Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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1 de enero de 2002
Santa María, Madre de Dios


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«La sociedad técnica ha multiplicado las ocasiones de placer, pero tiene dificultades para engendrar alegría. Porque la alegría procede de otro lugar: es espiritual. Ocurre a menudo que, no faltando el dinero, las comodidades, la higiene o la seguridad material, el destino de muchas personas sigue siendo desgraciadamente el hastío, la melancolía o la tristeza... Puede hablarse de la tristeza de los no creyentes, cuando el espíritu humano, creado a imagen y semejanza de Dios, y por lo tanto orientado instintivamente hacia Él como hacia su bien supremo y único, se queda sin conocerlo claramente, sin amarlo, y en consecuencia sin experimentar la alegría que aportan el conocimiento de Dios, aunque sea imperfecto, y la certeza de mantener con Él un lazo que ni siquiera la muerte podría romper» (Pablo VI, Exhortación Gaudete in Domino, GD, sobre la alegría cristiana, 9 de mayo de 1975).

El conocimiento y el amor de Dios dilatan el corazón del hombre y pueden conducirlo hasta el extremo de entregar con gozo su propia vida para la salvación de sus hermanos, como nos lo muestra el ejemplo de san Justo de Bretenières.

«Veo a los chinos»

Justo de Bretenières nace el 28 de febrero de 1838 en Chalon-sur-Saône, en Borgoña (Francia), en el domicilio de sus abuelos maternos. Unos meses después, sus padres regresan al castillo de Bretenières, propiedad familiar cercana a Dijon en la que viven durante el verano, ya que el invierno lo pasan en Dijon. Preocupada por el destino futuro de su hijo, la señora de Bretenières lo deja en manos de la Virgen: «Reina de los Ángeles, recuerda que eres la Madre de este niño... Te lo consagro para siempre». A la edad de seis años, mientras Justo juega con su hermano Christian, dos años más joven que él, en el parque del castillo de Bretenières, haciendo hoyos en la tierra con sus palas, Justo le dice de repente a su hermano: «¡Calla!». Se inclina en el hoyo que acaba de hacer y se levanta diciendo: «¡Veo a los chinos!... ¡Oh! Los oigo... ¡me están llamando!... ¡Tengo que ir a salvarlos!». Aquel episodio dejará una profunda huella en la mente de Justo, y nunca se le borrará. Unos años después, su hermano le hace la siguiente observación: «Algún día este castillo será tuyo, porque eres el mayor». Pero él responde: «Oh, no; no será para mí, será tuyo, porque yo seré sacerdote». Lo que más le gusta a Justo es ayudar a Misa, o agitar el incensario ante el Santísimo Sacramento. Además, rivaliza en entusiasmo con su hermano para que el mes de María, el mes de mayo, sea lo más hermoso posible.

En el seno de la familia Bretenières, los hijos tienen ampliamente cubiertas sus necesidades, pero no hay lugar para el lujo ni la indolencia. En octubre de 1851, los dos muchachos quedan a cargo de un preceptor de 28 años: el padre Grautelet. Este sacerdote observa enseguida en Justo una tendencia a juzgar según una lógica un tanto exagerada, que le impide admitir las opiniones moderadas, de tal modo que, según él, cuando se trata de practicar las virtudes no deben existir ni imperfecciones ni grados. El carácter de Justo es encantador, y habitual su equilibrado estado emocional. Participa de buen grado en los juegos, pero más bien para complacer que por gusto propio. Una tarde, sin embargo, Justo se queja de no haber podido terminar una partida de cartas que le gusta mucho. Como castigo por su impaciencia, no habrá juego en los días siguientes.

Nervioso y sensible, Justo da muestras desde muy joven de temer con exceso el dolor, pero el deseo por la vida misionera le estimula a soportar con alegría las fatigas, el calor, la sed, a acostumbrarse a llevar pesadas cargas y a contentarse con poco durante las excursiones por la montaña que realiza en vacaciones. En 1856 termina el bachillerato en Lyon, emprendiendo estudios universitarios de letras, pues sus padres lo consideran demasiado joven para cumplir con su vocación. En su deseo de entregarse a Dios, él piensa en los dominicos, que mantienen misiones en Extremo Oriente, pero también se siente atraído por la vida monástica. Finalmente, siguiendo el consejo de su confesor y de sus padres, ingresa en el seminario de Issy (París), donde quedará confirmada la llamada de Dios para las misiones. Uno de sus condiscípulos manifestará más tarde: «Un día estábamos hablando del Santísimo Sacramento, y nos lamentábamos al constatar la poca importancia que tenía en la vida de los cristianos, y Justo decía: ¿Cómo es posible mirar la sagrada forma, oír su divina llamada que invita a la conquista lejana de las almas y retroceder ante ello?». El joven seminarista pasa dos años en Issy, donde se le confían las funciones de organista y de enfermero, ganándose la simpatía de sus compañeros por su entrega y entusiasmo. De vez en cuando puede visitar a sus padres, que poseen un apartamento en París.

En mayo de 1861 decide entrar en el Seminario de las Misiones Extranjeras de París, cosa que aceptan sus padres, aunque no sin dolor. El 28 de junio, Justo escribe: «Soy consciente de que el camino que emprendo es arduo y difícil, y no me oculto a mí mismo ni los obstáculos, ni los sufrimientos, ni los peligros que allí encontraré, pero de nuevo me entrego por completo en las manos de Dios».

En el Seminario de las Misiones, en el otoño de 1861, Justo es acogido como a un hermano al que se le espera desde largo tiempo: «Anoche, al salir del refectorio –escribe–, todos me abrazaron. El Señor derrama aquí una caridad extraordinaria. Somos más que hermanos, formamos un todo, un solo corazón, una sola alma». El año empieza con un retiro según los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, que Justo culmina repleto de fervor, tal como escribe a su hermano: «Lo más importante de lo que tengo que decirte es y será siempre lo que san Ignacio decía y repetía a san Francisco Javier cuando trabajaba con ardor adquiriendo conocimientos en París: Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? (Mt 16, 26)... Para poder encontrar cuanto antes el lugar que ha designado para ti la Providencia, recuerda esto y no lo pierdas nunca de vista: todo lo que, fuera de Dios, creas que pueda satisfacerte, no te satisfará jamás. Todo es vanidad, salvo amar al Señor».

Una alegría proverbial

A finales de año, Justo tiene la esperanza de recibir las órdenes menores, pero no figura entre los elegidos. Desconoce que, según los reglamentos del seminario, es preceptivo permanecer un año completo antes de recibir las órdenes. Al creer que sus superiores no lo consideran apto para las misiones, siente una intensa amargura, como lo expresa en una carta a su hermano: «Hace ya dos días que soporto esa medida que considero inexplicable; porque, al examinar mi corazón, no encuentro nada que me haga dudar de mi vocación. Sin embargo, antes de interrogar a mi director y de confiarle mi pena, quiero ofrecer por completo a Dios el sacrificio de mis aspiraciones, si resulta necesario, y entregarme a su voluntad. No puedo dormir por las noches; pero, cuando la turbación aumenta, me pongo a cantar en voz baja algún himno a la Virgen, en cuyas manos he depositado mis intereses, y eso me sirve de gran ayuda y me devuelve el ánimo». Pero su superior, el padre Albrand, lo tranquilizará enseguida: está llamado a la vida misionera.

Los años transcurren en medio de la oración, el estudio y el trabajo santificador: «Hay asuntos que me ocupan más que la perspectiva de la vida misionera –escribe–; se trata de la propia perfección, necesaria a todo sacerdote. Es en eso en lo que debo trabajar más y donde más debo esforzarme». El estudio continuado de las obras de san Juan de la Cruz le muestra el camino a seguir. Por las mañanas, dedica largo tiempo a la oración. Durante la jornada, fortifica su fe con prolongadas adoraciones ante el Sagrario; su devoción a la Eucaristía le dará fuerzas durante toda la vida. Para imitar a Jesucristo pobre, se esmera en vivir pobremente: en sus ropas, en el acondicionamiento de su habitación, etc., dedicándose además con fervor a servir a los pobres de los alrededores, que los seminaristas deben visitar. Sus preferencias se dirigen a los empleos más humildes, y aprovecha todas las ocasiones que se le presentan para rebajarse ante la mirada de los demás. Por obediencia, todo lo que hace lo somete a la aprobación de su superior. Sin embargo, a pesar de esas austeras prácticas, manifiesta una proverbial alegría, haciendo reír incluso en clase a sus compañeros. Le gustan las bromas, y sabe imitar de maravilla el canto del gallo; en más de una ocasión, consigue sobresaltar los gallineros, simulando en plena noche el «quiquiriquí» de la aurora. En él, la alegría exterior es el fruto de una intensa vida espiritual.

Saberse amado

«Para el cristiano, al igual que para Jesús –escribe el Papa Pablo VI–, todo consiste en vivir las alegrías humanas que el Creador le da, en medio de la acción de gracias al Padre... Al vivir Cristo en todo nuestra condición humana, excepto en el pecado, acogió y experimentó las alegrías afectivas y espirituales, como un don de Dios... Pero conviene captar aquí el secreto de la alegría insondable que habita en Jesús, y que le es propia... Si irradia semejante paz, semejante alegría, semejante disponibilidad, es a causa del inefable amor del que se sabe amado por su Padre... Los discípulos, y también todos los que creen en Cristo, están llamados a participar de esa alegría [...], fruto del Espíritu Santo, que consiste en que el espíritu humano encuentre el reposo y una íntima satisfacción en la posesión del Dios trinitario, a quien se conoce mediante la fe y a quien se ama con la caridad que de Él procede» (GD).

No obstante –continúa diciendo el Papa–, «la alegría espiritual, en este mundo, incluirá siempre en cierto modo la dolorosa prueba de la mujer de parto, así como cierto aparente abandono semejante al del huérfano, como lloros y lamentos, mientras que el mundo hará ostentación de una satisfacción malsana. Pero la tristeza de los discípulos, que es según Dios y no según el mundo, será cambiada prontamente por una alegría espiritual que nadie podrá arrebatarles (cf. Jn 16, 20-22)» (GD). En ocasiones, Justo se siente desconsolado, incluso a veces abatido ante la idea de las virtudes que le son necesarias al misionero y de los sufrimientos soportados por sus predecesores. Un día, cuando ya no puede soportarlo, se dirige al padre superior: «Ya no puedo permanecer aquí; mi conciencia me dicta que debo regresar con mi familia» –le dice con tristeza. El padre Albrand le escucha sonriendo: «¿Es todo lo que quería decirme? – Sí, padre. – Pues bien, vuelva a su habitación y no piensa más en ello». La tentación se disipa de inmediato.

El 21 de mayo de 1864, Justo es ordenado sacerdote. «Pide para mí la gracia del martirio –escribe a un amigo». Ya no le queda sino esperar la orden de partir a las misiones. Los aspirantes a misioneros ignoran hasta el último momento el lugar de su destino, y deben estar dispuestos a aceptar de la mano de Dios la misión donde serán enviados, cualquiera que sea. Tras haberse ofrecido por entero en sacrificio, Justo permanece en un estado de perfecta indiferencia. El lunes 13 de junio, su superior le manda llamar: «¿Qué misión prefiere? – No siento preferencia por nada. – Pues bien, le mando al Tíbet. ¿Le parece bien? – Muy bien, padre. – Pues no, se marchará a Tonkín. – Como usted quiera. – ¿Así que le resulta indiferente? – Sí, padre. – Pues ahora hablemos en serio... Se marchará a Corea». Justo le escribe en el acto a su antiguo preceptor: «Creo que el Señor me ha concedido la mejor parte... ¡Viva Corea, tierra de mártires!». Efectivamente, la sangre de los mártires se ha derramado en abundancia en tierras coreanas desde hace un siglo.

El martes 19 de julio de 1864, Justo y nueve de sus compañeros se embarcan en Marsella para Extremo Oriente. Consiguen entrar en Corea, clandestinamente, el 29 de mayo de 1865. Justo reside en Seúl, la capital, junto a su obispo monseñor Berneux: «Heme aquí convertido en ciudadano de Seúl, la «ciudad de las delicias». Pero no os dejéis deslumbrar por ese magnífico nombre. Imaginad una inmensa aglomeración de chabolas construidas con barro, apretadas unas contra otras, entre las cuales, a modo de calles, existen pequeños corredores donde apenas pueden cruzarse dos personas. Esas callejuelas se utilizan al mismo tiempo como alcantarillas... Podéis imaginaros sobre qué está uno obligado a caminar».

Bajo el sombrero

Justo se hospeda en casa de unos cristianos, en una paupérrima habitación: el suelo le sirve de silla, el suelo le sirve de mesa, y un simple trozo de madera bajo su cabeza le sirve de cama. Cuando sale, únicamente por la noche, a causa de la persecución, viste ropas de duelo, con «un sombrero parecido al tejado de un palomar, de tal forma que cubre hasta los codos, lo que resulta ideal para no ser reconocido ni tampoco reconocer a nadie, y una buena manera de poder rezar bajo el sombrero». Sus jornadas las ocupa en la oración y en estudiar la lengua coreana. Al cabo de seis meses, gracias a la ayuda de un joven cristiano, el misionero es capaz de hacerse comprender lo suficiente en coreano como para predicar y confesar.

Los catecúmenos acuden desde muy lejos (150 km y más) para ser bautizados o para recibir la sagrada Comunión. Justo escribe: «He visto acudir a mujeres septuagenarias desde 240 km para comulgar. ¡Pobres almas, que sólo puedan ver al sacerdote una vez al año y que estén tan sedientas de la Palabra de Dios! ¡Y pensar que en Europa los fieles disfrutan con profusión de esas riquezas y que no siempre las aprovechan como debieran!». Con el nombre de padre Paik, Justo se siente feliz de empezar a ayudar a sus compañeros sacerdotes: durante los últimos meses de 1865 se dedica a las confesiones, prepara y bautiza por lo menos a 40 adultos, bendice varios matrimonios, da en ocasiones la Confirmación y administra con frecuencia la Extremaunción. Las conversiones prometen ser numerosas.

Pero la tempestad se aproxima. Después de un período de calma, la persecución contra los europeos y contra los cristianos recupera su vigor. La traición de un sirviente del obispo acarrea la detención de varios sacerdotes, y monseñor Berneux es capturado el 23 de febrero de 1866. El 26 por la mañana, unos soldados irrumpen en la habitación de Justo en el momento en que se dispone a celebrar la Misa, llevándoselo preso atado con una cuerda roja, señal distintiva de los grandes criminales. Al llegar ante el tribunal, siente la alegría de reencontrarse con su obispo, prosternándose ante él con profunda humildad y gran respeto, antes de tomar asiento en la silla que se le ha reservado. A las preguntas que le hacen, Justo responde incansable: «He venido a Corea para salvar vuestras almas, y moriré gustosamente por Dios».

Sufre entonces el suplicio del «shien-num», consistente en infligir al condenado, que está atado a una silla, golpes con un bastón de sección triangular en las tibias y en los pies. El misionero comparece durante cuatro días seguidos ante diferentes instancias. Después de cada interrogatorio, su cuerpo es masacrado con una estaca puntiaguda del grosor de un brazo. El mártir reza en silencio en medio de sus sufrimientos, y cada noche es conducido a su celda, donde le son curadas las heridas con papel empapado en aceite. Al mismo tiempo que Justo, son torturados y después condenados a muerte monseñor Berneux y los padres Beaulieu y Dorie.

Saltar de alegría

Su amor por las almas les ha conducido a entregar lo más preciado de sí mismos. En 1862, Justo había escrito lo que sigue a su antiguo preceptor, quien, si bien manifestaba celo por la salvación de las almas, temía a las renuncias que le podría imponer la vocación misionera: «¡Oh! quien conoce el precio de un alma, y que no estima otra cosa sino trabajar por salvarla, no da importancia a lo que habrá de hacer para conseguirlo, sino que reiría asombrado si alguien le dijera: «Pero tenga en cuenta que usted tiene unos hábitos regulares de beber, de comer, de levantarse, de acostarse, y que tendrá que renunciar a esos hábitos». ¿Acaso se le ocurriría pensar que, al renunciar a esas cosas, abandona algo?... El amor por el bien de las almas dirige sus pensamientos más lejos, cruza los mares sin pensar en los peligros que le acechan, y saltará de alegría si Dios le conduce a un lugar donde todo amenaza su vida, no podrá reprimir sus cánticos de alegría si queda expuesto a las persecuciones, amenazado por la espada, siempre a punto de morir de hambre, de fatigas, de miserias y de angustias, y a pesar de todo ello creerá que no sufre bastante, porque existen almas ante él que todavía permanecen sordas a la gracia».

El 8 de marzo de 1866, incapaces ya de tenerse en pie, los condenados son conducidos hasta el lugar de la ejecución, atados cada uno a su silla. Considerados como criminales contra el Estado, deben ser ejecutados en una de las enormes playas de arena situadas a unos 5 km de Seúl. Cuatrocientos soldados armados controlan la multitud. A algunos espectadores que les increpan, el buen obispo responde con firmeza: «No os burléis ni riáis de esa manera; más bien deberíais llorar. Vinimos para enseñaros el camino del Cielo, y ahora ya no podemos hacerlo. ¡Cuánta lástima dais!». Durante el trayecto, los porteadores se detienen varias veces, lo que es aprovechado por monseñor Berneux para conversar con sus compañeros de martirio. La alegría, don de Dios para quienes se olvidan de sí mismos y se sacrifican por Él, resplandece en sus rostros y sorprende a los paganos. «¡Qué dulce es morir!» –les dice Justo volviendo su rostro radiante de paz hacia ellos. «El mundo –el que no es apto para recibir el Espíritu de la Verdad– sólo percibe un lado de las cosas. Solamente considera la aflicción y la pobreza del discípulo, mientras que éste permanece siempre en la alegría en lo más profundo de sí mismo, porque se encuentra en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (Pablo VI, GD).

A Justo lo llaman en segundo lugar, después de su obispo. Lo tiran al suelo y le despojan de la ropa. Sus orejas, replegadas sobre sí mismas, son atravesadas por una flecha. Por debajo de los brazos, que lleva atados a la espalda, le pasan un grueso y largo palo. Dos soldados lo levantan y, aguantándolo en esa dolorosa posición, emprenden una larga marcha en espiral para mostrarlo a la asamblea. A continuación, lo depositan en el suelo, de rodillas y con la cabeza inclinada hacia adelante. A una señal del mandarín, seis verdugos ejecutan una danza circular alrededor del mártir blandiendo sus sables y profiriendo imparablemente feroces gritos: «¡Muerte! ¡Muerte!». Finalmente, descargan sus golpes; tras el cuarto, cae la cabeza. Para los espectadores, todo ha concluido, pero el alma de Justo se encuentra ya en el gozo infinito del Cielo. Había vivido 28 años en esta tierra nuestra de tribulaciones. Ante la noticia de la muerte de su hijo, el profundo dolor del padre le provoca abundantes lágrimas. Su madre, sin embargo, no llora, pero su rostro expresa un profundo sufrimiento. Ambos caen de rodillas y dan gracias a Dios: su hijo está en el Cielo.

Caído en tierra

Desde un punto de vista humano, la muerte de Justo, interrumpiendo un cortísimo apostolado, aparece como un fracaso. Pero la fe nos asegura que si el grano cae en tierra, trae mucho fruto (Jn, 12, 24). Con motivo de la canonización de los 103 mártires de Corea (entre los cuales se encontraban Justo de Bretenières y sus compañeros), el 6 de mayo de 1984, el Papa Juan Pablo II decía: «La muerte de los mártires se asemeja a la muerte de Cristo en la Cruz, porque, al igual que la suya, la de ellos se ha convertido en el comienzo de una nueva vida. Y esta nueva vida no solamente se ha manifestado en ellos (en los que han padecido la muerte por Cristo), sino que también ha alcanzado a otros, y se ha convertido en el fermento de la Iglesia como comunidad viviente de discípulos y de testigos de Jesucristo. La expresión de los primeros siglos de cristianismo que decía que «La sangre de los mártires es simiente de cristianos» encuentra su confirmación ante nosotros».

De hecho, la Iglesia Católica ha conocido en Corea, y conoce aún en nuestros días, un sorprendente auge. Cada año, más de 100.000 catecúmenos reciben el bautismo. Entre 1990 y 1996, el número de católicos ha pasado en Corea de 2'7 a 3'5 millones, representando el 7'7% de la población. Los sacerdotes coreanos son más de un millar, gobernados por 18 obispos. Además, el nuevo presidente de Corea del Sur, elegido el 18 de diciembre de 1997, es católico practicante, y el 18 de octubre de 2000 recibió el premio Nobel de la Paz. El dinamismo evangelizador de Corea se manifiesta enviando más de 200 misioneros (sacerdotes, religiosos y religiosas) al extranjero; por otra parte, 60 sacerdotes se han presentado voluntarios para emprender la evangelización de Corea del Norte (comunista), en cuanto las circunstancias lo permitan.

Los mártires no derramaron en vano su sangre. Ellos «entraron en el gozo de María, quien, al pie de la Cruz, tomó parte en la Pasión y en la muerte de su Hijo y Salvador. ¡La reina de los mártires se regocija con nosotros!» (Juan Pablo II, Ibíd.). «Después de María –escribía el Papa Pablo VI– encontramos la expresión más pura de la alegría, la más ardiente, allí donde la Cruz de Jesús es abrazada con el amor más fiel, en los mártires, en quienes el Espíritu Santo inspira, en el centro de la tribulación, una espera apasionada de la llegada del Esposo» (GD). Pidamos a san Justo de Bretenières que consiga para nosotros la alegría que da el Espíritu Santo, incluso en medio de las más dolorosas tribulaciones de la vida.

Le deseamos pase este Nuevo Año con provecho espiritual en compañía de Jesús, María y José, y rezamos por todas sus intenciones.

Dom Antoine Marie osb

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