Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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26 de julio de 2000
Santos Joaquín y Ana


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

En 1985 se organizaron diferentes ceremonias en Hiroshima y Nagasaki (Japón) en memoria de las víctimas de las bombas atómicas lanzadas sobre las dos ciudades cuarenta años antes. Un testigo ocular de aquellas celebraciones decía: «En Hiroshima hay amargura y alboroto; todo es muy político... El símbolo podría ser un puño cerrado de ira. En Nagasaki hay tristeza, pero también calma y reflexión, no hay política, sino plegarias. No se reprueba a los Estados Unidos, sino que se llora por el pecado de la guerra y, en especial, de la guerra nuclear. El símbolo sería unas manos juntas para rezar». La influencia del doctor Takashi Nagai explica, mejor que ninguna otra cosa, el clima de espiritualidad que reinaba aquel día en Nagasaki. Un sacerdote decía de él lo siguiente: «Sólo si conseguimos tener un poco de aquella fe que poseía Nagai en la providencia del Padre Eterno y en el valor universal de la muerte de Jesucristo, podremos afrontar en paz cualquier acontecimiento». Pero, ¿quién era ese doctor Nagai?

Takashi Nagai había nacido en 1908, en Isumo, cerca de Hiroshima, en el seno de una familia con cinco hijos y de religión sintoísta. En 1928 ingresa en la facultad de medicina de Nagasaki. «Desde la época de mis estudios de secundaria, escribirá más tarde, me había convertido en prisionero del materialismo. Nada más ingresar en la facultad de medicina me obligaron a diseccionar cadáveres... Sentía gran admiración por la maravillosa estructura del conjunto del cuerpo humano, por la minuciosa organización de sus más pequeñas partes. Pero aquello que estaba manejando no era más que pura materia. ¿Y el alma? Un fantasma inventado por unos impostores para engañar a la gente sencilla».

La última mirada de una madre

Un día de 1930 recibe un telegrama de su padre: «¡Ven a casa!». Presintiendo alguna desgracia, parte a toda prisa. Al llegar, se entera con estupor de que su madre ha sufrido un ataque y de que ha perdido el habla. Se sienta a su lado y lee en su mirada un último «adiós». Aquella experiencia de la muerte cambiará su vida: «Con su última y penetrante mirada, mi madre derrumbó el marco ideológico que yo había construído. Aquella mujer, que me había dado la vida y que me había educado, aquella mujer que no había tenido ni un momento de respiro en su amor por mí, me habló con toda claridad en los últimos instantes de su vida. Su mirada me decía que el espíritu del hombre sigue viviendo después de la muerte. Todo me llegaba como una intuición, una intuición que contenía el sabor de la verdad».

Takashi emprende entonces la lectura de los «Pensamientos» de Pascal, autor francés del siglo XVII, poeta y erudito. «El alma, la eternidad... Dios. ¡Así que el físico Pascal, nuestro gran predecesor, había admitido con seriedad aquellas cosas!, se dijo. ¡Ese incomprable sabio creía verdaderamente en ello! ¿En qué consistía aquella fe católica para que el sabio Pascal la aceptara, sin contradecir por ello su ciencia?». Pascal explica que a Dios se le puede encontrar mediante la fe y la oración. Incluso si todavía no podéis creer, dice, no desatendáis la oración ni la asistencia a la Misa. Si me siento siempre dispuesto a comprobar una hipótesis en el laboratorio, piensa Nagai, ¿por qué no probar esa oración en la que tanto insiste Pascal? Y toma la decisión de buscar una familia católica que le acepte como pensionista durante sus estudios. Aquello le permitirá conocer el catolicismo y la oración cristiana.

Es acogido en la familia Moriyama. El señor Moriyama, tratante de ganado, desciende de uno de esos antiguos linajes cristianos que, a lo largo de 250 años de persecuciones, supieron conservar la fe que San Francisco Javier llevó hasta el Japón. La pureza de aquella fe cristiana asombra al joven Nagai: ¡unos humildes granjeros le enseñan con su ejemplo aquello en lo que había creído el gran sabio Pascal!

En marzo de 1932, una grave otitis le deja sordo del oído derecho, trastornando con ello sus proyectos de futuro; al no poder hacer uso del estetoscopio, debe renunciar a la medicina general, orientando entonces sus estudios hacia la medicina radiológica, que inicia su andadura en Japón, y que le hace tomar conciencia de las enormes posibilidades que esta ciencia ofrece a los médicos para descubrir el origen de las enfermedades.

El señor y la señora Moriyama tienen una hija, Midori, maestra en otra ciudad. Los tres rezan por la conversión de Takashi, pensando que quizás Dios lo haya enviado con ese propósito. El 25 de diciembre de 1932, Midori se encuentra en casa de sus padres con motivo de la Navidad. «Doctor, pregunta el señor Moriyama a Takashi, ¿por qué no viene con nosotros a la Misa del gallo? – ¡Pero si no soy cristiano! – No importa, tampoco lo eran los pastores y los Reyes Magos que acudieron al establo. Sin embargo, cuando vieron al Niño creyeron. Si no viene a rezar a la iglesia, nunca llegará a creer». Después de unos instantes, Nagai es el primero en sorprenderse cuando responde: «Sí, me gustaría acompañarles esta noche». Cinco mil cristianos llenan la catedral, cantando todos el mismo Credo en latín. Nagai queda fuertemente impresionado y alentado en su reflexión sobre la religión católica, pero sin dejarse convencer.

El pequeño catecismo de Midori

Una noche, el señor Moriyama acude a despertar a Takashi: Midori se retuerce de dolor en su lecho. El joven médico diagnostica enseguida una apendicitis aguda, y oye cómo el señor Moriyama murmura: «Es la voluntad de Dios. ¿Quién sabe qué gracia nos depara?». A pesar de la abundante nieve, Takashi corre a la escuela vecina para telefonear al hospital: «¿Oiga? ¿Oiga? El 32 00, por favor, es urgente... ¿Oiga? Aquí Nagai. ¿Quién está de guardia esta noche? Bien. ¿Puede llamarlo, por favor?». Acude a la llamada un amigo suyo, y Nagai le pregunta si puede realizar de inmediato una apendicectomía. Ante una respuesta afirmativa, Takashi regresa a buscar a Midori: «Con toda esta nieve, llamar a un taxi sería una pérdida de tiempo. No podemos arriesgarnos a esperar», y, dirigiéndose al señor Moriyama: «Si usted va delante con la linterna, yo mismo puedo llevar en brazos a Midori». Durante el trayecto, Takashi se percata de que el corazón de Midori late cada vez más deprisa y de que está ardiendo de fiebre. Su vida corre peligro, por lo que apresura el paso. ¡Por fin llegan al hospital! La sala de operaciones está preparada y, siete minutos después, todo ha terminado. Midori está a salvo. En agradecimiento, esta última hará todo lo posible para obtener la conversión de su salvador.

El año siguiente, Takashi es movilizado por el ejército japonés y parte a combatir contra los chinos en Manchuria. En un paquete enviado por Midori hay un pequeño catecismo que lee con interés. Al cabo de un año regresa a su país, casi desesperado por la toma de conciencia sobre los desórdenes de su vida y por el recuerdo de los terribles espectáculos de la guerra. Se dirige entonces a la catedral de Nagasaki, donde un sacerdote japonés le recibe y conversa con él durante mucho tiempo. Animado por aquella entrevista, Takashi reanuda su trabajo de radiología y empieza a estudiar la Biblia, la liturgia y las oraciones de los católicos. Pero las exigencias morales del Evangelio y la necesidad de separarse de los lazos religiosos sintoístas de su familia siguen siendo un obstáculo para su conversión. Un día, en medio de sus dudas, retoma los «Pensamientos» de Pascal y se le presenta una frase que llama su atención: «Hay suficiente luz para quienes sólo desean ver, y bastante oscuridad para quienes mantienen una disposición contraria». De repente, todo queda claro para él. Toma una decisión y pide el bautismo, que recibe en junio de 1934, con el nombre de Pablo, en recuerdo de San Pablo Miki, mártir japonés crucificado en Nagasaki en 1597.

Dos meses después se casa con Midori, pero antes ha querido que ésta conociera los graves riesgos a los que se expone por su profesión. En efecto, pues los radiólogos de la época no tenían medios para protegerse suficientemente de los rayos X. Midori comprende el peligro que corre la vida de Takashi, pero entiende sus puntos de vista y comparte su ideal de «pionero» para salvar vidas humanas. Nagai se convertirá en algo más que un médico, en un apóstol de la caridad para con el prójimo. Escribe lo siguiente : «La labor del médico consiste en sufrir y en alegrarse con sus pacientes, en ingeniárselas para disminuir los sufrimientos como si fueran los suyos propios. Hay que simpatizar con su dolor. A fin de cuentas, no obstante, quien cura al enfermo no es el médico sino la complacencia divina. Una vez se ha comprendido eso, el diagnóstico médico engendra la oración».

Movilizado de nuevo entre junio de 1937 y marzo de 1940, participa como médico en la guerra chino-japonesa. Su dedicación a todos, se trate de militares japoneses o de chinos, de mujeres, niños y ancianos arrastrados sin piedad a terribles matanzas, ha tomado un cariz heroico. A su regreso al Japón, las peticiones de radiografías se multiplican. Muy pronto, Takashi constata en sus manos unas marcas inquietantes y, además, se encuentra muchas veces agotado. En su diario anota que, en ocasiones, cuando se siente completamente decaído, cierra la puerta y se sienta ante la estatua de María que tiene en su despacho, rezando el Rosario y recuperando de ese modo poco a poco la paz interior.

Tres años de vida

Un colega de Takashi le persuade sobre la conveniencia de hacerse una radiografía. Una mañana de junio de 1945 cumple con ello: «Prepare el aparato, dice a su ayudante. – Pero, doctor, aún no ha llegado ningún paciente. – Yo soy el paciente, responde Nagai mostrando su pecho. – ¿Y el médico? – ¡Aquí está!, dice señalando sus ojos». Al ver la radiografía, Nagai se queda sin respiración. En el lado izquierdo aparece una ancha placa negra: hipertrofia del bazo, por lo que el diagnóstico es una leucemia. Takashi murmura: «Señor, no soy más que un siervo inútil. Protege a Midori y a nuestros dos hijos. Hágase en mí según tu voluntad». El doctor Kageura, jefe del departamento de medicina interna, confirma su análisis: «Leucemia crónica. Duración de la vida: tres años». Había empleado su vida en curar un gran número de enfermos, que nadie más que él habría podido radiografiar.

De regreso a casa, Takashi se lo revela todo a Midori, quien cae arrodillada ante el crucifijo que su familia había guardado durante los 250 años de persecuciones y reza durante largo tiempo, sollozando constantemente, hasta que su alma recupera la paz. También Nagai reza; siente remordimientos por haberse dedicado con ahínco a su trabajo, sin pensar lo suficiente en su esposa. Pero Midori sabe estar a la altura de las circunstancias. Al día siguiente, un hombre nuevo se dirige a su trabajo: la aceptación total de la tragedia por parte de Midori y su negativa a oír hablar de «negligencia» le han colmado de fuerzas.

9 de agosto de 1945, once horas y dos minutos. Un destello cegador. Acaba de estallar una bomba atómica en Urakami, el barrio norte de Nagasaki. En medio de la guerra que les opone al Japón, los dirigentes de los Estados Unidos han recurrido a una nueva y terrorífica arma: la bomba atómica. Una primera bomba ha sido lanzada sobre Hiroshima, y una segunda devasta Nagasaki. Las consecuencias son las siguientes: 9.000° de temperatura, 72.000 muertos y 100.000 heridos. En la facultad de medicina, situada a 700 metros del centro de la explosión, Nagai, que se encuentra clasificando placas de radiografías, es lanzado al suelo, con el costado acribillado de trozos de cristal. La sangre brota en abundancia de su sien derecha... los objetos se arremolinan como las hojas muertas en otoño. Muy pronto aparece una oleada ininterrumpida de heridos: siluetas ensangrentadas, ropas desgarradas, cabellos quemados, que acuden a la entrada del hospital... Una visión dantesca.

«¡Su rosario!»

El incendio se aproxima al hospital. Los pacientes son evacuados hacia la cumbre de una colina próxima. Nagai se desvive hasta el límite de sus fuerzas. A las dieciséis horas, el incendio alcanza el departamento de radiología. Trece años de investigaciones, los instrumentos, una valiosa documentación, todo queda reducido a cenizas. El 10 de agosto transcurre entre curaciones de heridos. El 11 el trabajo se hace algo menos apremiante, y Takashi parte en busca de Midori, que se había quedado en casa, mientras que los hijos y la abuela se encontraban seguros en la montaña desde el 7 de agosto. Le resulta muy difícil encontrar la ubicación de su casa en una zona llena de tejas y de cenizas. De repente, descubre los restos carbonizados de su esposa. Postrado de rodillas, reza y llora, recogiendo después los huesos en un recipiente. Algo brilla débilmente en el polvo de los huesos de la mano derecha: ¡es su rosario!

Inclinando la cabeza, dice: «Dios mío, te doy las gracias por haberle permitido morir rezando. María, Madre de los dolores, gracias por haberla acompañado en la hora de la muerte... Jesús, tú que llevaste la pesada cruz hasta ser crucificado, ahora acabas de esparcir una luz de paz sobre el misterio del sufrimiento y de la muerte, la de Midori y la mía... Extraño destino: tenía tan asumido que sería Midori quien me conduciría a la tumba... Sus pobres restos descansan ahora en mis brazos... Su voz parece murmurar: debes perdonar, debes perdonar». El perdón de Nagai será perfecto, y ayudará a que los desalentados cristianos que han perdido a sus familias consideren la bomba atómica como algo que formaba parte de la providencia de Dios, que siempre extrae el bien del mal.

El 15 de agosto de 1945, a mediodía, la radio transmite un mensaje del emperador anunciando la capitulación del Japón. A principios de septiembre, Nagai agoniza. Las radiaciones de la bomba atómica han agravado su enfermedad. Recibe los últimos sacramentos y dice: «Muero contento», y luego entra en un semicoma. Le traen agua de la gruta de Lourdes construida no muy lejos de allí por el padre Maximiliano Kolbe. «Oí, escribirá, una voz que me decía que debía pedir al padre Maximiliano Kolbe que rezara por mí. Yo lo hice y, después, me dirigí a Jesucristo y le dije: «Señor, en tus manos divinas me encomiendo»». Al día siguiente, Takashi se encuentra fuera de peligro y atribuye al padre Kolbe (hoy en día canonizado) la remisión de seis años que le deja la enfermedad.

«¡Yo quiero ser el primero en vivir allí!»

Mientras los habitantes del lugar temen volver a Urakami, Nagai declara: «¡Yo quiero ser el primero en vivir allí!». Se construye un refugio cerca de su antigua casa, con algunas chapas apoyadas en los restos de un muro, y coloca delante dos piedras formando un fogón improvisado sobre el que cuelga un caldero. Al lado hay una vieja botella sin cuello: su reserva de agua. Como única ropa cuenta con uno de los uniformes de marino que el ejército ha distribuido a los siniestrados. Al empezar a desescombrar la casa, descubre el crucifijo que había pertenecido al altar de la familia. «He sido desposeído de todo, dice, y sólo he encontrado ese crucifijo».

El 23 de noviembre de 1945, Nagai es invitado a tomar la palabra en una Misa de réquiem celebrada junto a los escombros de la catedral de Urakami. El holocausto de Jesucristo en el calvario ilumina y confiere significado al «holocausto» de Nagasaki: «En la mañana del 9 de agosto, dice Takashi, una bomba atómica explosionaba en nuestro barrio. En un instante, 8.000 cristianos fueron llamados a la presencia de Dios... En la medianoche de aquel día, nuestra catedral se incendió de repente y se consumió. En aquel mismo instante, en el palacio imperial, Su Majestad el Emperador dio a conocer su decisión... El 15 de agosto, se promulgó oficialmente el edicto imperial que ponía fin a los combates, y el mundo entero percibió la luz de la paz. El 15 de agosto es también la solemnidad de la Asunción de María, y no es una casualidad que la catedral de Urakami estuviera consagrada a ella... Es evidente que existe una profunda relación entre la destrucción de esta ciudad cristiana y el fin de la guerra. Nagasaki era sin duda la víctima elegida, el cordero sin mancha, holocausto ofrecido sobre el altar del sacrificio, aniquilado por los pecados de todas las naciones durante la Segunda Guerra Mundial... ¡Debemos agradecer que Nagasaki haya sido elegida para ese holocausto! Debemos agradecerlo, porque a través de ese sacrificio ha llegado la paz al mundo, así como la libertad religiosa al Japón».

Durante la primavera de 1947, la enfermedad de Takashi le obliga a permanecer en cama en su cabaña. Se ve obligado a renunciar a su cargo de profesor, por lo que se queda sin recursos. «Mi mente aún trabaja, dice. Los ojos, los oídos, las manos y los dedos están aún en

buenas condiciones». Y se pone a escribir, redactando una compilación de consejos para sus hijos Makoto y Kayano, aún muy jóvenes: «Queridos hijos, amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos. Os dejo estas palabras como herencia. Con ellas comienzo este escrito; puede que lo concluya también con ellas y que con ellas recapitule». Habría bastado su propio ejemplo para imprimir ese mensaje en sus corazones, pues toda la existencia de su padre no fue sino un heroico servicio hacia el prójimo, servicio que en aquel momento le conducía a la muerte. Y Nagai quiere consagrarse a ese servicio hasta sus últimos momentos.

Acostado boca arriba, utiliza para escribir una tablilla de dibujo como las que emplean los escolares. En ella anota lo siguiente: «Al despertarme a la una de la madrugada había desaparecido la fiebre; después de tomarme el café del termo, he podido escribir hasta las siete de la mañana; ¡he adelantado mucho trabajo!». Pero muy pronto sólo podrá escribir durante la noche, pues recibe muchas visitas por la mañana y durante todo el día, pero él no demuestra ninguna impaciencia: «Es algo que me fastidia, escribe, pero ya que son tan amables de venir a verme, debo intentar derramar algo de alegría en sus corazones y hablarles de nuestra esperanza católica. No puedo despacharlos».

En esas difíciles circunstancias, escribe y publica quince volúmenes en cuatro años. ¿Qué objetivo se propone con sus escritos? En primer lugar, presentar una fiel sinopsis de la explosión atómica, a través de su experiencia excepcional y de su competencia personal; en segundo lugar, trabajar para el restablecimiento de la paz. Convencido sobre todo de que una paz duradera solamente puede basarse en el espíritu del amor que resplandece en la doctrina católica, considera que su vocación debe ser la de propagar el mensaje cristiano.

Una única garantía

Al final de su libro «Las campanas de Nagasaki» escribe lo siguiente: «¿La humanidad podrá ser feliz en la era atómica? ¿O será desdichada? ¿Cómo iba a utilizarse esa arma de doble filo escondida por Dios en el universo y descubierta ahora por el hombre? Un uso correcto podría permitir un rápido progreso de la civilización, pero un uso inadecuado podría destruir el mundo. La decisión reside en el libre albedrío del hombre, que tiene su destino en sus propias manos. Cuando uno piensa en ello le invade el terror y, por mi parte, creo que la única garantía en este campo reside en un verdadero espíritu religioso... De rodillas entre las cenizas del desierto atómico, rezamos para que Urakami sea la última víctima de la bomba. Suena la campana... ¡Oh!, María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti».

En marzo de 1951 el estado de salud del médico es alarmante, sin que por ello se vea alterado su habitual buen humor. En abril escribe su último libro y, nada más terminarlo, sufre una hemorragia cerebral. Lo llevan al hospital, y allí pierde el conocimiento. Al volver en sí, dice en voz alta: «Jesús, José y María», y luego dice débilmente: «En vuestras manos entrego el alma mía». Conmovida, la enfermera entrega el gran crucifijo de la familia a Makoto, su hijo, para que se lo dé a su padre, quien lo toma y profiere con voz sorprendentemente fuerte: «Rezad, por favor, rezad...», y enseguida llega el final... aunque, en realidad, todo empieza en Dios, y Nagai vuelve a encontrarse «junto a Midori», como lo había deseado seis años antes. Es el uno de mayo, primer día del mes de María.

Durante las exequias, en la catedral de Urakami, el alcalde de Nagasaki da solemne lectura a 300 mensajes de pésame, comenzando por el del primer ministro. Al final de la ceremonia, la multitud se pone en marcha hacia el cementerio, a un kilómetro y medio en dirección al sur; cuando el encabezamiento de la procesión llega al cementerio, la mayor parte de la gente se encuentra todavía en la catedral. Takashi Nagai es enterrado junto a Midori. Para la tumba de ésta, él había elegido como epitafio: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38); para la suya: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer (Lc 17, 10). Su influencia se expande gracias a sus libros (a partir de 1948, todo el mundo los leía en Japón), que contribuyen grandemente a la educación social de sus conciudadanos y a la evangelización de su país.

Pidamos a la Santísima Virgen y a San José, para nosotros y para todos nuestros seres queridos, una verdadera conversión, un amor hacia el prójimo que llegue hasta el supremo sacrificio, así como una muerte en santidad que nos dé acceso a la eterna felicidad del Cielo.

Dom Antoine Marie osb

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