Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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26 de marzo de 2001
San Braulio, obispo de Zaragoza


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

El 13 de octubre de 1917, en Fátima, Portugal, se produce un gran milagro: el sol baila en el cielo durante unos doce minutos ante 70.000 personas, con motivo de la aparición de la Santísima Virgen María a los tres niños Lucía, Jacinta y Francisco. Aquel hecho insólito, anunciado de antemano, da crédito a las palabras de la Virgen sobre la necesidad de rezar el Rosario y de hacer penitencia por los pecadores. Mientras la multitud mira estupefacta cómo se desplaza el sol y cree llegado el fin del mundo, los tres niños ven a San José con el Niño Jesús bendiciendo al mundo. Mediante aquella visión, Nuestra Señora pretende indicar a los pequeños videntes la importancia del papel de San José para la salvación del mundo.

Unos cincuenta años antes, el 20 de septiembre de 1870, un ejército de 60.000 piamonteses, a las órdenes del rey sardo Víctor Manuel II, entraba en Roma, capital de la cristiandad, y privaba al Beato Pío IX (beatificado con Juan XXIII por el Papa Juan Pablo II el 3 de septiembre de 2000) de la soberanía temporal de la que habían gozado los obispos de Roma desde los tiempos de Carlomagno. En esas horas críticas, tanto el Papa como el universo católico se hallaban angustiados, sin saber cómo la Iglesia podría liberarse, en tales circunstancias, de los obstáculos políticos. Queriendo confiar el futuro de la Iglesia a la misericordia de Dios, Pío IX la puso bajo la protección especial de San José, a quien declaró «Patrón de la Iglesia Católica».

San José es «un protector destacado». Efectivamente, «José fue el guardián, el ecónomo, el educador, el cabeza de la familia donde el Hijo de Dios quiso vivir en la tierra. En una palabra: fue el protector de Jesús. Y la Iglesia, en su sabiduría, ha llegado a la conclusión de que si fue el protector del cuerpo, de la vida física e histórica de Cristo, José será sin duda en el Cielo el protector del Cuerpo místico de Cristo, es decir, de la Iglesia» (Pablo VI, 19 de marzo de 1968). El patrocinio de San José, afirma el Papa Juan Pablo II, «debe ser invocado y resulta siempre necesario para la Iglesia, no solamente para defenderla contra los incesantes y renovados peligros, sino también –y sobre todo– para socorrerla en sus redoblados esfuerzos de evangelización del mundo y de nueva evangelización de los países y naciones donde la religión y la vida cristiana eran antaño de lo más florecientes y que, en la actualidad, son sometidos a duras pruebas» (Exhortación Apostólica Redemptoris custos, 15 de agosto de 1989, 29).

A primera vista, San José se nos presenta como un personaje muy difuminado. «En el espejo del relato evangélico, decía el Papa Pablo VI, José se nos aparece con notables rasgos de extremada humildad: es un pobre y modesto obrero, oscuro, carente de toda singularidad y que, ni siquiera en el Evangelio, plasma ninguna inflexión de su voz, de tal modo que el texto no recoge palabra alguna de él, contentándose con hablar de su actitud, de su conducta, de lo que hizo, y todo ello en medio de una silenciosa reserva y de una perfecta obediencia» (19 de marzo de 1965).

A nuestros pies

Pero, en realidad, San José es un maestro incomparable y muy accesible: «José fue, en todos los momentos y de una manera ejemplar, un inmejorable guardián, ayudante y maestro... Fijemos nuestra mirada sobre su humildad. ¡Cuán fraternal nos parece y, hasta podríamos decir, cercana a nuestras frágiles, mediocres, despreciables y pecadoras estaturas! ¡Qué fácil nos resulta confiar en un santo que no sabe intimidarnos, que no guarda distancia alguna entre él y nosotros, y que llega incluso, con una condescendencia que nos confunde, a postrarse por así decirlo a nuestros pies para confiarnos: este es el nivel que me ha sido asignado! Pues bien, es precisamente a ese nivel, a esa sumisión indecible a la que se rebajó el Señor del Cielo y de la tierra y quiso rendirle honor, convirtiéndola en objeto destacado y prefiriéndola a todos los demás valores humanos» (ibíd.). Por eso San José es «la prueba de que para ser un auténtico y buen discípulo de Cristo no es necesario realizar grandes cosas, sino que bastan las virtudes comunes, humanas, sencillas pero auténticas» (ibíd., 19 de marzo de 1969).

En el transcurso de la historia fueron muchos los santos que volvieron su mirada hacia San José para cantar sus grandezas, implorar su protección e imitar sus virtudes. Así por ejemplo, sor María Repetto, religiosa «briñolina» que el Papa Juan Pablo II beatificó el 4 de octubre de 1981, tenía una confianza sin límites en San José. Hija de un notario, María Repetto era la primogénita de una familia de once hermanos, y había nacido el 31 de octubre de 1807 en Voltaggio, en el noroeste de Génova (Italia), siendo bautizada ese mismo día. Los esposos Repetto transmiten a sus hijos una fe profunda y el amor para con los pobres, de tal modo que cuatro de sus hijas llegarán a ser religiosas, y un hijo será ordenado sacerdote. El 7 de mayo de 1829, María se presenta en la morada de las Hijas de Nuestra Señora del Refugio (llamadas «briñolinas»), en Bisagno (cerca de Génova), para incorporarse a la vida religiosa, recibiendo el hábito el 15 de agosto de 1829 y pronunciando los votos dos años más tarde.

Sor María observa la regla de las briñolinas con excepcional fidelidad, con humildad y simpleza, con tranquilidad y edificación. En un principio trabaja en la costura, pues el obrador garantiza la vida material de las hermanas. Allí se bordan, con hilos de seda o de oro, manteles, camisas o ricas prendas que se venden a gente adinerada; la labor es tan perfecta que se las quitan de las manos. La excelente calidad de ese trabajo se debe al amor que le dedican las hermanas, a imitación de San José. «En la vida de la familia de Nazaret, escribe el Papa Juan Pablo II, una de las expresiones del amor es el trabajo. El texto evangélico precisa la clase de trabajo con el que José intentaba garantizar la subsistencia de su familia: el de carpintero... La obediencia de Jesús en aquella casa de Nazaret es entendida también como una participación en el trabajo de José. El que era conocido como el «hijo del carpintero» había aprendido el trabajo de su padre putativo» (Redemptoris custos, 22-23). Jesús aprendía de San José a realizar un trabajo perfecto, de tal manera que «En el desarrollo humano de Jesús en sabiduría, en estatura y en gracia, ocupó un lugar importante una virtud: la conciencia profesional» (ibíd.).

Patrón de los diplomáticos

El minucioso trabajo de sor María, unido a las mortificaciones que se impone a sí misma, le debilita considerablemente la vista, por lo que se le asigna el oficio de portera. Es fácil abrir una puerta, pero difícil ser una buena portera en una morada religiosa, pues consiste en actuar como intermediario entre la vida del convento y la del mundo exterior. La labor de la portera consiste en velar para que nada inconveniente pase al interior. En contrapartida, a las gentes del exterior les aporta consuelo y socorro espiritual. Así pues, necesita hacer uso de la diplomacia, y sor María recurre a San José como patrón que es de los diplomáticos.

El Beato Juan XXIII consideraba también a San José como un modelo para los diplomáticos. Con motivo de su nombramiento como visitador apostólico en Bulgaria, Monseñor Roncalli, futuro Juan XXIII, le decía al cardenal Gasparri que, para recibir la consagración episcopal, había elegido la festividad de San José «porque ese santo debe ser, seguramente, el mejor maestro y patrón de los diplomáticos de la Santa Sede. – ¡Ah!, pues sí, dijo el cardenal, no esperaba esa respuesta. – Y además, Eminencia, saber obedecer, saber callarse, hablar cuando hay que hacerlo, con moderación y reserva, es la función de un diplomático de la Santa Sede, y también la de San José. Nos lo imaginamos partiendo rápidamente, por obediencia, hacia Belén, buscando una posada y velando junto al pesebre; ocho días después del nacimiento de Jesús cumple con el rito judío que consagraba a los recién nacidos como miembros del pueblo elegido; podemos verlo luego recibiendo con honor a los Magos, aquellos espléndidos embajadores de oriente; después por los caminos de Egipto y más tarde de regreso hacia Nazaret, siempre obediente y silencioso, presentando y escondiendo alternativamente a Jesús, defendiéndolo y alimentándolo. Pero él queda siempre oculto y en la sombra de los misterios del Señor, sobre los cuales, en cada circunstancia, un ángel proyectaba una nota ligera y pasajera de luz celestial».

A su manera, sor María Repetto imita el ejemplo de San José, recibiendo a la gente con afabilidad y de buena gana, sin permitir nunca que alguien se vaya sin recibir una frase amable, un consejo o una recomendación espiritual. Sor María demuestra una gran simplicidad, llena de cordialidad pero reservada en sus frases, y de su actitud emana una especie de atracción que invita a la confianza y al respeto. Sin embargo, por muy angélica que resulte su paciencia, no le es natural, y ella misma repite: «Hay que ir contracorriente», gracias a la oración y al sacrificio. A pesar de las incorrecciones, de las adversidades y de las penas, ella se esmera en mantener la sonrisa. Cada día llaman entre diez y veinte personas, pero la última la encuentra igual de amable que la primera.

«¡San José se ha conmovido!»

Su confianza en San José es total, de tal modo que aconseja siempre que se recurra a él. Cuando alguien le pide una cosa algo difícil, ella se dirige primero a rezar ante la estatua de San José que está en el pasillo adyacente a la portería, regresando luego para dar la respuesta esperada. Un día acude a lamentarse, compungida, la pariente de una joven de 21 años que ha perdido la fe y que va a morir sin haberse reconciliado con Dios: «No puedo hacer nada», responde sor María. «¡Pídaselo a San José!», suplica la visitante. «Ya se lo he pedido; no hay nada que hacer». Pero, de súbito, levantando la vista al cielo, exclama: «¡Escuche, San José se ha conmovido! Le ha concedido esa gracia. Váyase a casa. El párroco X hará el resto». Y al llegar junto a la moribunda, la visitante encuentra efectivamente a ese sacerdote, que la enferma ha mandado llamar para que le administre los sacramentos.

En otra ocasión, es una esposa la que encomienda a su marido, que se ha quedado ciego. La hermana le aconseja que rece a San José, y luego regresa a su celda girando cara a la pared el cuadro que representa al santo, diciéndole: «Prueba también tú lo que significa estar a oscuras». Al día siguiente, la mujer regresa y comunica que su marido ha recobrado la vista de repente. Sor María corre inmediatamente a su celda y da la vuelta al cuadro, diciendo con sencillez: «Gracias, San José». Su manera de proceder, que puede resultar sorprendente, denota una libertad filial para con ese gran santo.

Para ejercer su apostolado, sor María siempre tiene a mano medallas de San José, que distribuye generosamente. También tiene costumbre de regalar «Giuseppini» («pequeños San José»), que son representaciones de San José de tela o de papel, de un centímetro y medio de lado. Después de una delicada operación tras la cual la herida no consigue cicatrizarse, una mujer acude a realizar una súplica. «Aplique un Giuseppino sobre la parte afectada, responde sor María. Yo rezaré a San José y él le curará». Poco tiempo después, la plegaria obtiene respuesta, deteniéndose la supuración de la herida y formándose la cicatriz. Y otras muchas curaciones se producen de la misma manera.

Según enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, «el sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado, en todo tiempo, su expresión en formas variadas de piedad en torno a la vida sacramental de la Iglesia: tales como la veneración de las reliquias, las visitas a santuarios, las peregrinaciones, las procesiones, el vía crucis, el Rosario, las medallas, etc. Estas expresiones prolongan la vida litúrgica de la Iglesia, pero no la sustituyen» (nº 1674-1675). Mediante el uso de las medallas, los fieles se someten a la protección de los santos que en ellas se representan, sienten la necesidad de confiar en ellos, de tal modo que la plegaria que les dirigen puede conseguir numerosos favores.

¿Egoísmo avaro o caridad previsora?

La veneración de sor María hacia San José la mueve a utilizar los bienes de este mundo con un espíritu de pobreza. El Papa Pablo VI decía: «Junto con el laborioso y pobre San José, ocupado como nosotros en ganarse algo para vivir, llegaremos a asimilar que los bienes económicos son también dignos de nuestro interés como cristianos, con la condición de no ser considerados como un fin en sí mismos, sino como medios de sustentar una vida orientada hacia los bienes superiores; con la condición también de no ser objeto de un egoísmo avaro, sino el aliciente y la fuente de una caridad previsora; con la condición además de no estar destinados a eximirnos del trabajo personal ni a favorecer el fácil y blando goce de los supuestos placeres de la vida, sino, más bien al contrario, de estar honradamente y ampliamente dispensados en provecho de todos. La digna y laboriosa pobreza de ese santo evangélico sigue siendo hoy para nosotros un excelente guía para poder encontrar en nuestro mundo moderno las huellas de los pasos de Cristo» (19 de marzo de 1969).

Sor María imita a Cristo pobre. Nunca lleva hábitos nuevos, sino que usa la ropa usada de las demás hermanas, que ella misma ajusta y remienda: «Es un lujo vestir algo nuevo, dice, cuando lo viejo basta». También da muestras de su amor por la pobreza mediante la atención que presta a los indigentes que a ella se dirigen. Nunca se habían visto mendigar tantos pobres en la casa de las briñolinas hasta que sor Repetto fue portera. Al no poder dispensarles con grandes generosidades, ella les da lo que tiene: pan, algo de comida, ropa o unas pocas monedas. En el refectorio coloca un cepillo con la siguiente inscripción: «Para los pobres de sor Repetto», y las demás religiosas le ayudan de esa manera a atender las necesidades de los desgraciados. Incluso llega a pedir por ellos a la superiora, a los administradores y a las personas acomodadas que se acercan al convento. Sor María recoge con una mano y reparte con la otra.

Nada más escucharme con sus oídos...

Pero esa preocupación suya por los pobres no siempre es bien comprendida en la comunidad, engendrando algunas desavenencias. Por eso la superiora le pide un día que ya no se encargue de la portería. «Ha sido por culpa de mis pecados», piensa sor María; pero se somete con humildad a la voluntad de Dios, manifestada a través de su superiora. «La obediencia sin demora, escribe San Benito, corresponde a quienes nada conciben más amable que Cristo. Estos, por razón del santo servicio que han profesado, o por temor del infierno, o por el deseo de la vida eterna en la gloria, son incapaces de diferir la realización inmediata de una orden tan pronto como ésta emana del superior, igual que si se lo mandara el mismo Dios. De ellos dice el Señor: Nada más escucharme con sus oídos, me obedeció (Sal 17, 45). Y dirigiéndose a los maestros espirituales: Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí (Lc 10, 16)... Ellos son los que indudablemente imitan al Señor, que dijo de sí mismo: No he venido para hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió (Jn 6, 38)» (Regla, cap. 5). Al no estar ya solicitada por los visitantes, sor María pasa mucho más tiempo rezando en la capilla; pero unos meses después le es confiada de nuevo la obediencia de portera. En su adhesión al beneplácito divino, imita el valioso ejemplo de San José.

«La adhesión de San José a la voluntad de Dios es el ejemplo sobre el que hoy debemos meditar, decía el Papa Pablo VI el 19 de marzo de 1968... En San José encontramos una sorprendente docilidad, una prontitud excepcional de obediencia y de cumplimiento, pues él ni discute, ni duda, ni argumenta con derechos o aspiraciones... José acepta su destino porque se le ha dicho lo siguiente: No temas tomar contigo a María tu esposa, porque lo concebido en ella es del Espíritu Santo. Y José obedece. Más tarde se le ordenará que emprenda la huida, porque el Salvador recién nacido está en peligro. Y él afronta un largo viaje a través de ardientes desiertos, sin recursos ni información alguna, exiliado en un país extranjero y pagano; pero seguirá siendo fiel y diligente a la voz del Señor, quien le ordenará a continuación que inicie el camino de regreso. Nada más retornar a Nazaret reanuda su vida habitual de artesano», alternando el trabajo con la oración.

También sor María, fuera de su deber de estado de portera, se consagra a la oración. Está en continuo recogimiento, conversando sin cesar con Dios, incluso por los pasillos de la casa. Sin ninguna afectación, pero en una exhalación de amor, pronuncia los nombres de Jesús y de María. Suele meditar asiduamente acerca de la Pasión, siguiendo todos los días el vía crucis. Para poder rezar correctamente se encomienda a San José, «porque este glorioso santo aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan», afirma Santa Teresa de Jesús (Libro de la vida, cap. 6). Y la reformadora del Carmelo sigue escribiendo: «Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios... Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción: en especial personas de oración siempre le habrían de ser aficionadas..; Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro, y no errará en el camino» (ibíd.).

Como incomparable maestro de la oración, San José es además «guardián de las vírgenes» y protector de la castidad conyugal. Al ser elegido por Dios para convertirse en el esposo de María, fue dotado de una pureza más brillante que el sol. Por eso la Santísima Virgen se entregó a él con entera seguridad como al guardián de su virginidad. De igual modo, sor María confía su consagración virginal a la poderosa protección de San José, rezándole igualmente con vehemencia por la conversión de los pecadores, pues su máxima preocupación es el bien de las almas. Cuando le solicitan que rece por los enfermos, ella responde: «La primera gracia que hay que pedir es la salvación del alma» y, para hacer que su oración sea más eficaz, añade la penitencia. Y Dios se complace en revelar a esa alma sencilla y humilde algunos acontecimientos venideros. Una familia no tenía noticias durante un año de un tal Bartolomé; la madre de éste envía a su hija a hablar con sor María, quien se dirige a la iglesia a rezar ante el cuadro que representa a San José, volviendo luego con semblante alegre: «Ya que me pide noticias de su hermano, le diré que ya está en Génova y que le espera». Un día, sor Manuela le pregunta cuándo será elevada a los altares la fundadora de la orden, Virginia Centurione. Sor María le asegura que «Una de sus hijas será honrada antes que ella», sin saber que se estaba designando a sí misma, pues, de saberlo, no habría revelado nada. Virginia Centurione fue beatificada, en efecto, en 1985, cuatro años después que María Repetto.

Todavía no

A pesar de sus trabajos y penitencias, la vida religiosa de sor María se dilata durante 60 años sin padecer ninguna enfermedad, pero el desgaste de los años acaba manifestándose. El 8 de septiembre de 1888 le pide al Señor que se la lleve con Él al Paraíso. Dios les responde: «Te llevaré conmigo, pero todavía no puedes venir, pues debes pasar por el purgatorio. – Déjame entonces aquí hasta que sea digna de ti», replica. En la enfermería, aceptando sus sufrimientos con paciencia y serenidad, conseguirá ser digna del Cielo. Sor María comulga todos los días, recogiéndose en sí misma durante mucho tiempo, hablándoles de buen grado sobre el Paraíso a quienes la interpelan.

El 5 de enero de 1890, sor María sufre una ligera convulsión. Poco después, abre los ojos, alza su mirada hacia el cielo, tiende los brazos y murmura sonriendo: «Regina cæli, lætare, alleluia (Reina del Cielo, regocíjate, ¡aleluya!»; finalmente entrega su alma, que está en el Cielo en el amor infinito de la Trinidad. El 4 de octubre de 1981, el Papa Juan Pablo II la proclama beata, diciendo en aquella ocasión: «Más que la puerta del convento, supo mantener su corazón abierto a todos, siempre para dar y para darlo todo a Dios y a los pobres, en medio de la serenidad y de la alegría».

Siguiendo el ejemplo de la Beata María Repetto, recurramos a San José en todas nuestras necesidades, tanto espirituales como temporales, y dispongámonos a imitar sus virtudes. El Beato Juan XXIII afirmaba el 19 de marzo de 1961: «Quien quiera salvarse, encontrarse seguro en la casa del Padre y conservar los dones preciosos de la naturaleza y de la gracia recibidos de Dios, no tiene más que someterse a la perpetua enseñanza del Evangelio y de la Iglesia, de la que la humilde vida de San José nos ofrece un ejemplo muy atractivo». Esa es la gracia que deseamos para usted.

Dom Antoine Marie osb

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