Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


[Cette lettre en français]
[This letter in English]
[Dieser Brief auf deutsch]
[Deze brief in het Nederlands]
[Questa lettera in italiano]
19 de septiembre de 2001
Nuestra Señora de La Salette


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Si el grano de trigo no cae en tierra y muriere, queda él solo; pero si muriere, dará mucho fruto (Jn 12, 24). El 7 de mayo de 2000, en el Coliseo de Roma, lugar de martirio de numerosos cristianos, el Papa Juan Pablo II comentaba de este modo ese versículo del Evangelio: «El grano de trigo que, al morir, ha dado frutos de vida inmortal, es Jesucristo. Los discípulos del Rey crucificado han seguido sus pasos, convirtiéndose, en el transcurso de los siglos, en inmensas multitudes de toda nación, raza, pueblo y lengua... A lo largo del siglo XX, quizás más que en los albores del cristianismo, han sido muchos los que han dado testimonio de su fe en medio de sufrimientos a menudo heroicos... Allí donde el odio parecía contaminar toda la vida sin posibilidad de escapar de su lógica, los mártires han demostrado que el amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6). En medio de terribles sistemas de opresión que desfiguraban al hombre... se ha elevado su firme adhesión a Jesucristo muerto y resucitado».

De entre esos mártires, buen número de mujeres han perdido la vida por defender su dignidad y su pureza. Teresa Bracco, beatificada el 24 de mayo de 1998, en la festividad de María Auxiliadora, es una de esas mujeres heroicas. Su martirio «significó la coronación de un camino de maduración cristiana, desarrollado día tras día gracias a la fuerza procedente de la comunión eucarística diaria y a una profunda devoción hacia la Virgen María, Madre de Dios» (Homilía de la Misa de beatificación).

¿Dónde están?

Teresa Bracco nace el 24 de febrero de 1924 en Santa Giulia (provincia de Savona, al norte de Italia), siendo el sexto hijo del matrimonio entre Ángela y Jacobo Bracco, sencillos campesinos que hacen fructificar con incansable trabajo sus propiedades rurales. El padre es severo pero justo, y la madre dulce y apacible. Cada palabra que sale de los labios de esos padres es sopesada en la balanza del Evangelio y medida con la pauta del temor de Dios, un Dios hacia el cual se camina con sentimientos de respeto y de amor. Por las tardes, el propio Jacobo dirige el rezo del Rosario en familia. El nombre de Teresa le viene en honor de la «pequeña santa» de Lisieux, beatificada en 1923. Teresa es una niña dulce y buena. En 1927, sus dos hermanos mueren de tifus, y la chiquilla pregunta ingenuamente dónde están. «En el Cielo» –le responden–, lo que la mueve a querer ir para estar con ellos. En 1928, nace otra niña en casa de los Bracco: Anna, aunque ellos hubieran preferido un niño, para que se encargara de la finca. Pero, en aquel hogar cristiano, cualquier acontecimiento es interpretado a la luz de la voluntad de Dios, por lo que Anna es recibida con alegría.

En 1930, llega a Santa Giulia un joven y dinámico sacerdote: Don Natale Olivieri. Enseguida se percata del fervor de Teresa, que frecuenta con regularidad sus lecciones de catecismo. La niña desea con ahínco tomar la primera comunión, gracia que le será concedida en la primavera de 1931. Su vida transcurre entre la casa familiar, ayudando a su madre en las labores domésticas, la escuela municipal y los campos, donde a veces se lleva a pastar el ganado. El sacerdote la presenta como modelo: «Haced como Teresa; si todos fuerais como ella, se acabarían mis preocupaciones».

El 2 de octubre de 1933, Teresa recibe el sacramento de la Confirmación. En su corazón lleva grabadas las palabras de Don Natale: «Estamos en la tierra para conocer, amar y servir al Señor, y contemplarlo en la otra vida en el Paraíso. Eso es lo que debe importarnos. Si no, lo perdemos todo». Aquel mismo año, Teresa lee emocionada la vida de santo Domingo Savio (1842-1857), discípulo de san Juan Bosco; el lema de aquel joven santo la fascina: «Antes morir que pecar». La meditación de las Máximas eternas de san Alfonso de Ligorio, centradas en la importancia de la salvación eterna y en las metas últimas del hombre, afianzan en su corazón la determinación de evitar cualquier pecado. Teresa se siente igualmente muy atraída por las santas vírgenes y mártires Inés, Lucía, Cecilia y la patrona de su parroquia, santa Julia, que había preferido ser crucificada antes que renegar de la fe. La Pasión de Jesús, descubierta por medio de un escrito de san Vicente Strambi, pasionista del siglo XVIII, es con frecuencia objeto de su contemplación. Asimismo, la Misa entre semana y la sagrada Comunión llegan a ser para ella una necesidad. Durante nueve primeros viernes de mes seguidos toma la comunión reparadora del Sagrado Corazón, que Nuestro Señor le había exigido a santa Margarita María. Teresa quisiera ingresar en la Compañía de las Hijas de María, pero su padre no se lo permite, porque las jóvenes de esa asociación deben postular de puerta en puerta para la parroquia. Teresa se somete sin decir palabra, pero no por ello abandona las prácticas de vida interior recomendadas a las Hijas de María.

A la edad de dieciséis años, Teresa asume trabajos agrícolas más duros, pues en esa familia no hay ningún hombre más que el padre: lleva los bueyes para la labranza, siembra, siega y recoge los frutos, pero nunca se queja del cansancio. No rechaza trabajo alguno, sustituyendo de buena gana a sus hermanas, hasta el punto de que Jacobo les dice un día: «Tengo miedo de que le hagáis daño, porque es demasiado buena». Su hermana Josefina describe del siguiente modo el carácter de Teresa: «No sé de dónde sacaba tanta fuerza... aceptaba fatigas y sacrificios por amor de Dios... todo se lo tomaba por el lado bueno... Nunca la vi enfadada, ni actuar irreflexivamente... Morir antes que pecar, ése era su programa de vida».

Una muralla natural

Al ver el fervor de Teresa, sus padres la consideran llamada a la vida religiosa, pero todavía no lo ha decidido. Una de sus amigas dirá: «Se manifestaba siempre hermosa y modesta en su manera de vestir». Su hermana María añade: «Siempre fue muy moderada y equilibrada en todo. No le gustaba hacerse notar. Siempre llevó trenzas y nunca quiso cortarse el pelo». Aunque no le gusta maquillarse, su belleza natural no pasa desapercibida en el pueblo, y son muchos los jóvenes que intentan acompañarla al salir de Misa o al volver de los campos. Amable con ellos y siempre dispuesta a ayudar, la joven se manifiesta reservada, empleando pequeños trucos para evitarlos, en especial a aquellos cuyo comportamiento es demasiado libre. Teresa encuentra en su modestia la garante de su castidad, según la siguiente frase de san Ambrosio: el pudor es «compañero de la pureza; su presencia hace más segura la castidad» (De Officiis, I, 20).

«El pudor, decía el Papa Pío XII, es la muralla natural de la castidad, su escudo eficaz, porque modera los actos estrechamente ligados al propio objeto de la castidad. Como un centinela adelantado, el pudor lanza su advertencia al hombre en cuanto adquiere uso de razón... y le acompaña durante toda la vida; exige que ciertos actos, decentes en sí mismos en cuanto que han sido dispuestos por Dios, sean protegidos por el velo discreto de la sombra y por la reserva del silencio, como para conciliarles el respeto debido a la dignidad de sus elevadas metas» (Congreso de la Unión Latina de Alta Costura, 8 de noviembre de 1957).

La protección de la pureza no se consigue sin combatir, como explicaba además Pío XII a las jóvenes de Acción Católica de Roma: «A excepción de la Virgen bienaventurada, resulta vano imaginarse una vida humana que pueda ser a la vez pura y vivida sin vigilancia ni combate... No conocéis el carácter de la fragilidad humana, ni de qué sangre corrompida fluyen las heridas dejadas en la naturaleza humana por el pecado de Adán con la ignorancia en la inteligencia, la malicia en la voluntad, la avidez del placer y la debilidad respecto al bien arduo en las pasiones de los sentidos... Mientras algunas vestimentas provocadoras sean el triste privilegio de mujeres de dudosa reputación y la señal para ser reconocidas, no osaremos adoptarlas. Pero el día en que esas vestimentas las lleven personas fuera de toda sospecha, no dudaremos ya en seguir la corriente, una corriente que quizás nos arrastre a las peores caídas» (22 de mayo de 1941). La Santísima Virgen había prevenido en Fátima a la beata Jacinta Marto que llegarían «modas que ofenderán mucho a Nuestro Señor». Esa advertencia estimula la vigilancia contra los peligros y las ruinas espirituales sembradas por las modas indecentes.

El Consejo pontifical para la familia recordaba, el 8 de diciembre de 1995, que «incluso si son aceptadas socialmente, hay maneras de hablar y de vestirse que son moralmente incorrectas y representan una manera de banalizar la sexualidad, reduciéndola a un objeto de consumo. Así pues, los padres deben enseñar a sus hijos el valor de la modestia cristiana, de una vestimenta sobria, de la necesaria libertad frente a las modas» (Verdad y sentido de la sexualidad humana, 97). En sí misma, la moda no tiene nada de malo, pues nace espontáneamente de la sociabilidad humana, siguiendo el impulso que incita a vivir en armonía con los semejantes. Sin embargo, la moda no es una regla suprema de conducta. Santo Tomás de Aquino nos enseña que hay acto meritorio de virtud en los aderezos femeninos cuando son conformes al estado de la persona y cuando se llevan con buena intención (Comentario sobre el profeta Isaías). Pero nos recuerda igualmente que el bien de nuestra alma prevalece sobre el de nuestro cuerpo, y que debemos preferir en beneficio de nuestro propio cuerpo el bien del alma de nuestro prójimo (Suma teológica). Por lo tanto, existe un límite que ninguna clase de moda puede permitir sobrepasar, un límite más allá del cual la moda se convierte en causa de ruina espiritual.

¿Qué criterio supremo?

Fortificada por los sacramentos, Teresa es un modelo de gozosa modestia. Su vida ejemplar revela un profundo amor a Dios y al prójimo, amor que suele olvidarse, según las palabras de Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16, 24). El que ama su alma la pierde; el que desprecia su alma en este mundo, la guardará para la vida eterna (Jn 12, 25). «Se trata, explica el Papa Juan Pablo II, de una verdad que el mundo contemporáneo rechaza con frecuencia y desprecia, pues hace del amor por sí mismo el criterio supremo de la existencia. Pero los testigos de la fe que nos hablan mediante el ejemplo de su vida no consideraron ni su propio beneficio ni su bienestar, ni siquiera su supervivencia física como valores superiores a la fidelidad al Evangelio» (7 de mayo de 2000). La fidelidad de Teresa a la voluntad de Dios, en los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana, la prepara para el combate supremo del martirio.

Ante la proximidad de la guerra, el Papa Pío XII hace una llamada a los cristianos para que recen por la paz, y Teresa multiplica sus plegarias. En los oficios religiosos manifiesta gran recogimiento, no teniendo ojos más que para mirar el altar, donde se halla el Santísimo Sacramento. Durante la Cuaresma de 1940, dos religiosos pasionistas llegan a Santa Giulia para predicar una misión popular. Al principio de cada instrucción, los misioneros repiten enérgicas sentencias: «La vida es corta, la muerte segura; la hora de la muerte es incierta; sólo tengo un alma; si la pierdo, ¿qué me queda? Todo pasa, todo acabará pronto, pero la eternidad nunca acabará». Teresa medita esas verdades y comprende la urgente necesidad de trabajar para el Reino de Dios, según las palabras de Jesús: Mira, pronto vendré y traeré mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo (Ap 22, 12).

Una tensa situación

Corre el mes de septiembre de 1943. Dos meses después de la destitución de Mussolini, Italia y las potencias aliadas firman un armisticio. Como represalia, y para evitar la invasión de su territorio, el Tercer Reich alemán decide ocupar la península italiana. Se organizan movimientos armados de resistencia contra el ocupante (los «partisanos»), que son especialmente activos en la provincia de Savona. Los alemanes, exasperados por la «traición» del aliado italiano, responden con severa represión a las operaciones de guerrilla de los partisanos. La diócesis de Acqui, a la cual pertenece Santa Giulia, sufre un doloroso calvario. Con peligro de su vida, el obispo del lugar, monseñor Dell'Omo, defiende ante los beligerantes la causa de las poblaciones civiles.

En la familia Bracco, aquellos tiempos turbulentos son testigos, como consecuencia de una enfermedad, del fallecimiento del padre, Jacobo, el 13 de mayo de 1944. Las seis mujeres que quedan en casa deben entonces proveer su subsistencia. Teresa tiene veinte años. Lejos de sentirse debilitada e inestable por la muerte de su padre, la joven se ha hecho más fuerte y valerosa, como si hubiera recibido las virtudes paternas como legado. El 24 de julio, tiene lugar cerca de Santa Giulia un sangriento enfrentamiento entre un destacamento alemán y un grupo de la resistencia. Después de haber matado a varios solados, los partisanos se refugian en el pueblo. Al día siguiente, los alemanes regresan con refuerzos y se entregan al saqueo. Son destruidas cinco granjas, y corre el rumor de que los soldados han violado a mujeres y adolescentes.

Una joven intrépida

El 27 de agosto se produce un nuevo enfrentamiento. Los partisanos emprenden la huida. El 28 por la mañana, Teresa asiste a la Misa de las siete, y luego marcha a trabajar a los campos, acompañada de sus hermanas Adela y Anna. De súbito, las tres jóvenes oyen unos disparos. Hacia las nueve, unos partisanos que huyen les advierten de que no regresen a Santa Giulia, porque están los alemanes. A pesar de su natural timidez, Teresa no les hace caso. «¿Qué más pueden hacerme que matarme?» – le dice a un vecino. Está resuelta a socorrer a su madre y a ayudar a poner a buen recaudo los objetos familiares más preciados, entre los que se encuentra la fotografía del padre. Acompañada de sus hermanas, reemprende el camino hacia el pueblo y alcanza un paraje denominado «el castañar», donde están ya los habitantes que han huido, entre ellos su madre. Una amiga de Teresa nos cuenta lo siguiente: «Hablé con ella de la barbarie de los soldados y de su poco respeto hacia las mujeres. Ella me dijo con decisión: «Antes que ser profanada, preferiría morir»». La madre de Teresa invita a las personas que allí se encuentran a rezar el Rosario.

A las tres de la tarde, los alemanes se aproximan con los partisanos que han sido capturados. Ángela y Teresa se esconden en el hueco de una roca, pero de repente los soldados descubren la presencia de ambas hermanas y les ordenan que sigan la columna de los prisioneros. Más adelante encuentran a una madre con su bebé; se trata de Enriqueta Ferrera, prima de Teresa. Tras ser obligada a seguir al grupo, ella exclama: «¡Tengo a mis otros hijos en el bosque!», y le permiten volver. Enriqueta entrega su niño a Teresa, pero éste se pone a gritar, obligando a su madre a recuperarlo. Entonces, un soldado ordena a Teresa que acompañe a su prima.

Una triste aventura

El esposo de Enriqueta contará lo que sigue: «Vi llegar a mi mujer llevando al niño, con Teresa, que me dijo: «Me han enviado para ayudaros a llevar a los niños»». En eso llegan cuatro soldados que ordenan volver a casa a la familia Ferrera, pero retienen a Teresa y a dos de sus jóvenes compañeras. Éstas son violadas unos minutos después. Cuando, aquella misma noche, se reúnen con sus familias secuestradas y cuentan, en presencia de la madre de Teresa, su triste aventura, a ésta se le encoge el corazón y piensa: «Si le sucede algo semejante, mi hija ya no volverá a casa». «Mientras que el grupo de las mujeres y los niños eran encaminados hacia Sanvarezzo, y luego encerrados en una estancia de mi casa –dirá un habitante de esa aldea–, las jóvenes, entre las cuales se hallaba Teresa, fueron obligadas por los soldados a seguirlos en direcciones diferentes. Oí repetidos gritos y llamadas de socorro; uno de mis vecinos, llamado Baldo Giovanni, de edad avanzada, se topó con el soldado que había raptado a Teresa, que la arrastraba apretándole el cuello».

Nada más marcharse el ejército alemán, Don Natale se dirige al lugar de la tragedia, acompañado por Venancio Ferrari y por la madre de la víctima, así como por su hermana. El cuerpo se halla en un lugar denominado «el Llano de las cerezas». Teresa yace con la espalda contra el suelo y las manos cruzadas sobre el pecho, en actitud de defensa contra un agresor. Una bala le ha perforado una mano y se le ha quedado alojada en el pecho. Puede verse una marca lívida en el cuello. Su rostro está lleno de hematomas y aparecen horribles huellas de mordeduras en el pecho y en los brazos. El cráneo presenta una hendidura de ocho centímetros provocada probablemente por el golpe de un calzado guarnecido de hierro. Con inmensa pena, el sacerdote hace cubrir rápidamente el cuerpo con una mortaja, sin permitir que lo toquen. Después, acude a certificar el fallecimiento y a examinar el cuerpo un médico, el doctor Scorza. «La integridad de la joven no ha sido mancillada, afirma. Ha luchado hasta ser estrangulada y muerta por el soldado, rabioso de no haber conseguido doblegarla».

«Por obediencia a Dios que le pedía defender el santuario de su cuerpo (cf. 1 Co 3, 16), escribía en 1998 monseñor Livio Maritano, obispo de Acqui Terme, Teresa desobedeció al hombre que pretendía violarla, pero que la habría dejado con vida. Su actitud no fue el silencio resignado frente a una bestia dispuesta a todo, sino un rechazo positivo a dejar que su belleza virginal quedara empañada. Teresa no es un personaje anacrónico, sino que se encuentra próxima a los jóvenes de hoy mediante su deseo de autenticidad y la coherencia entre aquello de lo que estaba convencida –su fe católica– y su modo de vida. Teresa Bracco estaba realmente «enamorada de Dios», por eso decidió sacrificar su vida; prefirió perderla aquí en la tierra para recobrarla por siempre en el Amor infinito».

El 31 de agosto, tiene lugar un funeral religioso muy discreto. Pero el ejército de ocupación está horrorizado por los excesos de sus propios soldados, cesando las represalias en la región; el sacrificio de Teresa empieza de ese modo a producir sus frutos. Tras haber enviado el obispo del lugar una carta de protesta al general alemán por los ultrajes que se han perpetrado contra algunas mujeres, este último reconoce que se han cometido violencias arbitrarias, por las cuales dos soldados alemanes han sido llevados ante tribunales militares.

Un faro para los jóvenes

Desde 1945, los habitantes de Santa Giulia tienen costumbre de reunirse cada 28 de agosto para conmemorar la muerte de Teresa. Numerosas personas de la diócesis se unen a ellos, y muchos se confiesan y comulgan, especialmente los jóvenes. Durante el transcurso de la ceremonia de beatificación de Teresa, el Papa Juan Pablo II resaltaba lo siguiente: «¡Qué significativo testimonio evangélico para las jóvenes generaciones que entran en el tercer milenio! ¡Qué mensaje de esperanza para todos aquellos que se esfuerzan en ir contra corriente del espíritu que reina en este mundo! Quiero presentar en especial a los jóvenes a esta joven, para que aprendan de ella la límpida fe de la que da testimonio el compromiso cotidiano, la coherencia moral sin compromiso, la valentía de sacrificar, en caso necesario, la propia vida, para no traicionar los valores que dan sentido a la vida».

Agradezcámosle al Santo Padre que nos haya propuesto como modelo el ejemplo de los mártires, que nos enseñan a mantener una conducta en armonía con nuestra fe. Por la fe «creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1814). Pero la fe «no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida. Además, una palabra no es acogida auténticamente si no se traduce en hechos, si no es puesta en práctica... Implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como Él vivió, o sea, en el mayor amor a Dios y a los hermanos... A través de la vida moral la fe llega a ser «confesión», no sólo ante Dios, sino también ante los hombres: se convierte en testimonio. Vosotros sois la luz del mundo –dice Jesús–... Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5, 14-16)» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, 88-89).

¡Que San José y la beata Teresa consigan para nosotros la gracia de una plena coherencia entre nuestra vida y nuestra fe católica, fuente de innumerables favores para nosotros y para todos aquellos a quienes confiamos al Señor en la oración!

Dom Antoine Marie osb

Para publicar la carta de la Abadía San José de Clairval en una revista, periódico, etc. o ponerla en un sitio internet u home page, se necesita una autorización. Ésta se nos debe pedir por email o por http://www.clairval.com.

Indices de las cartas  - Página de acogida

Webmaster © 1996-2017 Traditions Monastiques