Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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8 de marzo de 2000
San Juan de Dios


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

El 20 de noviembre de 1970, en el seno de una familia cristiana de la región de París, viene al mundo un niño que recibirá en el Santo Bautismo el nombre de Manuel. Le habían precedido un hermano, Vicente, y una hermana, Ana. El nacimiento provoca una explosión de alegría en toda la familia. El padre, el señor D., no falta ningún día a la maternidad, donde descansan sus dos tesoros: mamá y Manuel, renovándose cada vez la misma felicidad, siempre nueva.

«No sabe mamar»

Tres días más tarde, el señor D. se dirige apresuradamente hacia la clínica llevando un ramo de flores. Igual que la primera vez, su corazón late con fuerza. Pero al llegar a la puerta de la habitación, algo le deja clavado en el suelo: desde la cama, su esposa le mira con el rostro bañado en lágrimas. Llega hasta ella de un salto y ella lo mira fijamente, le tiende los brazos y, con voz ahogada por los sollozos, consigue articular unas palabras: «¡Nuestro hijo no es normal!». La mirada del padre se dirige instintivamente hacia la cuna donde se halla el recién nacido, que duerme a pierna suelta. «No veo nada anormal; ¿quién te lo ha dicho?, le pregunta a su esposa. – Nadie, pero lo sé, lo presiento: no se mueve, no llora y no sabe mamar».

Los esposos permanecen toda la tarde junto a su hijo. Al día siguiente, la señora D. toma la decisión de que sea examinado por un pediatra. El especialista interroga amablemente a la esposa y luego al esposo, comenzando con gran tranquilidad un examen largo y metódico del bebé. La espera resulta un suplicio para los padres y, finalmente, el médico les dirige una mirada amistosa y caritativa. Comienza su diagnóstico con gran delicadeza, para llegar finalmente a la conclusión: «Su hijo no será como los demás». Con extrema dulzura, les informa de que Manuel está aquejado de trisomía 21... es «mongólico». La primera intuición de la madre resultaba ser cierta.

¡Le amaremos como a los otros!

El señor D. debe informar de ello a la familia. De regreso a casa, se encuentra con los abuelos y los tíos y tías de Manuel, que han acudido ante la buena nueva. Sin poder contener las lágrimas, balbucea: «mongólico». Tras la primera consternación general, todos se reponen, y la misma frase surge espontáneamente: «Le amaremos... como a los otros». «Los otros», Vicente y Ana, están también allí y se adhieren plenamente: «¡Sí, le amaremos; sí, le amaré!».

«¡Le amaremos!». Una maravillosa respuesta que es una luz para nuestro mundo. La cristiana actitud de la familia de Manuel contrasta con el rechazo, por desgracia tan frecuente en nuestras sociedades, hacia el niño disminuido e incapaz – dicen algunos – de ser feliz y de hacer feliz a los demás. El Papa Juan Pablo II, en lo relativo a ese tema, constata: «Estamos frente a una realidad caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera «cultura de muerte»... Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, más simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena así una especie de conjura contra la vida» (Encíclica Evangelium vitæ, 12). La negativa a admitir y a dejar vivir a quienes molestan (el niño concebido pero «no deseado», la persona impedida, o anciana, el enfermo en fase terminal...) evidencia un profundo desconocimiento del valor de cualquier vida humana.

¿Por qué cualquier vida humana es un bien? La Sagrada Biblia aporta, desde sus primeras páginas, una respuesta eficaz y admirable a esa pregunta. La vida que Dios da al hombre es original y diversa de la de las demás criaturas vivientes. Sólo la creación del hombre se presenta como fruto de una especial decisión por parte de Dios, pues al término de su obra de creación del mundo éste decreta solemnemente: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra (Gn 1, 26). Al hombre se le ha dado una altísima dignidad, que tiene sus raíces en el vínculo íntimo que lo une a su Creador: en el hombre se refleja la realidad misma de Dios (cf. Evangelium vitæ, 34). Y ese reflejo no desaparece con la deficiencia mental.

¡Nunca te olvidaré!

Por el hecho de ser a imagen de Dios, la única de todas las criaturas visibles dotada de inteligencia y de libre voluntad, el hombre es capaz de conocer y de amar a su Creador. Está llamado a entrar en comunión personal de amor con Él, incluso si por un tiempo, o durante toda la vida en la tierra, esa relación resulta difícil o misteriosa. «Intentemos comprender hasta qué punto es tierno el amor de Dios, decía la madre Teresa de Calcuta. Él mismo nos dice en las Escrituras: Aunque una madre pudiera olvidar al hijo de sus entrañas, yo no me olvidaré de ti. Mira cómo te llevo grabada en mis manos (cf. Is 49, 15-16). Cuando te sientas solo, cuando te sientas rechazado, cuando te sientas enfermo y olvidado, recuerda que eres para Él algo precioso. Él te ama, y ante sus ojos eres algo muy importante».

La importancia de cada persona a los ojos de Dios se nos manifiesta aún más si cabe mediante la obra de la Redención, la remisión de los pecados: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn 4, 10). «Precisamente contemplando la sangre preciosa de Cristo, el creyente aprende a reconocer y apreciar la dignidad casi divina de todo hombre y puede exclamarse con nuevo y grato estupor: ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido tener tan gran Redentor» (Himno Exultet de la Vigilia pascual), si Dios ha dado a su Hijo, a fin de que él, el hombre, no muera sino que tenga la vida eterna (cf. Jn 3, 16)!» (Evangelium vitæ, 25).

«Hijo de Dios, al completo»

La vida que el Hijo de Dios ha venido a traer a los hombres no se reduce a la única existencia en el tiempo. ¡Es llamada a durar toda la eternidad! El apóstol San Juan escribe: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!... Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es (1 Jn 3, 1-2).

El abuelo de Manuel resalta esta verdad cuando escribe: «El Bautismo de mis hijos (y nietos) ha sido cada vez un gran acontecimiento para mí. Actualmente, me parece que se insiste más en la «entrada en la Iglesia». Eso está bien, pero lo que yo veo es el verdadero nacimiento de este niño de nuestra carne a la Vida misma de Dios. Manuel no tendrá el desarrollo intelectual ni las capacidades físicas de los otros niños. Pero en esto, lo sé y lo percibo, no tiene ninguna inferioridad; es un Hijo de Dios al completo y la enfermedad no puede nada contra esta dignidad esencial».

Así «alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor» (Evangelium vitæ, 38). Esta comunión de amor no está reservada a una élite de hombres perfectamente constituidos, sino que se extiende también a todos los «pobres» de cuerpo y de espíritu. «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva (Lc 7, 22). Con estas palabras del profeta Isaías, Jesús explica el significado de su propia misión. Así, quienes sufren a causa de una existencia de algún modo «disminuida», escuchan de él la buena nueva de que Dios se interesa por ellos, y tienen la certeza de que también su vida es un don celosamente custodiado en las manos del Padre (cf. Mt 6, 25-34)» (Ibíd, 32).

Sobrepasar sus limitaciones

Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros (1 Jn 4, 11). La paciente educación de Manuel está repleta de ese amor al que nos exhorta San Juan. Presupone una exacta información de la naturaleza de la minusvalidez del niño. El profesor Jérôme Lejeune, que descubrió en 1959 la causa de la trisomía 21, explica que esta enfermedad no es una tara racial, ni el resultado de la sífilis, del alcoholismo o de la mala calidad del cerebro de los padres, como se pensaba hasta entonces: es un accidente cromosómico. El niño «mongólico» posee todos los órganos, toda la maquinaria genética propia de un hombre, sin «error en los planos de construcción»; presenta solamente un exceso de información genética porque sus células poseen, accidentalmente, un cromosoma de más. Se trata de una enfermedad que obstaculiza el desarrollo de las facultades intelectuales, sin afectar a la memoria ni a la afectividad de quien está aquejado. La medicina no pierde la esperanza de poder curar algún día a las víctimas de esta enfermedad.

Al igual que la mayoría de los trisómicos, Manuel se singulariza por su indolencia. Pero la señora D. no se resigna a esta fatalidad, y con tenacidad le incita a sobrepasar sus limitaciones. Cuando el niño cae hacia delante, no se le ocurre protegerse la cabeza con las manos; su madre le enseña a caer, sobre un colchón, adelantando los brazos, hasta conseguir el automatismo. Para que camine, le agarra un pie y luego otro, apoyándolo en la pared; y eso, durante días y días, hasta que camina, ¡milagro de paciencia! La misma maniobra para enseñarle a subir y bajar una escalera... Pronto, Manuel participa junto a su padre, su hermano y su hermana, en carreras a pie, y de vez en cuando le dejan llegar el primero a la meta bajo los aplausos de su madre.

Ha necesitado mucha energía para que la lengua y los dientes se le acostumbren al empleo de las vocales y de las consonantes. Habla habitualmente, pero su pronunciación es a menudo confusa. Cuando no le entienden, le hacen repetir una y otra vez; al final se cansa, se sujeta la cabeza con las manos, durante un minuto o dos, y luego, enderezándose, suelta la palabra exacta o un sinónimo. Tiene clara conciencia del bien y del mal, de lo que está permitido o prohibido. Está ocupado, se divierte y reparte alegría. Y luego, tiene ese ingenio guasón, esa travesura nunca escasa de imaginación; la risa es un modelo de género en él. Le gusta el deporte: en el fútbol tiene un excelente saque; en el judo es temible; en la petanca, su gesto es «mágico» y jamás falla el blanco; el equilibrismo no le da miedo y siempre le sale bien. La familia pasa las vacaciones en la montaña, y a veces hay caminatas un poco largas, sobre todo en la subida. Entonces se oye su vocecita: «Un descansito, por favor».

Como una capa de agua

Por lo general, todos aquellos que se acercan a Manuel quedan seducidos por algún rasgo diferente de su carácter. En primer lugar, entrega su confianza a todos, sin restricciones. Luego, posee esa mirada de extrema dulzura que os transporta, y que extiende sobre vosotros como una capa de agua alcanzando todas las cavidades que encuentra a su paso, inundándoos de ternura. Finalmente, sabe olvidarse de sí mismo para ocuparse de los demás, y le gusta encargarse de los pequeños y ayudarles. Suele tener una frase o una expresión amable para los que le rodean, pues agradar a los demás es para él una segunda naturaleza. Si bien su inferioridad no queda suprimida, resulta atenuada y superada.

El caso de Manuel confirma el testimonio de Jean Vanier, fundador de la asociación Arche: la atención benevolente que prestamos a los disminuidos «se convierte poco a poco en comunión de los corazones, pues son personas que, incluso si su minusvalía es grave, responden al amor con amor... Es una relación de confianza mutua que transforma la imagen herida y depresiva de la persona en una imagen positiva, haciéndole descubrir su valía y su dignidad, y dándole esperanza y motivos para vivir... Los enfermos mentales poseen un poder misterioso que mueve a la comunión, que transforma a los que los acogen y los acerca al corazón de Dios. Son una fuente de unidad».

En el sufrimiento... con Jesús

El 30 de enero de 1976, Manuel sufre una fuerte hemorragia nasal, seguida de accesos de fiebre. El 17 de marzo, es ingresado en el hospital de la Salpétrière de París, donde se le practican punciones en la médula espinal. La analítica revela que Manuel tiene leucemia. Durante las numerosas hospitalizaciones de los siete años siguientes, sus padres se turnan con otras personas para que no se encuentre nunca solo. Durante los períodos de calma, puede permanecer junto a la familia, pero finalmente las recaídas se aceleran: julio del 82, abril del 83, julio del 83.

Manuel había deseado desde muy pronto recibir a Jesús. «¿Y yo?», dice cada vez que ve comulgar a su mamá. Es raro verle distraído durante el transcurso de las Misas dominicales y, en las cosas de Dios, «está en todo». Incluso llega a reprender a los niños que hacen ruido en la iglesia, o a hacerles señas para que se callen. Su fe madura día tras día y la atracción que siente hacia «Jesús pan» es cada vez más fuerte. Lo recibe por primera vez el Jueves Santo 23 de marzo de 1978 y, a partir de aquel día, comulga en cada Misa con un profundo recogimiento y un inmenso anhelo. Un día, después de comulgar en una parroquia de Auxerre, en lugar de volverse a sentar junto a sus padres, se queda en una de las sillas del coro, con la cabeza apoyada en sus manos juntas. Al pasar junto a él, su padre le pregunta: «¿Qué haces ahí, Manuel? – Le rezo a María para que mamá no llore más». Recibe la confirmación el 24 de abril de 1983.

Esa sensibilidad, esa apertura hacia lo divino, es compartida por la mayor parte de los trisómicos. Jesús, que llama a la puerta de todos los corazones, encuentra en esos pequeños una gran diligencia y disposición hacia Él. Comentando una alocución del Papa Pablo VI que exhortaba a los disminuidos a caminar hacia la santidad, Jean Vanier afirma: «Efectivamente, algunos hombres y mujeres con minusvalía psíquica son santos. Mediante su sencillez, su deseo de ser amados y su apertura hacia Jesús, llegan a confundir a los poderosos de este mundo, a los que buscan la eficacia y el poder por encima del servicio a los demás y de la comunión de los corazones. Aunque sean muy pobres y limitados, son ricos en la fe, como nos lo recuerda el apóstol Santiago: Escuchad, hermanos míos queridos: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman? (St 2, 5)».

Un crimen abominable

Sin embargo, «las personas con minusvalías se encuentran entre las más oprimidas del mundo, a pesar de los progresos que se realizan en algunos países. Cada vez más, muchos son eliminados desde el seno de sus madres» (Jean Vanier). En una ocasión, el profesor Lejeune recibe en la consulta a un trisómico de diez años que se lanza a sus brazos diciéndole: «Quieren matarnos; tienes que protegernos, porque nosotros somos demasiado débiles y no sabremos defendernos». El niño había visto la víspera, junto a sus padres, una de las primeras emisiones televisadas sobre el aborto, donde se explicaba que, gracias al diagnóstico prenatal, era posible detectar la trisomía 21 y suprimir a esos niños no deseados. Desde ese día, el profesor emprenderá incansablemente la defensa del niño aún no nacido. Había comprendido que la primera amenaza contra la vida de los disminuidos se sitúa a nivel del diagnóstico prenatal cuando éste se realiza para incitar al aborto. «Los diagnósticos prenatales, que no presentan dificultades morales si se realizan para determinar eventuales cuidados necesarios para el niño aún no nacido, con mucha frecuencia son ocasión para proponer o practicar el aborto» (Juan Pablo II, Evangelium vitæ, 14).

Ahora bien, el aborto en sí mismo siempre es un pecado muy grave. El Papa Juan Pablo II escribe: «El mandamiento no matarás tiene un valor absoluto cuando se refiere a la persona inocente. Tanto más si se trata de un ser humano débil e indefenso, que sólo en la fuerza absoluta del mandamiento de Dios encuentra su defensa radical frente al arbitrio y a la prepotencia ajena... La decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno... Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad, ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo» (Ibíd, 57).

Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad se ha ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchas personas. Su «aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a los compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño. A este propósito resuena categórico el reproche del profeta: ¡Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad (Is 5, 20)» (Evangelium vitæ, 58).

Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto de la concepción, al menos hasta determinado número de días, no puede ser considerado aún como una vida humana personal. En realidad, «desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre, la ciencia genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese viviente: una persona, un individuo, con sus características ya bien determinadas» (Congregación para la Doctrina de la fe, 18 de noviembre de 1974). Con una fuerte convicción, adquirida mediante la ciencia, al profesor Lejeune le gustaba decir: «El más materialista de los estudiantes de medicina está obligado a reconocer que el ser humano comienza en la concepción, de lo contrario está suspendido».

¡Estás demasiado cansado!

El 7 de septiembre de 1983, el médico especialista les comunica a los padres que ya no hay nada que hacer. Los últimos domingos, aunque esté agotado, Manuel quiere ir y ayudar a Misa. Su hermano intenta disuadirlo: «Estás demasiado cansado y no vas a poder arrodillarte». Entonces, haciendo prueba de un valor extraordinario para demostrar que puede y que quiere ir, Manuel toma impulso con las piernas, da un salto y, ya en pie, sin apoyo alguno, hace una genuflexión y se endereza después bien recto. Irá a servir a Jesús.

El 27 de septiembre ya no hay nada que hacer. Manuel tan sólo puede gemir en la cama. Su padre y su madre están juntos, inclinados sobre él, y el niño toma la palabra, débil pero nítidamente, para decir: «Te quiero mucho, papá. Te quiero mucho, mamá». Son las últimas palabras que dirige a sus padres; acaba de decirles «adiós, nos veremos en el Cielo».

«Manuel, Dios con nosotros, será para nosotros un símbolo cargado de esperanza. Pues los cristianos son gente para quienes el nacimiento, la vida y la muerte de un niño disminuido valen más que todos los aplausos ofrecidos a los ídolos, más que todos los imperios y más que todo el oro del mundo» (Padre Maurice Cordier, ex párroco de la familia de Manuel).

Que la Virgen María y San José nos enseñen a ver y a servir a Jesús en todos nuestros hermanos, ¡especialmente en los más pobres! Los monjes rezan por usted, por sus difuntos y por todas sus intenciones.

Dom Antoine Marie osb

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