Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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31 de agosto de 2000
San Ramón


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios (1 Co, 1, 27-29). «Dios eligió y glorificó a una sencilla joven campesina, de origen humilde. La glorificó con el poder de su Espíritu... Queridísimos hermanos y hermanas. Mirad a María Goretti, mirad el Cielo que ella alcanzó por la observancia heroica de los mandamientos, donde ahora se encuentra en la gloria de los santos... Se ha convertido en gozo para la Iglesia y en fuente de esperanza para nosotros», decía el Papa Juan Pablo II el 29 de septiembre de 1991.

El Santo Padre pronunciaba estas palabras al final del año que conmemoraba el centenario del nacimiento de Santa María Goretti. María había visto la luz el 16 de octubre de 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona (Italia), en el seno de una familia pobre de bienes terrenales pero rica en fe y virtudes: oración en común y Rosario todos los días, y los domingos Misa y sagrada Comunión. María es la tercera de los siete hijos de Luigi Goretti y Assunta Carlini. Al día siguiente de su nacimiento, es bautizada y consagrada a la Virgen. Recibirá el sacramento de la Confirmación a la edad de seis años.

Después del nacimiento de su cuarto hijo, Luigi Goretti, demasiado pobre para poder subsistir en su región de origen, emigra con su familia a las grandes llanuras de los campos romanos, todavía insalubres en la época, estableciéndose en Ferriere di Conca, al servicio del conde Mazzoleni, donde María no tarda en revelar una inteligencia y una madurez precoces. No hay en ella ni un solo atisbo de capricho, ni de desobediencia ni mentira. Es realmente el ángel de la familia.

Tras un año de trabajo agotador, Luigi contrae una enfermedad que acaba con él en diez días. Para Assunta y sus hijos empieza un largo calvario. María llora a menudo la muerte de su padre, y aprovecha cualquier ocasión para arrodillarse delante de la verja del cementerio. Quizás su papá se encuentre en el Purgatorio, y como ella no dispone de medios para encargar Misas por el reposo de su alma, se esfuerza en compensarlo con sus plegarias. Pero no hay que pensar que aquella niña practica la bondad sin esfuerzo, ya que sus sorprendentes progresos son el fruto de la oración. Su madre contará que el Rosario le resultaba necesario y, de hecho, lo llevaba siempre enrollado alrededor de la muñeca. De la contemplación del crucifijo, María se nutre de un intenso amor de Dios y de un profundo horror por el pecado.

«Quiero a Jesús»

María suspira por el día en que recibirá la sagrada Eucaristía. Según era costumbre en la época, debía esperar hasta los once años, pero un día le pregunta a su madre: «Mamá, ¿cuándo tomaré la Comunión?... Quiero a Jesús. – ¿Cómo vas a tomarla, si no te sabes el catecismo? Además, no sabes leer, no tenemos dinero para comprarte el vestido, los zapatos y el velo, y no tenemos ni un momento libre. – ¡Pues nunca podré tomar la Comunión, mamá! ¡Y yo no puedo estar sin Jesús! – ¿Y qué quieres que haga? No puedo dejar que vayas a comulgar como una pequeña ignorante». Finalmente, María encuentra un medio de prepararse con la ayuda de una persona del lugar, y todo el pueblo acude en su ayuda para proporcionarle ropa de comunión. Recibe la Eucaristía el 29 de mayo de 1902.

La recepción del Pan de los ángeles aumenta en María el amor por la pureza y le anima a tomar la resolución de conservar esa angélica virtud a toda costa. Un día, tras haber oído un intercambio de frases deshonestas entre un muchacho y una de sus compañeras, le dice con indignación a su madre: «Mamá, ¡qué mal habla esa niña! – Procura no tomar parte nunca en esas conversaciones. – No quiero ni pensarlo, mamá; antes que hacerlo, preferiría...» y la palabra «morir» se le queda a sus labios. Un mes más tarde, la voz de su sangre terminará la frase.

Al entrar al servicio del conde Mazzoleni, Luigi Goretti se había asociado con Giovanni Serenelli y su hijo Alessandro. Las dos familias viven en apartamentos separados, pero la cocina es común. Luigi se arrepintió enseguida de aquella unión con Giovanni Serenelli, persona muy diferente de los suyos, bebedor y carente de discreción en sus palabras. Después de la muerte de Luigi, Assunta y sus hijos habían caído bajo el yugo despótico de los Serenelli. María, que ha comprendido la situación, se esfuerza por apoyar a su madre: «Ánimo, mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La Providencia nos ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!».

Desde la muerte de su marido, Assunta siempre está en el campo y ni siquiera tiene tiempo de ocuparse de la casa, ni de la instrucción religiosa de los más pequeños. María se encarga de todo, en la medida de lo posible. Durante las comidas, no se sienta a la mesa hasta que no ha servido a todos, y para ella se pone las sobras. Su obsequiosidad se extiende igualmente a los Serenelli. Por su parte, Giovanni, cuya esposa había fallecido en el hospital psiquiátrico de Ancona, no se preocupa nada de su hijo Alessandro, joven robusto de diecinueve años, grosero y vicioso, al que le gusta empapelar su habitación con imágenes obscenas y leer libros indecentes. En su lecho de muerte, Luigi Goretti había presentido el peligro que la compañía de los Serenelli representaba para sus hijos, y había repetido sin cesar a su esposa: «¡Assunta, regresa a Corinaldo!». Por desgracia, Assunta está endeudada y comprometida por un contrato de arrendamiento.

Una flor de lis inmaculada

Al estar en contacto con los Goretti, algunos sentimientos religiosos han hecho mella en Alessandro. A veces se agrega al rezo del Rosario que realizan en familia, y los días de fiesta oye Misa, confesándose incluso de vez en cuando. Pero todo ello no impide que haga proposiciones deshonestas a la inocente María, que en un principio no comprende. Más tarde, al adivinar las intenciones perversas del muchacho, la joven está sobre aviso y rechaza la adulación y las amenazas. Suplica a su madre que no la deje sola en casa, pero no se atreve a explicarle claramente las causas de su pánico, pues Alessandro la ha amenazado: «Si le cuentas algo a tu madre, te mato». Su único recurso es la oración. La víspera de su muerte, María pide de nuevo llorando a su madre que no la deje sola, pero, al no recibir más explicaciones, ésta lo considera un capricho y no concede ninguna importancia a aquella reiterada súplica.

El 5 de julio, a unos cuarenta metros de la casa, están trillando las habas en la era. Alessandro lleva un carro arrastrado por bueyes, haciéndolo girar una y otra vez sobre las habas extendidas en el suelo. Hacia las tres de la tarde, en el momento en que María se encuentra sola en la casa, Alessandro dice: «Assunta, ¿quiere hacer el favor de llevar un momento los bueyes por mí?». Sin sospechar nada, la mujer lo hace. María, sentada en el umbral de la cocina, remienda una camisa que Alessandro le ha entregado después de comer, mientras vigila a su hermanita Teresina, que duerme a su lado.

«¡María!, grita Alessandro. – ¿Qué quieres? – Quiero que me sigas. – ¿Para qué? – ¡Sígueme! – Si no me dices lo que quieres, no te sigo». Ante semejante resistencia, el muchacho la agarra violentamente del brazo y la arrastra hasta la cocina, atrancando la puerta. La niña grita, pero el ruido no llega hasta el exterior. Al no conseguir que la víctima se someta, Alessandro la amordaza y esgrime un puñal. María se pone a temblar pero no sucumbe. Furioso, el joven intenta con violencia arrancarle la ropa, pero María se deshace de la mordaza y grita: «No hagas eso, que es pecado... Irás al infierno». Poco cuidadoso del juicio de Dios, el desgraciado levanta el arma: «Si no te dejas, te mato». Ante aquella resistencia, la atraviesa a cuchilladas. La niña se pone a gritar: «¡Dios mío! ¡Mamá!», y cae al suelo. Creyéndola muerta, el asesino tira el cuchillo y abre la puerta para huir, pero, al oírla gemir de nuevo, vuelve sobre sus pasos, recoge el arma y la traspasa otra vez de parte a parte; después, sube a encerrarse a su habitación.

María ha recibido catorce heridas graves y se ha desvanecido. Al recobrar el conocimiento, llama al señor Serenelli: «¡Giovanni! Alessandro me ha matado... Venga...». Casi al mismo tiempo, despertada por el ruido, Teresina lanza un grito estridente, que su madre oye. Asustada, le dice a su hijo Mariano: «Corre a buscar a María; dile que Teresina la llama». En aquel momento, Giovanni Serenelli sube las escaleras y, al ver el horrible espectáculo que se presenta ante sus ojos, exclama: «¡Assunta, y tú también, Mario, venid!». Mario Cimarelli, un jornalero de la granja, trepa por la escalera a toda prisa. La madre llega también: «¡Mamá!, gime María. – ¿Qué ha pasado? – ¡Es Alessandro, que quería hacerme daño!». Llaman al médico y a los gendarmes, que llegan a tiempo para impedir que los vecinos, muy excitados, den muerte a Alessandro en el acto.

¡Ni una gota de agua!

Después de un largo y penoso viaje en ambulancia, hacia las ocho de la tarde llegan al hospital. Los médicos se sorprenden de que la niña todavía no haya sucumbido a sus heridas, pues ha sido alcanzado el pericardio, el corazón, el pulmón izquierdo, el diafragma y el intestino. Al comprobar que no tiene cura, mandan llamar al capellán. María se confiesa con toda lucidez. Después, los médicos le prodigan sus cuidados durante dos horas, sin dormirla. María no se lamenta, y no deja de rezar y de ofrecer sus sufrimientos a la Santísima Virgen, Madre de los dolores. Su madre consigue que le permitan permanecer a la cabecera de la cama. María aún tiene fuerzas para consolarla: «Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están mis hermanos y hermanas?».

A María le devora la sed: «Mamá, dame una gota de agua. – Mi pobre María, el médico no quiere, porque sería peor para ti». Extrañada, María sigue diciendo: «¿Cómo es posible que no pueda beber ni una gota de agua?». Luego, dirige la mirada sobre Jesús crucificado, que también había dicho «¡Tengo sed!», y se resigna. El capellán del hospital la asiste paternalmente y, en el momento de darle la sagrada Comunión, la interroga: «María, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino?». Ella, reprimiendo una instintiva repulsión, le responde: «Sí, le perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al Paraíso. Quiero que esté a mi lado... Que Dios le perdone, porque yo ya le he perdonado». En medio de esos sentimientos, los mismos que tuvo Jesucristo en el calvario, María recibe la Eucaristía y la Extremaunción, serena, tranquila, humilde en el heroísmo de su victoria. El final se acerca. Se le oye decir: «Papá». Finalmente, después de una postrera llamada a María, entra en la gloria inmensa del Paraíso. Es el día 6 de julio de 1902, a las tres de la tarde.

Está perdiendo el tiempo, Monseñor

El juicio de Alessandro tiene lugar tres meses después del drama. Aconsejado por su abogado, confiesa: «Me gustaba. La provoqué dos veces al mal, pero no pude conseguir nada. Despechado, preparé el puñal que debía utilizar». Es condenado a treinta años de trabajos forzados, aparentando no sentir ningún remordimiento del crimen. A veces se le oye gritar: «¡Anímate, Serenelli, dentro de veintinueve años y seis meses serás un burgués!». Pero María no lo olvida. Unos años más tarde, Monseñor Blandini, obispo de la diócesis donde está la prisión, siente la inspiración de visitar al asesino para encaminarlo al arrepentimiento. «Está perdiendo el tiempo, Monseñor, afirma el carcelero, ¡es un duro!». Alessandro recibe al obispo refunfuñando, pero, ante el recuerdo de María, de su heroico perdón, de la bondad y de la misericordia infinitas de Dios, se deja alcanzar por la gracia. Después de salir el prelado, llora en la soledad de la celda, ante la estupefacción de los carceleros.

Una noche, María se le aparece en sueños, vestida de blanco en los jardines floridos del Paraíso. Trastornado, Alessandro escribe a monseñor Blandini: «Lamento sobre todo el crimen que cometí porque soy consciente de haberle quitado la vida a una pobre niña inocente que, hasta el último momento, quiso salvar su honor, sacrificándose antes que ceder a mi criminal voluntad. Pido perdón a Dios públicamente, y a la pobre familia, por el enorme crimen que cometí. Confío obtener también yo el perdón, como tantos otros en la tierra». Su sincero arrepentimiento y su buena conducta en el penal le devuelven la libertad cuatro años antes de la expiración de la pena. Después, ocupará el puesto de hortelano en un convento de capuchinos, mostrando una conducta ejemplar, y será admitido en la orden tercera de San Francisco.

Gracias a su buena disposición, Alessandro es llamado como testigo en el proceso de beatificación de María. Resulta algo muy delicado y penoso para él, pero confiesa: «Debo hacer reparación, y debo hacer todo lo que esté en mi mano para su glorificación. Toda la culpa es mía. Me dejé llevar por la brutal pasión. Ella es una santa, una verdadera mártir. Es una de las primeras en el Paraíso, después de lo que tuvo que sufrir por mi causa».

En la Navidad de 1937, se dirige a Corinaldo, lugar donde se había retirado con sus hijos Assunta Goretti. Lo hace simplemente para hacer reparación y pedir perdón a la madre de su víctima. Nada más llegar ante ella, le pregunta llorando: «Assunta, ¿puede perdonarme? – Si María te ha perdonado, balbucea, ¿cómo no voy a perdonarte yo?». El mismo día de Navidad, los habitantes de Corinaldo se ven sorprendidos y emocionados al ver aproximarse a la mesa de la Eucaristía, uno junto a otro, a Alessandro y Assunta.

«¡Miradla!»

La influencia de María Goretti, canonizada como mártir por el Papa Pío XII el 26 de junio de 1950, continúa en nuestros días. El Papa Juan Pablo II la presenta especialmente como modelo para los jóvenes: «Nuestra vocación por la santidad, que es la vocación de todo bautizado, se ve alentada por el ejemplo de esta joven mártir. Miradla, sobre todo vosotros los adolescentes, vosotros los jóvenes. Sed capaces, como ella, de defender la pureza del corazón y del cuerpo; esforzaos por luchar contra el mal y el pecado, alimentando vuestra comunión con el Señor mediante la oración, el ejercicio cotidiano de la mortificación y la escrupulosa observancia de los mandamientos» (29 de septiembre de 1991).

La observancia completa de los mandamientos es fruto del amor. «El amor de Dios y el amor al prójimo son inseparables de la observancia de los mandamientos de la Alianza», recordaba el Papa en su encíclica Veritatis splendor (6 de agosto de 1993, 76). En esto sabemos que le conocemos, dice San Juan: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco» y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él... Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos (1 Jn 2, 3-4; 5, 3). Con la ayuda de la gracia de Dios es posible observar los mandamientos. «Dios no pide cosas imposibles, sino que al mandarte algo te invita a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedes, ayudándote para que lo puedas. Sus mandamientos no son pesados (1 Jn 5, 3), su yugo es suave y su carga ligera (cf. Mt 11, 30)» (Concilio de Trento, sesión VI, cap. 11). El ámbito espiritual de la esperanza siempre está abierto al hombre. Es en la Cruz salvífica de Jesús, en el don del Espíritu Santo y en los sacramentos (especialmente en la Penitencia y en la Eucaristía), donde el creyente encuentra la fuerza para ser fiel a su Creador, incluso en medio de las dificultades más graves (cf. Veritatis splendor, 103).

La realidad y el poder de la ayuda divina se manifiestan de una manera particularmente tangible en los mártires. Elevándolos al honor de los altares, «la Iglesia ha canonizado su testimonio y declaró verdadero su juicio, según el cual el amor implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos, incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque fuera con la intención de salvar la propia vida» (Veritatis splendor, 91). Indudablemente, pocas personas son llamadas a padecer el martirio de la sangre. Sin embargo, «ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que –como enseña San Gregorio Magno– le capacita a «amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno»» (íd., 93).

Por eso el Papa no teme decir a los jóvenes «No tengáis miedo de ir contracorriente, de rechazar los ídolos del mundo». Y explica: «Mediante el pecado, damos la espalda a Dios, nuestro único bien, y elegimos ponernos del lado de los «ídolos» que nos conducen a la muerte y a la condenación eterna, al infierno». María Goretti «nos alienta a experimentar la alegría de los pobres que saben renunciar a todo con tal de no perder lo único que es necesario: la amistad de Dios... Queridos jóvenes, escuchad la voz de Cristo que os llama, también a vosotros, al estrecho sendero de la santidad» (29 de septiembre de 1991).

Santa María Goretti nos recuerda que «el estrecho sendero de la santidad» pasa por la fidelidad a la virtud de la castidad. En nuestros días, con frecuencia, la castidad es objeto de burla y de desprecio. El cardenal López Trujillo escribe al respecto: «Para algunas personas, que se hallan en ambientes donde se ofende y se desacredita la castidad, vivir castamente puede exigir una dura lucha, a veces heroica. De todas formas, con la gracia de Cristo, que se desprende de su amor de Esposo por la Iglesia, todos pueden vivir castamente, incluso si se hallan en circunstancias poco favorables a ello» (Verdad y sentido de la sexualidad humana, Consejo pontifical para la familia, 8 de diciembre de 1995, 19).

Un largo y lento martirio

Conservar la castidad implica rechazar ciertos pensamientos, frases y actos pecaminosos, así como huir de las ocasiones de pecado. «Que la alegre infancia y la ardiente juventud aprendan a no abandonarse desesperadamente a los gozos efímeros y vanos de la voluptuosidad, ni a los placeres de los vicios embriagadores que destruyen la apacible inocencia, engendran sombría tristeza y debilitan más pronto o más tarde las fuerzas del espíritu y del cuerpo», advertía el Papa Pío XII con motivo de la canonización de Santa María Goretti. El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda lo siguiente: «O el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado» (Catecismo, 2339). Por eso resulta necesario seguir un modelo de vida que «requiera mucha fuerza, una constante atención y una renuncia valiente a las seducciones del mundo. Debemos ser capaces de vigilar incesantemente, sin desistir bajo ningún pretexto... hasta el término de nuestro recorrido terrenal. En definitiva, se trata de una lucha contra sí mismo que podemos asimilar a un largo y lento martirio. El Evangelio nos exhorta con claridad a emprender esa lucha: El Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo conquistan (Mt 11, 12)» (Juan Pablo II, íd.).

Para poder crear un clima favorable a la castidad, es importante practicar la modestia y el pudor en la manera de hablar, de actuar y de vestir. Con esas virtudes, la persona es respetada y amada por sí misma, en lugar de ser contemplada y tratada como objeto de placer. De ese modo, los padres deberán velar para que ciertas modas no profanen la casa, en especial a través de un mal uso de los medios de comunicación de masas. Habrá que animar a los niños y adolescentes a estimar y practicar el dominio de sí mismos, a ser discretos, a vivir con orden, a realizar sacrificios personales en medio de un espíritu de amor por Dios y de generosidad hacia los demás, sin sofocar los sentimientos y las tendencias de cada uno, sino canalizándolas hacia una vida de virtud (cf. Consejo pontifical para la familia, íd., 56-58). Siguiendo el ejemplo de Santa María Goretti, los jóvenes descubrirán «el valor de la verdad que libera al hombre de la esclavitud de las realidades materiales», y podrán «descubrir el gusto por la auténtica belleza y por el bien que vence al mal» (Juan Pablo II, íd.).

¡Santa María Goretti, consigue para nosotros de Dios, mediante la intercesión de la Santísima Virgen y de San José, esa fuerza sobrenatural que te hizo preferir la muerte al pecado, a fin de que podamos seguir tus luminosas huellas con alegría, con energía y con afán!

Dom Antoine Marie osb

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