Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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24 de octubre de 2001
San Antonio María Claret


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

La confianza en la Misericordia de Dios es especialmente necesaria en nuestros días, en un mundo que se distingue por sus éxitos científicos y técnicos, pero que, al mismo tiempo, se caracteriza por padecer una profunda crisis moral. Esa crisis queda de manifiesto en las preguntas que se hacen nuestros contemporáneos, anotadas por el cardenal A. Rouco Varela, arzobispo de Madrid, en el sínodo de los obispos de Europa: «¿Sobre qué construir la vida y la ciudad? ¿Sobre qué verdades, qué valores morales, qué motivaciones vitales?». En la actualidad, constata el purpurado, «con una frecuencia preocupante, la respuesta parece ser la siguiente: sobre ninguna verdad, sobre ningún valor permanente, sobre ningún ideal a no ser el del provecho inmediato de lo que la vida puede ofrecer de agradable» (8 de octubre de 1999).

Esa pérdida de los puntos de referencia y del sentido de la vida engendra angustia y miedo. «Si nos preguntamos por las causas de la actual situación de desesperanza –seguía diciendo el cardenal Rouco Varela–, no nos queda otro remedio que considerar la concepción moderna del hombre, que hace de éste el centro absoluto de la realidad, haciendo que ocupe falsamente el lugar de Dios, olvidando que no es el hombre quien hace a Dios, sino Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios ha conducido al abandono del hombre... Lejos de Jesucristo no sabemos realmente lo que es Dios, la vida, la muerte o nosotros mismos. Por eso no resulta extraño que una cultura sin Dios termine convirtiéndose también en una cultura sin esperanza, porque solamente en Él, que es el Amor eterno y creador, puede el corazón del hombre encontrar su origen y su fin verdadero».

Un mensaje para el mundo

A ese mundo en peligro, Jesucristo ha querido recordarle el amor de su Corazón misericordioso, mediante la voz de una mujer modesta y desconocida, que cumplía las funciones de cocinera, de hortelana y de portera en su convento, dirigiéndole estas palabras, sorprendentes y reconfortantes a la vez: «Te envío, con mi Misericordia, a toda la humanidad. No quiero castigar a la humanidad que sufre, sino que quiero curarla, apretarla contra mi Corazón misericordioso... Habla al mundo entero de mi Misericordia». Esa humilde religiosa, sor Faustina Kowalska, fue canonizada por el Papa Juan Pablo II el 30 de abril del año 2000.

Helena Kowalska, tercera de diez hermanos, nació el 25 de agosto de 1905 en Glogow (Polonia). De carácter despierto, espontánea, alegre como un pajarillo, Helena se divierte como los demás niños del pueblo. A la edad de siete años, Dios la llama por su nombre: «Por primera vez –escribirá más tarde–, oí con nitidez la voz de Dios en mi alma, invitándome a la vida de perfección. Pero no siempre le fui dócil» (Pequeño diario). En el colegio, Helena destaca por su inteligencia; sin embargo, muy pronto necesitan de su ayuda en la casa y, a partir de los nueve años y medio, se ve obligada a cambiar su cestita de escolar por un cayado de pastorcilla. A los catorce años, Helena entra a trabajar en una granja vecina. Después de un año de servicio abnegado, amable y concienzudo, le dice a su madre: «¡Mamá, tengo que ser religiosa!». La respuesta es un «no» categórico, pues los Kowalski no pueden permitirse los gastos del ajuar, necesario en aquella época para entrar en el convento. Helena trabaja después como sirvienta, en la ciudad de Lodz. Cuando cumple los dieciocho años, la joven vuelve a suplicar a sus padres que le permitan ver cumplida su vocación, pero de nuevo lo rechazan.

«Cuando mis padres me prohibieron entrar en el convento –escribirá–, intenté distraerme con frivolidades, prestando oídos sordos a la voz de la gracia... evitaba a Dios y me inclinaba hacia las criaturas. Sin embargo, la gracia triunfó. Un día en que me encontraba en un baile con mi hermana, mientras la fiesta estaba en todo su apogeo, mi alma padecía un extraño malestar. En cuanto me puse a bailar, apareció de repente Jesús ante mí, desnudo, torturado, cubierto de heridas... y me dijo: «¿Durante cuánto tiempo tendré que sufrir por ti? ¿Hasta cuándo me harás esperar?». Enseguida se hizo un gran silencio, dejé de oír la música y aquella alegre compañía desapareció de mi vista. Solamente estábamos Jesús y yo. Me senté junto a mi hermana, con la excusa de una migraña. Al cabo de un momento, a escondidas, me fui de la sala y me dirigí corriendo a la catedral de San Estanislao Kostka. Estaba apuntando el alba y había poca gente. Sin preocuparme de lo que me rodeaba me prosterné con el rostro en el suelo ante el Santísimo Sacramento y le pregunté qué debía hacer, y oí estas palabras: «Dirígete a Varsovia; allí entrarás en un convento». Me levanté al instante... arreglé como pude mis asuntos pendientes... y, enseguida, con lo puesto y sin llevarme nada, tomé el tren de Varsovia».

Una vez allí, algo desorientada, se dirige a un sacerdote, quien la reconforta y la coloca como sirvienta en casa de una señora muy piadosa, hasta que la admitan en la Congregación de Nuestra Señora de la Misericordia. Esa Congregación, fundada por la madre Teresa Rondeau (1793-1866), francesa, ayuda a las mujeres y a las jóvenes que llevan una vida de pecado a regresar al buen camino, educando también a las jóvenes que necesitan especial protección para evitar los peligros de este mundo. En cada convento, se distinguen tres categorías de personas: las directoras, las coadjutoras y las internas. Helena es admitida entre las coadjutoras, que se encargan de los trabajos domésticos del convento.

¿Quién te aflige de ese modo?

Si bien es feliz al principio, la postulante queda decepcionada muy pronto, pues los trabajos manuales la absorben por completo, y le queda muy poco tiempo para la oración, la meditación y el cara a cara con Jesús. Al cabo de tres semanas –escribe–, decidí entrar en un convento más austero. Ese idea se afianzó tanto en mi mente que un buen día tomé la determinación de marcharme... Regresé a mi celda y me prosterné con el rostro en el suelo, suplicando a Dios que me mostrase su voluntad... De súbito, apareció una enorme luz, y en la cortina pude ver la Santa Faz expresando un indecible dolor, cubierta de llagas y con grandes lágrimas que caían sobre el cobertor de la cama. Toda conturbada, dije: «Jesús mío, ¿quién te aflige de ese modo?». Y me respondió: «Tú, si te vas. Aquí te he llamado y aquí te preparo grandes gracias»... Desde ese día me siento contenta y feliz». Sosegada ya, Helena se esmera en vivir su ideal de unión con Dios, con sus sartenes y cacerolas, labrando en la huerta o vendiendo pan en el ajetreo de la portería.

Toma el hábito el 30 de abril de 1926, adoptando el nombre de sor Faustina. Una pesada prueba empieza sin embargo para ella, que describe de este modo: «A partir del final del primer año del noviciado, una oscuridad cada vez más espesa comenzó a invadir mi alma. Mi pensamiento se hizo opaco, y las verdades de la fe me parecían absurdas. Cuando me hablaban de Dios, mi corazón era como una piedra, incapaz del menor acto de amor, y no hallaba consuelo alguno en la oración... A menudo, y durante toda la Misa, lo único que hacía era luchar contra las blasfemias que se agolpaban por salir de mis labios... Y cuando el sacerdote me explicaba que no eran más que pruebas y que, en ese estado, no ofendía a Dios, sino que era más bien una señal de que Dios me amaba, no hallaba consuelo alguno, y me daba la impresión de que aquellas palabras no tenían nada que ver conmigo... Entonces me prosternaba ante el Santísimo Sacramento, repitiendo estas palabras: «¡Aunque me mates, tendré confianza en ti!»». La agudeza de la prueba, que durará dos años y medio, se corresponde con la medida de la misión que se le confiará a sor Faustina. Ella, cuya misión debía consistir en recordar a un mundo presa de la angustia que debía confiar en la infinita Misericordia, había conocido todos los grados de la tentación de la desesperación.

El 22 de febrero de 1931, se le aparece Nuestro Señor, vestido con una gran túnica blanca, con una mano levantada en un gesto de absolución, y con la otra sobre su divino Corazón. De su hábito entreabierto, a la altura del Corazón, salen dos haces de rayos de luz, uno rojo y otro blanco. «Yo contemplaba al Señor en silencio –escribe–; mi alma estaba llena de temor, pero también rebosaba de gozo. Al cabo de un instante el Señor Jesús me dijo: «Pinta una imagen semejante a este modelo y escribe: Jesús, en ti confío. Deseo, en primer lugar, que esta imagen sea venerada en la capilla, y después en el mundo entero. A quienes la veneren les prometo que no perecerán. Les prometo desde este mundo la victoria sobre el enemigo, pero sobre todo en la hora de la muerte. Yo mismo les defenderé, como gloria mía»».

Sor Faustina le cuenta esa visión a su confesor, pero el sacerdote no le presta demasiada atención. Con el correr de los meses, las órdenes del Señor se concretan y se vuelven cada vez más apremiantes: «Quiero que los sacerdotes proclamen mi gran Misericordia. Quiero que los pecadores se acerquen a mí sin temor de ninguna clase. Las llamas de mi Misericordia me consumen. Ningún pecado, aunque sea un abismo de abyección, agotará mi Misericordia, pues cuanto más se bebe de ella más aumenta. Pues he descendido aquí a la tierra por los pecadores, y por ellos he derramado toda mi Sangre. Para castigar, ya tengo toda la eternidad; ahora prolongo el tiempo de la Misericordia. Mi Corazón sufre, pues incluso las almas consagradas ignoran mi Misericordia, tratándome con desconfianza. ¡Cuánto me hiere la falta de confianza!».

¡Mira con quién te has desposado!

La noticia de las visiones de sor Faustina se propaga por el convento, pero, a pesar de su vida ejemplar, llueven las críticas. «Por el momento, todo era aún soportable –escribe–, hasta que el Señor me ordenó que pintara esa imagen. A partir de entonces me empezaron a considerar como una histérica y una alucinada, y las críticas arreciaban». Durante dos años, ningún sacerdote se atreve a pronunciarse claramente sobre sus revelaciones. Finalmente, durante su retiro de profesión perpetua, en abril de 1933, el predicador, que es un hombre espiritual, le dice: «Hermana, ¿verdad que desconfías del Señor Jesús porque te trata con tanta intimidad? Tranquila. Jesús es tu Maestro y tus relaciones con Él no son ni histeria, ni sueños, ni ilusiones. Debes saber que estás en el buen camino. Intenta ser fiel a tantas gracias como estás recibiendo». Inmediatamente, una paz profunda sobrenatural invade el alma de sor Faustina y la libra de sus dudas. El uno de mayo siguiente, hace profesión perpetua con gran fervor. Cuatro días después, entra en la capilla para la hora de oración. «De repente –escribe–, vi al Señor, cubierto de llagas, y me dijo: «Mira con quién te has desposado»... Yo contemplaba sus llagas y estaba feliz de sufrir con Él. ¡Oh, Señor! Qué dulce es sufrir por ti, en lo más profundo de nuestros corazones, a espaldas de todos... Gracias, Jesús, por las pequeñas cruces cotidianas, por las contrariedades y las penalidades de la vida en común, por las falsas interpretaciones de mis propósitos, por las humillaciones y los malos tratos, por las penosas sospechas, por mi arruinada salud y mi extremo agotamiento... Gracias, Jesús, por el sufrimiento de mi alma, por las arideces, la angustia y la incertidumbre, por la noche y las tinieblas interiores, por las tentaciones y las pruebas... Gracias, Jesús, porque has bebido ese amargo cáliz antes de ofrecérmelo mitigado. Lo único que deseo es complacerte, según los planes de tu eterna sabiduría».

El verdadero amigo

A finales de mayo de 1933, sor Faustina parte hacia Wilno. Allí conoce al abad Sopocko, que se convierte en su director espiritual. Después de muchas dudas, éste decide finalmente que se pinte la imagen de Jesús misericordioso, pero antes quiere conocer el significado de los haces blancos y rojos que salen del Corazón del Señor. Sor Faustina interroga al divino Maestro, quien responde: «Significan el agua y la sangre. El agua que justifica las almas y la sangre que es la vida del alma. Brotan de mi Corazón abierto en la Cruz. Esos rayos son el refugio del alma ante la cólera de mi Padre», es decir, de las penas justamente merecidas por nuestros pecados. El domingo de Cuasimodo (octava de Pascua) de 1935, el icono es expuesto públicamente en el santuario de Nuestra Señora de Ostra Brama; inmediatamente, la Misericordia divina se manifiesta mediante numerosas gracias de conversiones extraordinarias.

En su Pequeño diario, sor Faustina escribe lo siguiente: «La Misericordia es el mayor de los atributos divinos». El abad Sopocko, perplejo en un principio, encontrará esa verdad en las obras de san Agustín y de santo Tomás de Aquino. De hecho, ningún atributo de Dios es subrayado tan especialmente en la Biblia como la Misericordia. Dios no es un ser lejano e indiferente ante el destino del hombre, sino que es el Amigo, el Salvador, el Buen Pastor, ante cuya mirada cada persona es preciosa. Después de la caída del hombre por el pecado original, caída que tantas consecuencias trágicas ha conllevado (sufrimiento, muerte, etc.), Dios nos revela plenamente su Misericordia en los misterios de la Encarnación y de la Redención. Toda la vida de Cristo en la tierra, sus palabras y sus actos, sus parábolas y sus milagros, su muerte en la Cruz y su Resurrección, la fundación de su Iglesia guiada a través de los siglos por el Espíritu Santo, proclaman al mundo entero la Misericordia de Dios.

Experimentar la Misericordia

Ser misericordioso significa tener un corazón afectado por la tristeza ante la miseria de los demás, como si se tratara de la suya propia, y esforzarse en lo posible por alejarla o aliviarla. El mayor de los males que alcanzan al hombre es el pecado, y Dios lo remedia con su Misericordia. Como ofensa que se le hace a Dios, la maldad del pecado es impenetrable, y su consecuencia eterna le fue mostrada a sor Faustina: «Por orden de Dios, yo, sor Faustina, he penetrado en los abismos del infierno para hablar a las almas y poder dar testimonio de que el infierno existe». Otra de las visiones presenta ante sor Faustina los pecados de los hombres: «En un abrir y cerrar de ojos –anota el 9 de febrero de 1937–, el Señor me mostró los pecados del mundo que hoy se cometen, ¡y me desvanecí de espanto! A pesar de conocer el abismo de la impenetrable Misericordia, quedé sorprendida de que Dios permitiera la existencia del mundo. Entonces, me hizo comprender que son los elegidos quienes inclinan la balanza del otro lado».

Pero, cualesquiera que sean el número y la gravedad de los pecados, la Misericordia de Dios siempre es accesible aquí en la tierra: «Yo soy Santo –dice Jesús a sor Faustina–, y el menor de los pecados me horroriza. Pero cuando los pecadores se arrepienten, mi Misericordia no tiene límites... Los peores pecadores podrían convertirse en santos extraordinarios si confiaran en mi Misericordia... Mi Misericordia sólo puede alcanzarse con la copa de la confianza: cuanto mayor es la confianza más se obtiene... Para mí es una alegría cuando los pecadores recurren a mi Misericordia. Entonces los colmo más allá de lo que esperan». El 10 de octubre de 1937, nuestra santa escribía lo siguiente: «En medio de una enorme luz, he visto el abismo de mi nulidad, y me he acurrucado en el Corazón de Jesús con tanta confianza que, aunque hubiera tenido sobre mi conciencia todos los pecados de los condenados, no habría dudado de la divina Misericordia, sino que me habría precipitado, con corazón contrito, en el abismo de tu amor, ¡Señor Jesús! Bien sé que no me habrías rechazado, sino que me habrías perdonado con la mediación de tu sacerdote». Los pecadores reciben principalmente la Misericordia divina mediante la confesión, tal como lo expresa el Papa Juan Pablo II: «En este sacramento cada hombre (bautizado) puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte que el pecado» (Encíclica Dives in misericordia, DM, 30 de noviembre de 1980, 13).

El único límite

La Misericordia divina es un poderoso motivo de esperanza, pero también es una llamada a la conversión. Sin el sincero remordimiento por los pecados y la firme resolución de corregirse, la Misericordia no puede derramarse en el pecador. «Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la Cruz y de la Resurrección de Cristo» (DM, 13). San Alfonso de Ligorio nos dice que la Misericordia de Dios alcanza a los que le temen (cf. Lc 1, 50), es decir, que «el Señor usa de Misericordia hacia los que temen ofenderle, pero no hacia los que cuentan con la Misericordia para seguir ofendiéndole» (El camino de la salvación, 1ª parte, 8ª meditación).

Si, gracias a la Pasión de Cristo, la Misericordia divina aporta un remedio soberano al mayor de los males que afectan al hombre, que es el pecado, también se interesa por todas las demás miserias que le afectan, sean físicas o morales. En ocasiones las suprime, pero la mayoría de las veces se manifiesta en su aspecto verdadero y propio «cuando promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre» (DM, 6). Así entendida, constituye el contenido fundamental del mensaje mesiánico de Jesucristo, cuya misión revela el dinamismo «del amor que no se deja vencer por el mal, sino que vence con el bien al mal (cf. Rm 12, 21)» (DM, 6). Para vencer al mal, la Misericordia de Dios concede, a todos lo que la invocan, fuerza y paciencia en las pruebas, enseñándoles a unir sus sufrimientos a los del divino Crucificado. «El dulce rostro de Jesús se aparece al afligido mediante una prueba especialmente dura –nos dice el Papa Juan Pablo II–; hasta él llegan esos rayos que salen de su Corazón y que iluminan, que reaniman, que señalan el camino y dan esperanza. ¡A cuántas almas ha consolado ya la invocación Jesús, en ti confío!» (Homilía de la Misa de canonización).

La Misericordia de Dios suscita también entre los hombres un verdadero amor fraterno. «No resulta fácil amar con amor profundo, afirma el Papa. Ese amor solamente se aprende en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Cuando posamos en Él nuestra mirada, cuando nos situamos en perfecta armonía con su Corazón de Padre, somos capaces de mirar a nuestros hermanos con ojos nuevos, en una actitud de gratuidad y de igualdad, de generosidad y de perdón. Todo es Misericordia» (Ibíd.). Jesús exhorta a sus discípulos a permanecer «en la escuela de Dios», a fin de obtener para ellos mismos la Misericordia divina: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7).

Hasta el final de su vida, sor Faustina lleva a cabo obras de misericordia para con el prójimo. A partir de 1933, sufre de tuberculosis. Sus superioras no se dan cuenta inmediatamente de la gravedad del mal, que ella sufre en silencio. En diciembre de 1936, cuando la enfermedad ha avanzado mucho, es trasladada a un sanatorio, donde permanece durante cuatro meses; después, en 1938, ingresa de nuevo durante cinco meses. Sus fervorosas oraciones van dirigidas a la intención de los moribundos que le rodean, obteniendo a menudo su conversión, incluso en medio de circunstancias humanamente desesperadas. En su intención reza el «rosario a la divina Misericordia», que le había sido revelado el 14 de septiembre de 1935 (véase la imagen que se adjunta). Después de volver al convento en septiembre de 1938, sor Faustina se duerme dulcemente en el Señor, a la edad de 33 años, el 5 de octubre siguiente.

«¡Transfórmame!»

En una hermosa oración, sor Faustina nos revela su manera de practicar la misericordia: «¡Señor Jesús, transfórmame toda en tu Misericordia! Haz que mis ojos sean misericordiosos, para que jamás juzgue según las apariencias y desconfíe de nadie, sino que pueda ver en todas las almas todo lo bello que poseen, y que sea caritativa con todas ellas. Haz que mis oídos sean misericordiosos, siempre atentos a las necesidades de mis hermanos y nunca sordos a su llamada. Haz que mi lengua sea misericordiosa para que nunca hable mal de nadie, sino que tenga para todos palabras de perdón y de consuelo. Haz que mis manos sean misericordiosas y se llenen de caridad, a fin de que pueda cargar con todo lo pesado e insoportable para aliviar el peso de los demás. Haz que mis pies sean misericordiosos y siempre dispuestos a acudir en auxilio del prójimo... ¡Que mi descanso sea servir! Haz que mi corazón sea misericordioso y abierto a cualquier sufrimiento. De ese modo no lo cerraré a nadie, incluso a los que abusen de él, y yo misma me encerraré en tu Corazón... ¡Que tu Misericordia repose en mí, Señor! Transfórmame en ti, pues tú eres mi todo».

Pidámosle a la Santísima Virgen, Madre de Misericordia, y a san José, que nos enseñen a ser misericordiosos como nuestro Padre del Cielo, a fin de poder alcanzar su Misericordia y la vida eterna.

Dom Antoine Marie osb

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