabet consigue superarlo; pero, a los doce años, una nueva enfermedad le provoca úlceras de estómago y hemorragias internas que le dejarán secuelas durante toda la vida. Más tarde escribirá: «Dios me concedió muy pronto la gracia de comprender que las dificultades que llegaban lo eran para ser vencidas. Todo puede sobrellevarse con la ayuda de Dios, pero sin su apoyo todo esfuerzo resulta inútil».

En 1886, la pobreza de la familia obliga a Elisabet a buscar trabajo. Dos años más tarde, ante las dificultades que se le presentan en Suecia, decide partir hacia América, con el fin de ayudar económicamente a los suyos. Llega a Nueva York el 9 de julio de 1888, ingresando en la escuela de enfermeras del hospital Roosevelt. Se encarga con frecuencia de los trabajadores heridos en la construcción de la futura catedral de San Patricio. Un día, es testigo de cómo un herido irlandés repite en medio de sus sufrimientos: «¡María, Madre de Dios, ruega por nosotros!». Aquella invocación le parece improcedente, y escribe lo que sigue: «No debería hablar de ese modo; no es cristiano... Los católicos usan fórmulas curiosas». Una noche, se aventura sola en medio de una horrible tormenta para conseguir un sacerdote a un católico moribundo que desea reconciliarse con Dios. «Que Dios te bendiga, querida hermana, por tu cuidado y tu dedicación, dice el sacerdote a Elisabet. Desgraciadamente, no puedes entender todavía el maravilloso servicio que das a tanta gente... Un día lo entenderás y encontrarás el camino». En su búsqueda de la Iglesia de Cristo, Elisabet visita numerosos santuarios de todo tipo de confesiones. Le gusta el silencio de las iglesias católicas, pero ¿por qué los fieles hacen tantas genuflexiones y se santiguan tanto? ¿Es realmente necesario manifestar exteriormente la fe? Según sus convicciones de aquel momento, ella opina que, para que la fe sea pura, debe mantenerse en secreto.

«Yo soy el que buscas»

En 1894, Elisabet regresa a su país natal para pasar un mes de vacaciones. Poco tiempo después de volver a América, escribirá: «Abandonar por segunda vez la patria es más difícil de lo que uno puede imaginarse». Por aquellos años conoce a la familia Cisneros, que la acoge en su seno y al servicio de la cual consagrará en adelante su trabajo. Para dar la bienvenida al nuevo siglo, los Cisneros viajan a Suecia, a casa de los Hesselblad. Elisabet y las hermanas Cisneros organizan entonces un viaje por Europa. En Bruselas, Elisabet acompaña a sus amigas, católicas fervientes, a la gran procesión del Santísimo Sacramento, que tiene lugar en la catedral de Santa Gúdula. En su diario escribirá lo siguiente: «No sabía que el obispo llevaba algo... Al ver a mis dos amigas y a otros muchos arrodillarse, me retiré detrás del pórtico para no ofender a los que me rodeaban si me quedaba de pie. Pensé: «Sólo me arrodillo ante ti, Señor, no aquí». En aquel momento, el obispo llegó al pórtico llevando la custodia. Mi atormentada alma se llenó de repente de dulzura y oí una voz, que parecía proceder a un mismo tiempo del exterior y del fondo de mi corazón, y que me decía: «Yo soy el que buscas». Y caí de rodillas... Estando allí, detrás de la puerta de la iglesia, realicé mi primera adoración ante nuestro divino Señor presente en el Santísimo Sacramento».

Después de la ceremonia, Elisabet se apresura a hacer partícipes a sus amigas de la gracia recibida y, a partir de aquel día, aunque padezca dudas en ocasiones tempestuosas y soporte luchas interiores, no deja de acercarse a la Iglesia católica.

Por la vía de la plena comunión

Una de las prácticas que más reprimen a Elisabet es la devoción de los católicos hacia María, la Madre de Jesús, y los santos. De su educación protestante, conserva un apego exclusivo por el misterio de Cristo, único Salvador. «¿Cómo creer en el poder intercesor de la bienaventurada Virgen María y de los santos? ¿Acaso no disminuye eso los méritos de la Pasión y de la Muerte de Cristo? ¿No se verán perjudicados la gloria y el honor debidos únicamente a Dios?».

Poco a poco, Elisabet se acerca a la doctrina de la Iglesia católica. De hecho, la Santísima Virgen quedó asociada a la obra del divino Redentor, con la cual colaboró sin igual mediante su obediencia, su fe, su esperanza y su ardiente caridad, para que las almas recibieran la vida sobrenatural. Por eso se convirtió, en el orden de la gracia, en la Madre de todos nosotros. Después de su Asunción al Cielo, el papel de María en la salvación no se detiene. Su amor de madre hace que esté atenta a los hermanos de su Hijo, cuyo peregrinaje no ha concluido, hasta que alcancen la bienaventurada patria. Por eso se le invoca en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora, sin detrimento alguno hacia la dignidad y la eficacia del único Mediador que es Cristo. Y ese papel subordinado de María es profesado sin vacilación alguna por la Iglesia, la cual lo recomienda al corazón de sus fieles para que ese apoyo y ese socorro maternales les ayuden a vincularse más íntimamente con el Mediador y Salvador.

Cada vez que pasa ante una iglesia católica, Elisabet entra para adorar al Santísimo Sacramento, pero sigue dudando en dar el paso decisivo de la conversión. Por esa época, una de sus dos amigas Cisneros ingresa en el convento de la Visitación de Washington. Sublevada en su afecto ante la idea de perder definitivamente a una amiga tan querida, Elisabet se dice a sí misma: «¿Cómo es posible que una religión que pide sacrificios tan desgarradores pueda ser la verdadera?». Y sin embargo, fue en efecto Jesús el que primero llamó a sus apóstoles y discípulos a abandonarlo todo para seguirlo, no sin prometerles antes una maravillosa recompensa: Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme... Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y poseerá la vida eterna (Mt 19, 21; 29).

La cizaña y la buena semilla

Elisabet, que quisiera convertirse a una Iglesia en la que todos sus miembros fueran santos, se sorprende de las deficiencias que observa en los católicos. Es una realidad que queda clarificada en la enseñanza del Evangelio, donde el Señor nos habla de la cizaña y de la buena semilla juntas en el campo del padre de familia, así como de la red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases (cf. Mt 13, 24-51). La Iglesia, Esposa santa e inmaculada de Cristo, está formada en este mundo por justos y pecadores. Solamente en el Cielo serán perfectos todos sus miembros. Elisabet comprende que la Iglesia católica es el verdadero «redil» fundado por Cristo. En adelante, queda convencida de que cada día que pasa fuera de ese redil es tiempo perdido.

En la declaración Dominus Iesus del 6 de agosto de 2000, la Congregación para la doctrina de la fe recuerda que «del mismo modo que solamente existe un Cristo, así también sólo tiene un Cuerpo, una sola Esposa: una sola y única Iglesia católica y apostólica» (nº 16), de conformidad con la enseñanza del concilio Vaticano II: «Esta es la única Iglesia de Cristo... la que nuestro Salvador entregó después de su Resurrección a Pedro para que la apacentara (cf. Jn 21, 17), confiándole a él y a los demás apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28, 18 y ss.), y la erigió para siempre como columna y fundamento de la verdad (1 Tm 3, 15). Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, se realiza en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos, en comunión con él» (Lumen gentium, 8). De ese modo, los fieles no deben pensar que la Iglesia de Cristo es simplemente un conjunto de Iglesias y de Comunidades eclesiales, y tampoco tienen derecho a sostener que esa Iglesia de Cristo ha dejado de existir en cualquier parte en nuestros días, de tal suerte que deba ser considerada solamente como un fin que deben alcanzar todas las Iglesias en común.

No obstante, «estas Iglesias y Comunidades separadas, aunque creemos que tienen deficiencias, no carecen ni mucho menos de significación y peso en el misterio de la salvación» (Vaticano II, Unitatis redintegratio, 3). Por otra parte, los miembros de esas comunidades no son responsables de esa separación, que se remonta a varios siglos atrás. El ejemplo de Elisabet Hesselblad y de su familia, donde se practicaban auténticas virtudes cristianas, nos muestra que «subsisten numerosos elementos de santificación y de verdad en las Iglesias y Comunidades eclesiales que todavía no han alcanzado la plena comunión con la Iglesia católica» (Dominus Iesus, 16).

La enorme gracia del 15 de agosto de 1902

Convencida finalmente de que la plenitud de gracia y de verdad se halla en la Iglesia católica, Elisabet se decide a ingresar en ella sin más dilación. Se dirige al padre J. G. Hagen, jesuita, que se convertirá en su director espiritual, y le pide que la acoja inmediatamente en la Iglesia católica, pues debe partir próximamente hacia Europa. «Hija mía, eso no puede ser –responde el padre–, pues apenas te conozco... – Perdóneme, padre, pero he luchado en la oscuridad durante veinte años, y he estudiado la religión católica durante muchos años y rezado para alcanzar una fe robusta... Ya tengo esa fe y estoy dispuesta a pasar un examen sobre todos los puntos de la doctrina». Así pues, el padre interroga a la fervorosa neófita, diciéndole al final: «No encuentro motivos para no recibirte en la Iglesia. Hoy estamos a 12 de agosto, y el 15 es la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Ese mismo día te admitiré en la Iglesia católica y, al día siguiente, el 17, podrás tomar la sagrada Comunión. Permanece estos días en retiro y ven a verme dos veces al día para recibir instrucción».

Con motivo de la ceremonia de admisión en la Iglesia católica según el ritual de aquella época, Elisabet recibe una gracia especial que ella explica en estos términos: «Cuando regresaba a mi sitio para arrodillarme, sentí como si el mundo entero desapareciera de repente. Resultaría imposible describir aquella impresión. La única realidad que veía, que sentía, era Dios; en adelante, mi único deseo era verlo como lo veremos cara a cara, en la mañana de la eternidad».

A finales de 1902, Elisabet parte de peregrinación a Roma, donde visita, en la plaza Farnesio, la casa en que vivió durante 19 años santa Brígida de Suecia, y que en ese momento acoge a una comunidad de carmelitas. Siguiendo los consejos del padre Hagen, regresa a la ciudad eterna en marzo de 1904, para consagrarse por entero a Dios e intentar continuar la obra de santa Brígida. Ese mismo año, se convierte también al catolicismo su hermano Thure.

Elisabet se presenta ante el Carmelo en esa casa de santa Brígida, que tanto le atrae. La priora, la madre Hedwige, tiene dudas en aceptarla, a causa de su débil salud, y le propone un período de prueba. En poco tiempo, Elisabet cae gravemente enferma, recibiendo incluso la extremaunción. Poco a poco se va restableciendo, pudiendo incluso seguir la vida regular. Resiste a las llamadas de la familia, que la apremian para que regrese a Suecia. Su corazón se ve consumido por un doble deseo: promover el retorno de su país al catolicismo para favorecer la unidad de los cristianos y difundir la devoción a santa Brígida y a santa Catalina de Suecia. Con el beneplácito de la superiora, recibe entonces el hábito gris de las brigitinas y profesa entre las manos del padre Hagen, el 22 de junio de 1906, solemnidad del Sagrado Corazón. La madre Hedwige le da su bendición diciéndole: «Te devuelvo a santa Brígida y a santa Catalina (hija de santa Brígida), que te habían enviado a mí».

Siguiendo a santa Brígida

Nacida en 1303 en el seno de una familia aristocrática de Suecia, santa Brígida contrajo matrimonio con un piadoso cristiano, de quien tuvo ocho hijos y con quien llevó una intensa vida de oración. Tras la muerte de su esposo, su íntima unión con Cristo se vio acompañada de carismas especiales bajo cuya inspiración fundó la nueva Orden monástica del Santísimo Salvador, consagrada a la contemplación de la Pasión. Esa orden se propagó por el norte de Europa, pero, al separarse los países escandinavos en el transcurso del siglo XVI de la unidad católica, los monjes y monjas suecos fueron dispersados. A principios del siglo XX, sólo subsistían en Europa unos pocos monasterios aislados de brigitinas.

Todos los esfuerzos de sor Elisabet irán encaminados a instituir una fundación de brigitinas. En 1911, llegan a Roma unas postulantas inglesas que, junto a sor Elisabet, se instalan en una propiedad prestada por las carmelitas. El 4 de marzo de 1920, se convierte en abadesa de la Orden del Santísimo Salvador, que es erigida canónicamente. En 16 años de lucha, la madre Elisabet, que se define como «inútil trozo de madera», ha conseguido asentar los cimientos de un edificio destinado a actuar de forma duradera para la gloria de Dios. A sus religiosas les asigna tres objetivos: «Contemplación, adoración y reparación».

En mayo de 1923, la madre Elisabet se dirige a Suecia con motivo del 550 aniversario de la muerte de santa Brígida, a Vadstena, donde fundó en 1343 su primer monasterio. De Roma han llegado para la ocasión las reliquias de la santa, y las ceremonias destacan por la participación de numerosos protestantes. El príncipe Eugenio ofrece una corona con la siguiente dedicatoria: «A la mujer más grande de Suecia». La madre Elisabet desea fundar un monasterio en Suecia, pero el obispo, monseñor Müller, aconseja prudencia debido a los prejuicios, todavía duraderos, contra las órdenes religiosas. Así pues, se procede a la fundación de una «casa de reposo de santa Brígida» en las afueras de Estocolmo, que regentan unas pocas monjas, y donde se da acogida a algunos enfermos y a huéspedes deseosos de reposo espiritual. Por primera vez desde el siglo XVI, con gran sorpresa para la población, pueden verse en Suecia religiosas con hábito.

De vuelta a Roma, la fundadora se detiene en Lugano, en el sur de Suiza, para instituir un convento de brigitinas. Muy pronto se funda otro en Inglaterra. En octubre de 1928, las carmelitas dejan la casa de santa Brígida de Roma, donde se instalan en abril siguiente la madre Elisabet y sus religiosas, cumpliendo con un viejo sueño de treinta años. En 1935, tiene lugar la fundación definitiva de un convento brigitino en Vadstena, a pesar de la disconformidad de algunos compatriotas. Más tarde, en abril de 1937, doce brigitinas se embarcan para llevar a cabo una fundación en el sur de la India. En la actualidad, las brigitinas cuentan con varias decenas de casas en Europa, Asia y América.

Durante la segunda guerra mundial, la caridad de la madre Elisabet se extiende en todos los ámbitos: en primer lugar hacia sus propias hermanas de religión en los países en guerra, y después hacia los infortunados de Roma (hasta 60 personas son hospedadas en la plaza Farnesio), especialmente los judíos. Desde Suecia, país que se ha librado del conflicto, consigue traer a la Casa de santa Brígida productos de primera necesidad. Su caridad es delicada, sobrenatural, entusiasta y a veces heroica. Además, no hace discriminación de personas: a partir de 1945, ayuda tanto a refugiados comunistas italianos como alemanes o polacos.

Un gran afán por la causa de la unidad

En las constituciones de la Orden del Santísimo Salvador, la madre Elisabet apela a sus religiosas para que se consagren de manera permanente y principal por la causa de la unidad de los cristianos. Ella misma redacta y manda rezar a las hermanas una invocación a santa Brígida: «Con corazón confiado, hacia ti volvemos nuestra mirada, santa Brígida, para pedirte, en estos tiempos de oscuridad y de falta de fe, tu intercesión en favor de quienes están separados de la Iglesia de Cristo. Por el preclaro conocimiento que tuviste de los crueles sufrimientos de nuestro Salvador crucificado, sufrimientos que eran el precio de nuestra redención, te suplicamos que concedas la gracia de la fe a quienes están fuera del auténtico rebaño, para que, de ese modo, las ovejas descarriadas puedan regresar al único y verdadero Padre».

El afán apostólico de la madre Elisabet no conoce fronteras. Es de destacar su contribución a la conversión del pastor baptista Piero Chiminelli, autor de una biografía de santa Brígida; también mantendrá lazos especiales con el ex-gran rabino de Roma, Israel (Eugenio) Zolli, convertido al catolicismo en 1946. Sin embargo, su apostolado más importante queda oculto: una vida impregnada de oraciones y de sufrimientos ofrecidos por la unidad de los cristianos.

Sus últimos meses de vida destacan por el sufrimiento físico que le causa un debilitamiento cardíaco. En medio de una profundísima visión de fe sobre el valor de la Pasión redentora, había llegado a escribir: «El sufrimiento es uno de los mayores dones que Dios puede conceder a un alma». Elisabet nunca se queja, sino que habla con gozo de su muerte cercana: «Estoy en la estación, esperando el tren». Reza continuamente el Rosario, confiada en María, de quien había escrito: «La Virgen está más cerca de mí que mi propio cuerpo, y siento que sería más fácil cortarme un brazo, una pierna o la cabeza que alejar de mí a la Virgen; es como si mi alma estuviera encadenada a ella». A sus labios acuden espontáneamente actos de aceptación de la voluntad de Dios y de ofrenda de sí misma.

La víspera de su muerte, la madre Elisabet bendice a sus hermanas y, levantando las manos con gesto solemne y mirando al cielo, murmura: «Id al Cielo con las manos llenas de amor y de virtudes». A continuación, recibe los sacramentos; sus últimos momentos son tranquilos y apacibles, apagándose el 24 de abril de 1957, miércoles de Pascua.

Después de declarar a santa Brígida, a la vez que a santa Catalina de Siena y a santa Edita Stein, patronas de Europa, el 1 de octubre de 1999, el Papa Juan Pablo II beatificó a la madre María Elisabet Hesselblad, el 9 de abril de 2000. Adoptemos como nuestra esta hermosa oración de la nueva beata: «Dios mío, te agradezco todo lo que me has dado, te agradezco todo lo que me niegas y todo lo que me quitas».

Esos son nuestros pensamientos cuando rezamos por todas sus intenciones, sin olvidarnos de sus queridos difuntos.

Dom Antoine Marie osb

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